Lo que estoy leyendo: Gopegui
Como todas las novelas, de muchas cosas. Entre ellas, algunas preguntas.
A menudo los novelistas escriben, no para decir algo, sino para saber qué era lo que querían decir: para conocer su propia respuesta a algunas preguntas.
En el centro nervioso de la novela de Belén hay una pregunta de difícil respuesta: ¿es posible la bondad privada?
Esto no lo he sabido formular hasta que he leído otro libro de Gopegui. Un pistoletazo en medio de un concierto, editado por la Universidad Complutense.
Te lo recomiendo.
El libro es una conferencia que dio en la Universidad de California San Diego.
Allí habla de la bondad, los principios o "como queramos llamarlo" y afirma que la bondad o como lo llamemos "conducirá más temprano que tarde, a lo político, a la lucha contra la explotación, si es que no es ya su consecuencia, pues no hay bondad privada posible en una organización económica, social y política injusta".
Leía esta afirmación, en el metro (línea 2, entre San Bernardo y Quevedo), y caí en la cuenta de que, aunque yo no había sabido formularlo al leerla, de eso creí que trataba en parte El padre de Blancanieves.
La novela es el despliegue dialéctico de esa pregunta. ¿Es posible la bondad privada? El padre cree que sí, por ejemplo. ¿Y por qué lo cree? La hija está convencida de que no. ¿Qué cree entonces?
De eso trata (en parte) la novela.
¿Se puede ser bueno sin meterse en líos? ¿Se puede ser bueno sin intervenir? ¿Puede uno ser bueno solo, sin que los demás también lo sean, sin intentar crear las condiciones para que los demás también puedan serlo?
Una novela no es un catecismo.
En un catecismo, a una pregunta sigue una respuesta. Una novela, en cambio, convierte una pregunta en un organismo que crece, que cambia, que va mostrando diferentes caras, facetas brillantes, aristas incómodas, hábitos imprevistos, rituales de apareamiento entristecedores o una liturgia funeraria aterradora.
Una novela no pretende responder a una pregunta, sino que ofrece la posibilidad de experimentar la pregunta, de vivirla desde todos los lados, de cambiarla de sitio, de complicarla más todavía para a entender así todas sus consecuencias.
Por eso leemos más novelas que catecismos, claro está.
Esta conferencia de Gopegui me ha interesado mucho.
En parte porque me encanta conocer el diapasón de cada novelista, ver dónde afina, qué lecturas, experiencias, recuerdos son ese diapasón que da un La para que el novelista pueda ponerse a escribir en el tono adecuado, afinado.
Para eso hay que leer en la periferia: los diarios, las cartas, los prólogos, los artículos.
Pero no sólo por curiosidad (ver cómo lee, qué lee, cómo piensa) y para entender mejor el resto de su obra, sino que también me ha interesado mucho la conferencia en sí misma.
Trata de un asunto tabú.
¿Pederastia? ¿Uso recreativo de drogas? ¿Independencia del País Vasco?
Frío, frío. Peor todavía.
¿La Ley de Igualdad como impulsora de la violencia? ¿Gerontofilia? ¿Elogio de la castidad acaso?
Frío, frío. Algo mucho más impresentable, más prohibido de nombrar, peor visto por los ciudadanos responsables.
¿Eliminación de minusválidos? ¿Sodomización de monjas? ¿Matrimonio por interés?
Qué va. Frío, frío, te congelas. Algo mucho más grosero y repugnante.
-¿Te rindes?
-Me rindo.
-¡Las novelas que tratan de asuntos políticos!
-¡Ave María Purísima!
-Te lo advertí.
Tú me dirás: ¿es que todas las novelas no tratan de política?
Sí, claro, pero sólo lo notamos cuando tratan de cierta clase de política.
De eso, justamente, es de lo que habla Gopegui.
Como decía Althusser, "la ideología no tiene exterior".
Desde el interior, miramos hacia fuera. Vemos una farola, un adulterio o un asesinato. Lo que no vemos nunca es el cristal de la ventana: forma parte de la ideología dentro de la que estamos metidos, vemos a través de ella, sin verla.
Las novelas escritas desde dentro de la ideología dominante, si las leemos desde el mismo interior, pensamos que no tienen ideología: no hablan de política.
La estridencia, lo que sobresalta, el pistoletazo en el concierto, son las novelas escritas desde fuera. Desde otra posición ideológica.
La política revolucionaria, comenta Gopegui, se da por hecho que ha de aparecer en las novelas caricaturizada. Son las reglas del juego que la mayoría acepta: "debe quedar claro que la política revolucionaria es una pretensión inútil y desmesurada de transformar lo que no puede transformarse".
Cuando leía esto (ya fuera del metro), pensaba: no está mal, el deseo de revolución como bovarysmo.
El deseo de transformar el mundo se representa en la novela burguesa como el deseo del amor romántico; los revolucionarios son las Madame Bovary de la política. Han leído libros que exaltan la revolución y se los han creído. Han perdido el sentido de la realidad. Luego piden imposibles, se engañan a sí mismos pensando que el amor verdadero aparecerá para salvarnos, que es posible en este mundo, que se puede dejar al marido y ser feliz, etc.
El bovarysmo, el autoengaño, las ilusiones ilusas, son un gran tema de la novela burguesa del XIX.
La lectura es así: lees un libro y te aprieta el botón de REWIND, te obliga a releer, bajo otra luz, lo que ya habías leído.
A mí Gopegui acababa de obligarme a rebobinar (ya en la barra del bar Gades, en Álvarez de Castro, empuñando un whisky, que allí los ponen en vaso bajo, no sé por qué) Madame Bovary y, sobre todo, La educación sentimental.
Y encajaba, releído ahora sonaba diferente.
La novela de adulterio decimonónica se puede leer (también) como la fábula didáctica contra los revolucionarios. Creer que se puede transformar el mundo es como creer que existe otra vida más auténtica fuera del matrimonio burgués, que el amor verdadero nos va a salvar si corremos el riesgo de ir hacia él.
Los revolucionarios, como Emma Bovary, se engañan: los amantes son unos patanes, peores aún que su marido. El principio de realidad (ese estribillo del XIX) es la resignación.
¿Por qué había hecho Flaubert a Emma una figura tan trágica?
Siempre había pensado que era para castigarla. Es posible. También porque en Flaubert podría haber esa ambivalencia clásica: ridiculiza el anhelo de Bovary y, a través de él, el impulso revolucionario. Al mismo tiempo, no deja de sentir cierta trágica atracción por el deseo de Emma y de los revolucionarios. Una intensa emoción, una nostalgia venenosa, que traslada al lector (¿te acuerdas cuando Emma está agonizando y pide un espejo?).
Me hice entonces la pregunta decisiva: ¿me da tiempo a otro rapidito antes de ir a buscar a Anusca al cole?
Hubo debate en mi interior, turnos de réplica y votación a mano alzada.
Sí que me daba, se decidió por mayoría simple.
Cuánto agradezco la claridad expositiva del libro. Gopegui escribe aquí de forma coloquial, sencilla, implacable. Parece una conversación.
La apariencia de complicación es característica de artrópodos o de insectos. Cuanto más insignificante la mosca, más facetas tiene en sus ojos compuestos. Los animales más grandes, que recorren más distancia, más complejos, son mucho más sencillos de entender que esos complicadísimos mosquitos.
Para mí, ser claro, expresarse con claridad, no sólo es una virtud literaria, sino mucho más: un imperativo ético.
Leo, con el último dedo de whisky, este párrafo, que también me dejó pensando y que cito, aunque es largo:
Cada vez que se enciende un ordenador ocurre una situación paradójica. Porque, en teoría, el ordenador no sabe hacer nada hasta que se carga el sistema operativo, el conjunto de programas que residen en el disco duro y gestionan los recursos del ordenador. Se necesita, por tanto, un mecanismo de arranque que sea capaz, digamos, de darse instrucciones a sí mismo y logre cargar ese conjunto de programas que gestionarán el resto de las operaciones. Las novelas, a mi modo de ver, no son ese mecanismo de arranque. Las novelas se parecerían más a los programas con que gestionamos algunos de nuestros recursos reales e imaginarios. Sé poco de informática, pero me gusta mucho mirar el momento en que se carga el sistema. El ordenador va reconociendo de qué está hecho y va poniendo en marcha sus distintas capacidades. Si el sistema económico fuera otro, entonces el mecanismo de arranque cargaría, junto con los demás programas, otras narraciones, otras formas de imaginar la vida y de contarnos lo que nos pasa.
¿Qué programas carga tu sistema de arranque cuando te pones en marcha? ¿Flaubert? ¿Tienes instalado un Neruda compatible con mi César Vallejo? ¿Qué versión tienes de Victor Hugo? ¿La Hugo 3.0? ¿Te has instalado la última de Eduardo Mendoza? ¿Y estás segura de que no te ha metido algún virus en el sistema? ¿Tienes un anti-virus?
Entonces me pregunto: ¿podría un novelista ser un hacker? Se trataría de crear un programa con un troyano, que se introduzca en el sistema operativo de los lectores,que los modifique, que haga aparecer archivos inesperados, resultados imprevistos.
¿Serán los novelistas piratas informáticos?
La imagen clásica del hacker se parece: un tío medio chiflado, encerrado en su habitación, tecleando y tecleando, y que quiere llegar desde allí al corazón operativo de medio mundo para infectarlo sin ser descubierto; un tipo que está jugando, en realidad, aunque produzca consecuencias irreparables y daños cuantiosos.
Yo he sufrido ataques beneméritos, he leído novelas que me han contaminado, que han cambiado la configuración interna de mi terminal, he sido víctima de ataques al disco duro, he abierto la puerta a caballos de Troya que me han transformado la vida.
Ejemplo: el ya dicho troyano César Vallejo.
Y no sabes cuánto la agradezco.
¡Las cinco, me cago en la mar! Salí de estampida a buscar a Anusca al cole, con una servilleta en el libro para saber por qué página iba.
(Sí, yo nunca doblo una esquina de una página. Jamás. Ni aunque me pagaran por ello).
La literatura está muy bien. Es, como decía el gran García Hortelano, esa otra vida que la vida vive a escondidas, la doble vida de la vida verdadera.
Y está muy bien, aunque la vida es lo más maravilloso. La vida, está vida:

Luego llevamos todos a las niñas a Olavide. Empieza la temporada de terrazas. Los papás nos tomamos copitas chicoleando con las mamás.
Cuando cae la noche, llamamos a los niños.
-¡Aguedita! ¡Nativa! ¡Miguel!...
¿Sabes lo que estaban haciendo, los muy cabrones?
Pedir limosna.
Habían cogido una cesta de las que usan en las terrazas para poner las patatas fritas y se habían juntado diez o doce críos. Iban cantando mesa por mesa y luego pasaban la cesta y pedían la voluntad.
-¡Estáis mendigando! -se escandalizó una mamá-. ¡Qué vergüenza!
-Poner niños a pedir limosna: nos puede caer un buen puro a todos -nos advirtió Rafa, el papá de Blanca Escudero, que es abogado.
-Si se entera Protección de Menores...
-¡Cómo se os ocurre! -preguntó un padre alarmado.
-Hombre... -dijo una mamá, señalando a los del acordeón, los del violín, los que cantaban con poncho canciones andinas, etc-. No me parece tan raro...
-¿Cuánto habéis sacado? -preguntó el más rastrero de los padres (que resulté ser yo).
Las muy jodías, en media hora, habían sacado tres euros cada una.
-Esto no se vuelve a hacer, eh -dijo una mamá.
-No muy a menudo -dije yo.
-Eso, no todos los días, que os quede claro -corroboró Rafa Escudero.
Y nos fuimos todos para casa, después de pasar por el chino para que las niñas invirtieran los ingresos de la mendicidad en chuches.
Etiquetas: Belén Gopegui, literatura, Lo que estoy Leyendo, Olavide, política, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









