l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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miércoles 2 de abril de 2008

Una humilde lavandera

Perplejos, mi novia y yo no sabíamos qué hacer a fin de manifestar nuestro amor y esas pamplinas. ¿Casarnos? ¡Y un jamón con chorreras! Ya hemos estado casados los dos, cada uno por nuestro lado. ¿Vivir juntos? ¡Y un jamón! Con lo a gusto que cada uno está en su casa, sin hacer ni la cama, barriendo debajo de la alfombra, con sus inocentes pasatiempos privados y mirando por el balcón toda una tarde en lugar de trabajar. ¿Abrir una cuenta a medias en el banco? ¡Y un jamón! Con nuestras deudas, nuestra presencia permanente en registros de aceptaciones impagadas y nuestra proverbial inclinación al pan para hoy (y hambre para mañana, qué más nos da), ¿cómo vamos a tener cosas embargables, fungibles y sujetas al cobro de comisiones?

-¿Y un jamón?
-¿Un jamón?
-Con chorreras.
-Vale, mola.
-¿En tu casa o en la mía?
-Según y conforme.

¿Qué mejor expresión de afecto que compartir un jamón? Un jamón, carne en común, placer intenso (y prolongado esfuerzo para cortarlo), sabor perdurable, entreverado con tocino como si fuera espuma. Los jamones, además, son más o menos transportables y podemos residenciarlo en su casa o en la mía sin demasiado problema.

Total, que compramos un jamón a medias. Con chorreras.

Y una caja de tiritas para mí. Ella no se corta. Yo, a diario: tengo cicatrices en todos los dedos.

Yo nunca he tenido un jamón en casa. En mi vida. No porque proceda de una familia de extracción humilde.

¡Qué más quisiera yo que haber sido extraído de la humildad, con lo conveniente que es eso para un novelista!

Mi extracción (como si uno alguna vez saliera al exterior o le sacaran a la fuerza de su clase social con pico y pala, como en la galería de una mina donde se extraen piedras preciosas), mi extracción, digo, es acomodada (otra graciosa expresión, por cierto), pero en mi casa no había jamones jamás.

No sé por qué. Quizá mis padres los consideraban incómdos o demasiado pueblerinos o vaya usted a saber. Mis abuelos vivían en pueblos, pero tampoco eran rurales de verdad, esa clase de abuelos que envía jamones. Eran más bien señoritos de lugar pequeño. Uno era boticario volteriano; el otro, un rentista que había regentado una tienda de coloniales (así se llamaban los ultramarinos).

En mi casa había carrito con ruedas y botellas de whisky y ginebra, todas las que quieras, pero ni un sólo jamón. Ni chorizos colgados en la despensa. Ni ruedas de queso. Ni morcillas en ristras. Ni gallinas vivas.

Qué le vamos a hacer: la burguesía ilustrada no debía de ser muy partidaria entonces de la charcutería.

Humilde extracción, clase acomodada... ¿por qué todas las expresiones que se usaban (o se usan) son tan graciosas?

Porque son eufemismos, supongo, porque nadie quiere hablar de clase social, de dinero, de cuánto gana.

Si la "extracción" es rara, la "humildad" no lo es menos. ¿Humilde? Dan ganas de responder: oiga, en casa éramos pobres, pero soberbios y muy vanidosos.

Miro el María Moliner y me doy cuenta de que estoy confundido. Humilde no es una cualidad espiritual: es o ha llegado a convertirse, según esta señora, en un término específicamente socioeconómico.

HUMILDE: 1. adj. Perteneciente a una clase social de las que viven muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente: 'Una humilde lavandera. De familia humilde. De humilde extracción'.


Formidable.

¿No te parece que esa humilde lavandera ilumina ella sola toda la página del diccionario? Entre "humera" y "humita", en medio de tantos renglones inertes, de tanto plomo de imprenta, abreviaturas, definiciones, aplícase a, dícese de, utilízase también como, aparece de pronto, como un relámpago, la lavandera imprevista.

¿Tú no ves el resplandor repentino de la lavandera, con su pastilla de jabón Lagarto, las manos mojadas y percudidas de tanto frotar sábanas, los pies cansados y una sonrisa irónica, erótica, insurrecta? ¿Tú no te rindes sin condiciones a la lavandera, humilde o soberbia?

¿De dónde viene esta lavandera que retuerce la ropa para escurrirla? ¿De dónde la sacó doña María Moliner? ¿Cómo se le ha colado ahí, en mitad de la página?

En ese caso, según define humilde la Sra. Moliner, mi trayecto ha sido curioso, pues no siendo de humilde extracción, me he introducido a pulso en la humildad laboral. En lugar de modesto propietario, me he convertido en humilde novelista, que vive muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente.

Además de sinónimos (apocado, deferente, encogido, modesto, modoso, respetuoso, servicial, tímido, etc., es decir, las prendas o harapos morales que se presumen o que se exigen a quienes viven por su manos) da doña María una curiosa:

NOTA DE USO: "Humilde" se aplica a las personas, a su condición o clase social, a su aspecto o sus vestidos, etc. Aunque a veces se empleen indistintamente "humilde" y "modesto", "humilde" expresa un grado menos en la escala de las posiciones económicas y sociales; puede, por ejemplo, decirse "un modesto propietario", pero sería impropio decir "un humilde propietario".


¡Carambolas! Qué sagacidad la de la Moliner. Y cuánto me gustaría que hubiera seguido detallando esa escala: miserable-modesto-humilde-acomodado-poderoso-formidable, etc.

No hay humildes propietarios ni humildes creadores de riqueza, como no hay un miserable consejero delegado o un modesto director general.

Hay humildes novelistas, pero ¿modestos? ¡Amos anda!

Acomodado es "en buena posición económica", según doña María, pero no sigo, porque las consultas al diccionario son como el jamón: no puedes parar de cortar y comer.

En fin, así estamos: cortando jamón y alimentándonos más que nada de cosas jamonables: habas con ídem, tortillas de ídem, bocadillos de lo mesmo, ídem con melón y así todos los días.

Ahora que, por primera vez, vivo con un jamón en casa, he descubierto cuánta compañía hace. Alegran como la aparición súbita de una humilde lavandera en el primer tomo de un diccionario.

Un jamón da mucho cariño (aunque poca conversación), y sin pedir nada a cambio ni hacer más daño que unos cortes en los dedos. Un jamón tranquiliza, consuela, entretiene y escucha todo lo que dices sin llevarte la contraria. Casi no reclama atención para sí mismo, pero lo entrega todo.

¿Y estéticamente?

No sé qué pensarás tú, pero entre el carrito con ruedas cargado de botellas y el jamón, yo estoy con el jamón. A tope con el jamón.

Por ejemplo, después de indignarme un rato y cogerme una pataleta el domingo, me corté tres lonchas de jamón (con sólo dos lesiones en dedos índice y corazón), me puse un vino, y se me fue el santo al cielo.

Ya sólo me acuerdo de la alegría de mi hija la primera vez que fue a la cremà en unas Fallas. Nos llevó Verónica y, mientras yo me refugiaba en las faldas de las chicas (me asusta el fuego), Anusca sacaba fotos:



Fuego amigo, así se titulará mi novela de espías, cuando la termine.

Luego le saqué yo una foto a ella con una amiga fallera:



Ya te imaginarás que me hizo prometerle, para el año que viene, un traje completo de fallera, con sus moños y su peineta, y sus zapatos de medio tacón.

Ya te imaginarás que se lo prometí.

A cambio, al día siguiente, cogimos las bicis y nos fuimos a desayunar quintos de cerveza (yo) y orxata amb fartons (ella) a Miramar:



Y me quedé así, absorto, pensando en la repentina aparición de una lavandera en pleno diccionario.

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miércoles 19 de marzo de 2008

Paseos por la playa

¿Quién no conoce la famosísima dedicatoria al Conde de Lemos?

Ayer me dieron la estremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas mengua y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.


A mí me gusta más el prólogo en el que un "estudiante pardal" le saluda diciendo:

-¡Sí, sí, éste, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las Musas!

Cervantes le responde:

-Ese es eun error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.

La sencillez de Cervantes conmueve, pero hay estudiosos que hablan de su "legítimo orgullo", de que en realidad le fastidiaba que su obra fuese leída como alegre diversión, y no como aportación trascendental a la cultura. Según algunos, Cervantes aquí estaría algo amostazadado, porque no quiere que tomen sus obras por baratijas, sino por oro de ley.

Manda huevos.

El escritor alegre. Lo mejor que se podría decir de nadie, ¿no te parece?

Déjese de pamplinas, don estudiante, acérquese, pídase algo en la barra y charlemos un rato, le viene a decir Cervantes, con naturalidad y llaneza que admira más aún.

En fin, como diría el amigo Javier Krahe: Yo que soñé con la gloria de Cervantes, heme aquí en la glorieta de Quevedo.

Al menos, alegre sí que soy. Incluso tirando a payaso:



¿Para qué sirven los quesos de bola pequeñitos, esos mini BabyBell?

Todo el mundo lo sabe: para fabricar una elegante nariz de payaso.

El libro, por cierto, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es entre aburrido e infumable.

Eso sí, me río mucho con las descripciones. A una tal Taurisa la visten. ¿Cómo la visten? Pues "rica y gallardamente", faltaría más. ¿Algún otro detalle? Sí, claro: "al modo que suelen vestirse las nifas de las aguas o las hamadríades de los montes".

¡Toma ya, pedazo de descripción, Cervantes! Formidable, ahora sí que queda claro. El que no sepa nada de indumentaria de ninfas o de hamadríades que levante la mano.

Por la mañana pasemos por la playa. Hay gente tomando el sol en bañador o con los pantalones remangados. Hay faldas levantadas y muslos de una blancura obscena, o como diría Chavi Azpeitia, dominae cutis candidae ut lepra: mujeres de piel blanca como la lepra. Hay obstinados peatones que recorren el litoral mediterráneo a paso gimnástico, con sus gorras de visera y el pantalón de chándal planchado con raya. Hay niños cabezostas con sus cubitos, su pala y alguno de esos proyecto filosófico-tomistas que concibe la infancia: trasvasar el mar a un hoyo en la arena, entender a los mayores o saber qué es lo que hay debajo de la cama cuando está la luz apagada, cuando ellos no están mirando o en cuanto sale papá de la habitación.



Anusca se da paseos en su bici:



Por el momento, ha sido lo más importante que ha aprendido conmigo: a montar en bici.

La enseñé aquí, en uno de estos caminales entre huertos de naranjos, junto a esas tapias en las que las puertas son somieres herrumbrosos, puestos de pie, atados con cadenas, cerrados con candados. Le di varias vueltas sujetándola por el sillín y luego la solté. Se cayó sólo tres o cuatro veces. La levantaba y mirábamos aquellas armaduras de metal con muelles oxidados que abrían el paso a huertos y sobre las que novios labradores quizá habrían soñado esos sueños bajo los que corre el agua. Volvíamos a intentarlo. Tras dos o tres horas, con sangre en las rodillas, rasponazos en los codos y algún surco de lágrima en los mofletes, mi hija consiguió pedalear, alejándose de mí, sin que la sujetara, libre y a toda velocidad, en equilibrio, y sola.

Me emocioné.

Y encima, volvió.

Sigue volviendo. Y me sigue emocionando.

Quizá sea lo mejor que le he enseñado: a irse sola.

Las ganas de volver las pone ella.

Luego tomamos el aperitivo, como siempre, en el antiguo hotel:




A veces sigo con la lectura. Leí ese libro de Cervantes hace diez años y tampoco me gustó, pero era uno de los más voluminosos que encontré, lo mejor para un viaje en autobus.

Por la noche fuimos a Oliva a ver las Fallas.



Trabajar todo el año en algo y luego pegarle fuego en una sola noche: ¿hay mejor lección para una niña?

Esta noche iremos a ver la cremá.

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lunes 17 de marzo de 2008

Ruinas de mi inteligencia

Total, que nos metimos Anusca y yo en el autobús o sepultura de cuerpos vivos y de los bulliciosos cadáveres de usuarios del transporte colectivo. Seis horas.

Seis horas rodeados de jóvenes que se iban de acampada. Chicos y chicas. Todos intimidados, nerviosos, enternecedores. Quizá alguno en esa acampada follara por primera vez. Quizá dos de ellos se verían desnudos por primera vez con esa luz que hay por las mañanas dentro de una tienda de campaña. Y quizá cerrarían los ojos para acariciarse en esa luz anaranjada, como capturados en una gota de resina, perdurables, luchando contra el tiempo y la nada con los labios, con las yemas de los dedos. Había un chico que llevaba cantimplora. Había una chica que, mientras hablaba, no dejaba de estudiar en qué postura iba poniendo las manos, las miraba con atención, como si tuvieran vida propia. Había un chico al que le daba mucha vergüenza que su madre le hubiera preparado bocadillos para el viaje. Había una chica que tenía manchas de sudor en la camiseta, las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes como un charco de lluvia cuando le da el sol de la tarde.

Saqué mi equipo de emergencia, la salvadora petaca, y me puse a echar unos traguitos de vez en cuando. Los jóvenes me miraban asombrados, con cierto escándalo. Criaturas. No sé qué pensarían del turbio adulto que bebía a sorbitos y miraba de reojo a las chicas.




A mí ellos me enternecían.




Los jóvenes son enternecedores. Sí, es verdad, pero mira esa foto en la que estamos Chavi Azpeitia y yo con nuestras chicas. ¿Qué me dices de estos tipos de mediana edad y de las chicas que al parecer les quieren? Eso dicen ellas, y quizá sea verdad, porque, si no ¿quién en sus cabales aguantaría a esos tipos cantando cosas de La Romántica Banda Local, de whisky hasta las trancas y, como decía el otro: con unas ganas de vivir que ya no están en proporción con la edad que tienen?

También da cierta ternura. ¿O será sólo lástima?

Seis horas de viaje inaguantable, pero ha valido la pena.

A las siete estábamos Anusca y yo paseando por la playa. Luego encendimos fuego:




Y yo me senté a trabajar en el sillón de orejas en el que se sentaba mi padre:




¿A que vale la pena?

En esta casa, donde vivieron mis padres, me dedico a mis aficiones más arraigadas: pasear con las manos a la espalda, merendar leyendo hasta la hora del primer whisky de la tarde, comerme el pico del pan antes de llegar a casa, fumar mirando atardecer, escribir muy temprano todas las mañanas...

Es una casa junto al mar y, ya que he citado antes a Gil de Biedma, inevitable que nos acordemos de aquello, ¿verdad?

DE VITA BEATA

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda,
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia

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martes 24 de julio de 2007

Me gustará vivir siempre...

Como tengo bastante trabajo (novela de espías y otras cosas), mi hija Anusca está en Piles con mi hermana Maite, que es la persona más bondadosa de este hemisferio.

Como diría Vallejo: perdón por la tristeza. Es que acabo de llegar a Madrid y ya la echo de menos.

Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza).
Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,
experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,
de una sola burrada, clavada en pleno pecho,
de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.




He ido a verlas el fin de semana, en Auto-Res, porque el tren ya es casi inexistente en España (salvo el dichoso AVE). Hace diez años ir en tren era sencillo; ahora es imposible. Nos quieren obligar a todos a conducir, pero hay que resistirse.



Naturalmente que la he invitado a helados.

Se merece todos los helados del mundo.

También hemos cocinado macarrones y empanadillas de tomate y huevo duro, que nos encantan y las sabe hacer Anusca.

En Piles, lo primero que hacemos Anusca y yo suele ser comprar cuadernos. Unas vacaciones sin cuadernos nos parecen inconcebibles.

A los dos nos gusta escribir y dibujar y nos divertimos en los bares, cada uno con su cuaderno, charlando de vez en cuando, escribiendo cuentos y haciendo dibujos.



Ahora está haciendo tebeos y le gusta mucho. Primero piensa el guión, la historia general, y me la cuenta. Luego va resolviendo la historia en diferentes viñetas. A veces me pide ayuda:

--¿Tú sabes dibujar perros vistos desde atrás?
--Lo intento.
--¿Y aviones volando sabes hacer?
--Probamos.
--¿Cómo se dibuja un tigre?
--Vamos a ver. No puede ser difícil, hay que ponerle rayas.

Hace un par de años la enseñé a montar en bici, así que también damos paseos, cada uno en nuestra BH (no nos gustan las bicicletas de montaña ni que tengan marchas).

La playa de Piles es muy pequeña, pero a nosotros nos encanta. Mis padres vivían allí.

La casa está al lado del mar y lo que nos gusta es bañarnos, hacer esculturas con arena (casi siempre caracoles, gatos y tortugas) y marcharnos en seguida a tomar el aperitivo. Ni siquiera llevamos toalla porque eso de sentarnos en la arena, los dos como pasmarotes, sin cuadernos ni lápices, sin tijeras ni pegamento, sin bebidas ni pinchos, sin periódicos ni libros... nos parece de majaderos, la verdad. Puede que haya gente que no tenga nada mejor que hacer en todo el día, allá ellos, pero Anusca y yo estamos muy ocupados: hay que escribir cuentos, recortar fotos de animales y pegarlas en el cuaderno especial de animales, dibujar tebeos, pintar acuarelas, apuntar palabras nuevas en el cuaderno especial de palabras, dibujar una baraja de cartas inventadas por Anusca y recortarla para jugar con ella... ¡se nos acumula el trabajo!



Por la noches, con los amigos de Piles, torramos algo en el huerto y cenamos en el patio de casa, viendo las estrellas.



En la foto está Anusca ayudando a Vicente.

Nos acostamos siempre agotados y felices.

Miro fotos de mis padres y sigo recordando a Vallejo:

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.


Ese poema, así, en voz baja, hasta el final:

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,
y siempre, mucho tiempo, siempre, siempre!

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lunes 18 de junio de 2007

Algunas detestaciones (1)

--Detesto a las personas que se cepillan los dientes. El instrumento se llama, sí,es verdad, cepillo de dientes. ¿Es suficiente motivo para cepillarse los dientes? Se cepilla un abrigo o una puerta de madera, pero ¿tus propios dientes?
--Abomino de las personas que almuerzan. ¿Por qué no comen, como todo el mundo? ¿Qué es eso de almorzar? Manuel Seco, en su insustituible Diccionario de dudas, lo deja claro. Las comidas, en España, son desayuno, comida, merienda y cena. Ya está. Punto. Nada de almuerzos. Eso del almuerzo, dice Seco, es un uso que "aparece con cierta frecuencia en la prensa, la radio y la televisión, a veces en la literatura y siempre en las listas oficiales de precios de los hoteles". En otras palabras, una soberana tontería.
Se ve que hay a quien le da vergüenza decir "comer", como si quedara en evidencia que se trata de una función corporal. Prefieren almorzar. Allá ellos. Hay que ser cursi. Se empieza almorzando y se acaba diciendo "pompis".
En Argentina, al parecer, lo que los cursis consideran de mal gusto es "cenar": siempre "comen" por la noche.
Cuando alguien me ofrece quedar "a almorzar", suelo decir:
--Vale, ¿a las diez o así?
Porque la única excepción admisible es para los que madrugamos en poblaciones de menos de mil habitantes.
En el pueblo, me levanto como a las cinco y trabajo hasta las nueve o diez. A esa hora allí se almuerza. Un bocadillo, ensalada, cerveza o vino, y luego una copa de coñac o de anís. A las dos o las tres se come, claro, como Dios manda, antes de la siesta.
Este es uno de los bares en los que suelo almorzar en Piles, el Casa Nati.




--Me espeluzna la expresión "una pieza de fruta". ¿Es que acaso son desmontables las manzanas? Su uso me parece propio de individuos a medio alfabetizar: banqueros, políticos, ejecutivos, etc.
--Me repele la voluntad de ser original. La originalidad es inevitable. No hay por qué buscarla. Es más, como diría (quizá) Tolstoi: todas las buenas novelas se parecen; en cambio, cada novela mala ha tenido la pretensión de ser original.

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