Una humilde lavandera
-¿Y un jamón?
-¿Un jamón?
-Con chorreras.
-Vale, mola.
-¿En tu casa o en la mía?
-Según y conforme.
¿Qué mejor expresión de afecto que compartir un jamón? Un jamón, carne en común, placer intenso (y prolongado esfuerzo para cortarlo), sabor perdurable, entreverado con tocino como si fuera espuma. Los jamones, además, son más o menos transportables y podemos residenciarlo en su casa o en la mía sin demasiado problema.
Total, que compramos un jamón a medias. Con chorreras.
Y una caja de tiritas para mí. Ella no se corta. Yo, a diario: tengo cicatrices en todos los dedos.
Yo nunca he tenido un jamón en casa. En mi vida. No porque proceda de una familia de extracción humilde.
¡Qué más quisiera yo que haber sido extraído de la humildad, con lo conveniente que es eso para un novelista!
Mi extracción (como si uno alguna vez saliera al exterior o le sacaran a la fuerza de su clase social con pico y pala, como en la galería de una mina donde se extraen piedras preciosas), mi extracción, digo, es acomodada (otra graciosa expresión, por cierto), pero en mi casa no había jamones jamás.
No sé por qué. Quizá mis padres los consideraban incómdos o demasiado pueblerinos o vaya usted a saber. Mis abuelos vivían en pueblos, pero tampoco eran rurales de verdad, esa clase de abuelos que envía jamones. Eran más bien señoritos de lugar pequeño. Uno era boticario volteriano; el otro, un rentista que había regentado una tienda de coloniales (así se llamaban los ultramarinos).
En mi casa había carrito con ruedas y botellas de whisky y ginebra, todas las que quieras, pero ni un sólo jamón. Ni chorizos colgados en la despensa. Ni ruedas de queso. Ni morcillas en ristras. Ni gallinas vivas.
Qué le vamos a hacer: la burguesía ilustrada no debía de ser muy partidaria entonces de la charcutería.
Humilde extracción, clase acomodada... ¿por qué todas las expresiones que se usaban (o se usan) son tan graciosas?
Porque son eufemismos, supongo, porque nadie quiere hablar de clase social, de dinero, de cuánto gana.
Si la "extracción" es rara, la "humildad" no lo es menos. ¿Humilde? Dan ganas de responder: oiga, en casa éramos pobres, pero soberbios y muy vanidosos.
Miro el María Moliner y me doy cuenta de que estoy confundido. Humilde no es una cualidad espiritual: es o ha llegado a convertirse, según esta señora, en un término específicamente socioeconómico.
HUMILDE: 1. adj. Perteneciente a una clase social de las que viven muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente: 'Una humilde lavandera. De familia humilde. De humilde extracción'.
Formidable.
¿No te parece que esa humilde lavandera ilumina ella sola toda la página del diccionario? Entre "humera" y "humita", en medio de tantos renglones inertes, de tanto plomo de imprenta, abreviaturas, definiciones, aplícase a, dícese de, utilízase también como, aparece de pronto, como un relámpago, la lavandera imprevista.
¿Tú no ves el resplandor repentino de la lavandera, con su pastilla de jabón Lagarto, las manos mojadas y percudidas de tanto frotar sábanas, los pies cansados y una sonrisa irónica, erótica, insurrecta? ¿Tú no te rindes sin condiciones a la lavandera, humilde o soberbia?
¿De dónde viene esta lavandera que retuerce la ropa para escurrirla? ¿De dónde la sacó doña María Moliner? ¿Cómo se le ha colado ahí, en mitad de la página?
En ese caso, según define humilde la Sra. Moliner, mi trayecto ha sido curioso, pues no siendo de humilde extracción, me he introducido a pulso en la humildad laboral. En lugar de modesto propietario, me he convertido en humilde novelista, que vive muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente.
Además de sinónimos (apocado, deferente, encogido, modesto, modoso, respetuoso, servicial, tímido, etc., es decir, las prendas o harapos morales que se presumen o que se exigen a quienes viven por su manos) da doña María una curiosa:
NOTA DE USO: "Humilde" se aplica a las personas, a su condición o clase social, a su aspecto o sus vestidos, etc. Aunque a veces se empleen indistintamente "humilde" y "modesto", "humilde" expresa un grado menos en la escala de las posiciones económicas y sociales; puede, por ejemplo, decirse "un modesto propietario", pero sería impropio decir "un humilde propietario".
¡Carambolas! Qué sagacidad la de la Moliner. Y cuánto me gustaría que hubiera seguido detallando esa escala: miserable-modesto-humilde-acomodado-poderoso-formidable, etc.
No hay humildes propietarios ni humildes creadores de riqueza, como no hay un miserable consejero delegado o un modesto director general.
Hay humildes novelistas, pero ¿modestos? ¡Amos anda!
Acomodado es "en buena posición económica", según doña María, pero no sigo, porque las consultas al diccionario son como el jamón: no puedes parar de cortar y comer.
En fin, así estamos: cortando jamón y alimentándonos más que nada de cosas jamonables: habas con ídem, tortillas de ídem, bocadillos de lo mesmo, ídem con melón y así todos los días.
Ahora que, por primera vez, vivo con un jamón en casa, he descubierto cuánta compañía hace. Alegran como la aparición súbita de una humilde lavandera en el primer tomo de un diccionario.
Un jamón da mucho cariño (aunque poca conversación), y sin pedir nada a cambio ni hacer más daño que unos cortes en los dedos. Un jamón tranquiliza, consuela, entretiene y escucha todo lo que dices sin llevarte la contraria. Casi no reclama atención para sí mismo, pero lo entrega todo.
¿Y estéticamente?
No sé qué pensarás tú, pero entre el carrito con ruedas cargado de botellas y el jamón, yo estoy con el jamón. A tope con el jamón.
Por ejemplo, después de indignarme un rato y cogerme una pataleta el domingo, me corté tres lonchas de jamón (con sólo dos lesiones en dedos índice y corazón), me puse un vino, y se me fue el santo al cielo.
Ya sólo me acuerdo de la alegría de mi hija la primera vez que fue a la cremà en unas Fallas. Nos llevó Verónica y, mientras yo me refugiaba en las faldas de las chicas (me asusta el fuego), Anusca sacaba fotos:

Fuego amigo, así se titulará mi novela de espías, cuando la termine.
Luego le saqué yo una foto a ella con una amiga fallera:

Ya te imaginarás que me hizo prometerle, para el año que viene, un traje completo de fallera, con sus moños y su peineta, y sus zapatos de medio tacón.
Ya te imaginarás que se lo prometí.
A cambio, al día siguiente, cogimos las bicis y nos fuimos a desayunar quintos de cerveza (yo) y orxata amb fartons (ella) a Miramar:
Y me quedé así, absorto, pensando en la repentina aparición de una lavandera en pleno diccionario.
Etiquetas: Anusca, María Moliner, mi chica, Piles, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.


















