Van y vienen
De perfil, se refería. De frente no; de frente sí podía, así que le nombraron ministro frontal.
Tanta debió de ser la sorpresa que, a la semana, ya lo tiene todo estudiado y se pone a hacer nombramientos.
Destituye a Campos Borrego para nombrar a Juan Carlos Marset en el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música, el INAEM.
¿Había tanta prisa?
Por supuesto que sí, hay que colocar a los amigos. Teniendo en cuenta que, en principio, Molina sólo va a ser ministro unos meses y que tiene bastantes amigos, podemos hablar incluso de una emergencia.
Para que te hagas una idea: a su toma de posesión, en la quinta planta del ministerio, acudieron dos centenares de "intelectuales" o "gentes de la cultura".
Desde Plácido Domingo a Alex de la Iglesia. Y Gamoneda, claro, que (según El Mundo) "luego se fundió con él en un paternal abrazo".
¿A qué es bonito fundirse en abrazos, como dos bombillas?
Molina citó a Cervantes y se sirvió un vino español, es decir: todo como manda el reglamento.
Allí le preguntaron si habría cambios y Molina declaró ese día:
--"Lo voy a hacer con tranquilidad, con tiempo y sin apresuramientos".
Pues dicho y hecho.
Ha habido cierto revuelo.
Luis Pascual ha dicho: "No tiene sentido que la dirección del INAEM sea un puesto político, ¡qué error!".
Luis García Montero ha dicho que es una decisión "absolutamente desatinada". Luego se ha quejado: "Alguna vez podríamos aspirar a que un Gobierno socialista se tomara en serio la cultura".
Venga, Luis, amigo, que ya somos mayores.
Yo ni entro ni salgo porque no sé una palabra de Artes Escénicas ni de Música.
Y además hace años que no veo a Juan Carlos Marset.
Cuando éramos muy jóvenes, en la universidad, Pepe Ridao (ahora José María) tenía un amigo que organizaba congresos y cosas, un tal Juan Carlos Marset.
--¿Como Juan Marsé?
--No, con te.
Tenía no sé qué enchufes en congresos por Andalucía y nos invitó a un par de ellos.
Marset con te era entonces monje y estaba metido en un grupúsculo, congregación o secta llamado "Juventud Idente".
--¿Vidente?
--No, sin uve. Son identes, porque van. Del verbo ir.
--Ah, van. ¿Y dónde coño van?
--No sabemos. Parece que a saraos culturales.
Nos llevó a un congreso en Sevilla y a otro en Huelva. Orejudo habló de Horacio. Yo hablé de Galdós y el método paranoico-crítico de Dalí. Durante la charla nos bebimos una botella entera de whisky.
El único idente que vimos fue a Marset. Era muy simpático y me pareció buena persona. Le llamábamos "el rey de la montaña", porque tenía cara de escalador nato, con permanente gesto de sufrimiento.
--Es una mezcla entre ciclista y boxeador --decía Orejudo.
Esto fue en 1985 y ésta es la foto que he encontrado. No sale Marset, igual la hacía él.

A la izquierda, Orejudo. Luego, Francisco Castañón (el único que folló en aquel viaje). Luego, de pie, Javier Yagüe. Luego yo, a la cabecera. A mi lado, Mauri de Miguel. Luego, medio escondido, Agustín Carlos López. Después Pepe Ridao.
Las grandes diversiones fueron:
--Interrogar a Marset sobre su voto de castidad. ¿Lo cumplía? Dijo que sí. Le preguntábamos si nunca, nunca, había... No, nunca. Él no, jamás. Le explicábamos lo que se perdía y entonces se le ponía aún más cara de escalador nato. Agustín se ofrecía para llevarle de putas en el acto. Marset decía: no, gracias.
--Beber whisky a morro.
--Reírnos de los poetas que recitaban. Se ponían de pie y movían las manos y nosotros soltábamos carcajadas. Había uno al que llamábamos "el nadador de crawl", porque entre verso y verso giraba la cabeza, como si cogiera aire para dar otra brazada. Nos descacharrábamos de risa.
--Intentar ligar. Aquí la clave era no dormirse. Había pocas chicas y el lema era el de Cela: "el que resiste, gana". Castañón se bebió varios litros de café y se salió con la suya.
O sea, no muy divertido, ¿verdad?
Luego ya no volví a ver a Marset en mucho tiempo.
Una vez nos llevó a ver a María Zambrano, muy anciana, a la que habían instalado en Madrid, cerca del Retiro. A mí me pareció una señora con pinta de pipera o de vendedora de chuches, y que estaba ya un poco ida. Sólo repetía ilusionada:
--¿Sabéis que ha venido la tele?
--Sí, señora. Ya lo sabemos.
--¡¡La tele!! Voy a salir por la tele.
De ahí no la sacabas.
A Marset y a Ridao les pareció emocionante, de una gran lucidez y un encuentro decisivo, o sea, que igual yo me perdí algo.
Otra vez estuve con él y con Ridao de copas (yo; ellos menos, eran más de fantas). Marset me regaló un libro que se llama Puer profeta, con el que había ganado el Adonais, creo. Otra vez, hace unos años, lo encontré en la SGAE y casi no lo conocí: había engordado, tenía una novia guapa y parecía mandar mucho en todos lados.
En eso último no ha cambiado desde el 85, cuando ya tenía extraños contactos y facilidad para invitar a saraos y parecía mandar mucho allí donde fuera.
En fin, mucha suerte, Marset. Y un brindis por los viejos tiempos.
Etiquetas: Antonio Orejudo, literatura, Marset, ministro Molina, Rafael Reig, Ridao
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









