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Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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domingo 16 de septiembre de 2007

Me entrego a la justicia, que me detengan

Me encanta quemar fotos del rey, la reina, sus Esquiadoras Majestades, el Mari-chalao, la fulana-lista y toda la parentela.

¿Pasa algo?

Me entrego y confieso: no siento el más mínimo respeto por el rey, la corona, la monarquía ni ninguno de los símbolos del Estado. Por puro gusto, los quemo, los ultrajo, escupo en banderas y fotos y pisoteo toisones de oro siempre que tengo un rato libre.

¿Están chiflados los fiscales?

¿Están majaretas los políticos?

¿Qué rayos es eso de que se pueda ultrajar a un símbolo, como he leído en la prensa?

¿Son ultrajables los símbolos?

Recuerdo aquel artículo de Rafael Sánchez Ferlosio (cuando se le entendía todo y aún no le habían canonizado en Prisa) que se titulaba "Situación límite: ¡ultraje a la paella!"

Comenzaba así:

"Con esta peste catastrófica de las autonomías, las identidades, las peculiaridades distintivas, las conciencias históricas y los patrimonios culturales, la inteligencia de los españoles va degradándose a ojos vista y se la ve ya acercarse peligrosamente a los mismos umbrales de la oligofrenia"


Así escribía Sánchez Ferlosio en 1983. Ahora, tantos años después, los umbrales de la oligofrenía se han traspasado ya hasta la cocina.

Es como el chiste viejo aquel del político que afirma en un discurso: "Estamos al borde del abismo, ciudadanos, pero vamos a dar un paso al frente". Estábamos al borde de la oligofrenia, pero ya hemos avanzado mucho y decididamente.

Se quejaba don Rafael de que la peste identitaria había "multiplicado pavorosamente el número de cosas susceptibles al agravio".

Ahora resulta que un símbolo del Estado puede padecer ultraje. Alucina, vecina. Ahora resulta que la Corona, como símbolo, puede sentirse agraviada. Que el rey, como individuo, se sienta injuriado, me parece estupendo. Tiene a su disposición el Código Penal, igual que cualquiera, para denunciar la injuria. Que haya un delito especial de injurias al rey como símbolo es tan medieval, tan disparatado y tan alarmante que dan ganas de tomar la Bastilla.

Yo creo que todo ciudadano (no súbdito) tiene derecho a quemar las fotos que le dé la gana, a manifestar su repugnancia por la institución monárquica en el tono que le apetezca y a no sentir ni el más mínimo respeto por el rey ni por la corona.

También suscribo el párrafo final de aquel viejo artículo de don Rafael:

Por todo lo cual ya desde ahora advierto que, si por un azar, afortunadamente harto impensable, me viese yo algún día -Dios no lo quiera, aunque tampoco dejaría de afrontar valientemente mis responsabilidades- convertido de pronto en presidente del Gobierno, tengo muy meditado que, por el bien de los españoles, mi primer acto de gobierno no podría ser otro que un decreto-ley prohibiendo inmediatamente y sine die los Sanfermines de Pamplona, las Fallas valencianas, la Feria y Semana Santa de Sevilla, la Romería del Rocío y toda especie de fiestas semejantes, amén de incoar, simultáneamente y por la vía de urgencia, un proyecto de ley orgánica para la abolición de la Virgen del Pilar (¡Dios, qué descanso para Zaragoza, para Aragón y para España entera!).


A mí me importa un rábano que el rey sea bueno o malo, cretino o listo, porque, como suele decir Savater, si el príncipe Felipe fuera un vago, idiota, cruel, despótico, pijo, descerebrado y tonto del haba... ¡también sería rey!

Y ese es el gran problema de la monarquía.

El otro gran problema de la monarquía es la Fiscalía.

No había percibido yo que en España hubiera un fuerte sentimiento en contra de la monarquía. Tampoco a favor, pero, en fin, me daba la impresión de que la gente se resignaba.

Ahora, gracias a la infatigable labor de la Fiscalía, sí percibo que empezamos a cansarnos y que somos muchos los que ya estamos hasta las narices.

Así que, por raro que parezca, tenemos que agradecerlo: la Fiscalía conspira a favor de la República.

¡Buen trabajo!

Excelente, aunque un poco chiripitifláutico, ¿no te parece?

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