l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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viernes 18 de enero de 2008

San Bobby Fischer nos proteja

Lo sé, escribo poco aquí. No por falta de ganas. Me decía un amigo que había leído el blog, al que llamó "tu espacio de felicidad". Tenía razón.

Hay una plataforma de motivos que me han impedido escribir: los achaques, ya no sé ni de qué pie cojeo, veo las estrellas, me duele todo. Otro: la falta de tiempo, con mi hija con muletas (y hay que subirla tres pisos en el cole). (Y bajarla). La mudanza: me cambio de casa. No soy un aventurero, así que me voy a dos portales de distancia. En cuanto esté instalado, este fin de semana, te cuento.

Esta mañana me llama Nacho Rojo, de Público, de la sección de Internet:

-Que se ha muerto Bobby Fischer.
-No me jodas.
-Sí.
-¿Me dejas escribir algo?
-Bueno, manda lo que se te ocurra y veremos.

Así que me puse a ver que me salía. Me salió esto que puedes leer aquí.

A mí Bobby me ha dado mucha felicidad. Hace años escribí una novela en la que contaba su vida. Se titula La fórmula Omega. Una de pensar.

Bueno, eso, sólo quería decirte que echo mucho de menos escribir aquí y que no hay mal que cien años dure y espero estar bien ya la próxima semana.

Gracias. Acepta mis disculpas: la semana que viene estaré (confío) en plena forma.

Aquí está mi hija que te presenta a la tripulación de su avión, les copains d'abord:

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jueves 29 de noviembre de 2007

Placeres intensos

Una vez estaba Jean Genet en un café y se sentó al lado una señora con un perrito. Genet debió de poner tal cara de asco que la señora le recriminó:

"¿Es que no ama usted a los animales?"
"A los animales, sí", respondió: "Lo que detesto es a la gente que ama a los animales".

A veces a mí también me ocurre. Nabokov es un autor admirable, pero hay demasiada gente que adora a Nabokov por razones que a mí me parecen detestables. Aborrezco, por ejemplo, el aristocratismo de Nabokov, su egotismo desaforado, su desprecio snob por la clase media y su prepotencia.

Hay un libro en el que Nabokov recopila entrevistas, se titula Strong Opinions (creo que se ha traducido con el título mucho más brillante: Opiniones contundentes). En una entrevista de 1962, Vladimir (después de presumir de su viaje en trasatlántico y de su estancia en un gran hotel) nos cuenta lo que gusta y lo que no le gusta:

My loathings are simple: stupidity, oppression, crime, cruelty, soft music. My pleasures are the most intense known to man: writing and butterfly hunting.


(Como quien dice: mis odios son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música ligera. Mis placeres son los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas).

Parafraseando a Nabokov yo diría: mis odios son sencillos: la crueldad, la explotación, el egoísmo, el ruido y tres o cuatro hábitos inofensivos de mis contemporáneos. Mis placeres son los más intensos que ha conocido la humanidad: el sexo, jugar al ajedrez, la conversación, leer, escribir, pasear, mi hija y el whisky.

¿Cuáles son tus odios sencillos y tus placeres intensos? ¿Podemos compartir algunos?

Jugaba de niño con mi padre, con mi hermano, en el colegio, con cualquiera que se dejara. Jugué mucho en el cole con Colorado y Balmaseda. Me convencí entonces de lo que decía Unamuno: "El ajedrez desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez". Y para nada más. Lo sé.

A temporadas me da por estudiar, pero la verdad es que el ajedrez me da vértigo: hay un momento en el que te das cuenta de que hay que dedicarle la vida entera.

En la universidad jugaba casi a diario con Orejudo y con Edu Becerra. Luego en Boston jugué mucho con Ian Maxwell. En Maine llegué a competir, jugaba por las tardes, en un Hospital Psiquiátrico, donde había muchos rusos.



En la foto estamos jugando, aunque se ve muy mal, Orejudo y yo, en 1985, en casa de mis padres.



Jugaba (y juega) muy bien Orejudo: me dejaba pensativo.

Ahora juego con mucha gente (con David Torres, de vez en cuando) y casi todas las semanas con Miguel Tomás. Miguel y yo jugamos en Olavide, en el Maracaná, en una sala que tienen detrás de la barra. El otro día echamos tres partidas:



¿Por qué sonríe Miguel con malicia y algo de compasión? Seguro que lo has adivinado.

Las tres horas que paso jugando con Miguel son, para mí, uno de los placeres más intensos, más violentos y más arrebatadores de los que están a mi alcance. Si hay ratos en los que uno puede decir que es feliz, rotundamente feliz, uno de esos ratos es una buena partida de ajedrez. No hay casi nada comparable.

Salvo el más resplandeciente de los placeres: jugar con mi hija Anusca, aunque sea a las muñecas:




¿Ya sabes por qué sonreía Miguel? ¿No lo has adivinado? Sonríe porque me tiene cogido por los huevos: C-d3 +, a lo que yo sólo puedo mover R-h1. Y entonces, claro: D x h2 ++. Un mate perfecto. Qué cabrón. Así son los amigos.

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