l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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lunes 16 de julio de 2007

¿De qué se trata, que me opongo?

Tengo un pensamiento adversativo. A mí sólo se me ocurren ideas en contra de algo. Mis (escasas) neuronas sólo se ponen en funcionamiento cuando algo me saca de quicio.

Últimamente, como es natural, pienso bastante.

Ver a los obispos en contra de la Educación para la Ciudadanía es un espectáculo. Los obispos protestando porque se adoctrina a los escolares. ¡Los obispos!

Como diría Flaubert, ça fair rêver...

Según el documento de la Conferencia Episcopal, la escuela debe evangelizar. Por medio de la escuela, dicen: "la Iglesia local evangeliza, educa y colabora en la formación de un ambiente moralmente sano y firme en el pueblo"

¿El pueblo?

Se me pone la carne de gallina de la emoción: ¡el pueblo!

¿Hace cuánto que no oías a nadie hablar de "el pueblo"? Nadie habla ya del pueblo, ni siquiera los leninistas ni los falangistas.

Cuando ya hasta los dictadores hablan de los ciudadanos y nadie dice jamás "el pueblo", aparecen los obispos, con un par, hablando de la moral sana y firme del pueblo, como en pleno siglo XIX.

Van a acabar hablando de "los obreros" o incluso de "los productores", como en tiempos de Franco.

El caso es que a mí lo de educar moralmente al pueblo me parece una bobada; y la asignatura de Educación para la Ciudadanía, una bobada de solemnidad. Siempre he pensado que la educación debería ser laica, estatal y obligatoria. Los colegios privados: prohibidos.

Sin embargo...

Sin embargo luego sale el obispo Cañizares y afirma: "Colaborar en la implantación de la nueva asignatura es colaborar al mal".

Claro, así las cosas: ¿a quién no le entran ganas de pasarse a las apretadas filas del Diablo? ¿Quién no está dispuesto a prestar apoyo al mal, así, en general? ¿Quién hay que no esté deseando ponerse al servicio de las tinieblas?

Lo malo de los obispos es que te obligan a defender bobadas. Ayer, en el aperitivo, en La Esquina de Benja, me oí defendiendo bobadas, sólo por llevar la contraria a los obispos.

Qué le vamos a hacer.

Por cierto, Cañizares, menos Historia Sagrada y más gramática. ¿Qué rayos de régimen preposicional es ése? ¿Colaborar en? ¿Colaborar a? Aclárese, narices. ¿Y no sería más sencillo y elegante colaborar con? ¿Colaborar al mal?

¿Podemos confiar en alguien que pone las preposiciones a voleo? Salta a la vista que Cañizares se ha educado con mucha catequesis y poca gramática. ¿A quién se le ocurre usar dos preposiciones distintas para el mismo verbo en la misma frase? ¿Para qué? ¿Para distraer la atención?

Ni María Moliner ni Manuel Seco colaboran a. Sólo el (dudoso) Panhispánico de dudas admite que "raramente" se puede colaborar a.

Sí, muy raramente. Es tan raro como seguir hablando del pueblo.

Como decía, creo recordar, Roland Barthes: la sintaxis es una facultad del alma.

A mí, alguien que se expresa así, me inspira desconfianza. Sospecho que la incapacidad de hablar claro oculta siempre desórdenes tenebrosos y ocultos, un alma esquinada, agachadiza y de tamaño reducido.

En fin, Cañizares, pídete lo que quieras en la barra, en La Esquina de Benja, en Cardenal Cisneros con Gonzalo de Córdoba (mi hija lo llama Los Toritos). Di que lo pongan a mi cuenta.

De nada, obispo. A tu salud.

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domingo 15 de julio de 2007

¿Con o sin ropa?

Así que ayer sábado me fui a tomar las cañas con Cristina y Marcos en un clásico: el Cangrejero, en la plaza de las Comendadoras.

Ahora que todo el mundo está en las terrazas, yo prefiero la penumbra acogedora del interior de los bares.



Por la noche, la fiesta de cumpleaños de Eduardo Vilas.



En la foto veo a Milagros Frías y Ramón Pernas, a Edu Vilas de espaldas, a Tito y a Mateo con sus chicas.

Las chicas en verano están bastante atractivas, ¿a que sí?



Algunas personas están más guapas cuanta más ropa lleven puesta.

Es mi caso, por ejemplo.

No es el caso, en cambio, de la mayoría de las chicas.

Yo en invierno, con abrigo, bufanda y guantes, me encuentro irresistible. Cuando me tengo que bañar en la piscina sin ropa, como anoche, pierdo bastante, la verdad.

Ellas no. En absoluto.

(Vas a tener que fiarte de mi palabra, porque no voy a poner fotos. Mira otra vez las fotos de arriba: imagínate a esas personas sin ropa. Fue divertido).

A eso de las cuatro de la mañana, nos metimos en la piscina. Nos dimos besos por debajo del agua: salían burbujas.

Al borde de la piscina teníamos los whiskies y los ceniceros: aquello se parecía de forma sospechosa a la felicidad. Era casi alarmante.

Tú ¿cómo estás mejor? ¿Con ropa o sin ropa? ¿Por debajo del agua o en tierra firme? ¿Cuando cierras los ojos o si miras con los labios entreabiertos?

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jueves 28 de junio de 2007

Los polvos, los lodos

En 1996 conseguí trabajo durante un año en Waterville, Maine.

Maine es tal y como te lo imaginas: una llanura inmensa con un joven en medio que lo quiere todo para la droga.

Bueno, y nieva sin parar.

Mi novia de entonces vivía en Miami y a veces iba a verla. A veces venía una amiga de Nueva York. Muchos fines de semana conducía cinco o seis horas y me iba a Vermont a ver a mis amigos argentinos. A la vuelta, paraba en New Hampshire (que casi no tiene impuestos) y llenaba el maletero de cajas de whisky.

Maine es un sitio avaro en diversiones. Aparte del alcoholismo deliberado, la dichosa naturaleza y algún concurso de Miss Camiseta Mojada, no había mucho que hacer. Íbamos mi amigo Aitor y yo a ver la casa de Stephen King, nos tomábamos unos pitchers y unos shots en el bar del pueblo, hacíamos fiestas, y yo jugaba un día a la semana al ajedrez, en un club que se reunía (no sé por qué) en el Hospital Psiquiátrico.

Qué tranquilizador, ¿verdad?

Aitor y Tania

Intentábamos ligar, por ejemplo con Tania, la becaria que daba clases de conversación de ruso.

Ni caso nos hacía.

En la foto, Aitor con Tania y conmigo. Tatiana era de San Petersburgo, un sitio en el que yo había estado en cientos de novelas. Conocía la Perspectiva Nevsky como si fuera la calle San Bernardo, de tanto leer a Dostoievsky.

Un día, sin embargo, ligué.

Estábamos en casa de Aitor, bebiendo whisky tumbados en el suelo, según nuestra costumbre. Tal que así:


whisky en el suelo


Aparecieron dos chicas medio españolas que Aitor había conocido en el supermercado (allí para ligar había que ir al súper o a misa, así que la decisión estaba clara).

La morena se llamaba Pilar y me preguntó a qué me dedicaba (cuando no bebía tumbado en la alfombra, que era a menudo).

--Doy clases de literatura.
--A mí me apasiona la literatura. Trabajé de asistenta en casa de un poeta español.
--Ah, ¿un poeta conocido?
--Creo que se llamaba Alberti.
--Me suena.

Estas cosas, estas mágicas casualidades, en la inmensa llanura de Maine, acaban por unir a dos espíritus erráticos, quieras que no, así que fuimos a mi casa, donde no había más muebles que una mesa, cuatro sillas de madera y un colchón en el suelo.

En el que acabamos.

Aquí, un paréntesis.

A la mañana siguiente me desperté, iba a hacer café y, ¡cataclonk!, la cafetera al suelo. Tenía la mano derecha sin sensibilidad, no podía sujetar nada. No me dolía. No soy yo de mucho preocuparme, así que me dije:

--Ya se me pasará.

Esperé a que se levantara Pilar y le pedí que hiciera ella el café.

--Se me ha quedado como dormido el brazo derecho --le expliqué, aunque no era esa la sensación: ni dolor ni hormigueo.

Tenía un coche automático, así que pude conducir con una sola mano hasta casa de Aitor, para que Pilar se reuniera con su amiga.

Para una vez que ligo: me quedo paralizado.

Formidable, pensé: típico mío.

--Ya se me pasará --me tranquilizé, empero.

Pues no se me pasó.

A los tres días seguía con la mano tonta, no podía ni sujetar la tiza para escribir en la pizarra.

Tomé una decisión heroica: fui al médico.

Me dijo que tenía esclerosis múltiple.

Joder, pensé: joder.

Pasé un par de días malos, sin saber qué hacer, esperando la cita con el neurólogo.

El neurólogo me aseguró que no era esclerosis múltiple. Que el otro médico era un botarate. El neurólogo tenía un fuerte acento ruso y eso me inspiraba mucha confianza. Me hizo pruebas y preguntas y al final dijo:

--First of all: find the lady.

He llamado a chicas con excusas pintorescas, lo admito, pero conseguí el teléfono de Pilar y llamé a una chica, por primera vez en mi vida, "por prescripción del neurólogo".

--¿Te puedo hacer unas preguntas sin importancia? --le dije.
--Claro.

Así que comencé con la lista que me había preparado el neurólogo al que yo suponía soviético. Y espía: había decidido que era espía también. Un tipo admirable: yo estaba a su favor, al ciento por ciento.

--Mmmm, un mordisco que tengo en la lengua, ¿te acuerdas si me lo hiciste tú o tal vez me lo hice yo solo?
--Ni idea.
--Y, por la noche, ¿recuerdas que haya tenido muchas convulsiones?
--¿Muchas convulsiones? Las justas, tío. Si fue visto y no visto y luego te quedaste roque. De convulsiones nada: ronquidos.
--Vale. ¿Te acuerdas si había alguna luz brillante?
--Oye, ¿qué pasa? Esto es muy raro...
--¿Raro? Qué va. Curiosidad, mujer, simple curiosidad.

Y así todo el rato.

--Bueno, pues te llamo un día... --le dije.
--No, no. No me llames. Mejor te llamo yo, ¿vale? No me llames tú, eh.

Hasta hoy.

El neurólogo finalmente, tras descartar epilepsia, esclerosis y qué sé yo, me dijo que no tenía nada. Una pequeña neuropatía radial, que se me pasaría sola. Me dijo que era algo muy corriente "en los marineros rusos". Esto me pareció un detalle simpático. Me sentí casi parte de la tripulación del acorazado Potemkin. Que al parecer, los marineros rusos, cuando están de vodka hasta las orejas, se acuestan en la litera con un brazo colgando, hasta que consiguen destrozarse bastante tejido nervioso, sin darse cuenta, anestesiados por el vodka.

Eso me había pasado.

En un par de semanas, estaba normal.

Sin embargo, desde entonces duermo siempre en postura póstuma, con las manos enlazadas en el pecho.

Por si acaso.

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jueves 21 de junio de 2007

RE: Qué vida más triste

No recuerdo cómo empezó, ni cuando, ni por qué; pero hace años que nos reunimos cada dos o tres meses cinco amigos para comer juntos.

Cuando nos conocimos ni siquiera teníamos barriga ni hijos ni empleos: éramos estudiantes. Ahora los cinco trabajamos en cosas que tienen que ver con la literatura: somos profesores, escritores, editores... por eso jamás hablamos de libros.



De izquierda a derecha, Gerardo Gonzalo, Eduardo Becerra, Chema Gómez Luque y Chavi Azpeitia, tomando las indispensables cañitas previas.

La primera vez comimos en El Quinto Vino, calle Hernani, y ahora ya hemos ido recorriendo todo Madrid.

--Hoy voy con el quinto vino --le digo a mi chica cuando hemos quedado.

--¡Cómo me vendrás! --suspira, resignada.

Un día Chema, que es el único que sabe llevar a cabo operaciones aritméticas sencillas, se dio cuenta de que el 85% de la factura de la comida correspondía a líquidos.

--En realidad, comer, lo que es comer, nos ha salido muy barato --nos consolamos.

Lo que sube un poco el precio son los vinos, los vodkas helados de Chavi, los gin-tonic en vaso de sidra de Eduardito, los orujos de Chema, las ginebras de Gerardo y mis Cutty Sarks.

Desde que hay e-mail quedamos siempre con un correo que lleva como título: "Re: qué vida más triste", no recuerdo por qué, pero ha quedado ya así bautizada la ocasión alegre.

--¿Nos hacemos un qué vida más triste?

--Venga.

Ayer comimos rabo de toro en Cantinela, calle Azcona.



Por lo que puedo recordar se habló de: las previsibles dificultades en Argentina de la editorial "Ediciones del Orto", las nalgas de las argentinas (teoría, práctica, modalidades, ejemplos inolvidables, etc.), conjeturas (¿disparatadas?) sobre la vida sexual de antiguos compañeros de clase, el proceso de demencia progresiva y previsible de antiguos profesores, quién se va a comer la última croqueta (salvo Gerardo, que ya le tocó la última vez, nos acordamos todos, macho), ¿es preferible una inocente becaria veinteañera o una cuarentona corrompida y escéptica? (hubo opiniones divididas: tres a favor de la opción A; dos por la B), los jodidos críos (rango de edad: desde meses --Gerardo y los gemelos-- a plena adolescencia --Eduardo y su Marta--), Rioja: añadas, precios, etc., mujeres fáciles en una edad difícil; y qué habrá sido de aquella novia que tuviste, ¿te acuerdas? Sí, hombre: la de la minifalda que bebía coñac, ¡cómo no te vas a acordar!

También conspiramos. Contra Bryce Echenique, por supuesto.

¿Acaso no conspira el universo entero contra Bryce Echenique?

Acabo de leer este titular en El País:

"Bryce Echenique se disculpa por el plagio de un artículo y lo atribuye a un complot político".


Con dos huevos.

Bryce es de carcajada.

Lleva años plagiando artículos y, cada vez que le pillan, da una excusa más pintoresca. Ana Rosa Quintana, a su lado, es una principiante.

Deberían hacer una teleserie, una sit-com en la que Bryce fuera inventando excusas nuevas en cada capítulo. Éxito total, máxima audiencia.

Que yo recuerde, ha atribuido ya la culpa de que él copie sin vergüenza a:

a) errores informáticos

b) su secretaria, la pobre, que no se entera

c) una campaña de desprestigio

d) la diferencia horaria entre Lima y Barcelona

Esta vez se ha superado a sí mismo: ¡un señor complot político! ¡Toma castaña! Como en el circo: ¡más difícil todavía!

Leo el artículo. Bryce, la víctima, "se presenta como centro de un complot del entorno de Fujimori que pretende acabar con él por la vía del descrédito". Formidable. Al parecer Bryce, el detective, todavía "no ha podido identificar al cerebro de la operación", pero afirma que se trata de "algún canalla". Portentoso. Como es natural, Bryce, el hombre que sabía demasiado, "no desvela cómo los confabuladores pudieron acceder a su correspondencia electrónica y enviar al periódico el artículo, firmado por él y levemente retocado". Espectacular.

El escritor plagiado, José María Pérez Álvarez, se ha mostrado sorprendido y ha dicho: "Si hay algún escritor que se ha opuesto radicalmente a Fujimori ése es Vargas Llosa, y no se sabe que nadie haya utilizado su nombre para plagiar a otros".

No, claro, pero Bryce es mucho Bryce.

Estamos todos muy ilusionados: ¿qué será lo próximo? ¿Abducción extraterrestre? ¿Control mental? ¿Telépatas chinos --sicarios de Fujimori, claro-- que introducen en su cerebro ideas de otros para que Bryce crea que son suyas? ¿Se durmió tras unas copas de más y, al despertar, le habían extirpado un riñón y habían publicado con su firma cinco artículos copiados? ¿Narcotizado por el Mossad, la CIA, el Pentágono y los templarios, en una conspiración internacional? ¿Tú qué opinas? ¿Apostamos algo?

Todos queremos que vuelva Bryce con más diversión.

La deshonestidad, la desvergüenza, la prepotente convicción de impunidad, la falta de escrúpulos y de respeto, etc. por lo general resultan entristecedoras.

En cambio, en el caso de Bryce, no. Bryce, además, garantiza siempre unas cuantas carcajadas.

Habría que agradecérselo, ¿no te parece? ¡Queremos tánto a Bryce!




Cuando fui a ver a mi chica a su buhardilla, me miró con compasión:

--Anda, hijo, que cómo me vienes...

--No es lo que parece. Puedo explicártelo todo: es que hemos estado complotando contra Bryce Echenique, ya sabes. Es algo inocente, ¿no lo hace todo el mundo?

--Qué vida más triste, corazón.

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martes 19 de junio de 2007

Farmacia de guardia

Ayer conocí a Fernando Arias. Estoy leyendo su novela El ojo hambriento. Resulta que Fernando y yo somos parientes, pero no lo sabíamos. Los dos hemos dejado de beber, así que en todos los bares pedíamos sólo una cosa. Una sola cosa, por favor.

--Un whisky, sólo un whisky, es que ya no bebo.

--Para mí otro, solamente uno, que lo estoy dejando.

Nos tomamos ni se sabe de whiskies, pero siempre de uno en uno, con prudencia y moderación.

Debe de ser que antes los pedíamos uno de dos en dos y otro de tres en tres, como Lazarillo y el ciego.

Hablamos de los coffe-table books, los libros para poner encima de la mesa. Libros decorativos. Con dibujos de Miquel Barceló o alguna otra pamplina semejante. Las mil y una noches, ilustrado por Frederic Amat, tres tomos, 180 euros. ¡Toma ya!

--No son para leerlos.

--No. Nadie se los traga. Son de uso tópico, como una pomada o así. Se ponen en el sitio adecuado, en una mesa o en la librería, y hacen su efecto, no hace falta ingerirlos.

Hay libros de uso tópico, que funcionan sólo con ponerlos en el sitio. Causan una impresión en las visitas y también en el feliz propietario, que se considera cultivado sólo por tener los libros a la vista.

Otros, en cambio, son de uso interno: hay que leerlos para que hagan efecto.

También hay ciertos libros que actúan como placebos, es decir: son inocuos, daño no hacen, pero no contienen ningun principio activo. La gente los lee de buena fe, se sugestiona y cree que le están sirviendo de algo. Por ejemplo, la poesía de José Ángel Valente: no es nada, sólo agua con azúcar, una pastilla de colores, pero esos hipocondríacos intelectuales se la tragan y piensan que les está haciendo efecto. Se sugestionan y se convencen a sí mismos de que están leyendo algo sublime, algo para paladares exigentes, y que están ya curados de sus enfermedades imaginarias.

¿Qué serían los clásicos entonces? Medicamentos genéricos: más baratos, más eficaces, pero sin publicidad y sin envase atractivo.

Lo que le da beneficio a las farmacéuticas editoriales son las novedades. Se hace una pequeña modificación en la fórmula, se busca un paquete de colores y se invierte una pasta gansa en publicidad. Y ya está. Es una simple aspirina de toda la vida, pero ahora tiene un nombre ingenioso y lo anuncian por la tele como si tuviera propiedades muy poderosas. Henning Mankell, por ejemplo, debe de ser el Frenadol de la novela policíaca.

Francisco Ayala, en cambio, se parece a las pastillas del Dr. Andreu. No sirve para nada, no quita ni siquiera la tos, pero tiene un prestigio incomprensible, que debe de ser extraterrestre: un prestigio con movimientos que no puede describir ningún escritor convencional, un auténtico PVNI (Prestigio Volante No Identificado).

Los libros deberían venir con sus contraindicaciones y sus efectos secundarios. Álvaro Pombo: evite su lectura si va a conducir o a manejar maquinaria pesada. Ray Loriga: puede provocar mareos, náuseas, vértigos, sensación de fatiga y hormigueo en las extremidades. Muñoz Molina: puede producir intensa somnolencia. Etcétera.

Y la posología, claro: no puedes tomar más de un Javier Marías cada diez años. ¿O eran quince?

En caso de sobredosis, hay que provocarse el vómito y llamar de inmediato al Instituto de Toxicología.

Por último está la parafarmacia: libros sobre templarios y enigmas históricos, bífidus activo, Isabel Allende, confesiones de una ninfómana, César Vidal, cremas reafirmantes, etc. Son cosméticos, en realidad, no son libros ni medicinas, pero imitan su apariencia y los venden en establecimientos que parecen librerías, con sus farmacéuticas de bata blanca.

Se lo conté a una amiga editora, María Casas. Le dije que, en lugar de solapas o cuartas de cubierta, los libros deberían tener prospectos, como los medicamentos.

Rafael Reig

En la foto estoy con María, en el Cabreira, calle Ruiz. Como ya no bebo estoy tomando un solo vino.

Creo que no le convenció mi idea. Sería porque ella tomaba café.

¿Y tú qué tomas? ¿Que me recomiendas para la melancolía? ¿Una dosis de Coetzee? ¿Lo puedo mezclar con un tratamiento de Pessoa que estoy siguiendo hace tiempo? ¿A ti qué efecto te hace César Vallejo? ¿Tomas Caballero Bonald? Yo no, a mí las píldoras Bonald me atontan y me dan mucho ardor de estómago. ¿Has probado Aldecoa efervescente? Es estupendo: funciona. No lo tienen en todas las farmacias, pero contra el aburrimiento, tómate un Felisberto Hernández antes de cada comida, ya verás. ¿Tú que lees cuando llueve? ¿El gran momento de Mary Tribune? ¿Claudio Rodríguez? Igual que yo. Da alegría leer a Claudio o a García Hortelano. A veces también a Miguel Hernández y a Garcilaso. Este fin de semana, que no paró de llover, leíamos mi chica y yo en voz alta la égloga de Miguel donde recuerda a Garcilaso bajo el agua del Tajo:

Un claro, caballero de rocío,
un pastor, un guerrero de relente...


Llegamos a eso de:

Diáfano y querencioso caballero,
me siento atravesado del cuchillo
de tu dolor, y si lo considero
fue tu dolor tan grande y tan sencillo.


Y entonces miramos por la ventana. Escampaba. Nuestro "dolor tan grande y tan sencillo" ya no nos hacía sufrir. La medicina había hecho su efecto: nos dieron ganas de salir a la calle y ponernos a pisar charcos.

¡Si no fuera por los medicamentos!

Mira, te recomiendo algunas farmacias de guardia. El Hotel Kafka, donde tienen inyecciones austrohúngaras; Arrebato, con las grageas de toda la vida; o Fuentetaja, donde aún te hace fórmulas magistarales la farmacéutica Amelia, con su bata que transparenta la ropa interior.

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miércoles 6 de junio de 2007

Escaleras con rellano



El sábado me colé en una comida de escritores. Invitaba Juan Cerezo, el editor de Tusquets, que iba con Pantaleón. Estaban Almudena Grandes (con su hija Elisa), Javier Azpeitia y Luis Landero.

Los súper-narradores comen gallina en pepitoria y cosas así.

Acabamos bastante borrachos en el Wellington despidiendo a los toreros:

--¡Que Dios reparta suerte!

Almudena y yo llevamos a las niñas al mismo cole. Por la mañana aparecen mamás y papás acarretando mochilas, porque traen voluminosos libros para que Almudena se los firme.

Un día me conto su TEORÍA DE LA ESCALERA CON RELLANO.

--Pues para mí un gin-tonic --dijo--. Las novelas son como las casas antiguas, Rafita. El lector tiene que ir subiendo la escalera. Una novela larga es una de esas escaleras con rellano, porque yo al lector le voy dando descansos entre piso y piso, para que recupere el aliento. En un cuento igual puedes subir de dos en dos los escalones y tirar la puerta abajo. Una novela es otra cosa: tiene que haber rellanos. ¿Aquí no ponen unas almendras ni nada?

--Unas almendritas pa' la narradora, Auri --le pedí a Áurea.

Estábamos en la terraza del Cabreira, en la calle Ruiz. Las niñas (su Elisa, mi Anusca), en un campamento.

--Ya verás, cuando vuelvan no se habrán cambiado de bragas en todo el campamento. Y el pelo... ¡van a volver con un ecosistema completo en el pelo! --me advirtió Almudena.

--¿Hay novelas con ascensor, Almudena? De esos ascensores que tienen espejo y un asiento forrado de terciopelo...

--¡Nos ha merengao! Mira Isabel Allende, por ejemplo.

--Y Ray Loriga ¿qué pone? ¿Escaleras de incendio por fuera como los norteamericanos del mismo New York?

--Se ve que sí. ¿Otro gin-tonic? Yo invito.

--Vale, para mí un whiskicito. Debe de haber novelas como Enrique Busián: no tiene puerta de calle.

--Natural. Y ponen un letrero: la entrada por Faulkner esquina Rulfo...

--Va a ser García Márquez...

Y así pasamos la tarde, considerando las novelas como inmuebles; las poesías, como bienes muebles; los cuentos, como fincas rústicas manifiestamente mejorables.

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