l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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domingo 3 de febrero de 2008

Carnaval

En el cole de mi hija hay mucho talante, buen rollo y compromiso. Los niños regañan a sus padres por no separar las basuras, por utilizar sprays o por fumarse un cigarrito. Les da vergüenza, no quieren que sean precisamente sus propios padres los únicos que echen a perder la capa de ozono (o "capa de océano", como la llama a veces mi hija), los causantes del cambio climático o los exterminadores de la biodiversidad. El planeta les preocupa mucho. En cambio, si les dices que ordenen su cuarto, no te hacen ni caso. Al planeta ni tocarlo; su armario es otro cantar, claro. Clasifican los desperdicios (orgánicos, cartones, plásticos, etc.), pero no recogen sus juguetes ni bajo amenazas. Se acaban sin contemplaciones la ultima galleta de la caja y ni te avisan, pero que no se enteren las criaturas de que está en peligro de extinción el alacrán hirsuto de los Cárpatos, porque se te ponen a hacer pucheros. Son muy sensibles a la biodiversidad, nos ha merengao.

-Mira, rica, tú deja el planeta en paz. La biosfera se puede ir a hacer gárgaras, pero esas muñecas me las recoges de inmediato o me vas a oír.

Es que a veces los padres perdemos la perspectiva y no estamos a la altura de nuestras responsabilidades ecológicas, qué le vamos a hacer.

En el cole tienen incluso un "taller de preparación de manifestaciones", lo prometo, hay un cartel en el tablón de anuncios con el horario. No sé qué les enseñarán allí (a hacer agujeros en las pancartas, a componer pareados con rima, a correr en zig-zag para esquivar a los grises, qué sé yo).

¿Será esto la legendaria Educación para la Ciudadanía que tanto incordia a los obispos, hasta el punto de sacarles a ellos también a la calle con pancartas? ¿Imparte también la Conferencia Episcopal talleres de preparación de manifestaciones? Seguro que les entrenan para correr con ropas talares, sin enredarse con los faldones y sujetándose la mitra.

Así las cosas, este año fuimos los padres temblando a la reunión a que nos explicaran la fieta de carnaval. El tema (porque tienen un tema, no te creas tú que se disfrazan a zorombullón... ¡muy elástico! ¡La ley del mínimo esfuerzo!) era el "cambio climático". Cuando se menciona esto, hay que poner cara severa, de honda preocupación. Si se habla de daños al medio ambiente conviene sacar del cajón el gesto que se usa cuando alguien te empieza a hablar de operaciones quirúrgicas, diagnósticos alarmantes o irreparables pérdidas.

-Joder, ya está lloviendo -como se te ocurra decir eso, te has caído con todo el equipo: los niños (y algunos mayores) se quitan unos a otros la palabra de la boca para afearte tu falta de sensibilidad: con lo que necesitamos la lluvia para la agricultura, para limpiar el aire, para llenar los embalses, etc.

Hoy en día, quejarse de la lluvia te señala de inmediato como un desalmado, el típico tío que prefiere tener los pies secos y al futuro del planeta que le vayan dando.

-Bueno, vale, pero a los agricultores esos ¿qué más les da que llueva sólo por la noche? -es lo único que puedes decir, como mucho.

A los de tercero de Primaria les tocaba la contaminación del aire.

Peor era los de cuarto, claro, que tenían que ir disfrazados de energías renovables:

-Ya sabéis, eólica, biomasa, solar... -nos explicó el profe.

Me imagino el desconcierto, la zozobra, la angustia o náusea existencial de ese padre al que su chaval le reclama un disfraz de Biomasa.

-Voy de Biomasa -tendría que explicar el chiquillo, porque así, al pronto, igual no lo pillas.

Por suerte, con ponerla de chimenea humeante yo ya cumplía. Tal que así.




A mí me preocupa bastante poco lo que le enseñen en el cole o lo que yo le enseñe. Siempre he pensado que los niños son más silvestres de lo que pensamos. O sea, que hacen lo que les da la gana. Yo tuve una educación religiosa, por ejemplo, y mira tú. Nos partíamos de risa en las clases, eso sí.

-¿Por qué el Espíritu Santo adopta esa forma de paloma y no de ternera gallega, por ejemplo? ¿Hay razones teológicas a favor de la paloma y en contra de la ternera? -preguntaba López, muy serio.

Al final, enredábamos tanto al padre Agustín que cortaba por lo sano y nos decía que precisamente por eso, porque no era tan fácil de entender, se llamaba "misterio". El misterio de la Trinidad: que eligiera la forma de paloma, en lugar de la mucho más nutritiva de solomillo de ternera.

-Es un misterio y punto redondo.

Después de la fiesta en el cole mi chica se llevó a mi hija y a la suya a una fiesta más improvisada en la calle, por la Corredera y San Ildefonso o así. Allí era como toda la vida: se disfrazaban de piratas, de estafermos, de estantiguas, de fantasma con una sábana o de momia envueltos en papel de váter. Lo de toda la vida. Y los más mayorcitos: los chicos, de tías, con tetas falsas, que es lo que de verdad les gusta (no se sabe por qué); y las chicas de entierro de la sardina, para poder ir de viuda-putoncillo, con minifalda, medias de rejilla y velo.

-Tienen su gracia las viudas estas en formato reducido -comentábamos Constantino y yo.
-Cuidado, tronco, que nos van a detener por pedófilos. Ahora están a la que salta con eso.
-A las mujeres es que les favorece mucho el disfraz de viuda, no sé por qué será.
-Más que el traje de novia, desde luego. Es curioso.
-Qué jodías.
-Desde luego.

Después vinieron Vanessa y Edu Vilas y las dos los recibieron vestidas de no sé sabe qué, sin ningún compromiso con la sociedad y el tiempo que les ha tocado vivir, desentendidas de la suerte del planeta, sí, vale, es posible, pero a reventar de felices y con la cara sucia.



Las niñas, en cuanto ven a Eduardo, sacan una baraja, ellas sabrán por qué.

¿Garbanzos? Eso era antes, que jugábamos con garbanzos, al burro, a la Oca o al parchís. Éstas no; éstas sólo juegan con "euros de verdad".

Así que cenamos y luego nos levantaron toda la pasta, claro, para invertirla en chuches biodegradables, macrobióticas e integrales (serían).

Eduardo y yo tuvimos que acabarnos hasta la última gota de whisky que había en la casa, para biodegradarlo, por supuesto.

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