l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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jueves 29 de noviembre de 2007

Placeres intensos

Una vez estaba Jean Genet en un café y se sentó al lado una señora con un perrito. Genet debió de poner tal cara de asco que la señora le recriminó:

"¿Es que no ama usted a los animales?"
"A los animales, sí", respondió: "Lo que detesto es a la gente que ama a los animales".

A veces a mí también me ocurre. Nabokov es un autor admirable, pero hay demasiada gente que adora a Nabokov por razones que a mí me parecen detestables. Aborrezco, por ejemplo, el aristocratismo de Nabokov, su egotismo desaforado, su desprecio snob por la clase media y su prepotencia.

Hay un libro en el que Nabokov recopila entrevistas, se titula Strong Opinions (creo que se ha traducido con el título mucho más brillante: Opiniones contundentes). En una entrevista de 1962, Vladimir (después de presumir de su viaje en trasatlántico y de su estancia en un gran hotel) nos cuenta lo que gusta y lo que no le gusta:

My loathings are simple: stupidity, oppression, crime, cruelty, soft music. My pleasures are the most intense known to man: writing and butterfly hunting.


(Como quien dice: mis odios son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música ligera. Mis placeres son los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas).

Parafraseando a Nabokov yo diría: mis odios son sencillos: la crueldad, la explotación, el egoísmo, el ruido y tres o cuatro hábitos inofensivos de mis contemporáneos. Mis placeres son los más intensos que ha conocido la humanidad: el sexo, jugar al ajedrez, la conversación, leer, escribir, pasear, mi hija y el whisky.

¿Cuáles son tus odios sencillos y tus placeres intensos? ¿Podemos compartir algunos?

Jugaba de niño con mi padre, con mi hermano, en el colegio, con cualquiera que se dejara. Jugué mucho en el cole con Colorado y Balmaseda. Me convencí entonces de lo que decía Unamuno: "El ajedrez desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez". Y para nada más. Lo sé.

A temporadas me da por estudiar, pero la verdad es que el ajedrez me da vértigo: hay un momento en el que te das cuenta de que hay que dedicarle la vida entera.

En la universidad jugaba casi a diario con Orejudo y con Edu Becerra. Luego en Boston jugué mucho con Ian Maxwell. En Maine llegué a competir, jugaba por las tardes, en un Hospital Psiquiátrico, donde había muchos rusos.



En la foto estamos jugando, aunque se ve muy mal, Orejudo y yo, en 1985, en casa de mis padres.



Jugaba (y juega) muy bien Orejudo: me dejaba pensativo.

Ahora juego con mucha gente (con David Torres, de vez en cuando) y casi todas las semanas con Miguel Tomás. Miguel y yo jugamos en Olavide, en el Maracaná, en una sala que tienen detrás de la barra. El otro día echamos tres partidas:



¿Por qué sonríe Miguel con malicia y algo de compasión? Seguro que lo has adivinado.

Las tres horas que paso jugando con Miguel son, para mí, uno de los placeres más intensos, más violentos y más arrebatadores de los que están a mi alcance. Si hay ratos en los que uno puede decir que es feliz, rotundamente feliz, uno de esos ratos es una buena partida de ajedrez. No hay casi nada comparable.

Salvo el más resplandeciente de los placeres: jugar con mi hija Anusca, aunque sea a las muñecas:




¿Ya sabes por qué sonreía Miguel? ¿No lo has adivinado? Sonríe porque me tiene cogido por los huevos: C-d3 +, a lo que yo sólo puedo mover R-h1. Y entonces, claro: D x h2 ++. Un mate perfecto. Qué cabrón. Así son los amigos.

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lunes 18 de junio de 2007

Algunas detestaciones (1)

--Detesto a las personas que se cepillan los dientes. El instrumento se llama, sí,es verdad, cepillo de dientes. ¿Es suficiente motivo para cepillarse los dientes? Se cepilla un abrigo o una puerta de madera, pero ¿tus propios dientes?
--Abomino de las personas que almuerzan. ¿Por qué no comen, como todo el mundo? ¿Qué es eso de almorzar? Manuel Seco, en su insustituible Diccionario de dudas, lo deja claro. Las comidas, en España, son desayuno, comida, merienda y cena. Ya está. Punto. Nada de almuerzos. Eso del almuerzo, dice Seco, es un uso que "aparece con cierta frecuencia en la prensa, la radio y la televisión, a veces en la literatura y siempre en las listas oficiales de precios de los hoteles". En otras palabras, una soberana tontería.
Se ve que hay a quien le da vergüenza decir "comer", como si quedara en evidencia que se trata de una función corporal. Prefieren almorzar. Allá ellos. Hay que ser cursi. Se empieza almorzando y se acaba diciendo "pompis".
En Argentina, al parecer, lo que los cursis consideran de mal gusto es "cenar": siempre "comen" por la noche.
Cuando alguien me ofrece quedar "a almorzar", suelo decir:
--Vale, ¿a las diez o así?
Porque la única excepción admisible es para los que madrugamos en poblaciones de menos de mil habitantes.
En el pueblo, me levanto como a las cinco y trabajo hasta las nueve o diez. A esa hora allí se almuerza. Un bocadillo, ensalada, cerveza o vino, y luego una copa de coñac o de anís. A las dos o las tres se come, claro, como Dios manda, antes de la siesta.
Este es uno de los bares en los que suelo almorzar en Piles, el Casa Nati.




--Me espeluzna la expresión "una pieza de fruta". ¿Es que acaso son desmontables las manzanas? Su uso me parece propio de individuos a medio alfabetizar: banqueros, políticos, ejecutivos, etc.
--Me repele la voluntad de ser original. La originalidad es inevitable. No hay por qué buscarla. Es más, como diría (quizá) Tolstoi: todas las buenas novelas se parecen; en cambio, cada novela mala ha tenido la pretensión de ser original.

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