Placeres intensos
"¿Es que no ama usted a los animales?"
"A los animales, sí", respondió: "Lo que detesto es a la gente que ama a los animales".
A veces a mí también me ocurre. Nabokov es un autor admirable, pero hay demasiada gente que adora a Nabokov por razones que a mí me parecen detestables. Aborrezco, por ejemplo, el aristocratismo de Nabokov, su egotismo desaforado, su desprecio snob por la clase media y su prepotencia.
Hay un libro en el que Nabokov recopila entrevistas, se titula Strong Opinions (creo que se ha traducido con el título mucho más brillante: Opiniones contundentes). En una entrevista de 1962, Vladimir (después de presumir de su viaje en trasatlántico y de su estancia en un gran hotel) nos cuenta lo que gusta y lo que no le gusta:
My loathings are simple: stupidity, oppression, crime, cruelty, soft music. My pleasures are the most intense known to man: writing and butterfly hunting.
(Como quien dice: mis odios son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música ligera. Mis placeres son los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas).
Parafraseando a Nabokov yo diría: mis odios son sencillos: la crueldad, la explotación, el egoísmo, el ruido y tres o cuatro hábitos inofensivos de mis contemporáneos. Mis placeres son los más intensos que ha conocido la humanidad: el sexo, jugar al ajedrez, la conversación, leer, escribir, pasear, mi hija y el whisky.
¿Cuáles son tus odios sencillos y tus placeres intensos? ¿Podemos compartir algunos?
Jugaba de niño con mi padre, con mi hermano, en el colegio, con cualquiera que se dejara. Jugué mucho en el cole con Colorado y Balmaseda. Me convencí entonces de lo que decía Unamuno: "El ajedrez desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez". Y para nada más. Lo sé.
A temporadas me da por estudiar, pero la verdad es que el ajedrez me da vértigo: hay un momento en el que te das cuenta de que hay que dedicarle la vida entera.
En la universidad jugaba casi a diario con Orejudo y con Edu Becerra. Luego en Boston jugué mucho con Ian Maxwell. En Maine llegué a competir, jugaba por las tardes, en un Hospital Psiquiátrico, donde había muchos rusos.

En la foto estamos jugando, aunque se ve muy mal, Orejudo y yo, en 1985, en casa de mis padres.

Jugaba (y juega) muy bien Orejudo: me dejaba pensativo.
Ahora juego con mucha gente (con David Torres, de vez en cuando) y casi todas las semanas con Miguel Tomás. Miguel y yo jugamos en Olavide, en el Maracaná, en una sala que tienen detrás de la barra. El otro día echamos tres partidas:

¿Por qué sonríe Miguel con malicia y algo de compasión? Seguro que lo has adivinado.
Las tres horas que paso jugando con Miguel son, para mí, uno de los placeres más intensos, más violentos y más arrebatadores de los que están a mi alcance. Si hay ratos en los que uno puede decir que es feliz, rotundamente feliz, uno de esos ratos es una buena partida de ajedrez. No hay casi nada comparable.
Salvo el más resplandeciente de los placeres: jugar con mi hija Anusca, aunque sea a las muñecas:

¿Ya sabes por qué sonreía Miguel? ¿No lo has adivinado? Sonríe porque me tiene cogido por los huevos: C-d3 +, a lo que yo sólo puedo mover R-h1. Y entonces, claro: D x h2 ++. Un mate perfecto. Qué cabrón. Así son los amigos.
Etiquetas: ajedrez, Antonio Orejudo, Anusca, detestaciones, Miguel Tomás, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









