Mis negociaciones con editores (1)
Que por qué no hacía un libro para su editorial. Que por qué no.
Me había pasado media vida leyendo y tomando notas, así que el libro que se me ocurrió era una historia de la literatura contada como una novela.
Como siempre, estaba a la cuarta pregunta. O quinta. Le pedí dinero, claro, un anticipo para ponerme a hacer el libro.
--La mitad ahora y la mitad cuando acabes el trabajo.
--No te preocupes, haremos que parezca un accidente.
Es la fórmula consagrada para pagar trabajos sucios, sicarios, pistolas en venta, asesinos a sueldo, novelas por encargo y palizas en aparcamientos subterráneos.
Como es natural, no escribí ni una línea hasta que no vi el dinero. Manuel lo sabía y me dio el cheque a toda velocidad.
Tenía la idea de que lo importante era un índice. Lo demás vendría sólo: bastaba con rellenar el índice. Nos reunimos un par de noches en El Parnasillo y en la terraza del Cabreira, hasta que hicimos entre los dos un índice.
Como todos los escritores, yo también tengo ilusiones (somos tipos sensible): quería volver a Las Vegas, donde había estado en los años ochenta. Entonces llegué en coche desde el Este. Estuvimos en el cañon del Colorado, que le gustó mucho a la Lorenza.

--Es una maravilla de la naturaleza --decía Laurence.
--¡Por favor!
A mí la expresión "maravilla de la naturaleza" me da urticaria.
Igual que cuando me dicen:
--Es una película basada en hechos reales.
--Me importa un pimiento: a mí lo que me gustan son los hechos reales basados en películas --respondo siempre, porque así es mi vida, basada en escenas de películas, personajes de novela y canciones de Brassens.
Vale, sí, el cañón no estaba mal del todo, con ese silencio sobrecogedor y patatín patatán, pero yo quería ver una maravilla de la ingeniería, la Hoover Dam, una de las presas de bóveda más contundentes del mundo.
Vimos la presa (vale la pena) y, luego, ya de noche, nos fuimos hacia Las Vegas.
Vas por el desierto y, de pronto, a lo lejos, en el horizonte tembloroso, ves las luces de la ciudad, de una ciudad irreal, edificada en medio de la nada, sin relojes, sin día ni noche, siempre con luz artifial, una ciudad consagrada por entero al vicio, a las flaquezas humanas, a las pasiones improvisadas y ficticias. Una maravilla.
Me emocioné.
Nos quedamos en Las Vegas unos días, alimentándonos únicamente de desayunos a cualquier hora del día o la noche. En cuanto te sentabas a jugar venían chicas con patines a traerte whiskies. Todo era de pésimo gusto, chabacano, pretencioso, recargado: me sentí feliz.
Se lo conté a Manuel.
--Si vendemos más de quinientos mil, la editorial te lleva a Las Vegas --me prometió para estimularme.
--¿Todo pagado?
--Todo. Putas y todo, en Las Vegas, en primera clase, a partir de quinientos mil. Paga la editorial Debate.
--Trato hecho.
Eso es lo que yo llamo "negociar con los editores", je, je. Además de tipos sensibles, somos tipos optimistas, casi insensatos: ¡quinientos mil!
Así que me puse a escribir, rellenando el índice que habíamos hecho en unas servilletas de bar. Me fui a Piles y se vino también Chavi Azpeitia (y nuestras respectivas chicas y las niñas). Nos levantábamos a las cinco y nos metíamos en una habitación en la que sólo había dos mesas y una orla del Colegio San José de Valencia, promoción 1956-57. Los nombres de todos los personajes de la novela de Chavi y de la mía los sacamos de esa orla. Chavi piensa de pie, necesitaba pasear por el huerto entre frase y frase. Yo en cambio no me movía de la silla. Cuando me cansaba de escribir, oía teclear a Chavi a toda velocidad.
--Qué cabrón. Se va a enterar.
Así que seguía escribiendo, qué remedio. Creo que conseguí acabar el libro para no ser menos que Chavi, sólo por fastidiar.
A las nueve o diez nos íbamos a almorzar al Palmeras, unas cervezas y un bocadillo de sepia, y dábamos el trabajo del día por terminado.
Mi libro se publicó el año pasado, se llama Manual de literatura para caníbales. El de Chavi este año, se llama Nadie me mata.
Cada vez que veo a Manuel le pregunto:
--¿Cuánto hemos vendido?
--Unos tres mil.
--Joder. Aún quedan cuatrocientos noventa y siete mil.
--Poco a poco.
--¿Sigue en pie, no?
--Un trato es un trato.
Ahora resulta que Manuel Fernández Cuesta se ha ido de Debate, se marcha a dirigir Península.
Me alegro por él, pero no puedo evitar hacer una sola pregunta:
--Manuel, ¿qué pasa con mi viaje a Las Vegas? ¿Sigue en pie? ¿Ahora quién va a llevarme a Las Vegas con todo pagado?
Aquí está Manuel Fernández Cuesta, hace unos días, con un abanico en el bolsillo y una de esas guayaberas que se trae de Venezuela.
Sí, vale, pero dime, Manuel, ¿qué hay de lo mío? ¿Qué pasa con Las Vegas? ¿Un trato es un trato?
Etiquetas: editoriales, Javier Azpeitia, Lorenza, Manuel Fernández Cuesta, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.











