l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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miércoles 25 de julio de 2007

Mis negociaciones con editores (1)

Hace un par de años, gracias a Carmen de Eusebio, conocí en una fiesta a un editor y me dijo que teníamos que hablar. Manuel Fernández Cuesta me invitó a una fabada en Casa Portal, que es una de las formas más civilizadas que conozco de hablar.

Que por qué no hacía un libro para su editorial. Que por qué no.

Me había pasado media vida leyendo y tomando notas, así que el libro que se me ocurrió era una historia de la literatura contada como una novela.

Como siempre, estaba a la cuarta pregunta. O quinta. Le pedí dinero, claro, un anticipo para ponerme a hacer el libro.

--La mitad ahora y la mitad cuando acabes el trabajo.
--No te preocupes, haremos que parezca un accidente.

Es la fórmula consagrada para pagar trabajos sucios, sicarios, pistolas en venta, asesinos a sueldo, novelas por encargo y palizas en aparcamientos subterráneos.

Como es natural, no escribí ni una línea hasta que no vi el dinero. Manuel lo sabía y me dio el cheque a toda velocidad.

Tenía la idea de que lo importante era un índice. Lo demás vendría sólo: bastaba con rellenar el índice. Nos reunimos un par de noches en El Parnasillo y en la terraza del Cabreira, hasta que hicimos entre los dos un índice.

Como todos los escritores, yo también tengo ilusiones (somos tipos sensible): quería volver a Las Vegas, donde había estado en los años ochenta. Entonces llegué en coche desde el Este. Estuvimos en el cañon del Colorado, que le gustó mucho a la Lorenza.



--Es una maravilla de la naturaleza --decía Laurence.
--¡Por favor!

A mí la expresión "maravilla de la naturaleza" me da urticaria.

Igual que cuando me dicen:

--Es una película basada en hechos reales.
--Me importa un pimiento: a mí lo que me gustan son los hechos reales basados en películas --respondo siempre, porque así es mi vida, basada en escenas de películas, personajes de novela y canciones de Brassens.

Vale, sí, el cañón no estaba mal del todo, con ese silencio sobrecogedor y patatín patatán, pero yo quería ver una maravilla de la ingeniería, la Hoover Dam, una de las presas de bóveda más contundentes del mundo.

Vimos la presa (vale la pena) y, luego, ya de noche, nos fuimos hacia Las Vegas.

Vas por el desierto y, de pronto, a lo lejos, en el horizonte tembloroso, ves las luces de la ciudad, de una ciudad irreal, edificada en medio de la nada, sin relojes, sin día ni noche, siempre con luz artifial, una ciudad consagrada por entero al vicio, a las flaquezas humanas, a las pasiones improvisadas y ficticias. Una maravilla.

Me emocioné.

Nos quedamos en Las Vegas unos días, alimentándonos únicamente de desayunos a cualquier hora del día o la noche. En cuanto te sentabas a jugar venían chicas con patines a traerte whiskies. Todo era de pésimo gusto, chabacano, pretencioso, recargado: me sentí feliz.

Se lo conté a Manuel.

--Si vendemos más de quinientos mil, la editorial te lleva a Las Vegas --me prometió para estimularme.
--¿Todo pagado?
--Todo. Putas y todo, en Las Vegas, en primera clase, a partir de quinientos mil. Paga la editorial Debate.
--Trato hecho.

Eso es lo que yo llamo "negociar con los editores", je, je. Además de tipos sensibles, somos tipos optimistas, casi insensatos: ¡quinientos mil!

Así que me puse a escribir, rellenando el índice que habíamos hecho en unas servilletas de bar. Me fui a Piles y se vino también Chavi Azpeitia (y nuestras respectivas chicas y las niñas). Nos levantábamos a las cinco y nos metíamos en una habitación en la que sólo había dos mesas y una orla del Colegio San José de Valencia, promoción 1956-57. Los nombres de todos los personajes de la novela de Chavi y de la mía los sacamos de esa orla. Chavi piensa de pie, necesitaba pasear por el huerto entre frase y frase. Yo en cambio no me movía de la silla. Cuando me cansaba de escribir, oía teclear a Chavi a toda velocidad.

--Qué cabrón. Se va a enterar.

Así que seguía escribiendo, qué remedio. Creo que conseguí acabar el libro para no ser menos que Chavi, sólo por fastidiar.

A las nueve o diez nos íbamos a almorzar al Palmeras, unas cervezas y un bocadillo de sepia, y dábamos el trabajo del día por terminado.

Mi libro se publicó el año pasado, se llama Manual de literatura para caníbales. El de Chavi este año, se llama Nadie me mata.

Cada vez que veo a Manuel le pregunto:

--¿Cuánto hemos vendido?
--Unos tres mil.
--Joder. Aún quedan cuatrocientos noventa y siete mil.
--Poco a poco.
--¿Sigue en pie, no?
--Un trato es un trato.

Ahora resulta que Manuel Fernández Cuesta se ha ido de Debate, se marcha a dirigir Península.

Me alegro por él, pero no puedo evitar hacer una sola pregunta:

--Manuel, ¿qué pasa con mi viaje a Las Vegas? ¿Sigue en pie? ¿Ahora quién va a llevarme a Las Vegas con todo pagado?



Aquí está Manuel Fernández Cuesta, hace unos días, con un abanico en el bolsillo y una de esas guayaberas que se trae de Venezuela.

Sí, vale, pero dime, Manuel, ¿qué hay de lo mío? ¿Qué pasa con Las Vegas? ¿Un trato es un trato?

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lunes 11 de junio de 2007

Feria del Libro

Total, que fue a firmar con la librera más guapa de Madrid, Miss Bookstore 2007, Amelia, de Fuentetaja. Bueno, también me gusta Marta, de Antonio Machado, para ser sinceros (que maldita la falta que hace).

Fuentetaja

Amelia es la de la derecha. La librería tuvo que cerrar, pero ha vuelto a abrir en otro local un poco más arriba, en el 35 de San Bernardo. A mí me gusta ir con mi hija Anusca y secuestrar a Amelia e invitarla a una caña o dos. Nunca pido que me hagan descuento, no como otros... No digo nombres, pero me han dicho que Juan Madrid...

Nos metimos Chavi Azpeitia y yo en la caseta, con Juan y Amelia, nos pusimos de whisky hasta las orejas, nos reímos como enfermos terminales (esto es difícil de impedir si estás con Chavi y Amelia) y, creo recordar, puede que firmáramos algún libro. Incluso alguno nuestro, no sé. Yo imitaba la firma de Paul Auster, ponía en inglés alguna sandez sobre el azar, el destino, la casualidad y tal y cual, y el cliente se iba como unas castañuelas.

La gente que pasaba hablaba de la longitud de la cola de Iker Jiménez, que ya son ganas de hablar por hablar.

Aquí estoy, firmando, algo aturdido por "el contacto con los lectores" y con los licores:




Vino Eva Metola, de Lengua de Trapo, y le dije que le firmaba lo que fuera, cualquier cosa, libros incluidos (salvo cheques).

--Te firmo un hombro --le propuse, travieso.

--A que no te atreves --me desafió, coqueta.

Con cariño y rotulador le firmé, empezando en la clavícula. Procuré que la dedicatoria fuera larga, a ver si llegábamos a la cintura, pero no se me ocurría nada y me salía muy mala letra, porque me temblaba la mano al rozar su piel.

Las mujeres me intimidan, qué le vamos a hacer, no tengo remedio.

Luego mi chica me preguntó qué tal en la Feria.

--Nada, ya sabes, colegios, niños pidiendo pegatinas, poca cosa...

--¿Chicas?

--¿Chicas? ¿Qué chicas? ¿Cómo chicas? Allí sólo hay tías interesadas en la cultura. Figúrate: esas chicas con dioptrías y sin escote, que llevan bragas cintureras y se muerden las uñas. ¡Tías con vida interior! O sea: no digo más. Un rollo, cariño, un mal trago.

--Ya.

No soy yo partidario, bajo ninguna circunstancia, de facilitar información.

Por si acaso.

Y además, me conmueve el optimismo de mi chica, que se figura que yo ligo algo.

¿A que es enternecedor?

También firmé en otra caseta, la de Machado, con Jorge Molist, Rosa Montero y Fernando Sánchez Dragó.

--Dame un beso, pedazo de caníbal --me dijo Rosa.

--Toma, hija mía, hija del caníbal.

¿Lo has pescado, el chiste? Je, je. Ja, ja.

Firmé sobre todo libros de Chavi y libros de 451, como el ¡Mío Cid!

Eso es un proyecto insensato, formidable y enloquecido, es decir: el típico proyecto de Chavi Azpeitia.

Versiones de los clásicos. Remakes, como en Hollywood. El Cid no está mal, claro, pero el director, en su época, lo rodó con muy pocos medios. Chavi nos ha propuesto volver a rodar la misma película, pero con mucho presupuesto. Les hemos puesto rayos láser, porque sólo tenían espadas. Les hemos puesto vida interior y psicología freudiana, porque eran unos medievales y no tenían ni siquiera subconsciente. Les hemos puesto ropa interior de seda y wonder-bras, porque iban con ciclatones y bragas de esparto... Y así todo.

Luego ha liado a más para hacer el Lazarillo, Calderón, Shakespeare, Sófocles...

Chavi ha liado a todo el mundo, aquí está la prueba:

escritores 451

A ver, no voy a nombrar a todos, pero sí a algunos. En la primera fila, a la izquierda, Lorenzo Silva, serio, formal, como no es, pero como parece. ¿Su codo está en contacto con el de Irene Zoé? ¿Tú qué piensas? ¿Ligaron?

Nico Casariego está al lado de Félix Romeo: ¿dos hombres y un destino? En la segunda fila está Lola Beccaria (hola, Lola, un beso como los de los tangos: "prolongao"), al lado de Martín Casariego, y luego Marta Rivera de la Cruz. El que lleva gafas de delincuente es Marcos Giralt Torrente. A su lado, Marta Sanz. Yo estoy proponiéndole a Nuria Barrios actividades sexuales clandestinas, acaloradas y refrescantes. Me dijo que no. No sabe lo que se pierde. ¿O sí lo sabe? ¿Tú qué piensas?

Arriba está Isaac Rosa, luego Fernando Marías y el culpable de todo: Chavi Azpeitia. Manolo García Rubio está al lado de Antonio Orejudo, y al final Antonio Álamo.

Joder, qué ensalada de autores. ¿Menudo rollo, no?

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domingo 10 de junio de 2007

¿Tengo un pasado?

La primera vez que fui a firmar a la Feria del Libro fue en 1990. Hace diecisiete años.

Tenía yo entonces 26 años y acababa de publicar mi primera novela, Esa oscura gente.

La había acabado dos o tres años antes, en Boston y Nueva York, en casas y máquinas de escribir prestadas. La presenté a un premio, que no me dieron, claro. En el jurado estaban Jesús Torbado y Víctor Márquez Reviriego. Hablaron con Rafael Borrás, que me llamó.

--Soy Rafael Borrás, de la editorial Planeta.

--¡La leche en bote! --pensé yo: la gloria había llegado, la fama interplanetaria llamaba a mi teléfono.

Pues no. Para nada. Falsa alarma. Abajo periscopio.

Borrás me invitó a muchos gin-tonics en el Palace, pero al final no publicó la novela.

Víctor Márquez Reviriego sigue siendo mi amigo hasta hoy, y me invita a comer y me cuenta maldades, porque sabe todas las maldades de todo el mundo.

Total, que recorrí Madrid con mi manuscrito y al final conseguí editor gracias al trabajo incansable de Chavi Azpeitia.

Todos mis amigos, casi todos los seres humanos que conocía entonces, querían ser escritores, Chavi, Javier Yagüe, Pepe Ridao, Mauri de Miguel, Marcos Gómez, Alfonso Lucini y sobre todo Antonio Orejudo.

En esta foto de 1990 estamos el Orejudo y yo, obsesionados por ser escritores, después de habernos empujado una fabada en Casa Portal.



Nadie nos hacía caso. Recorríamos Madrid en el Seiscientos de Orejudo.

--Dan ganas de chocarse, Reig, de puro resentimiento.

--Déjalo, Orejudo, mejor otro día.

Como todo el mundo a esa edad, yo también tenía una novia. Hola, Silvia.

Sí, tengo un pasado, pero no se lo digas a mi chica, por favor: ella no sospecha nada.

Aquí estamos brindando con los dos primeros ejemplares de mi primera novela, el 29 de marzo de 1990, lo sé porque lo pone detrás de la foto.



No sé si te lo imaginas, si me imaginas: veintiséis años, mi primera novela publicada, y yo cruzaba el Retiro mientras decían mi nombre por los altavoces.

Puede que fuera feliz, puede que llevara el corazón en la mano, como una moneda apretada en el puño. ¿Te lo imaginas?

Firmar, lo que es firmar, no firme más que a los amigos, compañeros del cole y antiguas novias.

La novela no la leyó nadie, la editorial quebró, los libros los guillotinaron, pero yo he seguido viniendo al Retiro a firmar casi todos los años.

Firmar, lo que es firmar, sigo sin firmar nada: pero insisto.

Miento: ayer le firmé con rotulador en un hombro a Eva. Mañana te lo cuento, ahora me voy a la Feria.

Me da igual firmar o no. Como decía el gran García Hortelano: "yo sólo soy partidario de la felicidad".

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