l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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domingo 13 de enero de 2008

Huellas de pasos

Sigo cojo perdido. Qué le vamos a hacer. Resignado y contento, maguer que adolorido.

Además, el viernes mi hija se cayó y se hizo dos esguinces en el tobillo derecho.
Tiene que estar unos veinte días con muletas.

Menuda pareja hacemos.

Está guapísima, eso sí:



Yo le canto:

Una cojita ye-yé
me tiene embrujado,
yo bien sé por qué


Me contó que fue en clase de gimnasia:

-Estábamos saltando en una de esas cosas que tienen las ruedas...
-¿Un neumático?
-Lo pillas: un neumático. Y me caí. ¿Quieres ver las fotografías de mi pie?
-¿Las radiografías?
-Los pillas, cara de tortilla.
-Vale, lo pillo, membrillo.

Así que vi las fotografías de sus huesos, la huella del pequeño pie derecho de mi hija.

Senti lo mismo que sintió Robinson Crusoe al ver una huella en la arena: No estoy solo. No estoy solo en el mundo.

Volví a leer aquel capítulo de Defoe que empieza:

Ocurrió una mañana, hacia mediodía, cuando me dirigía hacia la piragua. Ante mi enorme sorpresa desscubrí las huellas perfectamente nítidas de un pie desnudo sobre la arena. Me detuve estupefacto, como golpeado por un rayo o como si hubiese visto un fantasma.


Como Robinson Crusoe, contemplando los huesos del pie de mi hija, me sentí atravesado de parte a parte por el relámpago de la felicidad.

Lo malo de leer es que no se acaba nunca. Seguí leyenndo ese capítulo. En seguida volví atrás, al principio:

Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no del país, pues mi padre era un extranjero...


Cuando encontré la huella en la arena (la encontré yo, pues mientras leo yo soy Robinson, y la isla, y Viernes, y el barco que naufraga)me acordé de aquel poema de Apollinaire sobre las huellas de pasos, Cortège.

No tuve más remedio que levantarme de la cama y arrastrame cojeando a buscar el viejo ejemplar de Alcools.

Sólo tardé cuarenta minutos en dar con él: todo un récord en el desorden de mi casa.

Un jour
Un jour je m'attendais moi-même
Je me disais Guillaume il est temps que tu viennes
Pour que je sache enfin celui-là que je suis


Como quien dice:

Un día
Un día yo me esperaba a mí mismo
Me decía Rafita ya va siendo hora de que vengas
Para que yo sepa por fin aquello que soy

Y luego dice:

Je me disais Guillaume il est temps que tu viennes
Et d'un lyrique pas s'avançaient ceux que j'aime
Parmi lesquels je n'étais pas


Más o menos:

Me decía Rafita ya es hora de que llegues
Y con un paso lírico se acercaban aquellos a quienes yo amo
Entre los cuales no estaba yo

Mi memoria, que es un colador, recordaba algo como: oigo el ruido de los pasos de las personas a las que amo, pero entre ellas no estoy yo.

¿También tú te esperas? ¿Tampoco distingues el ruido de tus pasos entre los de los que amas?

Y así seguí, leyendo a Apollinaire, que a su vez me obligó a leer, etc.

Lo malo es que tengo mucho trabajo, demasiado, y no puedo leer.

Quiero acabar mi novela de espías.

Tal y como yo escribo, necesito tanto espacio como tiempo. Tengo libretas, unos blocs amarillos que me regala Edu Vilas, cosas apuntadas en servilletas. Y me gusta escribir a mano, a máquina y en ordenador. Cambio de mesa de vez en cuando o me acodo en el balcón a escribir de pie, a lápiz.

Tengo ya el muerto.

El muerto es toda la novela pero en borrador, contada a la pata la llana y llena de cosas como: aquí va descripción de la ciudad. Aquí follan. Ahora un diálogo copiado de Le Carré. Aquí se tiene que notar que ella es mala. Falta ver al tipo, qué cara tiene.

Todo así. Belén Gopegui me decía el otro día:

-Lo que tenías que publicar es eso, mucho más divertido que la novela acabada.
-Claro, y que el lector lo complete si quiere.

Igual tiene razón.

Para dar vida al muerto necesito mucho espacio y he acabado colonizando incluso el cuarto de mi hija.



Así, mientras escribo, oigo el ruido de sus pasos, la huella en la arena de su pie, y sé que no estoy solo. Nunca. Aunque al final no llegue nadie a esa cita que tengo conmigo mismo.

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miércoles 11 de julio de 2007

Pensar con los dedos

Ésta es mi máquina, la que uso ahora:



Me la regaló Chavi Azpeitia, que siempre recuerda que, cuando la compró, se la querían vender sin punto y coma.

--No hace mucha falta --se excusaba el de la tienda.
--Oiga, que yo no soy periodista. Yo sé usar el punto y coma.

Escribo a máquina porque me gusta. El ruido al teclear me acompaña. Me encanta escribir deprisa y acumular las hojas a un lado, ver crecer cada día el montón.

Tengo otras dos máquinas. Una Olivetti roja, en casa de mi chica. Cuando la visito, me pongo a teclear en su buhardilla y la gata Flora me vigila. Otra en la casa del pueblo, en Piles, y es también una Olympia.

Mi primera máquina fue una Underwood 18, y la recuerdo con más cariño que a algunas ex novias. Me encantaba.

Decía Umbral que hay dos tipos de escritores:

A) Los que se ponen a escribir cuando se les ha ocurrido una idea.

B) Aquellos a quienes se les ocurren las ideas escribiendo.

Yo soy del tipo (B). Escribo para que se me ocurran ideas. Escribo, no para decir algo, sino para saber qué es lo que quería decir.

En realidad, pienso con los dedos.

¿Y tú? ¿Hablas cuando tienes algo que decir o hablas para tener algo que decir, para saber lo que querías decir? ¿Hablas por hablar, como yo? ¿Escribes para saber lo que estabas pensando?

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martes 10 de julio de 2007

Una salud propia

Una vez le oí decir a Federico Mayor Zaragoza que "la salud es un concepto biográfico, no biológico. Cada uno debe tener la salud que necesita para hacer realidad su propio proyecto de vida".

La salud no se impone desde el ministerio a golpe de prohibiciones: es un proyecto personal.

Mi proyecto de vida más obstinado ha sido siempre escribir.

En el 92, antes de irme a trabajar, otra vez, a Estados Unidos, vivía en el Puente de Vallecas. Compartía casa con dos tipos a los que no conocía de nada. Uno quería ser actor y el otro era informático. Nos llevábamos bastante bien, ellos comían frutas y verduras, no bebían nada más que un poco de cerveza y por supuesto no fumaban. Era como vivir con la ministra déspota, Elena Salgado, sólo que mis compañeros eran mucho más simpáticos.

Mi único proyecto entonces era sentarme a la máquina y escribir. Si hacía bueno, me ponía en el terrado de la casa.



Vivía entonces de redactar discursos para los políticos y de analizar encuestas.

Por eso no contesto o miento a propósito en cualquier encuesta. ¿Para qué se hace una encuesta? Para manipularte. Siempre. Por definición. Para venderte la misma porquería en un envase más atractivo o para hacer una campaña electoral con lo que tú quieres oír (la misma porquería en un envase más atractivo, también).

Mi "proyecto de vida" no era en absoluto incompatible con un poco de bronquitis ni con una resaca de vez en cuando. Si quieres ser atleta, necesitas una salud diferente que si quieres ser escritor de novelas, ¿no te parece?

Si quieres ser ministro, en cambio, necesitas salud, sí, pero también bastante desvergüenza:

--"A Zapatero yo le daría el premio Nobel de la Honestidad y la Solidaridad" --ha dicho un señor en cuanto le han nombrado ministro.

Macho, ¿es que no bastaba con mandarle un jamón? ¿Se puede hacer más el ridículo?

Quizá. ¿Tú qué crees?

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domingo 10 de junio de 2007

¿Tengo un pasado?

La primera vez que fui a firmar a la Feria del Libro fue en 1990. Hace diecisiete años.

Tenía yo entonces 26 años y acababa de publicar mi primera novela, Esa oscura gente.

La había acabado dos o tres años antes, en Boston y Nueva York, en casas y máquinas de escribir prestadas. La presenté a un premio, que no me dieron, claro. En el jurado estaban Jesús Torbado y Víctor Márquez Reviriego. Hablaron con Rafael Borrás, que me llamó.

--Soy Rafael Borrás, de la editorial Planeta.

--¡La leche en bote! --pensé yo: la gloria había llegado, la fama interplanetaria llamaba a mi teléfono.

Pues no. Para nada. Falsa alarma. Abajo periscopio.

Borrás me invitó a muchos gin-tonics en el Palace, pero al final no publicó la novela.

Víctor Márquez Reviriego sigue siendo mi amigo hasta hoy, y me invita a comer y me cuenta maldades, porque sabe todas las maldades de todo el mundo.

Total, que recorrí Madrid con mi manuscrito y al final conseguí editor gracias al trabajo incansable de Chavi Azpeitia.

Todos mis amigos, casi todos los seres humanos que conocía entonces, querían ser escritores, Chavi, Javier Yagüe, Pepe Ridao, Mauri de Miguel, Marcos Gómez, Alfonso Lucini y sobre todo Antonio Orejudo.

En esta foto de 1990 estamos el Orejudo y yo, obsesionados por ser escritores, después de habernos empujado una fabada en Casa Portal.



Nadie nos hacía caso. Recorríamos Madrid en el Seiscientos de Orejudo.

--Dan ganas de chocarse, Reig, de puro resentimiento.

--Déjalo, Orejudo, mejor otro día.

Como todo el mundo a esa edad, yo también tenía una novia. Hola, Silvia.

Sí, tengo un pasado, pero no se lo digas a mi chica, por favor: ella no sospecha nada.

Aquí estamos brindando con los dos primeros ejemplares de mi primera novela, el 29 de marzo de 1990, lo sé porque lo pone detrás de la foto.



No sé si te lo imaginas, si me imaginas: veintiséis años, mi primera novela publicada, y yo cruzaba el Retiro mientras decían mi nombre por los altavoces.

Puede que fuera feliz, puede que llevara el corazón en la mano, como una moneda apretada en el puño. ¿Te lo imaginas?

Firmar, lo que es firmar, no firme más que a los amigos, compañeros del cole y antiguas novias.

La novela no la leyó nadie, la editorial quebró, los libros los guillotinaron, pero yo he seguido viniendo al Retiro a firmar casi todos los años.

Firmar, lo que es firmar, sigo sin firmar nada: pero insisto.

Miento: ayer le firmé con rotulador en un hombro a Eva. Mañana te lo cuento, ahora me voy a la Feria.

Me da igual firmar o no. Como decía el gran García Hortelano: "yo sólo soy partidario de la felicidad".

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