l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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viernes 8 de febrero de 2008

Dame la mano

Debo de ser yo mucho más tonto de lo que pensaba, porque un anónimo escribe "a que no hay pelotas para colgar tu foto de comunión" y lo primero que hago es irme a buscarla.

Soy tonto sin remedio.

Aquí está. Estamos Benito, Columna, yo (de marinerito, claro) y Maite. Helena no había nacido todavía.



¿Quién no mira una foto de niño y se asombra?

¿Quién no recuerda a Wordsworth?

My heart leaps up when I behold
A rainbow in the sky:
So was it when my life began;
So is it now I am a man;
So be it when I shall grow old,
Or let me die!
The Child is father of the Man;
I could wish my days to be
Bound each to each by natural piety.


Que nos viene siendo como decir algo parecido a:

Salta mi corazón cuando contemplo
Un arcoiris en el cielo;
Así fue cuando empezaba mi vida;
Aaí es ahora que soy un hombre;
Así sea cuando me haga viejo,
O si no, ¡dejadme morir!
El Niño es el padre del Hombre;
Desearía que mís días se enlazaran
unos a otros con amor filial.



Natural piety, amor filial, el sentimiento (se cree que espontáneo y natural) que se tiene hacia lo que uno engendra y viceversa. Piedad filial, claro está, la escena de La Piedad, con la madre que recibe el cadáver del hijo al que acaban de desclavar de la cruz.

El niño es el que hace al hombre, es su padre, una vieja idea (no creo que se le ocurriera a Wordsworth).

Es al niño que fuimos al que siempre le presentan el cuerpo del hombre muerto que somos. La piedad. El descendimiento.

Pintado por Van der Weyden, a ser posible.

Cada día es hijo del anterior, así que deberían quererse unos a otros, ¿no? Renegar del pasado es parricidio. Ese niño vestido de marinerino, ¿qué sentirá ya hacia mí? ¿Piedad o sólo compasión? ¿Amor filial o ese rencor que provoca la traición, el abandono, el desengaño?

¿La foto de la comunión?

Esta es mi madre, tenía veinte años, era novia de mi padre, y yo aún no había nacido:



Y este es mi padre, tenía poco más de veinticinco, era novio de mi madre:



Mi padre fue a trabajar en la presa de La Jocica, en el río Dobra. La presa se acabó en el 64, yo acababa de nacer, en septiembre del 63. Durante la construcción se conocieron mis padres, en Cangas de Onís (donde nací).

Miro sus fotos, cuando se conocieron, como miro mi foto de primera comunión, con piedad filial. Miro sus fotos y me dan ganas, como a los niños pequeños, de taparme los ojos para que los demás no puedan verme, como si me volviera invisible para todos sólo con taparme yo los ojos con las manos.

By Natural Piety, citando a Wordsworth, tituló Gabriel Ferrater un poema que a mí siempre me ha gustado mucho.

Vull que ara em duguis
avall. Vull que m'ensenyis els indrets
que tens a la memòria, i et conten
com has anat naixent.


Como si dijera:

Quiero que ahora me lleves
abajo. Quiero que me enseñes los lugares
que tienes en la memoria, y que te cuentan
como has ido naciendo.


Llévame, dice, al lugar donde aprendiste a nadar, donde sentiste miedo a la oscuridad, llévame a la parada del autobús que te llevaba a casa, enseñáme esos lugares donde fuiste pequeña:

A peu, i a poc a poc, anem pujant
cap a carrers per on ara no hi passen
sinó figures teves, les més íntimes.


Más o menos:

A pie, y poco a poco, vamos yendo
por calles donde ahora no pasan
más que figuras tuyas, las más íntimas.


Dame la mano, le dice, como si tuvieras miedo de volver a entrar en el colegio, como si fuéramos a cruzar un semáforo peligroso; dame la mano y no tengas miedo:

No pots perdre-t'hi més. Dóna'm la mà
que és l'obra bona del passat, que ets tu.


Ya no puedes perderte ahí. Dame la mano
que es la obra buena del pasado, que eres tú.


Cuántas veces no le digo yo también a mi novia: dame la mano que es la obra buena del pasado, que eres tú. Llévame más abajo, enséñame aquel colegio de la calle Fernández de los Ríos, déjame ver el miedo que tenías, lo sola que estabas, la alegría del viernes. Llévame a la habitación del fondo, enséñame las muñecas sin brazos, la almohada, la aspirina que te daban aplastada entre dos cucharillas, déjame oírte toser y llamar en sueños, déjame sentir en la yema de los dedos la fiebre en tu frente, oigamos juntos los pasos de tu padre en el pasillo.

Y dame tu mano: la obra buena del pasado.

Tengo aquí Les dones i els dies, una edición de los ochenta, cuando Orejudo y yo tradujimos a medias el Poema inacabat. Cuántos años sin leerlo. Se me había hecho antipático Ferrater, a partir de su canonización, su excesiva inteligencia, su suicidio a plazo fijo. Dijo que no quería ser viejo y que se suicidaría antes de pasar de cincuenta. Lo hizo. Se ató una bolsa de plástico al cuello y se asfixió, en el 72, en Sant Cugat.

Orejudo escribió una vez un poema sobre una idea de Ferrater. Lo tituló CONVERSACIÓN EN UNA FIESTA.

La idea de Ferrater era que escribir es como una conversación en una fiesta. Has visto a una mujer espectacular, a tu espalda. Estás hablando con un tipo, un amigo del colegio, digamos, sobre un asunto indiferente. Notas a la mujer que te atrae, está detrás de ti. Cambias el tono de voz. Sigues hablando con el tipo, pero para que te oiga ella, y ya hablas con una voz disitinta, un poco más alto, diciendo otras cosas. El tipo no tiene por qué darse cuenta de nada, tú disimulas, al parecer sigues hablando con él, pero en realidad hablas para que ella te oiga desde atrás.

Según Ferrater, se escribe para alguien, para hablar con alguien (el tipo de la fiesta), porque:

un vers que no sap a qui parla
sembla aquell que de cap es llança
a una piscina que han buidat
o que invoca l'eternitat


Como si dijera:

Un verso que no sabe a quien habla
se parece al que se tira de cabeza
a una piscina que han vaciado
o que invoca la eternidad.


Bueno, pues entonces, según Ferrater, escribes para alguien, pero como si por encima del hombro estuviera leyendo lo que escriben Flaubert (o Tolstoi o César Vallejo, o los tres cogidos de la mano).

Me parece una imagen que vale por toda una teoría literaria.

He vuelto a leer a Ferrater y me ha vuelto a gustar. Unos versos suyos que siempre me recito. Para ti.

Amb ben poc en tenim prou. Només
el sentiment de dues coses:
la terra gira i les dones dormen.
Conciliats, fem via
cap a la fin del món. No ens cal
fer res per ajudar-lo.


Más o menos:

Con muy poco tenemos bastante. Nada más
que el sentimiento de dos cosas:
la tierra gira y las mujeres duermen.
Reconciliados, avanzamos
hacia el fin del mundo. No hace falta
que hagamos nada para ayudarlo.


Dame la mano, tu mano, obra buena del pasado, y (como digo en ese valenciano de Piles que sólo hablo, como Aznar, en la intimidad) ara mirem d'anar per feina.

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jueves 10 de enero de 2008

Noche de Reyes

Ando tristón. Tuviera yo vida interior, inclusive me deprimiría; pero no es el caso, a lo más que llego es a estar algo abatido, medio mohíno.

Ya no sé ni de qué pie cojeo. Empecé el año cojo perdido, con tendinitis en el tobillo derecho. Cuando se me empezaba a curar, me dio un terrible ataque de gota en el pie izquierdo. Duele mucho, la verdad.

Todos los años Anusca y yo nos vamos a Miranda de Ebro a pasar los Reyes con mi hermana Columna.

Se iba a llamar Pilar, pero mis padres decidieron que no había tanta diferencia entre un pilar y una columna, y se llamó Columna. A mí, como es lógico, no me suena raro.

Desde que hay AVE, la red ferroviaria española está mandada recoger. Todo para el AVE, gritan, mientras suprimen paradas, trenes, líneas? Las poblaciones pequeñas se quedan cada día más incomunicadas y aisladas, los viajes son cada vez más caros, en fin, un desastre de proporciones descomunales. El presupuesto de 2008 dedica casi la misma cantidad de dinero al AVE que a todo el resto de la red. Cada año es más caro y más difícil viajar en tren.

Y más incómodo. Salvo en AVE, claro, ese tren para ejecutivos atómicos que sólo le dirigen la palabra a su propio móvil.

A Miranda de Ebro, aquel gran nudo ferroviario, quién lo diría, ya llegan pocos trenes. ¿Qué pensaría Pedro Rojas, el ferroviario (y hombre) inmortal en los versos de Vallejo?

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
"Viban los compañeros! Pedro Rojas",
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.


Aquel Pedro que era capaz de "vivir dulcemente en representación de todo el mundo", el que fue asesinado, aunque "su cadáver estaba lleno de mundo".

(Hay un libro que se agotó allí, claro, sobre el campo de concentración de Miranda, a ver si lo reeditan y le echo un vistazo).

Cuando paró en Burgos, me bajé a fumar un cigarrillo. En seguida vino el revisor hecho un basilisco.

-No se puede bajar a fumar en las paradas -decía
-¿Por qué no? ¿Este tren va a Autzwitch o a Miranda de Ebro? Faltaría más que no me pudiera bajar donde me dé la gana.

Da un poco de risa: desde que prohibieron fumar en los trenes, los lavabos apestan a tabaco.

Mi hermana Columna, además de tener algunas características comunes conmigo (pocas, por suerte para ella), es todo lo que yo no soy: paciente, hogareña, cariñosa con los niños y de buen conformar y mejor humor. Nada más llegar me pone siempre una cervecita helada:




Mientras tanto, Anusca y ella se ponen a cocinar y charlamos. Aquí están haciendo pisto.




Mira qué cara tan seria pone mi hija cuando cocina. A los niños les entusiasma hacer cosas de mayores, pero las llevan a cabo con gran seriedad, muy concentrados, poseídos por la importancia de su actividad.

A los mayores también nos encanta hacer cosas de niños, travesuras, juegos, canciones, bromas. A veces pienso que nos sucede lo mismo: se nos queda la misma cara, nos lo tomamos demasiado en serio.

Escribir un soneto, ¿no es al fin un juego? ¿Por qué darse entonces tanta importancia y poner esa cara tan solemne? Follar, ¿no es al cabo un juego? ¿Por qué entonces nos lo tomamos tan a pecho, con tanta severidad? ¿Disfrutamos tomándonos en serio los juegos infantiles, igual que los niños disfrutan tomándose en serio las cosas de mayores? ¿Por qué nos dejamos poseer por lo pomposo, en lugar de jugar más a menudo, con más sencillez y sin tanta convicción?

No sé, ¿tú qué piensas?

Luego vinieron mis sobrinos, Rafael y Nieves, de 16 y 14. Después de cenar, iban a salir. Las negociaciones sobre la hora de llegada estaban basadas en el conflicto de Oriente Medio: interminables, urgentes, llenas de falsas promesas y amenazas veladas, engañosas por ambas partes, con tanto victimismo como abuso de poder y con hojas de ruta dibujadas a espaldas de la realidad.

Mientras tanto, mi sobri Rafael se puso a entretener a Anusca. Sacaron más de veinte disfraces. El más peregrino o aberrante fue éste, en el que mi pobre hija quedó convertida en la más joven recluta del ejército:




Hicimos lo que hacemos todos los años: comer mucho, beber más, charlar, dar paseos, ver la cabalgata de Reyes, ir a patinar a Vitoria y jugar a las siete y media con garbanzos (cada uno con un valor de cinco céntimos de euro: mi hija ganó siete euros).

Este año no pude patinar (el anterior tampoco, por un dolor de muelas repentino), aunque presenté parte médico de la tendinitis. Como siempre, mi cuñado José Manuel se encargó de extenuar a mi hija sobre la pista, aun a riesgo de unas cuantas culadas. Ahí van los dos sobre cuchillas:



Gracias, Jose, tronco.

A mí la pista de patinaje de Vitoria, con su kiosko de música, me gusta mucho más que la de Nueva York, ¿pasa algo? Y además, como todos los años, me arrastré cojeando a ver un rato la estatua de Ignacio Aldecoa. A mí me han gustado mucho algunos libros de Aldecoa y me gusta mucho esa estatua en el parque.

Durante la noche del 5 vinieron los Reyes, dejaron huellas de camello por todas partes, se comieron dos mazapanes y se bebieron casi media botella de Ballantines (qué raro, ¿verdad?).

A Nieves le trajeron potingues de maquillarse y un móvil. A Rafael lo que había pedido: libros de Camus, Lorca y Rilke. Con un par. A mí un boli. A Anusca un almohadón, una bolsa, unas cuentas para ensartar collares y un muñeco del Olentzero.

Aquí está, feliz, estrenando el almohadón:




Al día siguiente ya casi estaba curado de la tendinitis. En el tren, Anusca se durmió en su almohadón nuevo, ocupando los dos asientos, lo que me obligó a hacer el viaje con "billete de barra", en el bar, probando los distintos botellines de whisky y procurando apoyar el peso en el pie izquierdo, por si acaso.

Por la noche me dolía un poco el pie izquierdo. Pensé que sería de apoyar el peso sobre él.

A la mañana siguiente no podía andar. La gota.

Ahora convalezco (qué bonito verbo para conjugar, ¿verdad?). Y ando tristón, pero a ratos me fumo un pitillo y me tomo una cervecita y, como a Garcilaso:

Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.

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miércoles 2 de enero de 2008

Conduce con cuidado

El 1 de enero paseaba por el barrio con bastón. Temprano. Me cruzaba con tipos como yo, abuelos con gorra de visera y garrota, con historiales médicos, fracturas, ciática, azúcar, citas quirúrgicas aplazadas y una esportilla de recuerdos tristes que hay que llevar a cuestas.

En la calle había quedado expuesto el interior de los cuerpos de los más jóvenes: vómitos, bilis, sangre, lágrimas, semen, saliva, no sé si también cera de oídos. Pisaba cristales rotos y ese contenido de los órganos internos arrojado a las aceras. Había algunas palomas metiendo el pico en charcos de sustancias viscosas, irisadas; a veces con grumos, a veces humeantes.

No había periódico y quedaban aún criaturas que volvían a casa con los ojos vidriosos, el corazón diminutivo y el estómago empedrado de indigesto chocolate.

Daba cierta tranquilidad de espíritu ser por fin mayor, muy mayor, y poder pasear (aunque fuera cojitranco), y levantar la frente hacia el sol de invierno.

En Nochevieja cenamos todos juntos. Aquí estoy con mi novia en la cocina de Helena y Álvaro, con los whiskies del aperitivo.




Hablé por teléfono con el Orejudo.

-Estoy cojo, Orejudo.
-Pues nada, entonces te tendrás que pasar toda la noche follando.
-Qué remedio.
-Te libras del cava, de la acidez de estómago y del condenado chocolate con churros, que cae como una piedra.
-Sí, pero no puedo apoyar el pie. Así que como un señor: boca arriba y sin hacer grandes esfuerzos.
-Feliz año, avunculus.
-Ídem de lienzo.

Me quedé pensando que, en general, en la cama hacemos esfuerzos en sentido opuesto.Las tías intentan correrse. Lo antes posible. Los tíos intetamos no corrernos. Lo más tarde posible.

Así que, en realidad, casi siempre follamos en dirección contraria.

Como dos vehículos en una carretera solitaria: hay que poner la luz de cruce, para no deslumbrar al otro.

Nos vemos uno al otro de frente sólo un instante; y, luego, de espaldas, por el retrovisor, cada vez más lejos, aunque ya sepamos que, reflejado en espejos, todo está más cerca de la que parece.

Cada uno acelera hacia el lado opuesto, con todas sus fuerzas.

Cenamos lo de todos los años: almejas, lasaña.

Luego mi hermana repartió a domicilio a los cojos (la abuela y yo)y en casa nos pusimos una insensata cantidad de whisky en un solo vaso.

-Hoy vamos a chocarnos, nos estrellamos: ¡colisión frontal! -le aseguré a mi novia.

Así que, durante toda la noche, multiplicamos escandalosamente la siniestralidad, con accidentes en cadena, impactos directos de los que conseguirmos salir despedidos por el parabrisas, los dos lanzados por fin en la misma dirección, hasta estamparnos contra la corteza de un árbol y seguir rodando abrazados por la cuneta, cuesta abajo por un vertiginoso terraplén.

Dormimos felices y, por la mañana, salí a pasear arrastrando el pie malo, para contemplar el contenido de las vísceras de los más jóvenes, desparramado en los adoquines, a orillas de los portales. El serrín del corazón, el tenebroso cargamento del estomago, el espesor oscuro de la sangre estancada: todo convertido en abrevadero de tercas palomas grises.

Me tomé un coñac en el único bar que encontré abierto, La Camocha, en la calle Fuencarral.

Tuve que pedir otro.

En fin. Feliz año. Feliz 2008. Conduce con cuidado: en la dirección correcta. Precaución al volante bajo las sábanas.

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lunes 31 de diciembre de 2007

Hypocrite lecteur

No ando muy bien. De hecho, estoy bastante cojo, más cojo que el conde de Romanones. No soy nada partidario de ir al médico (salvo que te tengan que llevar a rastras), pero al final, tanto me dolía que no tuve más remedio que irme a Urgencias, después de tomarme unas cañas con mi hermana y a las tres y pico de la tarde que (según calculé con acierto) sería la hora más vacía.

?Bueno, abuela, no exagere. En cuanto termine de comer la llevo a Urgencias, déjeme que me tome tranquilo el café y la copa, por lo menos?, me imagino yo que le dirá el español medio a su suegra con apoplejía, porque no había nadie.

El médico me dijo que tengo tendinitis en el tobillo.

Pues bueno, pues vale.

Uso un bastón con puño dorado, que era de mi padre, y tras el diagnóstico abstracto y el nebuloso pronóstico (al parecer puede durar lo que le dé la gana, se ha producido por causas ignoradas y dolerá más o menos según sople viento), nos fuimos a comer Maite y yo, casi a las cinco, y a tomar unos whiskies, que siempre serán más inofensivos, inspiradores y benévolos que los seis comprimidos diarios que me había recetado ese galeno fanático de la analgesia química.

Mi padre ya decía siempre que a los médicos no hay que hacerles mucho caso y, si les haces algún caso, hay que interpretarlos. Recuerda: son herederos de los sacamuelas, por parte de padre; y de las brujas y sibilas, por parte de madre.

?No hay que tomárselo nunca al pie de la letra?, solía decir papá: ?Hay que adivinar la intención oculta?.

La intención oculta de tanta pastilla debe de ser amortiguar la realidad, alterar a capricho el tamaño de los acontecimientos y lubricar las bisagras del corazón, para que no chirríe como una de esas puertas que las abres y no dan a ninguna parte.

Pues para esos objetivos terapéuticos a mí me vale con el leal amigo don Justerini & Brooks.

Las fiestas, como de costumbre. Fiestas infantiles en el cole, donde se disfrazaron este año de indias.



¿A que está guapa Anusca de india?

Y fiestas familiares y con amigos. Esta es la comida de Navidad, un lado de la mesa, aquí aparecen mi novia, José Antonio y Natalia.



Al otro lado de la mesa, dos de mis hermanas, Helena y Maite:




Aquí estamos mi novia y yo, decididos a todo, un año más, insensatos, felices, al borde del abismo, pero dispuestos a dar un paso adelante:




Me dice mi novia: "Estás viejo, Rafita, mírate: bastón, abrigo, calvo..."

"J'ai plus de souvenirs que si j'avais mille ans, querida", redarguyo a mi modo.

Como si dijera: es que tengo más recuerdos que si tuviera mil años.

Y luego contraataco:

Quand vous serez bien vieille, au soir à la chandelle,
Assise aupres du feu, devidant & filant,
Direz chantant mes vers, en vous esmerveillant,
Ronsard me celebroit du temps que j'estois belle.

Mi amigo Carlos Pujol (hola, don Carlos) los tradujo así:

Cuando seas muy vieja, a la luz de una vela
y al amor de la lumbre, devanando e hilando,
cantarás estos versos y dirás deslumbrada:
Me los hizo Ronsard cuando yo era más bella.

Se ríe, porque sabe que lo digo, como lo decía aquel viejo cabrón marrullero de Ronsard, para desafiarla: cueillez dés aujourd'huy les roses de la vie.

Así que nos fuimos a casa, a deshojar las rosas de Ronsard, pétalo a pétalo, durante toda la noche, con la luz encendida.

Hoy se acaba 2007. Un buen año y, entre otras muchas cosas, por los amigos que he hecho en este blog. Gracias.

De verdad.

¿Que si tengo píos propósito para el año nuevo?

Sí, pero ya sabes:

Nos péchés sont têtus, nos repentirs sont lâches

¿A que sí, mon semblable, mon frère!

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jueves 25 de octubre de 2007

Viaje a Guadalajara

Hay tanta gente que detesta las Navidades, que abomina de su familia y parientes y que odia las bodas, que empiezo pensar que debo de tener alguna avería de importancia, puesto que a mí me encantan las reuniones familiares y las fiestas.

Por eso, cuando Miguel Roig trajo de Cuba unos habanos, decidimos hacer Consejo de Familia para fumarlos.



Aquí están Maite y Ricardo el Cabut.



Aquí cuñado Álvaro (con la cara invisible) y hermano Benito.

En esta otra foto estoy yo, sin duda escuchando alguna novedad de mi hermana Helena.



Después de comer fuimos a buscar a Anusca al cole y nos tomamos algo en la plaza de Olavide (ese corazón secreto con el que late Chamberí):



Con el cuerpo bien alimentado pude ayer dedicarme a mejorar mi espíritu leyendo en El País el artículo de Irene Zoe Alameda: "La literatura de la 'era Gates'".

A mí Irene me encanta, pero ni que decir tiene que no entendí ni una palabra. ¿Qué quiere decir? ¿Que es una suerte que ahora podamos escribir en lenguaje SMS? ¿Que hay que poner emoticones en las novelas? ¿Que hay que dejar de hacer sonetos y dedicarse todos como un solo hombre a escribir blogs?

¿Por qué no entiendo nada? Creo que por una sola razón: en todo el artículo no da un solo nombre. Al final, yo ya no sé de qué narices habla, cuáles son esas "propuestas de la joven generación"? ¿A qué se refiere, en realidad?

No es un problema de Irene, es un problema generalizado. En España todo el mundo escribe como si estuviera testificando ante la Comisión McCarthy:

--¡No daré nombres! No soy un traidor, no pienso denunciar a nadie. No me sacaréis ni un solo nombre propio, así me aspéis.

Así, claro, es imposible entenderse.

Luego pude conocer a Damián Tabarovsky, un escritor de Buenos Aires. Nos tomamos unas cañas. Acabo de leer su Autobiografía médica (una novela excelente) y había leído hace tiempo su Literatura de izquierda, que me había parecido un gran libro. Le pregunté cómo lo habían recibido en Argentina.

--Casi nadie me dirige la palabra. Me insultan en los periódicos.
--Qué maravilla --admití, envidioso--. ¿Y a qué se debe ese éxito tan resplandeciente?
--Bueno, a que di nombres. Ponía ejemplos. Citaba a autores y libros. Eso está prohibido, ya sabes.
--Ah, también allí...

La verdad es que, hablar sin saber de qué se habla, es casi imposible: por eso no entendí una sola palabra de lo que decía Irene.

Damián me dijo que su chica es psicoanalista.

--Me lo esperaba, era estadísticamente necesario que lo fuera. Si hay dos porteños y tú no eres psicoanalista, por narices ella tendra que serlo, ¿no? ¿No son psicoanalistas el 50% de la población de Buenos Aires?
--Quizá más. Al menos mi chica no es lacaniana.
--Da gracias a Dios, Damián: de la que te has librado.

Por cierto, el nuevo diseño de El País a mí me gusta.

Hay un teorema clásico que se conoce como la Paradoja del Escritor de Éxito. Se puede formular así: para tener éxito hay que escribir libros que le gusten a la gente a la que no le gusta leer libros.

Es de sentido común: si escribes un libro dirigido a lectores, a personas a las que les gusta leer, ¿cuántos ejemplares vas a vender? ¿Dos mil o tres mil como mucho? ¿A cuánta gente le gusta de verdad leer? ¿A cinco mil personas o ya estoy exagerando?

Por eso los libros de éxito van dirigidos a gente a la que no le gusta leer y ni siquiera lo saben.

Con los periódicos pasa lo mismo. Todos intentan atraer a las personas a las que, en realidad, no les gusta leer periódicos. Como van dirigidos a quienes les aburren los periódicos, lo que intentan es diseñarlos para disimular lo más posible: venga ilustraciones, venga despieces, venga gráficos... ¡que no parezca un periódico, por favor!

A mí me parece que, en cuanto a diseño, El País ha ido en la dirección contraria: ha hecho un diseño dirigido a las personas a las que les gusta leer periódicos, a lectores adultos a los que no les asusta que una página tenga mucha letra.

En cuanto a diseño, claro. Porque el problema de El País no es el diseño, sino otro de solución más difícil: el contenido.

Es uno de los periódicos más condescendientes, ensoberbecidos, aburridos y previsibles del hemisferio occidental.

A mí me entretiene leer, por ejemplo, las noticias sobre América Latina, sólo para ver con qué prestidigitación justifican lo injustificable (por ejemplo, ¿cómo van a conseguir convencer a los lectores de que el Banco del Sur es una mala idea?) y para comprobar hasta qué extremos de cinismo y desfachatez infame pueden descender (el editorial sobre el Che Guevara es una cota muy baja: "¡inmersión total, compañeros, abajo periscopio!", debió de gritar el director: "vamos a descender a bajeza moral de batiscafo").

El problema es que, en realidad, el diseño nos importa un rábano. Lo mismo que me sucede con el artículo de Irene: no se trata de escribir con abreviaturas de SMS ni de que "nuestra expresión artística sigue empleando utensilios del pasado". El diseño, la herramienta, la forma, es irrelevante salvo que se responda primero a las preguntas decisivas, para qué se escribe, sobre qué, desde dónde, para quién.

Es un poco parecido a lo que decía Ortega y Gasset cuando le aseguraban que el coche era una maravilla, que te llevaba a toda velocidad a cualquier parte.

--Sí, sí, no lo dudo. Esto del automóvil es un gran invento porque, en un periquete, te lleva de aquí a Guadalajara. Ahora bien, la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿y para qué narices quiero yo ir a Guadalajara?

Pues eso. Eso es lo que pienso del diseño y de los "utensilios" de "la expresión artística".

¿Tú qué piensas? ¿Nos vamos a Guadalajara? Y una vez allí, ¿qué hacemos?

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lunes 17 de septiembre de 2007

Los años y los desengaños

El domingo cumplí 44 años. Cuesta creerlo.



Me fui a tomar el aperitivo con mi hija Anusca.



Estuvimos bebiendo cervezas (yo) y limonadas (Anusca) y dibujando. Ella me dibujaba a mí y yo a ella.

Mi hija y yo nos parecemos al menos en algo: somos capaces de entretenernos con cualquier cosa. Aburrirse, le repito (como me repetían a mí mis padres) es de tontos.




Luego nos fuimos a comer todos juntos, sólo faltaba mi hermana Columna, José Manuel y mis sobrinos Nieves y Rafael:



Hay gente que no se lleva bien con su familia, esos tipos que odian las Navidades, personas que se aburren con sus hermanos o a las que les parecen un suplicio las celebraciones familiares. Nosotros somos todo lo contrario. Desde pequeños nos divertíamos merendando juntos, la verdad es que nos partíamos de risa. En casa de nuestros padres, cuando éramos jóvenes, tuvimos que poner una enciclopedia en la cocina, porque nos encantaba discutir con el máximo rigor sobre asuntos de los que tuviéramos la mínima información posible.

No hemos cambiado mucho, ¿no te parece?

Con aquella vieja Larousse, las cenas se prolongaban hasta la madrugada, en animado debate sobre el Sacro Imperio, la física de partículas, los vasos campaniformes o la resistencia de los materiales.

Si había visitas, comprábamos merengues de postre y, a una señal secreta de mi padre, nos los tirábamos unos a otros a la cara.

Así las visitas, quieras que no, se relajaban bastante.

En fin. Me regalaron el último libro de Woody Allen, una novela de Updike, otra de Kenzaburo Oé, un par de DVDs, un dibujo a rotuladores de colores, una Torre de Piles de las que hace Paco en su casa de la playa y que habían logrado mi hija y mi hermana tener escondida durante un mes, no me explico cómo, la verdad.

44 años. Qué barbaridad.

Hablé por teléfono, como siempre, con el Orejudo. Su cumpleaños, el 1 de julio, marcaba el principio del verano y el final del curso. Íbamos con las novias a comer a la piscina, con filetes empanados y tortilla de patatas con pimientos. Luego, por la noche, acabábamos en algún tugurio de Malasaña trasegando whisky. Mi cumpleaños, en septiembre, marcaba el final del verano y el comienzo de curso. Las chicas venían morenas y escotadas, con faldas cortísimas y sonrisas prolongadas, todos teníamos planes fabulosos para el año siguiente y alguna vez vimos amanecer en la plaza de San Ildefonso, sentados en el bordillo de la acera, con los cordones de los zapatos desatados y los ojos como ascuas, entre la conjuntivitis y la visión apocalíptica; náufragos en paradero desconocido, alejados de las rutas habituales de navegación.

¿Nos hacemos mayores? ¿A ti qué te parece?

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