¿Te acordarás tú de mí?

Y por supuesto lo consiguió:

En primer plano está Benito, que cumplía ocho años; Rafael Olivé y Anusca. Detrás, construendo la torre de Babel, Víctor y Lucas. Al fondo se ve a Tomás.
Luego, como siempre, hubo fiesta de padres. No hay nada más resplandeciente que ligar con las madres del cole, las famosas "mamás del Rufi", con las que siempre acabamos los papás como el rosario de la Aurora, felices y agotados:

Veía a Anusca divertirse y me preguntaba: ¿Qué recordará de esto cuando sea mayor?
Es la pregunta que siempre nos hacemos todos los padres. Cuando sea mayor, ¿se acordará de que la llevaba a patinar sobre hielo, de cuánto le gustaba jugar conmigo al ajedrez, de aquel día que nos pusimos impermeables sólo para salir a mojarnos a propósito?
Siempre he tenido la sensación de funcionar como un antiguo contestador automático, de aquellos que tenían una cinta de casete: los mensajes nuevos se grababan encima de los viejos y los borraban. Me siento igual: me siguen pasando tantas cosas que van grabándose encima de mis recuerdos y borrándolos.
He olvidado las fiestas de mi infancia. Sólo recuerdo, como vista a través de un cristal empañado, una fiesta al aire libre en la que jugábamos con unos palos de madera. Debía de ser en Cali, los años que viví en Colombia de niño.
En cambio, las fiestas de joven aún las recuerdo. Cuando poníamos música lenta y apagábamos la luz. Había que sacar a las chicas a bailar. The Year of Cat era la mejor, porque era una canción larguísima. "No me empujes, por favor", decían las chicas cuando uno se empalmaba bailando. Yo me ponía colorado.
Eran guateques, fiestas en casa de los padres que habían salido de viaje o estaban en el pueblo, en el chalet, en el quinto infierno, qué más nos daba, si estábamos solos y bailando.
Aún veo aquella habitación, al fondo del pasillo, con la luz apagada, sobre la cama en la que se dejaban los abrigos. Aún siento en las yemas de los dedos el tacto del tirante del sujetador, la temperatura, la suavidad de la piel.
Al tocar una teta por primera vez sentí lo mismo que el astronauta Armstrong al entrar en contacto con la superficie de la Luna: era el primer ser humano que lo lograba, una experiencia histórica, irrepetible.
Al contrario que Armstrong, mis primeras palabras debieron de ser:
?Sí, sí? para la Humanidad será un pequeño paso, ¡pero menudo salto de gigante para mí!?
Tras el Alunizaje, los astronautas se sintieron incapaces de llevar una vida normal en la Tierra. A mí me pasó igual. Cuando se ha visto desde fuera el planeta, cuando se ha sentido el propio cuerpo a través de otro cuerpo (sobre un lecho de trenkas, cazadoras y verdaderas parkas coreana Ying), cuando uno ha sido el primer ser humano en salir de sí mismo en un abrazo, la vida terrícola y las noches solitarias provocan un sufrimiento tenaz, devastador, muy difícil de disimular a media tarde. A esa hora no queda más remedio que tomarse un whisky.
Los astronautas de guateque, los exploradores del espacio , si estamos lejos de otro cuerpo, lejos de mi chica (pero no se lo digas),nos sentimos desolados, qué le vamos a hacer.
Este soy yo a los quince años:

La foto es a la salida del cole, en 1978. A la izquierda está Colorado, al que Yáñez le está pegando puñetazos de broma. Después Cachón, yo, Vicky y Abel.
Y aquí estoy dos años después, con Paz, una de mis novias crónicas, esas con las que he reincidido varias veces, y que no me estará leyendo. Es un poco después, en el viaje de COU: fuimos en barco a Mallorca.

Etiquetas: Anusca, fiestas, mi chica, pasado, Rufino Blanco
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









