l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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jueves 12 de julio de 2007

Supersticiones

El otro día fui a visitar a un amigo a su oficina. En el metro, pensé que iba a perder el conocimiento. Se había estropeado el aire acondicionado y el vagón se había convertido en un horno crematorio.

Hace ya tiempo, en los trenes y en el metro, las ventanillas de los vagones no se pueden abrir. ¿Por qué? Porque han puesto aire acondicionado. Sin duda:

(A) Tienen una fe de carbonero en la técnica, una credulidad llamativa y supersticiosa: por eso nunca hay un plan B. El aire acondicionado no se estropea. Punto. Son tan idiotas que, si lo permitiera la ley, construirían edificios sin escaleras. ¿Para qué poner escaleras, si hay ascensores que, por supuesto, nunca se estropean?

(B) Tienen una desconfianza superlativa en las personas. Piensan que, si las ventanas pudieran abrirse, los pasajeros las abrirían sin necesidad, derrochando energía y haciendo inútil el aire acondicionado, etc. Sólo por fastidiar o por torpeza. Están convencidos de que los demás somos o tontos o malos y, con frecuencia, ambas cosas a un tiempo.

Los poderosos son así. Confían ciegamente, como niños, en sus propias herramientas. Al mismo tiempo, desconfían de aquellos a quienes someten. Les temen.

La técnica, hoy en día, no es más que otra de las herramientas del poder. La sanidad, la informática, la estadística, etc. Herramientas de dominio en las que los poderosos creen a pies juntillas. Es casi conmovedor.

Cuando llegué, deshidratado, en la puerta del edificio encontré una alfombra de colillas. Como es natural, no se les había ocurrido poner un cenicero. O habían decidido no ponerlo. ¿Para qué, si hay una ley antitabaco?

Otra herramienta de poder a la que veneran es la Ley, así, con mayúsculas.

Los que mandan atribuyen poderes mágicos a sus propias herramientas de dominio. Están convencidos de que basta una ley y un reglamento para que la población deje de fumar, para que desaparezca la violencia contra las parejas o para que deje de haber accidentes laborales.

Se hace una ley y ya está. La realidad no tiene más que obedecer.

Luego, por supuesto, se sorprenden con candidez: resulta que la realidad ha desobedecido. Los hechos son muy testarudos.

Se quedan aturdidos, perplejos, con cara de tontos. Gimotean y no dejan de preguntarse cómo ha podido pasar. ¿Es que acaso no habían hecho una ley?

Son como niños: se tapan los ojos y piensan que basta con eso para que los demás no les vean a ellos.

La gente, claro está, sigue fumando (sólo que ya no hay ceniceros, porque confiaban ciegamente en la Ley, igual que no se pueden abrir las ventanas de los vagones, porque no dudaban del aire acondicionado). Las mujeres siguen muriendo. Los obreros siguen cayéndose de los andamios.

¿Qué hacer?

Frente a este estado de cosas, decidí irme a tomar una caña.

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miércoles 27 de junio de 2007

No lo digas en voz alta

Mi hija Anusca ya se ha ido al campamento. La echo mucho de menos.



Cuando por fin arranca el autobús, todos los padres salimos cantando y bailando por la calle José Abascal, muertos de risa.

Debería haber aprovechado para trabajar, pero ¿qué hice? ¿te lo imaginas?

Correcto: me fui a tomar una caña.

Me gusta El Mirador de Bayona porque ponen la cerveza en taza. Está helada, muy rica, siempre dan ganas de pedir otra.



Luego me fui a comer con los amigos fumadores, previo paso por el estanco del amigo Jesús Llano, en Cardenal Cisneros, para aprovisionarnos.



Álvaro Muñoz, yo, Javier Blanco y David Torres.

¿Te has fijado en la bonita lámina de Manolete?

Acababa de recibir una información sobre el Edinburgh Book Festival. Advierte, en negrita, para que sea bien visible: "We have some smoking rooms available, but there is very limited availability for these".

O sea, que tienen habitaciones en las que no está prohibido fumar (me niego a decir majaderías como "habitación de fumadores", como si las habitaciones fueran distintas), pero que tienen muy poquitas.

¿Por qué narices no tienen más? Pues por la sencilla razón de que está prohibido tener más habitaciones en las que no se prohíba fumar, igual que en España. Igual que está prohibido poner una sala de fumadores en un centro de trabajo. ¿Por qué? Si un adulto quiere fumar, ¿por qué no puede hacerlo en un lugar donde no moleste a nadie? ¿Porque no le da la gana a la ministra déspota Salgado o a los cagatintas de la Unión Europea? Vamos anda...

A veces le he dicho a alguien:

--Oiga, ahí no se puede aparcar.
--¡Sólo es un momentito, hombre! --me suele responder indignado, casi a punto de golpearme.

Que los conductores se salten la ley está bien visto en España.

Creo que los fumadores deberíamos hacer lo mismo. Fumar donde nos dé la gana, como aparcan los conductores en pasos de cebra, doble fila, vados, etc.

--Oiga, ahí no se puede fumar.
--¡Sólo es un cigarrito, hombre! --nos indignamos, y ya está.

En cuanto al lenguaje ese orwelliano de "habitaciones de fumador", etc., pienso que deberíamos rebelarnos. Yo veo un cartel que dice "gracias por no fumar" y, de inmediato, enciendo un cigarrillo. Si lo quieren prohibir, que lo prohíban, pero hay que obligarles a llamar a las cosas por su nombre.

Se trata de una prohibición.

Además, en sí mismas, las habitaciones son iguales, ¿no? ¿Hasta dónde vamos a permitirles que lleguen? ¿Habrá pronto "habitaciones de roncadores" o "habitaciones de masturbadores"?

--En esta habitación no se puede masturbar usted, señorita, tenemos un número muy limitado de habitaciones de masturbadores y están todas ocupadas.

Cada vez entiendo menos cosas. Pero de esto ya no se puede hablar en voz alta.

Leo en El País que:

"según el informe de la OCDE, entre 1995 y 2005 el salario real medio en España ha perdido el 4%"


Y al mismo tiempo:

"los beneficios empresariales han aumentado el 73% entre 1999 y 2005".


En el periódico tienen analistas. Estos tíos piensan, se estrujan las meninges, ven cosas que los demás no vemos y, al final, atribuyen el crecimiento ecónomico a la "moderación salarial" y los cuatro millones de inmigrantes.

Formidable: qué capacidad de análisis.

Con su estilo habitual dicen los analistas: "La receta atenuante consiste en aumentar el capital social". O sea, más transporte público, sanidad, educación, etc. En Europa se destina a protección social el 28% del PIB. Aquí: sólo el 20%.

Sí, pero ¿y la moderación empresarial? ¿Es bueno que las empresas ganen tanto dinero, cuando a la vista está que no lo usan para subir los salarios, sino que se lo llevan crudo? ¿Hay que aguantar encima las peroratas de los empresarios acerca de la "flexibilidad", la "creación de riqueza", etc.?

Pero de esto no se puede hablar en voz alta: es un artículo de fe que, cuanto más ganen las empresas, mejor para todos. Ja, ja, ja.

También leo hoy que "las feministas critican cómo se aplica en los juzgados la ley contra el maltrato". Una va y dice: "No puede ser que las mujeres entren denunciando y salgan imputadas".

¿Ah no? ¿Y por qué no puede ser? Lo que no puede ser, señora, es que cualquiera, hombre o mujer, haga una denuncia falsa y se vaya tan campante. Si un juez ve indicios de falso testimonio o denuncia falsa, tendrá que "deducir testimonio" (o como rayos lo llamen) y tendrá que perseguirlo, ¿no le parece?

Pero de esto, de las denuncias falsas, no se puede hablar tampoco en voz alta. Que se lo pregunten a la jueza decana de Barcelona.

Cada vez hay más cosas de las que ya no se puede hablar en voz alta.

Da pena, pero es así.

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