l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 1 de diciembre de 2007

The Good Times

He escrito una notita en Público sobre Juan Gelman, si quieres la puedes leer aquí.

Me escribe Orejudo, tras leer la nota, y me manda una foto de aquellos tiempos.




Yo también tengo una copia de esa foto, enmarcada, en la casa de Piles. Para mí, esa foto captura una gran parte de la felicidad posible en este universo tan avaro de placeres. Orejudo y yo íbamos casi cada día a librerías de segunda mano, como la de la foto, que es The Good Times, en Port Jefferson, Long Island. Hay pocos placeres como encontrar libros inesperados, baratos, desconocidos y tentadores. Esos libros de los que uno se encapricha sin saber por qué, sin conocer al autor, sin interés alguno en el tema, sin haber oído jamás hablar de ellos.

También me envía otra foto y me escribe: "Estamos en Las Vistillas, hemos ingerido una de pulpo. Tira la foto una estudiante hawaiana que vino a visitarme, ¿te acuerdas?"




¡Cómo no me voy a acordar, tronco! Si estaba como un queso la hawaiana: la que tenía que salir en la foto es ella. Nosotros parecemos cantantes de rumbitas o algo así, ¿verdad? Vivíamos entonces en EE.UU. y veníamos a Madrid en verano, disfrazados de Peret o Luis Ortiz, nos pasábamos la noche dando candela, acabábamos al amanecer desayunando pinchos de tortilla en esa clase de bares que están pidiendo a gritos un precinto de Sanidad. Estábamos tan chiflados que a veces hablábamos imitando acentos regionales, ¿te acuerdas, Orejudo? ¿Te acuerdas una vez que estuvimos haciendo de gallegos toda una noche sin saber por qué? Si nos preguntaban a qué nos dedicábamos solíamos improvisar:

"Trabajamos en la Vuelta Ciclista a España", decía Orejudo.
"Sí, somos los que damos el talco", confirmaba yo.
"¿Qué es eso?", se asombraba la crédula correspondiente.
"Somos los que entregamos las bolsas de avituallamiento a los corredores", explicaba sobre la marcha Orejudo.
"Nosotros lo llamamos dar el talco", corroboraba yo.

Era imposible mantener una conversación normal con nosotros. Las chicas desistían. Nos miraban de hito en hito, se encogían de hombros y se iban con otros. Tan patéticos debían de vernos que a menudo, antes de largarse, nos dejaban pagado todo en la barra.

"Pues cojonudación", proclamábamos, y pedíamos otra ronda.

Se suponía que en Madrid estaba aconteciendo en esos mismos instantes la movida madrileña, pero nosotros mirábamos para otro lado y lo único que hacíamos era teclear durante todo el día, empeñados en escribir una novela, y salir por las noches como si estuviéramos en el patio de recreo de un manicomio.

Quizá tampoco hayamos cambiado tanto. Los buenos tiempos son éstos... ¡y lo que nos queda!

Ah, si me vas a preguntar por qué en la foto estoy sentado en las rodillas de Orejudo, la respuesta es: ni la más remota idea.

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viernes 2 de noviembre de 2007

Lo que estoy leyendo: Fiambres

Casi siempre leemos lo que debemos leer, lo que nos conviene. Lo que nos recomiendan los suplementos literarios, los amigos, los profesores. También salimos casi siempre con chicas de nuestra edad, esas mujeres que nos convienen. Las que nos presentan los amigos, las compañeras de estudios o de trabajo, las que puedes llevar sin miedo a comer con tu familia.

Y está bien que así sea, no digo que no. Son libros y parejas que forman parte del argumento de nuestra vida, son su desenlace previsible.

En cambio, hay libros, como hay mujeres, que lo interrumpen todo, lo ponen patas arriba, aparecen sin previo aviso y ya sabemos que no nos convienen y nos van a hacer perder (como poco) el tiempo.

¿Por qué me quedé, hace más de veinte años, una noche sin dormir leyendo Los espías no deben amar, una novela impresentable que compré sólo por la foto de la portada y que me hizo suspender el examen del día siguiente? No lo sé, pero en mi cabeza esa noche se parece mucho a la felicidad.

Creo que la felicidad siempre es una insurrección: no voy a estudiar, no me da la gana, ahora me apetece leer esta novela, aunque no me convenga.

Han pasado más de veinte años y ya no podría contar el argumento de Hamlet, que leí en la misma semana, pero aún recuerdo el comienzo de aquella novela de portada chillona, que me hizo seguir leyendo como quien se tira de cabeza a un pozo:

Llueve en Milán, llueve con desesperación. Me persiguen y camino sola, empapada bajo la lluvia, sin rumbo, pisando charcos...


Cuando tenía dieciocho años, mis novias eran las que me convenían: chicas con trenka y un libro en el bolsillo, discutidoras, pero bien educadas, humanitarias y nunca demasiado partidarias del maquillaje. Esas chicas que llevaban zapatos cómodos y ropa interior muy sensata, por lo general blanca.

Sin embargo, entonces yo habría dado todo lo que tenía de valor (hasta mi reloj de bolsillo y mi primera edición en dos tomos de Residencia en la tierra), para que me corrompiera ipso facto un ama de casa de cuarenta y tantos, manipuladora, cínica, con tacones de aguja y minúscula lencería roja; una Mrs. Robinson de chalet adosado que me utilizara como un simple objeto para satisfacer sus más oscuras pasiones, y sin prestarme la menor consideración como persona y ser humano.

Y ahora que el cuarentón ya soy yo, como se cruce en mi camino una cándida y corruptible estudiante o políngona de dieciocho... ¡me choco seguro, impacto frontal total!

Con los libros me pasa algo parecido. Leer a Cormac McCarthy, por ejemplo, que es lo que se espera de mí y lo que me conviene, me da una pereza invencible, aunque sé que tienen razón las personas de orden, sé que lo dicen por mi bien: al final valdrá la pena (cruzo los dedos).

Teniendo mi cabeza estas características (o averías de fábrica), no podía yo resistir la tentación de empezar un libro que se llama Fiambres. El subtítulo es: La fascinante vida de los cadáveres. No conocía ni a la autora, Mary Roach, ni la editorial (Global Rhythm, colección Maledicta).
Así empieza:

Estar muerto es un poco como viajar en un crucero. La mayor parte del tiempo la pasa uno tumbado boca arriba. El cerebro ha dejado de funcionar. La carne comienza a reblandecerse. No llegan muchas noticias y nadie espera noticias tuyas.


A partir de ahí el libro es un divertidísimo recorrido por las otras muchas posibilidades que ofrece la existencia como cadáver. Además de quedarse boca arriba y descomponerse tan campante, un cadáver puede hacer muchas otras cosas, algunas de ellas de gran utilidad y otras bastante pintorescas, pero divertidas. Las opciones que se le presentan son múltiples: un cadáver con buena disposición puede caer desde diversas alturas para comprobar el efecto de los golpes en el cuerpo, puede recibir impactos con un martillo, ser diseccionado, convertido en abono, embalsamado o tiroteado con armas de distinto calibre para descubrir cuál es el proyectil más apropiado. Como cadáver te pueden trocear y utilizar una de tus extremidades inferiores para averiguar qué tipo de calzado es el más recomendable para desactivar minas (parece que la llamada teoría de las sandalias del Vietkong era correcta: las lesiones son menores que con botas militares).

En fin, hay vida después de la muerte y, al menos contada por Mary Roach, es muy divertida: yo me he reído a carcajadas. No sé qué más habrá escrito esta señora, pero lo leeré todo y (si la foto de la contraportada no es la de su prima la pechugona) me encantaría encontrármela cualquier noche en un local oscuro y con dos copas de más.

Para un lector curioso y desocupado, las informaciones que da el libro son valiosísimas: cómo es el proceso de putrefacción, cómo se embalsama un cadáver, qué sienten los que llevan un órgano trasplantado, cómo se crucifica a una persona, si una cabeza guillotinada sabe o no sabe que es una cabeza cortada (la respuesta es sí lo sabe, al menos durante nueve o diez segundos), etc.

Del libro me ha gustado todo, hasta las notas al pie. Por ejemplo ésta:

A la gente le cuesta creerlo, pero Thomas Edison estaba un poco chalado. Sirva como prueba el siguiente extracto de sus diarios en torno a la memoria humana: "No somos nosotros quienes recordamos. Lo hace por nosotros un grupo de personas minúsculas que habitan en esa parte del cerebro que se ha dado en llamar 'la circunvolución de Broca'. Debe de haber doce o quince turnos, de modo que cada uno de ellos está de servicio durante un tiempo determinado, como los obreros de una fábrica. Así pues, lo más probable es que recordar algo sea cuestión de coincidir con el turno que estaba de servicio cuando se almacenó la información".


Formidable, ¿verdad? Este es Edison, el científico.

El estilo de Mary Roach es irresistible, se basa en dar rodeos, en asociaciones espontáneas, en el humor, en el detalle hilarante, preciso y revelador, y en la capacidad para caracterizar un ambiente o una persona.

Me leí el libro (326 páginas) en una noche. Al día siguiente lo pasé bastante mal en el trabajo, tenía gripe y me dolía la cabeza. No me cabía duda de que no había aprendido nada útil ni había leído a un autor de esos imprescindibles y que sirven para presumir de culto o de que estás al día.

Tampoco me cabía duda de otra cosa: en la cama con Mary Roach (y con sus laboriosos cadáveres) había pasado una noche feliz. Agitada, agotadora y feliz: una verdadera insurrección a favor de la alegría.

Mañana, como penitencia, tendré que leerme a Cormac McCarthy, a Philip Roth o a Javier Marías. Algo que me convenga. Lo que debo leer. Chicas de mi edad. Mujeres con sentido común, que se maquillan con discreción y llevan calzado cómodo.

Que alguien se apiade de mí, por favor.

¿No te doy pena?

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sábado 30 de junio de 2007

En presencia de desconocidos

Ayer me fui con Rafa Escudero a recoger a las niñas del campamento. Mari Luz no venía porque de vez en cuando, por distracción o por casualidad, los políticos aciertan en sus nombramientos. Enhorabuena, Luz.

Habíamos quedado en La Nueva, en Quevedo, así que me fui un par de horas antes para trabajar en la taberna.

Me encanta leer y escribir en bares, y también perder el tiempo. Me siento a gusto cuando estoy solo y en presencia de desconocidos. Recordé de pronto esa frase: "not exactly alone but in the presence of strangers".

¿De dónde la habría sacado?

Cuando llegó Rafa le hice una foto, ésta:

Rafael Escudero

Nos tomamos una plataforma de cañas, por si acaso: no era cuestión de presentarse in albis en una granja-escuela, en un pueblo llamado Chapinería.

Nunca se sabe.

Las niñas, Blanca y Anusca, estaban agotadas y felices:

Blanca y Anusca

La mochila de Anusca pesaba mucho, demasiado.

--¿Pero qué llevas aquí?
--Un regalo para ti.
--¿Qué es?
--Ah, sorpresa.

¿Una escultura hecha con pinzas de tender? ¿Un barco modelado a navaja en madera de árbol? ¿Un jabón fabricado por ella? ¿Una pulsera? ¿Un porta-mecheros de escayola?

Decía que no a todo. Era una sorpresa. Pesaba más que una maleta grande.

Cuando llegamos a casa abrimos por fin la mochila y apareció el regalo.

Anusca estaba resplandeciente.

Me pareció tan increíble que le hice una foto:


Anusca y granito

--¡Granito del Guadarrama, papá! Lo que tú prefieres siempre... --decía Anusca, radiante.
--Me encanta, amor. Gracias.

¿Ahora comprendes por qué adoro a Anusca, por qué siempre me gusta estar con ella? ¿A que sí? ¿Te la imaginas buscando el pedrusco, guardándolo en la mochila, ilusionada, cargando con eso para mí?

Hace tiempo, un verano, me preguntó cuál era mi "piedra preciosa" favorita.

--El granito del Guadarrama --le dije.
--¿Pero es una joya?
--Yo creo que sí, hija. Se puede considerar joya, ¿por qué no?

Es verdad, el granito me emociona y me da que pensar. A menudo me repito, como una letanía:

--Cuarzo, feldespato y mica; cuarzo, feldespato y mica; cuarzo, feldespato y mica...

Y me siento a salvo, como si estuviera en presencia de desconocidos, en un bar, leyendo.

Granito: simple, pero duradero, resistente al tiempo, conmovedor.

Desde entonces, siempre que ve granito, mi hija me lo señala muy contenta:

--Mira, papá: ¡granito del Guadarrama!

Y en casa ya tengo pequeños trozos de granito que me ha ido trayendo.

Me hacen mucha compañía. Me siento protegido.

A mi hija le pasa lo mismo que a mí: decir sólo "granito" da mucha menos alegría que añadir "del Guadarrama".

"Granito del Guadarrama", en cambio, es un conjuro que desata emociones y ensancha la sonrisa.

¿Te imaginas a Anusca guardando el tesoro, la "piedra preciosa" favorita de su padre?

Es muy buena persona: tiene lo único importante, lo único que de verdad cuenta.

La roca indestructible de la bondad, el mejor material de construcción.

La invité a merendar el helado más grande que la imaginación humana pueda concebir.

Aunque me cuesta creerlo, en el desorden de mi casa a veces incluso soy capaz de encontrar un libro.

Me sonaba que lo había sacado de ahí y no me equivocaba.

Democracy, de Joan Didion. Lo leí, según pone en la primera página, en 1987.

Me aburrió soberanamente, de eso sí me acuerdo; pero subrayé esto en la p. 33:

"Some men (fewer women) are solitary, unattached to any particular place or institution, most comfortable not exactly alone but in the presence of strangers."


Que nos viene siendo, sobre poco más o menos:

"Algunos hombres (menos mujeres) son solitarios, sin vínculos con un lugar o una institución concreta, se encuentran cómodos, no exactamente solos, sino en presencia de desconocidos"


Dentro del libro hay una nota: "Bill Carroll called about the oral exam"... Un estudiante llamó al departamento para cambiar una fecha de examen. También hay una invitación a una barbacoa. En aquel año 87 yo enseñaba en Boston. En la universidad tenía poco trabajo, sólo les torturaba con el subjuntivo los martes y jueves, y podía estudiar gratis lo que quisiera, así que me matriculé en cine y en literatura norteamericana. Por eso leí ese libro aburrido de esta señora tan poco atractiva.


Una niña buena es una piedra preciosa, mi preferida: granito de Guadarrama contra el tiempo.

Se considera joya, sí, ¿no te parece? ¿Aceptamos granito como joya y pulpo como animal de compañía?

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jueves 21 de junio de 2007

RE: Qué vida más triste

No recuerdo cómo empezó, ni cuando, ni por qué; pero hace años que nos reunimos cada dos o tres meses cinco amigos para comer juntos.

Cuando nos conocimos ni siquiera teníamos barriga ni hijos ni empleos: éramos estudiantes. Ahora los cinco trabajamos en cosas que tienen que ver con la literatura: somos profesores, escritores, editores... por eso jamás hablamos de libros.



De izquierda a derecha, Gerardo Gonzalo, Eduardo Becerra, Chema Gómez Luque y Chavi Azpeitia, tomando las indispensables cañitas previas.

La primera vez comimos en El Quinto Vino, calle Hernani, y ahora ya hemos ido recorriendo todo Madrid.

--Hoy voy con el quinto vino --le digo a mi chica cuando hemos quedado.

--¡Cómo me vendrás! --suspira, resignada.

Un día Chema, que es el único que sabe llevar a cabo operaciones aritméticas sencillas, se dio cuenta de que el 85% de la factura de la comida correspondía a líquidos.

--En realidad, comer, lo que es comer, nos ha salido muy barato --nos consolamos.

Lo que sube un poco el precio son los vinos, los vodkas helados de Chavi, los gin-tonic en vaso de sidra de Eduardito, los orujos de Chema, las ginebras de Gerardo y mis Cutty Sarks.

Desde que hay e-mail quedamos siempre con un correo que lleva como título: "Re: qué vida más triste", no recuerdo por qué, pero ha quedado ya así bautizada la ocasión alegre.

--¿Nos hacemos un qué vida más triste?

--Venga.

Ayer comimos rabo de toro en Cantinela, calle Azcona.



Por lo que puedo recordar se habló de: las previsibles dificultades en Argentina de la editorial "Ediciones del Orto", las nalgas de las argentinas (teoría, práctica, modalidades, ejemplos inolvidables, etc.), conjeturas (¿disparatadas?) sobre la vida sexual de antiguos compañeros de clase, el proceso de demencia progresiva y previsible de antiguos profesores, quién se va a comer la última croqueta (salvo Gerardo, que ya le tocó la última vez, nos acordamos todos, macho), ¿es preferible una inocente becaria veinteañera o una cuarentona corrompida y escéptica? (hubo opiniones divididas: tres a favor de la opción A; dos por la B), los jodidos críos (rango de edad: desde meses --Gerardo y los gemelos-- a plena adolescencia --Eduardo y su Marta--), Rioja: añadas, precios, etc., mujeres fáciles en una edad difícil; y qué habrá sido de aquella novia que tuviste, ¿te acuerdas? Sí, hombre: la de la minifalda que bebía coñac, ¡cómo no te vas a acordar!

También conspiramos. Contra Bryce Echenique, por supuesto.

¿Acaso no conspira el universo entero contra Bryce Echenique?

Acabo de leer este titular en El País:

"Bryce Echenique se disculpa por el plagio de un artículo y lo atribuye a un complot político".


Con dos huevos.

Bryce es de carcajada.

Lleva años plagiando artículos y, cada vez que le pillan, da una excusa más pintoresca. Ana Rosa Quintana, a su lado, es una principiante.

Deberían hacer una teleserie, una sit-com en la que Bryce fuera inventando excusas nuevas en cada capítulo. Éxito total, máxima audiencia.

Que yo recuerde, ha atribuido ya la culpa de que él copie sin vergüenza a:

a) errores informáticos

b) su secretaria, la pobre, que no se entera

c) una campaña de desprestigio

d) la diferencia horaria entre Lima y Barcelona

Esta vez se ha superado a sí mismo: ¡un señor complot político! ¡Toma castaña! Como en el circo: ¡más difícil todavía!

Leo el artículo. Bryce, la víctima, "se presenta como centro de un complot del entorno de Fujimori que pretende acabar con él por la vía del descrédito". Formidable. Al parecer Bryce, el detective, todavía "no ha podido identificar al cerebro de la operación", pero afirma que se trata de "algún canalla". Portentoso. Como es natural, Bryce, el hombre que sabía demasiado, "no desvela cómo los confabuladores pudieron acceder a su correspondencia electrónica y enviar al periódico el artículo, firmado por él y levemente retocado". Espectacular.

El escritor plagiado, José María Pérez Álvarez, se ha mostrado sorprendido y ha dicho: "Si hay algún escritor que se ha opuesto radicalmente a Fujimori ése es Vargas Llosa, y no se sabe que nadie haya utilizado su nombre para plagiar a otros".

No, claro, pero Bryce es mucho Bryce.

Estamos todos muy ilusionados: ¿qué será lo próximo? ¿Abducción extraterrestre? ¿Control mental? ¿Telépatas chinos --sicarios de Fujimori, claro-- que introducen en su cerebro ideas de otros para que Bryce crea que son suyas? ¿Se durmió tras unas copas de más y, al despertar, le habían extirpado un riñón y habían publicado con su firma cinco artículos copiados? ¿Narcotizado por el Mossad, la CIA, el Pentágono y los templarios, en una conspiración internacional? ¿Tú qué opinas? ¿Apostamos algo?

Todos queremos que vuelva Bryce con más diversión.

La deshonestidad, la desvergüenza, la prepotente convicción de impunidad, la falta de escrúpulos y de respeto, etc. por lo general resultan entristecedoras.

En cambio, en el caso de Bryce, no. Bryce, además, garantiza siempre unas cuantas carcajadas.

Habría que agradecérselo, ¿no te parece? ¡Queremos tánto a Bryce!




Cuando fui a ver a mi chica a su buhardilla, me miró con compasión:

--Anda, hijo, que cómo me vienes...

--No es lo que parece. Puedo explicártelo todo: es que hemos estado complotando contra Bryce Echenique, ya sabes. Es algo inocente, ¿no lo hace todo el mundo?

--Qué vida más triste, corazón.

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