l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 12 de abril de 2008

¡Rufino campeón!

Así que el otro día me fui a la librería Estudio en Escarlata, para hablar de novelas.

Lo pasamos bien. Aquí estoy con mi amigo Lorenzo a la puerta del indispensable bar para antes y después de hablar un rato de novelas:



Mientras tanto, Anusca se quedó con mi hermana Maite.

Todos los niños del planeta tienen derecho a una tía como Maite, debería estar reconocido en la Constitución. Las tías Maite deberían recibir condecoraciones de UNICEF, además de cuantiosos premios en metálico.

En mi familia siempre hay tías Maite: la mía fue la tía Lola, que es la única persona a la que siempre he visto de buen humor, charlatana incansable, capaz de ser feliz con lo que tuviera a mano, que no solía ser más que una botella de agua de Borines, la costura y la conversación.

Maite y Anusca se pasaron la tarde haciendo cosas sólo con pegamento, cartones, hilos, ceras y esos objetos inservibles que aparecen en el fondo de un cajón de la cocina.

Esta es la muñeca que hizo mi hija:




Luego hicimos deberes. Anusca me ayuda con los míos.

Mis deberes son corregir mi novela de espías, pero mi hija lo hace bastante mejor que yo, mírala:




Una vez me dijo Paloma Díaz-Mas:

-Esto de escribir es como cocinar, Rafita. Tú haces el guiso y luego lo tienes que dejar enfriar. Cuando está frío, la grasa sube sola. Entonces la puedes quitar con toda facilidad, con una cuchara, porque está a la vista, es una película de grasa por encima.

Es el mejor consejo que me han dado: hay que dejarlo enfriar para que suba la grasa.

Por la noche, nos fuimos mi novia y yo a la cena del premio Fundación Lara. Es un premio que se da a la mejor novela publicada el año anterior. Había cinco finalistas y, entre ellos, dos eran de madres del cole, del Rufino Blanco: la novela de la mamá de Dani y Mariú (también conocida en el mundo exterior como Belén Gopegui) y la novela de la mamá de Elisa (también conocida fuera del cole como Almudena Grandes).

Así que lo teníamos bastante fácil los del Rufi. Mal se nos tenía que poner para que no ganara nuestro cole.

Ganó Almudena, con El corazón helado, así que mi chica y yo empezamos a gritar con entusiasmo:

-¡Rufino campeón! ¡Rufino campeón! ¡Rufino campeón!

Desde las otras mesas nos miraban atónitos.

Algunos, con desaprobación. Otros nos informaban: que no ha ganado Rufino, sino Almudena. Unos preguntaban quién era el tal Rufino y qué novela había escrito. Otros aseguraban que era mejor que no siguiéramos bebiendo más.

Que seguimos. Bastante. Estábamos los plumíferos y los Grandes Editores.

A la pueta del bar, me topé con Jorge Herralde,Anagrama, que llevaba lo que se suele llamar "un traje de buen paño". Por fin pude hacer esa pregunta que me había quedado con ganas de hacer desde que oí una conversación entre dos tipos elegantes.

-Herralde, ¿quién te corta?

Me dijo el nombre de un sastre, pero lo he olvidado.

Nos fuimos dentro, a brindar con Juan Cerezo, Tusquets, que no sólo había conseguido el premio de Almudena, sino también que Javier Pérez Andújar fuera finalista.

Javier es amigo mío, un gran escritor y, si tuviera hijos, seguro que también los llevaba al Rufi.

Al día siguiente tocaba comentarlo con los amigos. ¿Para qué va uno a estos saraos si no es para cotillear luego? Así que me fui a comer con Ramón Pernas y Edu Vilas.

Hablamos de literatura, es decir: tías, con qué poetisas o novelistas nos gustaría a cada uno tener acceso carnal y en qué postura, quién anda liado con quién, quién ha dejado a quién y, como de costumbre, quién de entre nosotros no ha tenido en más de una ocasión acaloradas fantasías con Ángeles Caso, sueños vertiginosos de los que uno se despierta con los puños cerrados y los párpados cubiertos de escarcha, a ver, que levante la mano quién no los haya tenido.

¿A que sí? ¿A que más de una vez?

¿Sí? A ver, ah, sí, sí, al fondo veo una mano.

Es Juan Cruz, que prefiere siempre a Wendy Guerra.

Me pregunto por qué, después de ver esta foto de Wendy:



¿A que no hay color?

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domingo 29 de julio de 2007

Sueños capicúas

El viernes por la tarde me fui a la SER a charlar con María Guerra y Julio Rey (de Gallego & Rey).

Julio y yo vamos de becarios, en pleno verano, cuando el equipo titular está al completo en chanclas al borde del mar, con los dedos grasientos de tanto pelar gambas y con espuma de cerveza en los labios. Entonces saltamos nosotros al terreno de juego, los que hemos pasado el invierno calentando el banquillo, esperando una oportunidad.

Nosotros lo damos todo. Sudamos la camiseta. A veces incluso metemos un gol de cabeza.



El sábado me fui a recoger a mi hija Anusca a Alcocéber, que estaba allí con mi hermana Columna.

Es que se iba a llamar Pilar, pero mis padres decidieron que al fin y al cabo no había tanta diferencia entre un pilar y una columna, y eligieron Columna.

Cuando bajé del Auto-Res ya me habían pedido una cervecita en el bar de al lado de la parada, el Dora.



¿Te has fijado que en la mesa del fondo hay un ser humano (una mujer, en apariencia) con camiseta blanca y que está comiendo con las gafas de sol puestas?

Las personas que comen con gafas de sol me hacen perder la fe en la humanidad, no lo puedo evitar.

Por la noche fuimos Columna y yo con Anusca y su amiga Vega a un lugar en el que había fiesta infantil.

La fiesta infantil consistía en un ser humano calvo, con gafas de montura plateada y guayabera blanca, que tocaba un órgano electrónico y cantaba canciones de Gaby, Fofó y Miliki, rancheras, corridos y clásicos melódicos en italiano macarrónico y con acento inverosímil, además de instruir a los niños para que hicieran de pingüinos, ranas, vagones de tren o procesionarias del pino.

También había una plataforma de papás trasegando whiskies y mamás dándole al gintónic y a los cigarrillos light.

A veces se tropezaba alguno de los más pequeños y la correspondiente mamá se agachaba a recogerlo: a menudo se le veían las bragas tanga. Los papás aplaudiamos y pedíamos otra ronda.

A las mamás que no hacen top-less se les veían los pechos blancos, resplandecientes, con el latido de las constelaciones: un lugar en el que apoyar la cabeza.

"Los pájaros tienen nidos y los zorros madrigueras; sólo el hijo del hombre no tiene un lugar en el que apoyar la cabeza", algo así decía el Evangelio, ¿te acuerdas?

El ser humano del órgano electrónico ponía a los más pequeños a hacer un tren (como si fuera Juan Benet, por ejemplo, en su mítico chalet de la calle Pisuerga) y cantaba:

Al compás del cha-ca-chá,
del cha-ca-chá del tren,
que gusto da viajar
cuando se va en exprés...




A las mamás y a los papás, ya con un número de copas múltiplo de tres, aquello nos parecía la cima del erotismo refinado, y nos sonreíamos unos a otros con los ojos brillantes.

"Si no fuera por los críos...", dijérase que nos decíamos, por vía telepática.

Y cantábamos con voz ronca y añadiendo comillas de traviesa intención:

--¡Qué gusto da "viajar"...!

Las personas sencillas tenemos esa ventaja: con cualquier cosa somos capaces de ser felices. Con lo que esté a nuestro alcance tenemos bastante.

Ayer, domingo, vuelta a Madrid Anusca y yo, en el condenado Auto-Res (los trenes ya no existen en este país, salvo el AVE de las narices; el transporte público en general está mandado recoger).

Anusca se aburría tanto que se dedicó a fotografiarse un pie con la cámara.




Al final, con fotos de su pie, de los dedos de su mano, de un zapato y del perrito de peluche, se quedó dormida



¿Qué estaría soñando? ¿Lo sabes tú?

El sueño de Anusca nublaba las ventanillas del autobús, empañaba los cristales y mi corazón multitudinario.

Cuando yo me quedé dormido, Anusca se acercó y se puso a escribir con un dedo sobre mi corazón empañado.

Luego yo lo he leído desde dentro, desde el otro lado del vidrio, al revés.

No importa nada: todo lo que escribe mi hija es como su nombre, es capicúa, palíndromo, se lee igual de un lado que del otro, desde dentro o desde fuera, hacia la izquierda o hacia la derecha, con los ojos cerrados o abiertos.

Se entiende siempre: Ana lava lana.

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