Supersticiones
Hace ya tiempo, en los trenes y en el metro, las ventanillas de los vagones no se pueden abrir. ¿Por qué? Porque han puesto aire acondicionado. Sin duda:
(A) Tienen una fe de carbonero en la técnica, una credulidad llamativa y supersticiosa: por eso nunca hay un plan B. El aire acondicionado no se estropea. Punto. Son tan idiotas que, si lo permitiera la ley, construirían edificios sin escaleras. ¿Para qué poner escaleras, si hay ascensores que, por supuesto, nunca se estropean?
(B) Tienen una desconfianza superlativa en las personas. Piensan que, si las ventanas pudieran abrirse, los pasajeros las abrirían sin necesidad, derrochando energía y haciendo inútil el aire acondicionado, etc. Sólo por fastidiar o por torpeza. Están convencidos de que los demás somos o tontos o malos y, con frecuencia, ambas cosas a un tiempo.
Los poderosos son así. Confían ciegamente, como niños, en sus propias herramientas. Al mismo tiempo, desconfían de aquellos a quienes someten. Les temen.
La técnica, hoy en día, no es más que otra de las herramientas del poder. La sanidad, la informática, la estadística, etc. Herramientas de dominio en las que los poderosos creen a pies juntillas. Es casi conmovedor.
Cuando llegué, deshidratado, en la puerta del edificio encontré una alfombra de colillas. Como es natural, no se les había ocurrido poner un cenicero. O habían decidido no ponerlo. ¿Para qué, si hay una ley antitabaco?
Otra herramienta de poder a la que veneran es la Ley, así, con mayúsculas.
Los que mandan atribuyen poderes mágicos a sus propias herramientas de dominio. Están convencidos de que basta una ley y un reglamento para que la población deje de fumar, para que desaparezca la violencia contra las parejas o para que deje de haber accidentes laborales.
Se hace una ley y ya está. La realidad no tiene más que obedecer.
Luego, por supuesto, se sorprenden con candidez: resulta que la realidad ha desobedecido. Los hechos son muy testarudos.
Se quedan aturdidos, perplejos, con cara de tontos. Gimotean y no dejan de preguntarse cómo ha podido pasar. ¿Es que acaso no habían hecho una ley?
Son como niños: se tapan los ojos y piensan que basta con eso para que los demás no les vean a ellos.
La gente, claro está, sigue fumando (sólo que ya no hay ceniceros, porque confiaban ciegamente en la Ley, igual que no se pueden abrir las ventanas de los vagones, porque no dudaban del aire acondicionado). Las mujeres siguen muriendo. Los obreros siguen cayéndose de los andamios.
¿Qué hacer?
Frente a este estado de cosas, decidí irme a tomar una caña.
Etiquetas: bares de Madrid, fumadores, metro, política, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.












