Leo hoy un artículo de
Tomás Eloy Martínez sobre
Paul Auster, en
El País. Se titula "
La vida interior de Paul Auster" y es la clase de artículo que más repelencia me provoca.
Martínez nos informa de noticias tan decisivas como que Auster escribe siempre de 10 de la mañana a cinco o seis de la tarde.
Bueno, será que no tiene que trabajar para ganarse la vida, claro, porque si no, no me lo explico.
Está tan embebido Auster en sus actos creativos esos, el pobre, que no sale ni a comer, sino que:
come el sándwich en su escritorio o caminando de un cuarto al otro.
Formidable, qué tío, Auster. Vale, pero ¿a mí qué me importa?
¿A ti no te da entre risa y pena todo este papanatismo de atesorar informaciones estúpidas, como la hora a la que se levanta un escritor, si lleva la camisa por fuera, qué colonia usa o lo mucho que le gusta masticar panceta haciendo ruido a mandíbula batiente?
Este tipo de cosas: Auster escribe todas sus novelas en libretas pequeñas y con un lápiz Alpino de color verde, y siempre escribe de pie y a la pata coja, de forma que toda su obra ha sido escrita sólo con el pie derecho en contacto con el suelo, etc.
Los escritores se han convertido ya en una marca comercial, como Nike o Adidas. Son una etiqueta y con la etiqueta Auster se puede vender cualquier cosa: camisetas Auster, una cubertería completa Auster (como la de Mariscal, menudo elemento), bolígrafos Auster o, por qué no, sándwiches de pepino Auster. Para promocionar esas etiquetas vale todo, hay que convertir al escritor en una especie de payaso impúdico del que todo es consumible: desde si escribe a mano o a máquina hasta el color de sus camisas.
Luego Martínez dedica el artículo a contarnos:
a) que a Auster no le gusta Borges (casualmente Martínez es argentino, quizá haya que suponer que el gran autor argentino, para Auster, no sea otro que... ¡Martínez!).
b) las opiniones (triviales y sin ningún interés) de Auster sobre política internacional (casualmente conciden con las de Martínez).
Por ejemplo, para Martínez (y Auster)
Clinton era un buen presidente porque era
alguien que podía recitar de memoria párrafos enteros de Faulkner y el comienzo de Cien años de soledad.
En cambio Bush es malo, muy malo, porque no se sabe de memoria a Faulkner, claro.
¿Un poco pueril, no te parece?
Si viene un fontanero a arreglarte la cisterna del baño, ¿tú te fías más del fontanero que se haya aprendido a Faulkner de memoria?
En realidad, el núcleo de esta clase de artículos es invariable: se trata de decir que Auster es un genio y que el autor del artículo es
súper-amigo-íntimo-total del genio, que pasea con él, que le ve deglutir de pie su maldito sándwich de salmón con alcaparras, que escucha sus confidencias, etc.
La conclusión la puede sacar hasta el lector más cernícalo:
--Auster es un genio (lo afirma Martínez).
--Martínez y Auster son uña y carne.
--
Ergo el propio Martínez tiene que ser un genio de aquí te espero, un genio puntuable para las Olimpiadas o el Príncipe de Asturias.
Y así todo.
Que le den un premio a Martínez, por favor, que está haciendo todos los deberes.
Que le den el Príncipe de Asturias, por favor.
Según Martínez:
Cuando me senté a conversar con él [Paul Auster] hace pocas semanas, el tema de la separación entre lo imaginario y lo real regresó una y otra vez a nosotros.
¡Carambolas, qué cosas les pasan a los genios-escritores! Yo, cuando me siento a conversar con un amigo, aunque mi amigo sea un genio-escritor, hablamos de los niños, de los coles de los niños, de las ex mujeres, de trabajo, de lo bien que ponen las cañas en
El Cangrejero, de lo buena que está la tía del fondo de la barra, de si seis whiskies no serán ya demasiados, macho, en fin, de las cosas normales y corrientes.
La separación entre lo imaginario y lo real, en cambio, es un tema que da poco de sí, seamos sinceros.
Alguna vez lo he hablado con mi hija
Anusca, pero cuando era mucho más pequeña.
Ahora Anusca ya entiende perfectamente la diferencia y tampoco nos hace falta hablar "una y otra vez" de semejante pamplina.
A diferencia de Auster y Martínez, tenemos cosas más interesantes que decirnos.
La verdad es que me imagino a Auster y a Martínez, hablando "una y otra vez" sobre eso, y me los imagino siempre como
Tip y
Coll, muy serios: Auster con sombrero de copa y Martínez con sombrero hongo.
--Auster, amiguete, ayer follé con Paulina Rubio.
--¿No serán imaginaciones tuyas, Martínez?
--¿Tú crees?
--Hombre, Martínez, no me jodas.
--¡Qué separación tan terrible entre lo imaginario y lo real!
--¿Tú acaso piensas que estos boquerones en vinagre son reales, Martínez?
--Nos los han cobrado, tío.
--Pues mañana hablaremos del Gobierno...
En fin, me voy a comer un sándwich Auster, a ser posible de pie y paseando "de un cuarto al otro", lo cual no es fácil: primero, porque mi casa sólo tiene una habitación; segundo, porque así lo voy a poner todo perdido de migas, como si fuera Pulgarcito buscando el hilo de la historia.
Ayer empezó el cole, por cierto. Llevé a Anusca. Iba contenta, le hacía ilusión, pero me preguntó:
--Y ahora, esto de ir al cole, ¿es ya todos los días?
--Me temo que sí --le dije.
Eso no le hizo ninguna gracia. Un día o dos, como broma y para ver a los amigos, vale. Ahora bien... ¡todos los días!
Yo estuve de acuerdo con ella, tiene toda la razón del mundo.
Aquí está Anusca en un psicodélico Monumento al Granito (o algo así, sería) que encontramos por El Escorial:

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