l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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martes 15 de abril de 2008

Con tetas, pero sin páncreas

Varias escritoras han publicado un libro sobre sexo o así. Además, se han fotografiado todas de esta forma tan sugerente:



Qué monada, ¿a que sí?

Son curiosas las chicas. Si comentas cómo van vestidas las ministras, eres machista. Ellas en cambio se fotografían en Vogue.

Si dices que una escritora está buena, eres machista. Ellas en cambio acompañan sus libros con unas fotos sin ropa.

Los escritores también son curiosos. El otro día estaba en una presentación de un libro. El autor hizo un brindis al sol, una de esas cosas que tanto regocijo provocan en el respetable, una declaración en contra de la pedantería:

-No les voy a hablar de mi poética, porque yo no tengo ninguna poética ni cosas de ésas. Cuando me preguntan por mi poética, digo que yo no tengo de eso, que yo sólo escribo.

Formidable. Gran ovación. Queda bien no tener poética.

A mí me suena como decir que no tengo páncreas. ¿Páncreas yo? ¡Vamos anda! ¡Si nunca me lo he visto...!

-Yo no hablo de mi intestino, porque no tengo intestino. Yo me limito a comer y ya está.

¿Se puede mear sin saber que uno tiene vejiga? Sí, claro, pero no por eso deja uno de tenerla, ¿no te parece?

Por tosca que sea, por primitiva, mínúscula o improvisada que sea, un escritor tendrá una poética, aunque ni siquiera lo sepa.

¿O no? A lo mejor no. A lo mejor escribir una novela es como estornudar: algo que se hace sin querer, sin saber ni preguntarse cómo, algo que no se aprende y que ni siquiera puede evitarse. Algo que no se piensa antes, sino que te sucede en el momento más inoportuno.

-He escrito una novela.
-¡Jesús!

¿Tú qué piensas?

Claro que, ahora que por fin hay un ministerio de Igualdad, ¿nos obligarán a los escritores a hacer lo mismo que las escritoras?

¿Tendremos que poner en la contraportada fotos insinuantes?

¿Algo así será obligatorio a partir de ahora?




Dios mío.

Qué miedo.

¡Pobre Antonio Gamoneda!

¡Pobre Juan Manuel de Prada!

¡No quiero ni pensar en el pobre David Torres! Me dan escalofríos.

Y sobre todo:

¡Pobre de mí!

Con las nuevas fotos de contraportada homologadas por el Ministerio de Igualdad, el único que va a vender libros a partir de ahora va a ser Andrés Barba, ¿no crees?

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lunes 25 de febrero de 2008

Viaje a Barcelona

Mañana me voy a Barcelona, a la vuelta te cuento. Voy como jurado a un premio que se llama Premio Salambó.

-¿Y ese nombre? -pregunté.
-Es un bar que hay allí en Barcelona.
-¡En Barcelona tenía que ser! Si fuera en Madrid, el premio se llamaría inevitablemente premio Bodegas Muñoz o premio La Gallega o premio Dos Hermanos. En Madrid no nos resignamos a que los bares se llamen Salambó. No, amigo, no: aquí no. Como mucho, el premio Café Gijón o el premio Sésamo, pero ni un paso más allá.

Ayer Marta Sanz me contó que una vez estuvo en un hotel en Barcelona tan diseñado que la llamó por teléfono José Ángel Mañas, desde la habitación de al lado. Tenía voz de persona al borde del llanto o a punto de cometer un crimen espantoso.

-¿Has encontrado el baño en tu habitación, Marta? -le preguntó desesperado.
-Sí, de puta casualidad, apreté sin querer un espejo y se abrió una puerta en otra pared... ¡menudo susto!
-No consigo dar con el baño y... ¡es que me estoy meando encima!

Al final, el pobre Mañas tuvo que ir a hacer pis a la habitación de Marta.

En Barcelona todo está diseñado y corres estos riesgos. Encender una luz, tirar de la cadena, abrir un ascensor... cualquier actividad inocente y apacible, gracias al temible diseño, puede convertirse en... ¡¡una pesadilla terrorífica!! Muy pronto en todos los cines. Vajillas con platos inclinados, para que se caiga la salsa; chaquetas con bolsillos a la espalda; semáforos de Miquel Barceló, con colores mediterráneos, para que te atropellen sin contemplaciones... todo es posible cuando una populosa metrópolis cae en manos del terrible, el superferolítico, el despiadado diseño.

Yo tengo bastante miedo, qué quieres que te diga.

Detesto viajar, aunque en otro tiempo no me molestaba tanto. Ahora viajar es la forma más popular de hacer penitencia y someterse a humillaciones: registros, prohibiciones de todo tipo, esperas, colas, gastos, instrucciones de seguridad, retrasos sin explicación, disciplina severa, música estridente, conportamiento de jardín de infancia (sin fumar, si beber, pidiendo permiso para ir al baño)... ¡y encima todo lo hacen por nuestro bien!¡A ellos les duele más que a nosotros!

Los finalistas del premio son:

Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa.
Belén Gopegui, El padre de Blancanieves.
Javier Marías, Veneno y sombra y adiós (el tomo tres de Tu rostro mañana).
Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo.
José María Merino, La glorieta de los fugitivos.
Esther Tusquets, Habíamos ganado una guerra.

Sí, lo sé, lo sé... para confeccionar esta lista, ¿hacía falta reunir a una docena de escritores? ¿No bastaba con llamar por teléfono a la peluquería o a cualquier suplemento literario?

Sea como fuere, ¿a quién votarías tú?

Aconséjame.

Ahora tengo un aspecto normal, relativamente normal (para ser como soy, me refiero). Tal que así:



Sin embargo, ¿qué será de mí a la vuelta de Barcelona? ¿Me diseñarán de forma irreversible? ¿Podré seguir llevando bigote? ¿Habré encanecido de los sobresaltos? ¿Tendré que beber combinados? ¿Seguiré sabiendo sentarme en un taburete normal o ya sólo podré sentirme cómodo en sillas Bauhaus de esas de las que cuesta tantísimo trabajo luego levantarse?

¿Tú qué crees?

Ah, sí. Eso. Me alegro de que me lo preguntes. La foto es en la barbacoa en casa de mi hermana Helena. Todo el mundo bebía vino en vasos de esos y metí una cucharilla en el mío para poder reconocerlo de inmediato encima de cualquier sitio. Costumbre de buen bebedor. Como la de pasar el contenido de todos los bolsillos a la siguiente prenda, cada vez que te quitas algo, porque más vale perder la chaqueta que lo que lleves en el bolsillo. O como la de pagar siempre y en todos sitios con billetes. Decía Juan García Hortelano que la mejor medición de cuánto bebiste anoche es la cantidad de monedas que llevas en el bolsillo, por esa costumbre de todos los borrachos de pagar siempre con billetes. O será, tal vez, por la incapacidad de ponerse a contar monedas a partir del quinto whisky.

Madrugadas hay en que uno llega con el bolsillo reventando de calderilla, rebosante de moneda fraccionaria, y se pregunta: pero, vamos a ver, ¿será posible que haya bebido tanto anoche?

Que gane el mejor, ¿no?

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sábado 24 de noviembre de 2007

Lo que estoy leyendo: Baron Biza

Chavi Azpeitia es uno de los escritores que más envidio.

Por supuesto, la envidia es la única forma de admiración al alcance de tipejos miserables como yo.

Además, es amigo mío, lee mis manuscritos y me impide publicar disparates absolutos, y es director de la editorial 451 (esta es la web de la editorial).

Por eso me leí El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza (o Barón Biza, no lo tengo muy claro).

Impresionante, contundente como un puñetazo en la mandíbula.



Yo no sabía nada de este autor y no creo que sea necesario saber nada para leerlo.

Aunque la verdad es que a todos nos gusta conocer ciertos detalles.

Raúl Barón Biza, el padre de Jorge, era un millonario argentino, escritor ácrata y pornógrafo, elegante y radical, un tipo de armas tomar, un dandy inmoralista. Se casó con una pionera de la aviación, Myriam Steford, y la tía se estrelló con su avioneta en una de las inmensas fincas de Barón Biza. Raúl construyó un monolito de más de ochenta metros de altura como estela funeraria.

Luego se casó con Clotilde Sabattini, de una gran familia argentina, pedagoga, bellísima.

Tuvieron tres hijos, entre ellos Jorge.

Clotilde quería separarse de Raúl. Un día tuvieron una entrevista con los respectivos abogados, en casa de Raúl, en la calle Esmeralda al 1.200. Hacia las ocho de la tarde, Raúl ofreció whiskies. Era un consumado anfitrión, un hombre de mundo.

Le sirvió un vaso a Clotilde y se lo arrojó a la cara: era ácido. No sé si vitriolo. La desfiguró, le quemó toda la cara y parte del cuerpo. Jorge, el hijo, la llevó al hospital.

Raúl se sirvió un whsiky auténtico, se sentó en la cama y se disparó un tiro en la cabeza.

Bien. Así empieza la novela: el protagonista lleva a su madre al hospital y observa cómo su cara se va transformando en calavera, en una masa supurante y sanguinolenta, cómo van apareciendo los huesos y cómo la carne va cambiando de color, con unos morados llamativos, imprevistos amarillos, zonas lívidas y otras descarnadas de pronto.

Sigue un periplo por hospitales en Argentina y en Italia, durante años, mientras intentan reconstruir el rostro de la madre.

Es un descenso al infierno, claro está. Y también un esfuerzo inútil por entender lo que ha pasado, por entender la maldad y la violencia. Ese esfuerzo lleva al protagonista incluso a la maldad y a la violencia.

Sin embargo, la maldad es opaca.

El desierto. La semilla. El hijo de esa tragedia: de eso trata la novela.

Tras sufrimientos terribles, la madre (la real y la de la novela), se suicida. Se tira por el balcón de la misma casa en que ocurrió la escena del vitriolo.

Su hermana también se suicida. Defenestración, de nuevo.

Al final de la novela, el protagonista admite: "Me aparté demasiado de la vida; vomito toods los días. Tarde o temprano yo también seré solo un texto; no me queda mucho más por hacer".

La última frase de la novela dice: "Es de reconciliación de lo que estoy hablando".

Jorge Barón Biza trabajó como periodista, crítico de arte y escritor a sueldo en general, aunque con frecuentes intermitencias alcohólicas. Años después de la tragedia escribió su única novela, ésta, que se publicó en 1997 (él mismo costeó la primera edición). Ahora se publica por primera vez en España.

El 9 de septiembre de 2001 Jorge se tiró por la ventana desde su apartamento en el barrio de Nueva Córdoba. Era un piso 12.

Siete días antes había aparecido su último artículo en el periódico. Era sobre las pintadas en las paredes de las cárceles:

¿Literatura del verdadero límite? ¿Literatura del otro lado del límite? Aquí nadie jugó al surrealismo ni al dadaísmo. El contrasentido, el absurdo, lo incomprensible tuvieron aquí un valor existencial que hace que nos riamos de todos los experimentos de la ciencia literaria.


Jorge se sintió decepcionado por la recepción que tuvo su novela: "Se leyó mucho lo autobiográfico y el sufrimiento no legitima la literatura", dijo.

En mi opinión, la novela es espléndida, lo autobiográfico, aunque impresiona, es lo de menos.

La novela se ha leído y se puede leer de muchas formas: una metáfora de la vida política argentina (hay unas páginas memorables en las que compara la cara de su madre con el país y con la peripecia del cadáver embalsamado de Eva Perón). Una reflexión sobre la literatura, también. Los médicos distinguen entre la cirujía de urgencia y la plástica, por un lado; y la cirujía de reconstrucción:

En la superficie, en la piel, sólo se encuentran soluciones superficiales, cosas de cirujanos de urgencia. Nosotros, los reconstructores, somos gente que trabaja sobre lo profundo. En vez de cubrir, vamos a adentrarnos, vamos a profundizar hasta donde el ácido no llegó.


También le dice el médico al hijo:

No se trata de disimular, tapar, ocultar. Es necesario aceptar que ha estado inventada una nueva realidad. Su padre ha creado alguna cosa de nuevo. No podemos negarlo: entonces sólo nos resta darle a la tragedia su propia naturaleza, su camino para expresarse. Quitar la viejas ruinas, para que la nueva cara se forme en libertad, sin laberintos engañosos.


(Por supuesto que el médico, italiano, habla en un lenguaje ridículo e inventado: es parte del humor de Barón Biza).

Hay literatura plástica, embellecedora, y literatura reconstructiva, que necesita destruir, llegar hasta el fondo, para darle su propia expresión, su propia identidad a una realidad nueva, la que ha provocado la adversidad.

Se escribe para convertirse en otro, para crear tu propio rostro.

Es un esfuerzo inútil, desde luego, y admirable.

Esto es también una indagación acerca de la propia identidad, claro. El rostro, la persona.

En fin, a mí me impresiona mucho la ausencia de énfasis. El protagonista se examina y concluye: "me enorgullecía cuando encontraba sólo vacío, y nada de sentimientos".

Un tragedia, sí, pero vivida como si fuera lo normal. Podría haber hecho lo contrario: contar una vida normal de forma trágica. El resultado es el mismo: toda vida es dramática, todo vida lucha contra una adversidad inabarcable, toda vida es opaca a la inteligencia.

Por último: el humor. Me he reído mucho leyendo esta tragedia. Los textos intercalados, con su invención lingüística, con su sátira política, con sus asociaciones imprevistas, me han sorprendido y me han entusiasmado.

Este es Jorge Barón Biza poco antes de saltar al vacío desde el piso 12. Fue al amanecer. Los vecinos dijeron que habían oído toda la noche música clásica.



Igual me equivoco, pero en mi opinión (no del todo desautorizada en la materia), tiene todo el aspecto abotagado, indefenso, doliente y enternecedor de los alcohólicos terminales. Parece a punto de sucumbir por varices esofágicas o fallo hepático. ¿No te parece? ¿No dan ganas de escucharle sin decir nada, de tocarle el hombro cn la mano?

Al principio de la novela dice:

Cuatro años antes, a los dieciocho, cuando empecé a emborracharme con regularidad, se me habían hecho evidentes lo ridículas que son las pretensiones de maldad de los seres humanos. En los bares eran más obvias aún: los patéticos borrachines se agredían, traicionaban todo lo bueno que les ocurría, exhibían esperanzados sus perversiones. Resultaban risibles e impotentes. (...) La voluntad de ser malos es irrisoria ante la disposición tan superior de los hechos y las cosas. (...) Así me hice desde muy joven una idea burlable del mal.


¿Hay aquí un enigma? ¿Tú qué piensas? La solucion: al final de la novela. Hay que leerla.

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viernes 9 de noviembre de 2007

¿En directo o en diferido?

Ayer estaba tomando cañas con Antonio Orejudo y Eduardo Vilas en La Ardosa de la calle Colón. Entró un tipo más bien bajito, con una bolsa de plástico en la mano y unas gafas de sol puestas. Tropezó, claro, porque en la taberna siempre hay una acogedora penumbra muy poco propicia a las gafas de sol.

--¿Ese no es Ray Loriga? preguntó Orejudo.
--Ni puta, pero supongo que sí. Si no, ¿por qué iba a llevar gafas de sol?,dije yo.
--Atinada presunción, dictaminó Vilas.

El presunto Loriga pidió una cerveza y se quitó las gafas. En ese orden, sí.

--Oye, ¿tú eres Loriga?, le pregunté.
--Yes, dijo en inglés.
--Soy Reig.

Nos sentamos en el mismo barril (las mesas en La Ardosa son barriles; las camareras, hipnóticas; el salmorejo, excelente; y para ir al baño hay que pasar por debajo de la barra, lo que siempre alegra la mañana). Charlamos un rato. En versión original subtitulada.

Loriga (ya no presunto) está pálido, casi lácteo, como si llevara una agotadora vida nocturna, y muy flaco, no debe de comer nada que no salga de un envase de plástico. Lleva en la muñeca una respetable cantidad de pulseras, casi como Aznar, pero con más cuero, no sé si me explico.

--¿Tú vivías en el ático de Merino?, le pregunté.
--Yes, admitió. Encima de Javier. Lo alquilaba como estudio.

Estaría estudiando, claro. Los estudiantes necesitan estudios, ¿no? Si quisiera escribir, lo alquilaría como escritorio; y si quisiera dormir, como dormitorio; y si quisiera tomar copas y charlar con los amigos, como libatorio-locutorio. Es de sentido común, ¿no?

Javier Marías. Ignacio Merino. Ray Loriga. Menudo inmueble, pobres vecinos, qué bolsas de basura llenas de manuscritos.

Dice Loriga que era pavoroso encontrarse con Marías en la escalera, porque se empecinaba en regalarle varios libros.

--No parece tan terrible, comento.
--Todos escritos por él, aclara.
--Entonces terrible, sí.

Un relámpago interrumpió la acogedora tiniebla de La Ardosa, se había abierto la puerta y entraba por un momento la luz de la calle. Loriga pestañeó. A continuación, apareció Marcos Giralt Torrente.

¿Es que todos los plumíferos de Madrid han decidido esta mañana tomar cañas en La Ardosa?

Es la primera vez en mi vida que veo a Marcos despeinado. La verdad, produce cierta sensación de alarma.

--Menuda resaca, comenta.

Es la primera vez en mi vida que veo a Marcos con resaca. La verdad, provoca alarma social. Si Marcos tiene resaca, ¿a qué no estaremos expuestos los demás? ¿De qué no seremos víctimas? ¿Qué sórdidas y contundentes amenazas no nos acecharán?

Además, dice que anoche le robaron la cartera.

--Te advertí que no te pasearas por Chueca con el delantal puesto, opina Loriga, con misterioso acento. Añade: No era buena idea.
--No, pero la tía aquella que llevaba la argolla en el ombligo me lo regaló?

¿Qué hay que hacer en estos casos?

No preguntar nada. Jamás. Pase lo que pase.

En cuanto preguntas qué es eso del delantal, estás perdido sin remedio. Te expones a que te lo cuenten.

¿Hay algo más aburrido que una noche de copas contada?

Bueno, sí, quizá un polvo contado.

De joven pensaba yo que iba con retraso, que siempre llegaba tarde, porque quedaba con amigos y siempre contaban y recordaban lo bien que lo habían pasado? ¡la noche anterior!

Al parecer yo llegaba el día después, en lugar de la noche anterior, esa legendaria noche anterior que acabó con un delantal puesto en la plaza de Chueca, por ejemplo.

Recuerdo el primer día que escuché a unos amigos hablar, como siempre, con pasión desatada, de la noche anterior. Tardé en reconocerla, claro, en darme cuenta de que era la misma noche en la que yo sí que había estado. Lo contaban como si hubiera sido la gran juerga, algo épico, pero yo recordaba perfectamente que nos habíamos aburrido como ostras (con delantales puestos en la plaza de Chueca, por ejemplo) y que mis amigos, esa noche, también estuvieron recordando otra noche anterior en la que sí que lo pasaron bien.

Llegué a la conclusión de que aquellos amigos míos, en realidad, no se divertían nunca: tenían la sensación de haberse divertido, sí, pero siempre sucedió otro día, en otro lugar, con otras personas.

Decidí apuntarme al otro bando, ese borroso ejército enemigo, esa oscura gente que se divierte en el acto, donde le pille, esté con quien esté; decidí divertirme con lo puesto, a todas horas y aquí te pillo, aquí te mato.

Y así me ha ido, claro, en el bando de los perdedores.

¿Les pasará lo mismo a Loriga y a Marcos Giralt? ¿Tú que piensas? ¿En qué bando crees tú que se han alistado ellos?

Fiel a mis convicciones, dejé a los escritores de leyenda en la tenebrosa Ardosa y nos fuimos a comernos un cocido donde Pepi.

Luego me fui con mi hija Anusca en metro, que le gusta mucho.



Y después, en casa, la bañé.



Anusca y yo nos divertimos siempre en directo, nunca en diferido. Nos divertimos con lo primero que haya disponible, un viaje en metro, jugar a monjitas con las toallas o dibujar delfines, nos da lo mismo: somos de esa oscura gente que se entretiene con cualquier cosa.

Y tú, ¿de qué lado estás? ¿Te diviertes en directo o te lo retransmites en diferido al día siguiente?

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viernes 2 de noviembre de 2007

Lo que estoy leyendo: Fiambres

Casi siempre leemos lo que debemos leer, lo que nos conviene. Lo que nos recomiendan los suplementos literarios, los amigos, los profesores. También salimos casi siempre con chicas de nuestra edad, esas mujeres que nos convienen. Las que nos presentan los amigos, las compañeras de estudios o de trabajo, las que puedes llevar sin miedo a comer con tu familia.

Y está bien que así sea, no digo que no. Son libros y parejas que forman parte del argumento de nuestra vida, son su desenlace previsible.

En cambio, hay libros, como hay mujeres, que lo interrumpen todo, lo ponen patas arriba, aparecen sin previo aviso y ya sabemos que no nos convienen y nos van a hacer perder (como poco) el tiempo.

¿Por qué me quedé, hace más de veinte años, una noche sin dormir leyendo Los espías no deben amar, una novela impresentable que compré sólo por la foto de la portada y que me hizo suspender el examen del día siguiente? No lo sé, pero en mi cabeza esa noche se parece mucho a la felicidad.

Creo que la felicidad siempre es una insurrección: no voy a estudiar, no me da la gana, ahora me apetece leer esta novela, aunque no me convenga.

Han pasado más de veinte años y ya no podría contar el argumento de Hamlet, que leí en la misma semana, pero aún recuerdo el comienzo de aquella novela de portada chillona, que me hizo seguir leyendo como quien se tira de cabeza a un pozo:

Llueve en Milán, llueve con desesperación. Me persiguen y camino sola, empapada bajo la lluvia, sin rumbo, pisando charcos...


Cuando tenía dieciocho años, mis novias eran las que me convenían: chicas con trenka y un libro en el bolsillo, discutidoras, pero bien educadas, humanitarias y nunca demasiado partidarias del maquillaje. Esas chicas que llevaban zapatos cómodos y ropa interior muy sensata, por lo general blanca.

Sin embargo, entonces yo habría dado todo lo que tenía de valor (hasta mi reloj de bolsillo y mi primera edición en dos tomos de Residencia en la tierra), para que me corrompiera ipso facto un ama de casa de cuarenta y tantos, manipuladora, cínica, con tacones de aguja y minúscula lencería roja; una Mrs. Robinson de chalet adosado que me utilizara como un simple objeto para satisfacer sus más oscuras pasiones, y sin prestarme la menor consideración como persona y ser humano.

Y ahora que el cuarentón ya soy yo, como se cruce en mi camino una cándida y corruptible estudiante o políngona de dieciocho... ¡me choco seguro, impacto frontal total!

Con los libros me pasa algo parecido. Leer a Cormac McCarthy, por ejemplo, que es lo que se espera de mí y lo que me conviene, me da una pereza invencible, aunque sé que tienen razón las personas de orden, sé que lo dicen por mi bien: al final valdrá la pena (cruzo los dedos).

Teniendo mi cabeza estas características (o averías de fábrica), no podía yo resistir la tentación de empezar un libro que se llama Fiambres. El subtítulo es: La fascinante vida de los cadáveres. No conocía ni a la autora, Mary Roach, ni la editorial (Global Rhythm, colección Maledicta).
Así empieza:

Estar muerto es un poco como viajar en un crucero. La mayor parte del tiempo la pasa uno tumbado boca arriba. El cerebro ha dejado de funcionar. La carne comienza a reblandecerse. No llegan muchas noticias y nadie espera noticias tuyas.


A partir de ahí el libro es un divertidísimo recorrido por las otras muchas posibilidades que ofrece la existencia como cadáver. Además de quedarse boca arriba y descomponerse tan campante, un cadáver puede hacer muchas otras cosas, algunas de ellas de gran utilidad y otras bastante pintorescas, pero divertidas. Las opciones que se le presentan son múltiples: un cadáver con buena disposición puede caer desde diversas alturas para comprobar el efecto de los golpes en el cuerpo, puede recibir impactos con un martillo, ser diseccionado, convertido en abono, embalsamado o tiroteado con armas de distinto calibre para descubrir cuál es el proyectil más apropiado. Como cadáver te pueden trocear y utilizar una de tus extremidades inferiores para averiguar qué tipo de calzado es el más recomendable para desactivar minas (parece que la llamada teoría de las sandalias del Vietkong era correcta: las lesiones son menores que con botas militares).

En fin, hay vida después de la muerte y, al menos contada por Mary Roach, es muy divertida: yo me he reído a carcajadas. No sé qué más habrá escrito esta señora, pero lo leeré todo y (si la foto de la contraportada no es la de su prima la pechugona) me encantaría encontrármela cualquier noche en un local oscuro y con dos copas de más.

Para un lector curioso y desocupado, las informaciones que da el libro son valiosísimas: cómo es el proceso de putrefacción, cómo se embalsama un cadáver, qué sienten los que llevan un órgano trasplantado, cómo se crucifica a una persona, si una cabeza guillotinada sabe o no sabe que es una cabeza cortada (la respuesta es sí lo sabe, al menos durante nueve o diez segundos), etc.

Del libro me ha gustado todo, hasta las notas al pie. Por ejemplo ésta:

A la gente le cuesta creerlo, pero Thomas Edison estaba un poco chalado. Sirva como prueba el siguiente extracto de sus diarios en torno a la memoria humana: "No somos nosotros quienes recordamos. Lo hace por nosotros un grupo de personas minúsculas que habitan en esa parte del cerebro que se ha dado en llamar 'la circunvolución de Broca'. Debe de haber doce o quince turnos, de modo que cada uno de ellos está de servicio durante un tiempo determinado, como los obreros de una fábrica. Así pues, lo más probable es que recordar algo sea cuestión de coincidir con el turno que estaba de servicio cuando se almacenó la información".


Formidable, ¿verdad? Este es Edison, el científico.

El estilo de Mary Roach es irresistible, se basa en dar rodeos, en asociaciones espontáneas, en el humor, en el detalle hilarante, preciso y revelador, y en la capacidad para caracterizar un ambiente o una persona.

Me leí el libro (326 páginas) en una noche. Al día siguiente lo pasé bastante mal en el trabajo, tenía gripe y me dolía la cabeza. No me cabía duda de que no había aprendido nada útil ni había leído a un autor de esos imprescindibles y que sirven para presumir de culto o de que estás al día.

Tampoco me cabía duda de otra cosa: en la cama con Mary Roach (y con sus laboriosos cadáveres) había pasado una noche feliz. Agitada, agotadora y feliz: una verdadera insurrección a favor de la alegría.

Mañana, como penitencia, tendré que leerme a Cormac McCarthy, a Philip Roth o a Javier Marías. Algo que me convenga. Lo que debo leer. Chicas de mi edad. Mujeres con sentido común, que se maquillan con discreción y llevan calzado cómodo.

Que alguien se apiade de mí, por favor.

¿No te doy pena?

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domingo 28 de octubre de 2007

Confesiones de un comedor de cultura

Hay un grupo no muy numeroso de personas que nos pasamos las tardes presentándonos libros unos a otros, endosándonos conferencias o enzarzados en debates, coloquios, mesas redondas y otras camisas de once varas.

Cuando oscurece, como los pájaros, empezamos a ponernos nerviosos y a sobrevolar las plazas, a doblar esquinas, a rozar las paredes con los dedos o a describir círculos, atraídos sin remedio por la luz de las farolas.

Así hasta que encontramos el Acto Cultural que corresponda.

La infame turba, el enjambre de hambrientas criaturas voladoras divisamos de pronto en cualquier calle el anuncio de un Acto Cultural y nos lanzamos en fila india, como la procesionaria del pino, hacia el Hotel Kafka, por ejemplo:



Algunos hacemos dos y tres transbordos de metro para alcanzar el correspondiente Acto Cultural.

Como decía Eugenio D'Ors, en Madrid, un jueves a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan.

El Acto Cultural en sí se define como "ese intervalo de tiempo que es indispensable esperar antes de que saquen los canapés y los licores". Es un trámite que hay que evacuar de la manera más expeditiva posible, apretando los dientes y tapándose la nariz.

Se hace largo, sí; pero ¿quién dijo que fuera fácil? ¿Quién prometió cultura sin esfuerzo, sin sudor y sin lágrimas? ¿Quién atrajo a los comedores de cultura con falsas promesas y engañosas palabras?

Por incomprensible que parezca, a menudo los organizadores de Actos Culturales no acaban de entender ese principio básico y mantienen la pretensión (no sé si arrogante o cándida) de que el público puede llegar a interesarse en el Acto Cultural en sí mismo. Con este (tan frágil) fundamento, añaden al Acto Cultural majaderías diversas de colores vistosos. Se comportan como los padres que se obstinan en que a sus hijos les guste la verdura. A los niños no les gusta la verdura. Si hay que tomársela para luego poder comer patatas fritas, se la toman, vale; pero no les gusta, por más ketchup y salsas de colores que le pongan.

El ketchup que se suele poner en los Actos Culturales para engatusar a los más pequeños acostumbra a consistir en: recitales, obrillas de teatro, canciones, proyecciones de fotos o películas o espectaculares montajes de luz y sonido.



Como es obvio, lo único que se consigue así es dilatar más aún el trámite y hacer más difícil la espera hasta el momento en que aparecen por fin las copas.

Resulta doloroso, irritante, saca un poco de quicio.

Por lo demás, en el Acto Cultural, los autores y presentadores hablan de sus cosas. Cosas que ellos mismos han escrito en sus casas, por lo general.



¿Hablan? Yo diría que Alberto Olmos le está silbando un tango a Belén Gopegui, ¿no te parece?

Mientras tanto, va pasando el tiempo, la paciencia de los seres queridos se agota y llaman por teléfono los hijos, la familia, las novias. Hay que dar explicaciones inverosímiles.




--¿Por qué no vienes ya?
--Es que estoy en pleno Acto Cultural, cariño, tú comprenderás...
--¿Con chicas, no?
--¿Qué chicas? Es un Acto Cultural, mujer...

Y Eduardo Vilas, encima, se parte de la risa.

Así pasamos la tarde hasta que llega el momento de las copas.



Aquí estoy con Pote Huerta (o Javi Potter, como le llama mi hija) y chicoleando con una de las resplandecientes García-Abril Sisters. La otra hizo las fotos. Excelentes fotos, se pueden ver aquí.

Esas copas culturales nos tranquilizan, se acaba el temblor en las manos, la sangre en las venas recupera su temperatura habitual.

Los comedores de cultura, esa infame turba de nocturnas aves, vamos desfilando y deshaciendo el camino de vuelta a casa, arrastranto los pies, con los ojos vidriosos y los labios lívidos, amoratados, y así hasta la siguiente dosis.

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martes 2 de octubre de 2007

Dios los cría

Javier Marías concluye una novela. En Alfaguara se ponen a tocar el tam-tam. Los tambores de guerra retumban en Miguel Yuste 40.

--Hay que darlo todo, amigos --ordena el mandamás--. Prisa espera que cada hombre (y cada mujer) cumpla con su deber.

Y empieza el bombardeo de entrevistas a Javier Marías en todos los suplementos de El País, Bobelia, Tontaciones, en EPS, en el de Moda ("Las corbatas de un autor"), en el de motor ("Un escritor peatón"), en las páginas de Economía ("La cartera de valores del autor español más leído en Alemania"), en el de Cocina ("'Almuerzo un sencillo emparedado' confiesa Marías") y hasta en las páginas de Nuevas Tecnologías ("Abomino de los ordenadores, ¿qué pasa?").

--¡Más madera! --reclama el mandamás--. ¡Kamizake, kamikaze: es la tempestad que sólo pueden desatar los dioses!

Se fotografía a Marías en todas las posturas concebibles (la mayoría de ellas, bastante forzadas), se encarta con el diario un capítulo de la novela y, a la semana siguiente, como obsequio, una maquinilla de afeitar del propio Marías. Llueven Marías a cántaros, como capuchinos de punta, qué le vamos a hacer. ¿A quién le importa?

En realidad, a todo el mundo le da lo mismo.

¿A todos? ¿A todos-todos?

¡No! ¡Ni hablar! Hay un irreductible galo que se resiste ahora y siempre al protagonismo de Marías.

Mientras come un jabalí, que ha cazado con sus propias manos, el irreductible, vestido con chaleco de pescador de truchas, examina El País y siente el hervor de su propia sangre que le hincha la yugular. La envidia le reconcome. Prueba a degollar dos delfines para tranquilizarse, pero sin éxito. Escabecha un oso panda. Nada le tranquiliza: él no puede consentir que Marías salga tanto en la prensa. ¿Y él? ¿Es que él ya no existe? ¿Él, que vende más que nadie? No está dispuesto a dejarse robar plano. No, señor. Antes muerto que sencillo.

En Miguel Yuste 40, en su despacho alicatado hasta el techo de fotos abrazado a premios Nobel, Juan Cruz pasea nervioso. Tiene un presentimiento: le van a regañar. Algo le dice que se la va a cargar.

No se equivoca: suena uno de sus siete móviles.

Descuelga y oye oleaje, silbidos de balas, gemidos de placer de mujeres de todas las edades y entrechocar de espadas. Lo que Juan Cruz se temía.

--¡Juanito! --grita una voz de trueno.

Es el Übermensch de las Letras, el Protomacho plumífero, el Megavendedor de novelas.

--Dime, Arturo, dime, te oigo mal, parece que no hay demasiada cobertura --explica Juan con voz melindrosa, almibarada y deferente.

--Me cago en todo. Estoy en alta mar. Coño. Joder. Mierda. Cojones. A mí no me sacáis tanto como a Marías, mi amigo Marías, me cago en todo.

--No te pongas así, Arturo, es que Javier acaba de publicar una novela.

--¡Que novela ni que ocho cuartos, Juanito, no me toques los cojones!

--No, claro, no, tú tranquilo, Alatriste. Lo vamos a arreglar, pierde cuidado.

Dicho y hecho. Al día siguiente una página y media de entrevista a Pérez-Reverte, con sus dos fotos, dos, sin venir demasiado a cuento, con la mínima percha de una edición en bolsillo.

Juan Cruz, trémulo, melífluo, admirativo, se pregunta en el titular: "¿Cómo se siente un escritor así?"

¿Que Marías reflexiona e intelectualiza? Arturo no se queda atrás. Dice de un libro suyo:

"Fue un acto de reflexión, intenso y agotador. Es de las novelas que me han dejado más exhausto en cuanto a intensidad. Y eso que es relativamente corta".


Formidable, dos soberbios ejemplares entrechocando los cuernos para demostrar ante la manada quién la tiene más grande o quién reflexiona más y con más cansancio.

Pérez-Reverte escribe libros con: "Duras conclusiones. Amargas, descarnadas. Un libro muy fuerte y muy duro".

Luego añade:

"Yo era un cazador; podría haber cazado animales, obras de arte, pero lo que cazaba eran imágenes. Yo sabía cazar la vida".


¡Guau!

Después habla de El Club Dumas, con la humildad que le caracteriza:

"El libro surge como un desafío, en un tiempo en que no se hablaba de clubes ni de nada de esto: fui un pionero. Fue una apuesta, y es el libro más agresivo que he hecho en plan desafío a lo que se estilaba en ese momento. Una declaración de principios. Estaba más solo que la una. Es un libro con una estructura complejísima [...] Pero sobre todo fue una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento".


¡Guau, guau! Cuánta testosterona, literatura que procede directamente de los testículos, escrita con "los cojones del alma", que diría Miguel Hernández.

Menos mal que, cada vez que la literatura está en peligro, viene Alatriste al rescate, como el Séptimo de Caballería.

Cuidado, amigos, no estamos ante un inculto, nuestro hombre es académico (es de la Española, no de la Lengua, Juan Cruz) y:

"Cada semana sigo leyendo al azar a Virgilio, a Homero, a Chateaubriand, a Conrad".

¡Toma ya! ¡Y dos huevos duros!

De La reina del Sur presume Pérez-Reverte que "hasta los narcos la han leído, en Mëxico". Es una "novela musical", afirma. En las obras de Pérez-Reverte hay de todo, como en Saldos Arias: reflexión, acción, desgarramientos, intensidad, estructuras metálicas, música, oportunidades, rebajas y además se hacen arreglos a la ropa y se da la vuelta a los abrigos.

Y así hasta la extenuación.

Juan Cruz pone un titular con su declaración más importante y delatora del motivo de la entrevista:

"Soy un lector todo el tiempo, no soy un escritor, no soy Javier Marías".

Mensaje recibido, Arturo.

Al final, la entrevista se convierte en un formidable delirio paranoico. Al parecer, a Pérez-Reverte le persiguen unas malvados para acabar con su vida. ¿Será el profesor Bacterio, los pieles rojas o Fumanchú?

"No voy a dejarme matar. [...] Si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. [...] Hay que morir matando".


Estremecedor, Arturo: se me ha puesto toda la carne de gallina.

¿A ti no te pasa? ¿A ti no te preocupa la persecución que sufre Pérez-Reverte?

Me han dicho que, después de esta entrevista, Juan Cruz ha prometido abandonar el periodismo. Se sentirá demasiado mayor para recibir llamadas intempestivas de escritores celosos, tal vez. No sé. ¿Tú qué piensas?

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viernes 21 de septiembre de 2007

¿Cómo te pones tú las bragas?

Decía Flaubert: basta con poner la suficiente atención en algo para encontrarlo interesante.

Lo creo de verdad. Hay que saber poner atención, pero no es tan fácil.

Por eso a mi me ha gustado mucho leer a John Updike, me parece un novelista excepcional. Updike lo mira todo con una atención incansable. Sus novelas siempre plantean cuestiones morales, siempre tienen algo de experimento social a lo Zola: pone a un americano de clase media, con el equipo moral e intelectual del que está provisto un americano de clase media (no el propio del autor, esto es lo importante) y le enfrenta a situaciones que por lo general le sobrepasan (el racismo, el adulterio, la integridad moral, el más allá, etc.). No juzga, sino que observa. Y mira con una atención exquisita al detalle, a esos "divine details" (Nabokov). Zola a menudo se propone crear símbolos, darnos imágenes poderosas, expresar indignación o belleza. Updike entra en detalles. Sólo Updike podía escribir Roger's Version, una revisión del clásico norteamericano La letra escarlata. Quizá sólo Updike necesitaba hacerlo, por otra parte, para releer así su propia tradición literaria.

En 1828 Whöler logró la síntesis de la urea. Fue una revolución. Por primera vez en la historia, a partir de materia inorgánica, se consiguió crear materia orgánica. Para explicarnos, hasta entonces se podía descomponer la materia en sus elementos; pero no se había logrado la operación inversa: crear un compuesto orgánico a partir de sus componentes inorgánicos. Eso es lo que consiguió Whöler (al parece de forma algo accidental) y dio así origen a la química orgánica.

Creo que cierta literatura realista, mecánica, enumerativa, descriptiva, es muy capaz de descomponer la materia orgánica y enumerar aisladamente sus elementos. Sólo los grandes son capaces de la operación inversa: la síntesis. Es la diferencia que va, pongamos, de Pereda a Galdós. Un novelista puede coger un personaje y descomponerlo, describir su casa, su ropa, sus movimientos, enumerar sus posesiones y reproducir sus palabras. El lector, este lector, suele aburrirse. Un gran novelista, como Updike, en cambio, lleva a cabo un experimento de química orgánica. Produce una síntesis, a partir de los componentes logra materia orgánica, consigue entregarnos a ese personaje tal y como es, vivo, animado, a menudo imprevisible y revelador.

Lo que estoy leyendo es Terrorista. No es lo mejor de Updike. Como diría Hemingway, "el viejo campeón comienza a aflojar el paso". Aun así, sigue siendo Updike, una lectura mucho más intensa que casi cualquier otra.

Mi hermano, que me conoce y sabe que soy quisquilloso, me advirtió que, si quería, me dejaba el original inglés.

Hacia la mitad hay un polvo (adúltero, claro). Updike describe la escena con su habitual precisión. Luego la mujer se viste:

Sus pechos se balancean al agacharse, y son lo primero que se cubre, encajándolos en las copas de gasa del sostén y cerrándolo, con una mueca, por detrás. Luego se pone las bragas por los pies, manteniendo el equilibrio con un brazo alargado, apoyándose con mano firme en el tocador...


¡Y hasta ahí puedo leer!

¿Cómo es eso de que "se pone las bragas por los pies"? Me quedé en el vagón de metro, absorto, sin poder seguir adelante y preguntándome cómo narices se las podría haber puesto, de no ser "por los pies". Una falda se puede poner por la cabeza o por los pies, de acuerdo, igual que un vestido; pero ¿unas bragas?

Me imaginaba a la chica que estaba enfrente intentando ponerse las bragas por la cabeza. Como si fueran una camiseta de tirantes. Deberían ser unas bragas tanga, claro. Tendría que estirarlas un poco, darlas de sí, para que pasaran los brazos y los hombros. Y luego, ¡qué complicación meter las piernas!

¿Habrá escrito eso de verdad Updike?

Me resisto a creerlo. ¿No será la traducción?

Se puso las bragas por los pies. Suena como: miró con los ojos, comió con la boca, etc.

¿Tú crees que es posible ponerse las bragas de otra forma? ¿Cómo te las pones tú?

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jueves 13 de septiembre de 2007

Me como el sándwich de pie, ¿qué pasa?

Leo hoy un artículo de Tomás Eloy Martínez sobre Paul Auster, en El País. Se titula "La vida interior de Paul Auster" y es la clase de artículo que más repelencia me provoca.

Martínez nos informa de noticias tan decisivas como que Auster escribe siempre de 10 de la mañana a cinco o seis de la tarde.

Bueno, será que no tiene que trabajar para ganarse la vida, claro, porque si no, no me lo explico.

Está tan embebido Auster en sus actos creativos esos, el pobre, que no sale ni a comer, sino que:

come el sándwich en su escritorio o caminando de un cuarto al otro.


Formidable, qué tío, Auster. Vale, pero ¿a mí qué me importa?

¿A ti no te da entre risa y pena todo este papanatismo de atesorar informaciones estúpidas, como la hora a la que se levanta un escritor, si lleva la camisa por fuera, qué colonia usa o lo mucho que le gusta masticar panceta haciendo ruido a mandíbula batiente?

Este tipo de cosas: Auster escribe todas sus novelas en libretas pequeñas y con un lápiz Alpino de color verde, y siempre escribe de pie y a la pata coja, de forma que toda su obra ha sido escrita sólo con el pie derecho en contacto con el suelo, etc.

Los escritores se han convertido ya en una marca comercial, como Nike o Adidas. Son una etiqueta y con la etiqueta Auster se puede vender cualquier cosa: camisetas Auster, una cubertería completa Auster (como la de Mariscal, menudo elemento), bolígrafos Auster o, por qué no, sándwiches de pepino Auster. Para promocionar esas etiquetas vale todo, hay que convertir al escritor en una especie de payaso impúdico del que todo es consumible: desde si escribe a mano o a máquina hasta el color de sus camisas.

Luego Martínez dedica el artículo a contarnos:

a) que a Auster no le gusta Borges (casualmente Martínez es argentino, quizá haya que suponer que el gran autor argentino, para Auster, no sea otro que... ¡Martínez!).

b) las opiniones (triviales y sin ningún interés) de Auster sobre política internacional (casualmente conciden con las de Martínez).

Por ejemplo, para Martínez (y Auster) Clinton era un buen presidente porque era

alguien que podía recitar de memoria párrafos enteros de Faulkner y el comienzo de Cien años de soledad.


En cambio Bush es malo, muy malo, porque no se sabe de memoria a Faulkner, claro.

¿Un poco pueril, no te parece?

Si viene un fontanero a arreglarte la cisterna del baño, ¿tú te fías más del fontanero que se haya aprendido a Faulkner de memoria?

En realidad, el núcleo de esta clase de artículos es invariable: se trata de decir que Auster es un genio y que el autor del artículo es súper-amigo-íntimo-total del genio, que pasea con él, que le ve deglutir de pie su maldito sándwich de salmón con alcaparras, que escucha sus confidencias, etc.

La conclusión la puede sacar hasta el lector más cernícalo:

--Auster es un genio (lo afirma Martínez).
--Martínez y Auster son uña y carne.
--Ergo el propio Martínez tiene que ser un genio de aquí te espero, un genio puntuable para las Olimpiadas o el Príncipe de Asturias.

Y así todo.

Que le den un premio a Martínez, por favor, que está haciendo todos los deberes.

Que le den el Príncipe de Asturias, por favor.

Según Martínez:

Cuando me senté a conversar con él [Paul Auster] hace pocas semanas, el tema de la separación entre lo imaginario y lo real regresó una y otra vez a nosotros.


¡Carambolas, qué cosas les pasan a los genios-escritores! Yo, cuando me siento a conversar con un amigo, aunque mi amigo sea un genio-escritor, hablamos de los niños, de los coles de los niños, de las ex mujeres, de trabajo, de lo bien que ponen las cañas en El Cangrejero, de lo buena que está la tía del fondo de la barra, de si seis whiskies no serán ya demasiados, macho, en fin, de las cosas normales y corrientes.

La separación entre lo imaginario y lo real, en cambio, es un tema que da poco de sí, seamos sinceros.

Alguna vez lo he hablado con mi hija Anusca, pero cuando era mucho más pequeña.

Ahora Anusca ya entiende perfectamente la diferencia y tampoco nos hace falta hablar "una y otra vez" de semejante pamplina.

A diferencia de Auster y Martínez, tenemos cosas más interesantes que decirnos.

La verdad es que me imagino a Auster y a Martínez, hablando "una y otra vez" sobre eso, y me los imagino siempre como Tip y Coll, muy serios: Auster con sombrero de copa y Martínez con sombrero hongo.

--Auster, amiguete, ayer follé con Paulina Rubio.
--¿No serán imaginaciones tuyas, Martínez?
--¿Tú crees?
--Hombre, Martínez, no me jodas.
--¡Qué separación tan terrible entre lo imaginario y lo real!
--¿Tú acaso piensas que estos boquerones en vinagre son reales, Martínez?
--Nos los han cobrado, tío.
--Pues mañana hablaremos del Gobierno...

En fin, me voy a comer un sándwich Auster, a ser posible de pie y paseando "de un cuarto al otro", lo cual no es fácil: primero, porque mi casa sólo tiene una habitación; segundo, porque así lo voy a poner todo perdido de migas, como si fuera Pulgarcito buscando el hilo de la historia.

Ayer empezó el cole, por cierto. Llevé a Anusca. Iba contenta, le hacía ilusión, pero me preguntó:

--Y ahora, esto de ir al cole, ¿es ya todos los días?
--Me temo que sí --le dije.

Eso no le hizo ninguna gracia. Un día o dos, como broma y para ver a los amigos, vale. Ahora bien... ¡todos los días!

Yo estuve de acuerdo con ella, tiene toda la razón del mundo.

Aquí está Anusca en un psicodélico Monumento al Granito (o algo así, sería) que encontramos por El Escorial:

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viernes 27 de julio de 2007

¿Cuándo acabaremos?

Ayer le dije a mi chica que saliéramos de casa hacia la derecha. Siempre salimos del portal y tiramos a la izquierda, pero cabamos en el Dos de Mayo y en seguida empezamos a encontrarnos gente. Lo de tomar una cañita acaba convertido en volver a casa a gatas.

Así que salimos y fuimos hacia la derecha, como exploradores que se adentran en una manigua tropical o en la tundra helada.

Habíamos quedado con Antonio Orejudo en la Taberna del Limón.

Pero resulta que el Orejudo se había encontrado a Chavi Azpeitia en Plaza de España y le había secuestrado para tomar una caña.



Aquí están Azpeitia, mi chica y Orejudo, pidiendo la primera en la barra.

Al final da lo mismo, saliendo a mano derecha también volvimos a casa a gatas.

En La Taberna del Norte, con una botella de vino y unos pinchos de solomillo, nos formulamos interrogaciones existenciales: ¿Es que no se ha ido nadie de vacaciones? ¿Por qué está todo tan lleno en Madrid? ¿Cuándo acabará Orejudo su próxima novela? ¿Y Chavi? ¿Y yo?

A mí que me registren.

¿Lo sabes tú? Dímelo, anda.

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viernes 6 de julio de 2007

Por tierra, mar y aire

Varios amigos tienen un bolo-net.

Se trata de una organización (clandestina, ça va sans dire) de socorros mutuos para escritores. Ahora mismo hay varios bolo-nets funcionando a pleno rendimiento, algunos especializados en poesía, otros en novela corta, incluso sé de uno de micro-relatos.

Los miembros de un bolo-net, como su propio nombre indica, se consiguen bolos unos a otros. Es decir, se llaman continuamente para jurados de premios, conferencias, mesas redondas, presentaciones de libros, etc.

Los escritores son como Blanche DuBois, que "always depended on the kindness of strangers", esa mujer que siempre dependía de la amabilidad de los desconocidos.

Gracias a concejales de cultura en todo el territorio nacional, los escritores podemos alimentarnos de canapés, cobrar unos eurillos y llevarnos el jabón y el peine de esos hoteles con buffet de desayuno.

Porque de lo que escribes, como todo el mundo sabe, no se vive, a no ser que uno sea un faquir o una top-model anoréxica.

Es lo que decía aquel viejo periodista: "¡La cantidad de gambas que tiene uno que comer para comprarles los macarrones a los niños!"

Hace años me invitaron a un bolo estupendo: 25 escritores hicimos el recorrido del Transcantábrico para inaugurar la reapertura del tramo de La Robla. Ocho días con barra libre.

Es evidente que aquello era el primer paso de una gran operación con el nombre en clave "Por tierra, mar y aire".

Ahora los del bolo-net de mis amigos se han inventado una "traslatio jacobea", o sea, quince escritores en un velero, y a mí no me han dicho nada.

Supongo que lo siguiente será montar a veinte narradores en un zeppelin y sobrevolar los Cárpatos.

Ya puestos.

Según ABC:

"Traslatio literaria y jacobea", así se llama una nueva iniciativa promovida por la Asociación de los Amigos del Camino de Santiago de la Comunidad valenciana, y realizada en colaboración con la Xunta de Galicia, que consiste en recorrer los lugares de la costa española y portuguesa por los que pasaron los restos mortales del Apóstol Santiago, tras su muerte en Jerusalén, antes de llegar a Galicia.


Los bolo-nets son poderosos e implacables. Los "gestores culturales", los tipos que manejan los presupuestos de Cultura, son seres crédulos, débiles y fácilmente impresionables.

Cierto, pero aún así me quito el sombrero: ¿cómo han llegado a convencerles de que les paguen semejante pamplina?

De aplauso.

Juan Manuel de Prada, Fernando Marías, Luisa Castro, Marta Rivera de la Cruz, Almudena de Arteaga, Gustavo Martín Garzo, Ramón Pernas, Milagros Frías y Fernando Martínez Laínez son algunos de los autores que han confirmado su participación, y a los que podría sumarse también la directora de la Biblioteca Nacional, Rosa Regás.


¿Rosa Regás? ¿En la cubierta de un barco? ¿Y Prada? ¿No zozobrará? ¿Habrá suficientes chalecos salvavidas? Para mejorar las cosas, la monumental majadería se llevará a cabo en un buque-escuela de la marina rusa.

Cada uno de los autores participará en una de las seis etapas: cinco por mar, con paradas en Cartagena, Málaga, Cádiz, Lisboa y Ría de Arousa; y una por tierra, desde Padrón a Santiago (20 kms.), aunque hay algunos más atrevidos, como Marías y Rivera de la Cruz, que abrirán y cerrarán el viaje.
Durante el trayecto se celebrarán diversas actividades a bordo del barco, como charlas, conferencias y lecturas a cargo de los autores; además de una exposición de fotografías, sobre la leyenda del traslado del cuerpo del Apóstol, que podrá visitarse en cada uno de los puertos de amarre.


Alucinatorio, ¿no te parece?

Qué lástima me da la tripulación, esos pobres guardiamarinas rusos a merced de la oratoria de Juan Manuel de Prada y sometidos a lecturas de relatos de Rosa Regás. Y encima en alta mar, sin escapatoria posible ni tierra a la vista.

¿No crees que habrá un motín a bordo? ¿Pasarán por la quilla a dos o tres prestigiosos narradores o narradoras?

Ayer desayuné con amigos del barrio, como hacemos casi todas las semanas.




Martín Casariego, Míquel Silvestre y Marta Rivera de la Cruz.

--Martiña, ¿qué os he hecho? --empecé a gimotear--. ¿Me porté acaso mal en el tren? ¿No pago mis cuotas mensuales del bolo-net? ¿Por qué me dais de lado así, en momentos tan dramáticos? Más aún cuando es sabido que, antes que escritor, yo me considero, por encima de todo, un hombre mar. Ah, la mar...
--¿Como Carlos Barral? --se descojonaba Míquel.
--No lleva gorra ni bastón --se descojonaba Martín.
--Habrá sido un error... --se disculpó Marta.

¿Un error? ¡Naranjas!

"Debe de haber algún error", es lo que siempre te dicen. ¿Tú te lo crees?

Despechado, resentido, apesadumbrado, me fui a comer con Ángela Vallvey.



No se lo digas a mi chica, ella no sabe nada. Le dije que iba a comer botillo con varios poetas líricos del Bierzo.

--¿A ti te llevan a navegar, Ángela?
--¿A mí? No me han dicho ni una palabra.

Quieras que no, algo consuela.

--No nos quieren, Angelita, nos hacen de menos.
--No sé, chico.
--Es un complot, te lo digo yo. ¿Qué les he hecho?
--Bueno, tú eres bastante trasto, admítelo.
--Lo niego todo.

Después de comer nos tomamos unas copas, a ver si se nos pasaba el disgusto.

Se nos pasó. Un poco sí se nos pasó.

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jueves 5 de julio de 2007

Escritores con alas: generación compresa

Leo en El País un artículo de Enrique Vila-Matas que se titula "Situarse en el mundo". Habla de literatura. Creo.

Hay que leerlo como un jeroglífico o como un crucigrama: intentando resolverlo, adivinar de qué habla y, sobre todo, de quién habla.

Dice que fue a la Feria de Frankfurt hace años.

Eran entonces la gran mayoría de escritores españoles muy jóvenes y activos y nadie intuía que tardarían muy poco en apoltronarse y ser engullidos por la repentina necesidad de llevar una vida de correctos hombres de negocios. Hoy en día no queda casi nada de aquella narrativa que pudo impactar en Europa.


¿A quién se refiere? ¿A Muñoz Molina? ¿A Javier Marías? ¿A Eduardo Mendoza? ¿A sí mismo, por ejemplo? ¿Por qué no dice ni un solo nombre?

Habla del "superficial canon nacional que algunos críticos crearon en los años ochenta" y asegura que "se jaleaba el casticismo y el rechazo de todo experimentalismo".

¿De qué rayos habla? ¿Qué críticos?

Intento recordar. En los ochenta "se jaleaba" bastante a Juan Benet, todavía a Goytisolo (sobre todo él mismo, Goytisolo, que aún "se jalea" en cuanto tiene la más mínima oportunidad), se jaleaba un ladrillo experimental infumable llamado Larva, de un tal Julián Ríos, y se jaleó bastante, hasta el punto de que yo lo compré, un libro titulado Historia abreviada de la literatura portátil.

Luego nos cuenta que él "no encajaba" en ese canon superficial, así que "me inscribí en una tradición literaria híbrida", lo que a su juicio explica su éxito internacional.

Pues va a ser eso.

"¿Por qué no tenemos visibilidad internacional?", se pregunta Vila-Matas.

Es una interrogación retórica, pues no propone ninguna respuesta.

Como Guillermo Brown, él se limita a constatar un hecho: los escritores españoles no son muy conocidos. En Hispanoamérica sólo se conoce a "dos o tres escritores -más bien los más alejados del tradicional realismo hispánico y de la prosa barroca que huele a tortilla de cebolla".

¿Quiénes son los tortilleros esos, por caridad, don Enrique? No nos tenga en vilo. ¿Algún nombre, por favor, por humanidad? ¿A qué huele Javier Marías? ¿A ginebra inglesa? ¿Y Pérez-Reverte no huele a criadillas, rabo de toro y sesos escalfados? ¿A qué huele el propio Vila-Matas?

¿No te parece que aquí ya hay demasiados escritores que son como las compresas con alas? ¿A qué huelen los escritores que no huelen?

No podemos hablar siempre así, por alusiones, por conjetura, con jeroglíficos y oscuros hexámetros sibilinos. ¿Por qué nadie se atreve a dar un solo nombre nunca?
¿Será por no oler? ¿Para que no les abandone el desodorante?

Hace poco, en el blog de Vicente Luis Mora, le hacía este mismo reproche Constantino Bértolo a Ángel Zapata (y a mí me hacía otros, creo que también con bastante razón). Esto decía Constantino:

"Entiendo que si en lugar de la queja utilizáramos la denuncia, es decir, obras con nombres y títulos concretos, quizá dejaríamos de avalar con nuestra queja, queriendo o sin querer, la impostura general. [...] Porque mi pregunta es ¿porque no se dicen en tu artículo los nombres de esos buenos chicos que escriben literatura insulsa? ¿por qué no citar la nómina de los imbéciles y de los canallas? ¿por que no desenmascarar dando sus nombres a esos escritores "de éxito" que hablan contra la mercantilización de la literatura, o a esos escritores que se reclaman "de izquierdas" y "firman contratos ?sin que se les mueva un músculo de la cara? con los más reputados "padrinos" del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición." Hablabas antes del silencio y en efecto tú mismo puedes comprobar cómo funciona ese silencio, esa carencia de nombres concretos que es un rasgo llamativo en tu artículo".


Y un rasgo muy llamativo también del artículo de Enrique Vila-Matas, que al final no tengo ni idea de lo que dice. Quizá que él está por encima del resto, alejado de la tortilla de patata, y eso explica su capacidad de "situarse en el mundo".

Hay ya toda una Generación Literaria Compresa, una generación fina y segura, que no se mueve, que no huele, que no traspasa, con la que puedes incluso bañarte, porque no se nota: igual que si no leyeras nada.

Una frase del artículo se me quedó grabada y no paro de darle vueltas. Me sucede a menudo. Esta frase:

"Mi experiencia personal me indica que he tenido que viajar a muy diversos países y padecer de cerca el desconocimiento de la literatura española en casi todas partes."


Eso no lo ha escrito, como parece, un político, ni un burócrata, ni un experto en marketing casi analfabeto. Lo firma uno de los más prestigiosos escritores españoles.

Parece una cosa de Tip y Coll. Mi experiencia personal me indica que he estado tres veces en el médico. Mi experiencia personal me indica que he pedido cañas en varios sitios y me han puesto tapa.

¿Por qué no decir simplemente: siempre que he viajado por ahí, he comprobado el desconocimiento de la literatura española?

Como al comentar una partida de ajedrez, dan ganas de poner un signo de interrogación al margen y anotar: muy mal, coño, la jugada natural es Cf5.

¿Por qué escribir de esa forma tan pintoresca?

Mi experiencia personal me indica que siempre que he escrito así (y lo he hecho unas cuantas veces) es por una sola razón: porque en realidad no tenía nada que decir.

Lee el artículo de Vila-Matas y verás.

Dicho esto, te diré otra cosa: aprecio bastante a Vila-Matas, que te quede claro.

Hablé con Enrique por teléfono hacia 1998, cuando él era jurado de un premio de novela al que yo había presentado una novela mía. Yo estaba en casa de Pote Huerta y llamó Enrique por casualidad.

--Estoy con Reig, el tío de la novela esa demente.

Enrique le pidió que le pasara conmigo. Me dio ánimos, me dijo que le había gustado y que la iba a defender.

Me consta que lo hizo, aunque el premio lo ganó otra novela, que sin duda lo merecía. De todas formas, Pote publicó también mi novela, gracias al apoyo de Enrique Vila-Matas.

Siempre que veo a Enrique le doy un abrazo y se lo agradezco.

Esto fue hace años: todos éramos delgados, guapos y algo golfos. Veo fotos de esa época y me asombro.



Este es Pote con mi hija Anusca, a la que consiguió dormir de inmediato. Mi hija nunca ha acabado de entender un nombre como "Pote", no le entra en la cabeza, así que en casa le seguimos llamando como ella le bautizó: Harry Potter.

¿Un editor con poderes mágicos?

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miércoles 4 de julio de 2007

True Crime

Ayer acabamos el primer curso de True Crime en Hotel Kafka. Por la mañana me fui a tomar cañas con estos amigos:



Fernando, editor, con Pote Huerta, de Lengua de Trapo, Alberto Olmos (Trenes hacia Tokio) y Juan Aparicio Belmonte (El disparatado círculo de los pájaros borrachos).

Juan, hijo, ¿cómo se te ocurrió ese título? ¿Te parece normal?

Esa fue la primera pregunta.

Luego alguien contó el argumento de una novela de Juan Manuel de Prada: un tipo está a punto de follar con una tía, pero no se la folla. Repito: no se la folla. Stop. Al final decide que no quiere ponerle los cuernos a su mujer. Stop. El tipo vuelve a casa y... ¡la culpa le atenaza durante el resto de su existencia!

--¿Qué culpa?
--El haber querido follarse a otra, ya sabes.
--¿Pero no dices que no se la folló?
--No, pero tenía ganas, eso es lo que le pasa, sintió tentaciones y por eso la culpa le persigue...
--No jodas.
--Manda huevos.
--Anda, vámonos a comer.

Por lo tanto, la comida, en una pizzería de la calle Hartzenbusch, tuvo como asunto central el siguiente acertijo: ¿Quién sería el Juan Manuel de Prada de izquierdas?

Todos estuvimos de acuerdo en que la respuesta es: ¡Suso de Toro!

Luego planteamos una regla de tres: Suso de Toro es a Juan Manuel de Prada como Manuel Rivas es a X.

Intentamos despejar la X. ¿Jon Juaristi? ¿Sánchez-Dragó?

Después dibujamos el Misterioso Triángulo (de las Bermudas) de la Literatura Madrileña.



En cada vértice está una de las características de lo madrileño:

Provincianismo
Campechanía
Señoritismo


Los madrileños, es verdad, somos campechanos, pero también un poco señoritos, y en el fondo provincianos y papanatas, unos crédulos que nos asombramos de cualquier cosa.

En literatura, para cada valor, se ha elegido un escritor-termómetro:

Provincianismo: Ray Loriga (pues hay que ser provinciano para ir así vestido y fingirse neoyorkino).
Campechanía: Almudena Grandes (la más campechana del mercado de Barceló).
Señoritismo: Javier Marías (el clásico señorito madrileño finolis y chuleta).

Con estos parámetros, a partir de sencillas ecuaciones, se puede formular cualquier escritor madrileño. Por ejemplo... ¿Elvira Lindo?

E.L.= 3xP + 2xC + S

El triple de provinciana que Ray (por eso no puede dejar de hablar de Nueva York), el doble de campechana que Almudena (por eso nos cuenta las siestas de su santo), y con el mismo señoritismo que Javier (por eso nos habla de su vestido de Prada).

Nos pasamos la sobremesa, en El Parnasillo, haciendo números y poniéndonos unos a otros ejercicios.

Luego fui a la última clase de True Crime. En el curso, hemos tenido a una forense, a una psicóloga criminalista, a una jueza, a dos investigadores criminalistas de la policía judicial y, ayer, para terminar, a Lorenzo Silva. No creo que haya nada ni parecido en España, estoy deseando que empiece el siguiente.

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viernes 29 de junio de 2007

Telemadrid

Telemadrid es más grande que la catedral de León, quizá más grande que Notre Dame de París, pero aún así no han sido capaces de poner una sala para fumadores en todo el edificio.

Hacemos turnos para ir a echar un cigarrito a los lavabos.

Tampoco dan alcohol, pero hemos traído una botella de J&B de la que nos vamos sirviendo sin sacarla de la bolsa.

(Gracias, Arancha, encanto).

Así las cosas, el ambiente es como de campamento juvenil, con varios adultos fumando y bebiendo a escondidas. Un poco patético, ¿no te parece?

Me acuerdo de Anusca, en su campamento, ¿estará tomando demasiadas golosinas a escondidas? ¿Le habrá dado un beso a Ignacio o a Guille detrás del árbol? ¿Llevará mercromina en las rodillas?

La echo más de menos.

Lola Beccaria y Martín Casariego han venido elegantes.

Casariego y Beccaria


Yo no. Yo llevo pantalones cortos, aspardeñas de suela de esparto y una camiseta de la Penya El Rot, de Piles.

--No se nos ve de cintura para abajo --me disculpo.

Nos ha invitado Fernando Sánchez Dragó para hablar de Re:, la colección de (per) versiones de los clásicos que ha empezado Chavi Azpeitia en 451.

Fernando empieza hablando, sin embargo, de un viaje que hizo en Land-Rover y unos avistamientos de OVNIS cerca de Soria.

--¿Y no te abdujeron los marcianos? Podían haberte abducido...
--No, y es raro, porque iba con una chica guapísima: cualquiera la habría abducido.
--A lo mejor los marcianos sí te abdujeron, manipularon tus neuronas y luego lo borraron todo de tu memoria...
--¿Tú crees?
--Explicaría muchas cosas...

Fernando nos pregunta si es que acaso nosotros no hemos visto nunca OVNIS:

--No me digáis que entre seis escritores ninguno habéis visto un OVNI.
--Pues no --confieso--. Yo soy el típico escritor que nunca ve OVNIS.

Eso es quizá lo que más define mi estilo literario.

--Hay que joderse --comenta Chavi.

Ángela Vallvey habla de su libro. Martín Casariego habla de su libro. Lola habla de su libro. Fernando Sánchez Dragó habla de Fernando Sánchez Dragó. Irene Zoe Alameda habla de Hobbes. Sí, Hobbes. Al principio yo también creí que era el santo Job, pero no: parece que es Hobbes, un filósofo o algo.

Irene se acalora con el amigo Hobbes y yo no dejo de mirarle el escote.

Irene Zoe Alameda


Ante mí, a pocos metros, tengo a una doctora por Columbia, novelista, profesora de universidad, investigadora del CSIC... y yo, en lugar de absorber sin parar conocimientos útiles cual esponja, lo único que hago es mirarle el escote.

Qué pena, ¿verdad?

Llámame machista. Llámame superficial. Llámame guarro inclusive. ¿Tú crees que tengo arreglo?

Todos somos vecinos, pero resulta que es demasiado complicado anular los taxis que ya han pedido, así que nos vamos luego todos para el barrio, pero cada uno en un taxi.

Echamos carreras por la carretera de Extremadura. Mi taxi se pone en cabeza en el túnel, ¡toma ya!

La línea de meta en la que hemos quedado es el bar de Pedro, el Expres, en Noviciado.

Mi conductor gana, ¡bien!, seguido a pocos metros por el de Chavi.

Las chicas se retrasan, así que vamos empezando con las cañas.

Bar Expres

No, Ángela no está indispuesta: esa mano en la barriga es la mía, que no sabía bien donde ponerla.

Tomamos croquetas y cervezas. Más cervezas que croquetas.

Debatimos o departimos (lo primero que salga) sobre nuestros "asuntos propios", como los funcionarios, a saber: divorcios, niños, quién de nosotros ha follado alguna vez en una cabina del Teleférico, por qué narices no nos han invitado a ese viaje de escritores en un buque-escuela ruso, cuánto pagan por ser jurado en tal premio, quién sabe algo de ese nuevo periódico que dicen por ahí que va a salir en otoño.

Todos decimos que no sabemos nada.

Ángela dice que ella no cree que en un viaje en Teleférico dé tiempo a echar un polvo.

¡Gluuups! Los chicos miramos al suelo, carraspeamos y cambiamos de tema a toda velocidad.

Por si acaso.

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martes 19 de junio de 2007

Farmacia de guardia

Ayer conocí a Fernando Arias. Estoy leyendo su novela El ojo hambriento. Resulta que Fernando y yo somos parientes, pero no lo sabíamos. Los dos hemos dejado de beber, así que en todos los bares pedíamos sólo una cosa. Una sola cosa, por favor.

--Un whisky, sólo un whisky, es que ya no bebo.

--Para mí otro, solamente uno, que lo estoy dejando.

Nos tomamos ni se sabe de whiskies, pero siempre de uno en uno, con prudencia y moderación.

Debe de ser que antes los pedíamos uno de dos en dos y otro de tres en tres, como Lazarillo y el ciego.

Hablamos de los coffe-table books, los libros para poner encima de la mesa. Libros decorativos. Con dibujos de Miquel Barceló o alguna otra pamplina semejante. Las mil y una noches, ilustrado por Frederic Amat, tres tomos, 180 euros. ¡Toma ya!

--No son para leerlos.

--No. Nadie se los traga. Son de uso tópico, como una pomada o así. Se ponen en el sitio adecuado, en una mesa o en la librería, y hacen su efecto, no hace falta ingerirlos.

Hay libros de uso tópico, que funcionan sólo con ponerlos en el sitio. Causan una impresión en las visitas y también en el feliz propietario, que se considera cultivado sólo por tener los libros a la vista.

Otros, en cambio, son de uso interno: hay que leerlos para que hagan efecto.

También hay ciertos libros que actúan como placebos, es decir: son inocuos, daño no hacen, pero no contienen ningun principio activo. La gente los lee de buena fe, se sugestiona y cree que le están sirviendo de algo. Por ejemplo, la poesía de José Ángel Valente: no es nada, sólo agua con azúcar, una pastilla de colores, pero esos hipocondríacos intelectuales se la tragan y piensan que les está haciendo efecto. Se sugestionan y se convencen a sí mismos de que están leyendo algo sublime, algo para paladares exigentes, y que están ya curados de sus enfermedades imaginarias.

¿Qué serían los clásicos entonces? Medicamentos genéricos: más baratos, más eficaces, pero sin publicidad y sin envase atractivo.

Lo que le da beneficio a las farmacéuticas editoriales son las novedades. Se hace una pequeña modificación en la fórmula, se busca un paquete de colores y se invierte una pasta gansa en publicidad. Y ya está. Es una simple aspirina de toda la vida, pero ahora tiene un nombre ingenioso y lo anuncian por la tele como si tuviera propiedades muy poderosas. Henning Mankell, por ejemplo, debe de ser el Frenadol de la novela policíaca.

Francisco Ayala, en cambio, se parece a las pastillas del Dr. Andreu. No sirve para nada, no quita ni siquiera la tos, pero tiene un prestigio incomprensible, que debe de ser extraterrestre: un prestigio con movimientos que no puede describir ningún escritor convencional, un auténtico PVNI (Prestigio Volante No Identificado).

Los libros deberían venir con sus contraindicaciones y sus efectos secundarios. Álvaro Pombo: evite su lectura si va a conducir o a manejar maquinaria pesada. Ray Loriga: puede provocar mareos, náuseas, vértigos, sensación de fatiga y hormigueo en las extremidades. Muñoz Molina: puede producir intensa somnolencia. Etcétera.

Y la posología, claro: no puedes tomar más de un Javier Marías cada diez años. ¿O eran quince?

En caso de sobredosis, hay que provocarse el vómito y llamar de inmediato al Instituto de Toxicología.

Por último está la parafarmacia: libros sobre templarios y enigmas históricos, bífidus activo, Isabel Allende, confesiones de una ninfómana, César Vidal, cremas reafirmantes, etc. Son cosméticos, en realidad, no son libros ni medicinas, pero imitan su apariencia y los venden en establecimientos que parecen librerías, con sus farmacéuticas de bata blanca.

Se lo conté a una amiga editora, María Casas. Le dije que, en lugar de solapas o cuartas de cubierta, los libros deberían tener prospectos, como los medicamentos.

Rafael Reig

En la foto estoy con María, en el Cabreira, calle Ruiz. Como ya no bebo estoy tomando un solo vino.

Creo que no le convenció mi idea. Sería porque ella tomaba café.

¿Y tú qué tomas? ¿Que me recomiendas para la melancolía? ¿Una dosis de Coetzee? ¿Lo puedo mezclar con un tratamiento de Pessoa que estoy siguiendo hace tiempo? ¿A ti qué efecto te hace César Vallejo? ¿Tomas Caballero Bonald? Yo no, a mí las píldoras Bonald me atontan y me dan mucho ardor de estómago. ¿Has probado Aldecoa efervescente? Es estupendo: funciona. No lo tienen en todas las farmacias, pero contra el aburrimiento, tómate un Felisberto Hernández antes de cada comida, ya verás. ¿Tú que lees cuando llueve? ¿El gran momento de Mary Tribune? ¿Claudio Rodríguez? Igual que yo. Da alegría leer a Claudio o a García Hortelano. A veces también a Miguel Hernández y a Garcilaso. Este fin de semana, que no paró de llover, leíamos mi chica y yo en voz alta la égloga de Miguel donde recuerda a Garcilaso bajo el agua del Tajo:

Un claro, caballero de rocío,
un pastor, un guerrero de relente...


Llegamos a eso de:

Diáfano y querencioso caballero,
me siento atravesado del cuchillo
de tu dolor, y si lo considero
fue tu dolor tan grande y tan sencillo.


Y entonces miramos por la ventana. Escampaba. Nuestro "dolor tan grande y tan sencillo" ya no nos hacía sufrir. La medicina había hecho su efecto: nos dieron ganas de salir a la calle y ponernos a pisar charcos.

¡Si no fuera por los medicamentos!

Mira, te recomiendo algunas farmacias de guardia. El Hotel Kafka, donde tienen inyecciones austrohúngaras; Arrebato, con las grageas de toda la vida; o Fuentetaja, donde aún te hace fórmulas magistarales la farmacéutica Amelia, con su bata que transparenta la ropa interior.

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