Ana lava lana
Esta es mi mesa de trabajo, con mi hija ocupando mi sitio.

Para corregir me voy mañana a Piles.
Aunque, la verdad, no haría falta: yo vivo en Madrid como si viviera en un pueblo muy pequeño.
Mi novia vive a dos o tres calles y tenemos un intenso tráfico de tupperwares para recalentar, libros (con el valor añadido de leerlos ya subrayados), vídeos y chaquetas que se olvidan nuestras hijas. Por las mañanas me suelo tomar en el bar de Pedro una sin.
-Ponme una sin -le digo.
-Sin que se entere nadie, ¿no? -ya sabe que me refiero a eso, así cuando llega mi novia podemos decirle sin mentir que estoy bebiendo cerveza sin.
Luego hago mi ronda de vinos por el Cabreira, el Andino y las Bodegas Camacho. Por las tardes, a veces me acerco al bar de mi hermana, el Acme, en la calle Velarde, o me voy hacia el Parnasillo (es fácil que lleve bebiendo whisky más de veinticinco años en ese café).
Casi todos los días veo a las mismas personas y hablamos de lo mismo. Cuando dejamos a las criaturas en el cole, nos vamos al Gades a desayunar. La primera vez que vino Belén Gopegui vio que, según entrábamos, ya nos ponían en la barra lo nuestro (para mí Coca-Cola light; mi novia y Jesús Paniagua, un té):
-Coño, esto sí que es calidad de vida -dijo con envidia.
Ahora a Belén hace tiempo que ya le ponen su café americano en cuanto ven acercarse alguna de sus boinas de colores.
Por la tarde nos cruzamos atravesando Olavide a gran velocidad con una niña detrás y la mochila de dicha niña a nuestra espalda. Como aviones en vuelo, nos comunicamos por radio origen y destino en alfabeto Morse:
-De gimnasia rítimica a pintura.
-De judo a inglés.
Ahora que ya hace bueno, cuando acaba el traslado de niños a sus actividades extraescolares, nos premiamos con cervezas heladas en las terrazas.
Y así todo, como en un pueblo. Los martes, juego al ajedrez con Miguel Tomás en la parte de atrás del Maracaná; los miércoles me suelo acercar al bar de Santi a comer cocido con Edu Vilas; los jueves desayuno con Martín Casariego y Marta Rivera de la Cruz; los sábados me paso por el Camacho a tomar un par de vermuts con Javier Sádaba; los viernes como con mi abuela; un día a la semana vamos mi hermana y yo a comer huevos fritos con patatas, etc.
Ya te digo, como en un pueblo.
Jugamos mucho con las niñas. Últimamente les enseñamos palíndromos, que les entusiasman.
El más largo, creo, es uno que se inventó Luis Landero. Estuvimos con Miguel tomando whiskies en el Maracaná. Cada uno diez whiskies, menos Luis, que tomó siete y la mitad de todos los míos, por una supuesta costumbre extremeña que consiste en beberse tu whisky en cuanto te descuidas. Luis le enseñó a mi hija este, bastante notable:
ANITA LA GORDA LAGARTONA NO TRAGA LA DROGA LATINA
Chavi Azpeitia siempre ha presumido de uno que inventó a los veinte años:
OCCIPITAL ATIPICO
-Chavi, tronco, no funciona: le sobra una ce.
-Claro, gilipollas: por eso es atípico. No te enteras de nada.
Chavi siempre ha sido un poeta maldito, qué le vamos a hacer.
Aunque, para mí, el premio se lo lleva el de Javier Krahe:
¡OTRO COITO, TÍO CORTO!
¿Cuál es el tuyo? ¿Tienes algún palíndromo espléndido?
Así que mi vida es sencilla, más simple que el mecanismo de un cubo. Mis días son palíndromos: empiezan y acaban igual, se leen con el mismo sentido del derecho que del revés; dicen lo mismo boca arriba que boca abajo.
Y los domingos, por supuesto, concurso de paellas.
En el penúltimo, con Nata y Jose Antonio en el jurado, obtuve una puntuación alta, aunque no sin trampas: les dije a las niñas que había que hacer nota media entre la paella en sí y el helado-soborno que les traje de postre.
Aquí estamos de sobremesa.

José Antonio, Natalia, mi novia, Maite, que está leyendo en voz alta una jeremiada de Juan Goytisolo, un artículo en el que nos cuenta cuánto abomina de la fama.
Sí, de carcajada, es verdad.
Por cierto... ¿te lo has creído? Mira la foto de mi mesa. ¿Te has creído que esa cazadora es mía? Que soy una especie de Ray Loriga o así. Que dejo el casco de la moto en el suelo, cuelgo la chupa en el respaldo de la silla y me pongo a escribir obras maestras como si tal cosa. Ja, ja. No, todo eso es de José Antonio, claro.
El último fin de semana, trasladamos el Gran Concurso de Paella Madrileña a casa de Edu Vilas y Vanessa. Le tocaba a mi novia y obtuvo una puntuación altísima, tengo que confesarlo.
Aquí están mi novia y Vanessa cocinando.

¿Qué qué hacíamos Edu y yo mientras tanto?
¿Tú que crees?
Beber whisky a sorbitos, sentados en la mesa de la cocina, y mirarles el culo a las chicas.
¿Hay algo más resplandeciente un domingo por la mañana que beber despacio y mirarle el culo a unas chicas que llevan un delantal puesto?
¿Te apuntas?

Etiquetas: bares de Madrid, Eduardo Vilas, Javier Azpeitia, Miguel Tomás, paella, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









