l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 8 de marzo de 2008

Desaparecidos

Mira estas fotos y dime qué parecen:


Mira estas fotos:



¿A que dan lástima?

¿A que parecen desaparecidos?

Dos jóvenes desaparecidos en alguna dictadura del Cono Sur. Era alegres, llenos de ilusión, luchaban por un mundo mejor. Víctimas de una ominosa Operación Cóndor.

¿Qué fue de ellos?

Sus madres todavía se reúnen cada sábado en una plaza, con pancartas con sus fotos: mantienen vivo su recuerdo.

No tienen sepultura, no sabemos cómo desaparecieron. ¿Sufrieron torturas? ¿Los arrojaron al océano desde un avión militar? ¿Les vendaron los ojos y los fusilaron?

Nunca los sabremos. Sólo sabemos que desaparecieron. Estaban tan llenos de vida, con sus ponchos, sus guitarras, sus canciones...

Sólo sabemos que les robaron un futuro: podrían haber sido cualquier cosa, lo que se propusieran, desde cantantes a actores de cine, incluso apoderados del Banco Hipotecario.

No, no pasa nada. Como en la canción: no estaban muertos... ¡estaban tomando cañas!

Los desaparecidos aparecieron: aquí tengo la prueba, aquí estoy yo con los dos, Edu Becerra y Chavi Azpeitia.




O, viendo las fotos, tal vez sí: son desaparecidos. Han sido sustituidos por otros. Por dos impostores que han ocupado el lugar de aquellos dos muchachos. Dos tipos de mediana edad, con ojeras, grandes sonrisas y propensión a acatarrarse,dos infiltrados que han remplazado a los dos que jugaban al fútbol en la Autónoma.

Podían haber sido cualquier cosa, lo que hubieran querido, ¡y han acabado así!

Total, que nos pasamos la tarde cantando canciones, con Chavi a la guitarra.

Como diría Auden (de quien ya estamos un poco hasta las narices en este blog, ¿verdad?):

Is gone like Imperial Rome
Or myself at seventeen.


Como si dijera:

Ha desaparecido como el Imperio romano
o el que yo era a los diecisiete.


¿Qué queda del Imperio romano o de mí a los diecisiete? Ruinas embellecidas por la nostalgia, calzadas, columnas, murallas entre cuyas piedras crecen flores silvestres, murales, estatuas con los brazos arrancados, fotos. libros de Herman Hesse subrayados a lápiz, casetes de Paco Ibáñez, inscripciones, estelas funerarias, cartas escritas a mano y los documentos históricos, las crónicas, la vida de los césares, el recuerdo interesado, con omisiones evidentes y deliberadas, esa versión escrita por los vencedores.

Pero ¿quién de todos los que fui a los diecisiete ha sido el vencedor? ¿Quiénes los derrotados?

Ahora que estoy mayor, así de mayor:





Ahora que estoy mayor, decía, pienso que mi juventud, vista desde aquí, es en realidad una de romanos, una superproducción de Hollywood, como Ben-Hur, con sus anfiteatros de cartón, sus legionarios con reloj de pulsera y esas antiguas novias con sandalias y el Cruzado Mágico de Playtex por debajo de la túnica.

Hablando de desaparecidos: ya he vuelto.

He estado perdido un tiempo, acabando el borrador completo de mi novela de espías, cojeando y cocinando paella, pero ya he vuelto, todo está en orden y volveré a ser puntual.

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viernes 8 de febrero de 2008

Dame la mano

Debo de ser yo mucho más tonto de lo que pensaba, porque un anónimo escribe "a que no hay pelotas para colgar tu foto de comunión" y lo primero que hago es irme a buscarla.

Soy tonto sin remedio.

Aquí está. Estamos Benito, Columna, yo (de marinerito, claro) y Maite. Helena no había nacido todavía.



¿Quién no mira una foto de niño y se asombra?

¿Quién no recuerda a Wordsworth?

My heart leaps up when I behold
A rainbow in the sky:
So was it when my life began;
So is it now I am a man;
So be it when I shall grow old,
Or let me die!
The Child is father of the Man;
I could wish my days to be
Bound each to each by natural piety.


Que nos viene siendo como decir algo parecido a:

Salta mi corazón cuando contemplo
Un arcoiris en el cielo;
Así fue cuando empezaba mi vida;
Aaí es ahora que soy un hombre;
Así sea cuando me haga viejo,
O si no, ¡dejadme morir!
El Niño es el padre del Hombre;
Desearía que mís días se enlazaran
unos a otros con amor filial.



Natural piety, amor filial, el sentimiento (se cree que espontáneo y natural) que se tiene hacia lo que uno engendra y viceversa. Piedad filial, claro está, la escena de La Piedad, con la madre que recibe el cadáver del hijo al que acaban de desclavar de la cruz.

El niño es el que hace al hombre, es su padre, una vieja idea (no creo que se le ocurriera a Wordsworth).

Es al niño que fuimos al que siempre le presentan el cuerpo del hombre muerto que somos. La piedad. El descendimiento.

Pintado por Van der Weyden, a ser posible.

Cada día es hijo del anterior, así que deberían quererse unos a otros, ¿no? Renegar del pasado es parricidio. Ese niño vestido de marinerino, ¿qué sentirá ya hacia mí? ¿Piedad o sólo compasión? ¿Amor filial o ese rencor que provoca la traición, el abandono, el desengaño?

¿La foto de la comunión?

Esta es mi madre, tenía veinte años, era novia de mi padre, y yo aún no había nacido:



Y este es mi padre, tenía poco más de veinticinco, era novio de mi madre:



Mi padre fue a trabajar en la presa de La Jocica, en el río Dobra. La presa se acabó en el 64, yo acababa de nacer, en septiembre del 63. Durante la construcción se conocieron mis padres, en Cangas de Onís (donde nací).

Miro sus fotos, cuando se conocieron, como miro mi foto de primera comunión, con piedad filial. Miro sus fotos y me dan ganas, como a los niños pequeños, de taparme los ojos para que los demás no puedan verme, como si me volviera invisible para todos sólo con taparme yo los ojos con las manos.

By Natural Piety, citando a Wordsworth, tituló Gabriel Ferrater un poema que a mí siempre me ha gustado mucho.

Vull que ara em duguis
avall. Vull que m'ensenyis els indrets
que tens a la memòria, i et conten
com has anat naixent.


Como si dijera:

Quiero que ahora me lleves
abajo. Quiero que me enseñes los lugares
que tienes en la memoria, y que te cuentan
como has ido naciendo.


Llévame, dice, al lugar donde aprendiste a nadar, donde sentiste miedo a la oscuridad, llévame a la parada del autobús que te llevaba a casa, enseñáme esos lugares donde fuiste pequeña:

A peu, i a poc a poc, anem pujant
cap a carrers per on ara no hi passen
sinó figures teves, les més íntimes.


Más o menos:

A pie, y poco a poco, vamos yendo
por calles donde ahora no pasan
más que figuras tuyas, las más íntimas.


Dame la mano, le dice, como si tuvieras miedo de volver a entrar en el colegio, como si fuéramos a cruzar un semáforo peligroso; dame la mano y no tengas miedo:

No pots perdre-t'hi més. Dóna'm la mà
que és l'obra bona del passat, que ets tu.


Ya no puedes perderte ahí. Dame la mano
que es la obra buena del pasado, que eres tú.


Cuántas veces no le digo yo también a mi novia: dame la mano que es la obra buena del pasado, que eres tú. Llévame más abajo, enséñame aquel colegio de la calle Fernández de los Ríos, déjame ver el miedo que tenías, lo sola que estabas, la alegría del viernes. Llévame a la habitación del fondo, enséñame las muñecas sin brazos, la almohada, la aspirina que te daban aplastada entre dos cucharillas, déjame oírte toser y llamar en sueños, déjame sentir en la yema de los dedos la fiebre en tu frente, oigamos juntos los pasos de tu padre en el pasillo.

Y dame tu mano: la obra buena del pasado.

Tengo aquí Les dones i els dies, una edición de los ochenta, cuando Orejudo y yo tradujimos a medias el Poema inacabat. Cuántos años sin leerlo. Se me había hecho antipático Ferrater, a partir de su canonización, su excesiva inteligencia, su suicidio a plazo fijo. Dijo que no quería ser viejo y que se suicidaría antes de pasar de cincuenta. Lo hizo. Se ató una bolsa de plástico al cuello y se asfixió, en el 72, en Sant Cugat.

Orejudo escribió una vez un poema sobre una idea de Ferrater. Lo tituló CONVERSACIÓN EN UNA FIESTA.

La idea de Ferrater era que escribir es como una conversación en una fiesta. Has visto a una mujer espectacular, a tu espalda. Estás hablando con un tipo, un amigo del colegio, digamos, sobre un asunto indiferente. Notas a la mujer que te atrae, está detrás de ti. Cambias el tono de voz. Sigues hablando con el tipo, pero para que te oiga ella, y ya hablas con una voz disitinta, un poco más alto, diciendo otras cosas. El tipo no tiene por qué darse cuenta de nada, tú disimulas, al parecer sigues hablando con él, pero en realidad hablas para que ella te oiga desde atrás.

Según Ferrater, se escribe para alguien, para hablar con alguien (el tipo de la fiesta), porque:

un vers que no sap a qui parla
sembla aquell que de cap es llança
a una piscina que han buidat
o que invoca l'eternitat


Como si dijera:

Un verso que no sabe a quien habla
se parece al que se tira de cabeza
a una piscina que han vaciado
o que invoca la eternidad.


Bueno, pues entonces, según Ferrater, escribes para alguien, pero como si por encima del hombro estuviera leyendo lo que escriben Flaubert (o Tolstoi o César Vallejo, o los tres cogidos de la mano).

Me parece una imagen que vale por toda una teoría literaria.

He vuelto a leer a Ferrater y me ha vuelto a gustar. Unos versos suyos que siempre me recito. Para ti.

Amb ben poc en tenim prou. Només
el sentiment de dues coses:
la terra gira i les dones dormen.
Conciliats, fem via
cap a la fin del món. No ens cal
fer res per ajudar-lo.


Más o menos:

Con muy poco tenemos bastante. Nada más
que el sentimiento de dos cosas:
la tierra gira y las mujeres duermen.
Reconciliados, avanzamos
hacia el fin del mundo. No hace falta
que hagamos nada para ayudarlo.


Dame la mano, tu mano, obra buena del pasado, y (como digo en ese valenciano de Piles que sólo hablo, como Aznar, en la intimidad) ara mirem d'anar per feina.

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lunes 10 de diciembre de 2007

En compañía de López

Muchas de las noches más despeñadas y memorables que he vivido las he pasado en compañía de López, mi amigo más antiguo, al que conozco desde los dos o tres años.

Alguien podría pensar que todos mis amigos siempre han tenido esa extravagante obcecación por escribir una novela. Ni mucho menos. Muchos de mis mejores amigos no son escritores. Suena un poco como: muchos de mis mejores amigos son homosexuales, ¿a que sí? No tengo nada contra los que no escriben, muchos de mis mejores amigos...

Tengo amigos revendedores de tarjetas de transporte, electricistas, profesores y hasta ingenieros de caminos, canales y puertos.

López, aunque escribió y escribe elegantes artículos, nunca se propuso hacer una novela. Sí escribió, a los dieciséis años, una teoría metafísica que, según recuerdo, refutaba a Descartes, le dejaba con un palmo de narices, lo que se dice planchado.

Me enseñaba un manoseado ejemplar de las Meditaciones metafísicas, con copiosas anotaciones en los márgenes, y me explicaba:

"Hasta ahora todos los metafísicos han tropezado en la misma piedra, Reig: ¡los putos animales! Es que no hay por donde cogerlos".
"¿Metafísicamente hablando, te refieres?"
"Claro, tío, claro".

No llegué a entender bien cuál era el gran obstáculo zoológico que había impedido el avance de la Metafísica (y que López acababa de superar, al parecer), pero seguimos hablando de otras cosas, como siempre. Hoy todavía tenemos multitud de cosas para hablar.

Cuando volví a Madrid, tras pasar un año en Boston, estuve haciendo el tonto una temporada, pero luego decidimos alquilar un piso a medias López y yo.

Aquí estamos, imagino, sopesando la decisión:



Siempre sopesábamos así: con una botella de coñac. Y algún libro sobre el que discutir (parece, en la foto, un Shakespeare, no estoy seguro). Luego nos lanzábamos a una jornada jarábica, en homenaje a Jarabo, el asesino múltiple, que era por entonces uno de nuestros personajes históricos favoritos. Escribíamos entonces los dos falsas biografía ejemplares y paralelas, como la de Fernando Falopio y Eustaquio Martínez: descubridores de trompas, con la que aún me río cuando la releo.

Encontramos por fin una casa algo destartalada, en la calle Castelló 13, con techos altos, un pasillo interminable y balcones desde los que se podían tocar las ramas de los árboles. Trabajábamos entonces López y yo en una oficina de análisis político o cosa semejante: hacíamos encuestas e informes, asesorábamos a candidatos, les escribíamos discursos, un poco de todo.

Teníamos 26 ó 27 años y ganábamos bastante dinero, aunque nos lo gastábamos todo en nuestra incurable afición a la golfería.

Semejante pinta tenía yo de oficinista:



Por aquella casa iban pasando amigos, vecinos, novias de uno y de otro (o de ambos). Una que conocí en una boda me vino un día a cuidar de un catarro: se metió conmigo en la cama conmigo y con una botella de Veuve Clicquot. Mucho más efectivo que el Frenadol, te lo aseguro. Como soy así y no tengo arreglo, aún conservo el tapón de esa botella (hola, Susana). Con los ojos cerrados, si aprieto la lengua contra el paladar, todavía recuerdo el sabor. También el del champagne, sí, aunque con mucho más esfuerzo.

Un día le pedí a López condones, que me había quedado sin.

"Están en su sitio, en la caja de herramientas" me dijo: "Coge los que quieras".

Era así. Un romántico. Un hombre ordenado, metódico, cartesiano (perdón: López había ido más allá de Descartes, sin duda gracias a su comprensión metafísica de los animales).

Por allí venían también las novias crónicas cuando atravesaban las fases agudas (cada vez menos frecuentes). Aquí está Paz en la legendaria (para mí) casa de Castelló:




Aquí estoy yo con mi habitual forma de trabajar, siempre ordenado y metódico:




Aquella casa al borde del Retiro no podía durar. Pasó así. Una novia mía se vino a vivir a la casa. A la semana, la novia de López también se instaló. Nos convertimos en una pintoresca familia, una especie de cena de matrimonios prolongada hasta la pesadilla, siempre con Mrs. López y Mrs. Reig.

Cuando López no estaba, Mrs. López se ponía en el salón a planchar en bragas y sujetador, mientras cantaba canciones folclóricas de su Salamanca natal (serían). Yo miraba de reojo e impetraba (no siempre en vano) auxilio divino, algún tipo de intervención sobrenatural que me disuadiera de tocarle el culo. Cuando yo no estaba, no quiero ni saber qué haría Mrs. Reig. Lo que sí recuerdo es un día que tuve que sujetarla para que no tirara por la ventana unas sillas que había traído López (no sé muy bien de dónde ni por qué, aparecía con muebles, como quien trae media docena de churros). Mrs. López discutía hasta la extenuación la diferencia entre ?invitar? y ?participar? a un próximo enlace. Mrs. Reig sentaba cátedra sobre la segunda cruzada, objetando algunas imprecisiones de Runciman. Y así todo el rato.

Mientras tanto, López y yo seguíamos igual, saliendo por las noches, bebiéndonos el agua de los jarrones, tomando una lata de fabada al amanecer en el Lady Pepa y acabando bien entrada la mañana en alguno de esos bares alarmantes cerca de Ventas, donde se bebía coñac, se hablaba en hexámetros sibilinos y había costumbre de invitar a todos los presentes, el día que uno llevaba dinero.

Consideramos la posibilidad de dar un portazo y dejarlas allí a las dos, en la calle Castelló número 13, para que se sacaran los ojos una a otra y luego descubriera la vecina los cadáveres, dos esqueletos atenazados en un abrazo, como si se hubieran quedado encerradas en un ascensor.

Al final, par délicatesse, decidimos poner fin a aquella interminable cena de matrimonios caníbales.

Me fui yo a otro piso con mi novia, al otro lado del Retiro. Pusimos selva por medio, aunque López y yo seguimos viéndonos.

Oisive jeunesse
à tout asservie,
par délicatesse
j'ai perdu ma vie.


¿A ti no te ha pasado lo mismo? ¿No has perdido tu vida por delicadeza?

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sábado 1 de diciembre de 2007

The Good Times

He escrito una notita en Público sobre Juan Gelman, si quieres la puedes leer aquí.

Me escribe Orejudo, tras leer la nota, y me manda una foto de aquellos tiempos.




Yo también tengo una copia de esa foto, enmarcada, en la casa de Piles. Para mí, esa foto captura una gran parte de la felicidad posible en este universo tan avaro de placeres. Orejudo y yo íbamos casi cada día a librerías de segunda mano, como la de la foto, que es The Good Times, en Port Jefferson, Long Island. Hay pocos placeres como encontrar libros inesperados, baratos, desconocidos y tentadores. Esos libros de los que uno se encapricha sin saber por qué, sin conocer al autor, sin interés alguno en el tema, sin haber oído jamás hablar de ellos.

También me envía otra foto y me escribe: "Estamos en Las Vistillas, hemos ingerido una de pulpo. Tira la foto una estudiante hawaiana que vino a visitarme, ¿te acuerdas?"




¡Cómo no me voy a acordar, tronco! Si estaba como un queso la hawaiana: la que tenía que salir en la foto es ella. Nosotros parecemos cantantes de rumbitas o algo así, ¿verdad? Vivíamos entonces en EE.UU. y veníamos a Madrid en verano, disfrazados de Peret o Luis Ortiz, nos pasábamos la noche dando candela, acabábamos al amanecer desayunando pinchos de tortilla en esa clase de bares que están pidiendo a gritos un precinto de Sanidad. Estábamos tan chiflados que a veces hablábamos imitando acentos regionales, ¿te acuerdas, Orejudo? ¿Te acuerdas una vez que estuvimos haciendo de gallegos toda una noche sin saber por qué? Si nos preguntaban a qué nos dedicábamos solíamos improvisar:

"Trabajamos en la Vuelta Ciclista a España", decía Orejudo.
"Sí, somos los que damos el talco", confirmaba yo.
"¿Qué es eso?", se asombraba la crédula correspondiente.
"Somos los que entregamos las bolsas de avituallamiento a los corredores", explicaba sobre la marcha Orejudo.
"Nosotros lo llamamos dar el talco", corroboraba yo.

Era imposible mantener una conversación normal con nosotros. Las chicas desistían. Nos miraban de hito en hito, se encogían de hombros y se iban con otros. Tan patéticos debían de vernos que a menudo, antes de largarse, nos dejaban pagado todo en la barra.

"Pues cojonudación", proclamábamos, y pedíamos otra ronda.

Se suponía que en Madrid estaba aconteciendo en esos mismos instantes la movida madrileña, pero nosotros mirábamos para otro lado y lo único que hacíamos era teclear durante todo el día, empeñados en escribir una novela, y salir por las noches como si estuviéramos en el patio de recreo de un manicomio.

Quizá tampoco hayamos cambiado tanto. Los buenos tiempos son éstos... ¡y lo que nos queda!

Ah, si me vas a preguntar por qué en la foto estoy sentado en las rodillas de Orejudo, la respuesta es: ni la más remota idea.

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miércoles 14 de noviembre de 2007

¿Te acordarás tú de mí?

EL otro día era el cumpleaños de Benito (no de mi hermano, sino del hijo de María y Arturo). Fiesta infantil con los niños del cole, el Rufino Blanco. Anusca fue feliz y contenta, dispuesta a pasárselo como nunca (es decir, como siempre: en grande).




Y por supuesto lo consiguió:



En primer plano está Benito, que cumplía ocho años; Rafael Olivé y Anusca. Detrás, construendo la torre de Babel, Víctor y Lucas. Al fondo se ve a Tomás.

Luego, como siempre, hubo fiesta de padres. No hay nada más resplandeciente que ligar con las madres del cole, las famosas "mamás del Rufi", con las que siempre acabamos los papás como el rosario de la Aurora, felices y agotados:



Veía a Anusca divertirse y me preguntaba: ¿Qué recordará de esto cuando sea mayor?

Es la pregunta que siempre nos hacemos todos los padres. Cuando sea mayor, ¿se acordará de que la llevaba a patinar sobre hielo, de cuánto le gustaba jugar conmigo al ajedrez, de aquel día que nos pusimos impermeables sólo para salir a mojarnos a propósito?

Siempre he tenido la sensación de funcionar como un antiguo contestador automático, de aquellos que tenían una cinta de casete: los mensajes nuevos se grababan encima de los viejos y los borraban. Me siento igual: me siguen pasando tantas cosas que van grabándose encima de mis recuerdos y borrándolos.

He olvidado las fiestas de mi infancia. Sólo recuerdo, como vista a través de un cristal empañado, una fiesta al aire libre en la que jugábamos con unos palos de madera. Debía de ser en Cali, los años que viví en Colombia de niño.

En cambio, las fiestas de joven aún las recuerdo. Cuando poníamos música lenta y apagábamos la luz. Había que sacar a las chicas a bailar. The Year of Cat era la mejor, porque era una canción larguísima. "No me empujes, por favor", decían las chicas cuando uno se empalmaba bailando. Yo me ponía colorado.

Eran guateques, fiestas en casa de los padres que habían salido de viaje o estaban en el pueblo, en el chalet, en el quinto infierno, qué más nos daba, si estábamos solos y bailando.

Aún veo aquella habitación, al fondo del pasillo, con la luz apagada, sobre la cama en la que se dejaban los abrigos. Aún siento en las yemas de los dedos el tacto del tirante del sujetador, la temperatura, la suavidad de la piel.

Al tocar una teta por primera vez sentí lo mismo que el astronauta Armstrong al entrar en contacto con la superficie de la Luna: era el primer ser humano que lo lograba, una experiencia histórica, irrepetible.

Al contrario que Armstrong, mis primeras palabras debieron de ser:

?Sí, sí? para la Humanidad será un pequeño paso, ¡pero menudo salto de gigante para mí!?

Tras el Alunizaje, los astronautas se sintieron incapaces de llevar una vida normal en la Tierra. A mí me pasó igual. Cuando se ha visto desde fuera el planeta, cuando se ha sentido el propio cuerpo a través de otro cuerpo (sobre un lecho de trenkas, cazadoras y verdaderas parkas coreana Ying), cuando uno ha sido el primer ser humano en salir de sí mismo en un abrazo, la vida terrícola y las noches solitarias provocan un sufrimiento tenaz, devastador, muy difícil de disimular a media tarde. A esa hora no queda más remedio que tomarse un whisky.

Los astronautas de guateque, los exploradores del espacio , si estamos lejos de otro cuerpo, lejos de mi chica (pero no se lo digas),nos sentimos desolados, qué le vamos a hacer.

Este soy yo a los quince años:



La foto es a la salida del cole, en 1978. A la izquierda está Colorado, al que Yáñez le está pegando puñetazos de broma. Después Cachón, yo, Vicky y Abel.

Y aquí estoy dos años después, con Paz, una de mis novias crónicas, esas con las que he reincidido varias veces, y que no me estará leyendo. Es un poco después, en el viaje de COU: fuimos en barco a Mallorca.

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lunes 12 de noviembre de 2007

Rafael Reig, Ph.D.

Entre estas dos fotos han pasado doce años, lo acabo de contar con los dedos.



En esta foto de arriba estoy en la State University of New York at Stony Brook. Es 1995. Acababa de defender mi tesis, así que ya era, hacía pocos minutos, el doctor Reig. En la foto estoy con mi directora de tesis, Lou Deutsch.



Esta otra foto arriba es del viernes por la noche, en el Cock, en Madrid. De nuevo estamos juntos Lou y yo.

Doce años después, creo que los dos estamos mejor, ¿no te parece?

Yo había vivido un año en Boston, en los años ochenta, trabajando como lector de Español, estudiando cine, literatura americana, cosas así; y escribiendo una novela. Luego había vuelto a Madrid y estuve haciendo muchas cosas, sobre todo cambiarme de casa cada pocos meses. Viví en la calle Castelló y en la calle Narciso Serra. Escribí discursos para políticos, fui corrector de pruebas, viaje a México a trabajar con unos de Publicidad, di clases de recuperación, escribí más novelas, etc.

A principios de los noventa vivía en Puente de Vallecas, compartía piso con dos tipos a los que no conocía, un actor y un informático, y empezaba a aburrirme. Solicité un puesto de Teaching Assistant (T.A.) en Stony Brook y me lo dieron. Volví a mudarme, era 1992.



Helena y Antonio Orejudo me ayudaron en todo, aquí están trabajando, mientras yo me siento en la silla. Compramos esa silla en una garage sale, hicimos una mesa con una puerta de madera y me agencié (qué verbo tan bonito) un horrible instrumento de tortura, fabricado con listones de madera, al que llamaban futón (futón fervenero, sería).

Como T.A. me pagaban poco, lo justo para compartir piso (con tres chicas, por suerte) y para comprarme un coche, un Volkswagen Rabbit, me lo vendió una colombiana por 200 dólares (hola, Claudia). Lo que sobraba me lo gastaba en whisky. A cambio, tampoco es que tuviera que matarme: sólo daba clases los martes y los jueves y disponía de un despacho para enredar, escribir, fumar en pipa y ligar con las estudiantes. Me quedaba tiempo para mis aficiones recreativas: jugar al ajedrez, beber y salir con chicas. Tenía esa "novia en Madrid" que siempre hay que tener, y que venía a verme de vez en cuando, y otras que fui teniendo allí: una chica que llevaba una pulsera en el tobillo y vivía en Queens, una fotógrafa que estaba trabajando en una película, una feminista de Tennessee que conducía un Cadillac de color dorado, e incluso una de mis estudiantes, con el (discreto) encanto de que estaba prohibido...



Esta es Suzanne, le pregunté a Lou por ella, pero no ha vuelto a saber nada. Hola, Suzie, confío en que te siga gustando escuchar a Camarón y llevar sombrero Stetson.

En cuanto conocí a Lou decidí hacer una tesis con ella. Nos reíamos mucho (igual que ahora). Leíamos juntos unos seis libros cada semana y quedábamos los jueves por la noche para tomar whisky y comentarlo. A eso lo llamábamos un Independent Studies. El tema de la tesis era la representación de la prostituta en la novela del XIX. El título era obvio: Mujeres por entregas.

Buscábamos en folletines del XIX toda clase de mujeres malvadas, corrompidas, traviesas, rameras de corazón de oro, avarientas meretrices, ninfómanas, suripantas, peripatéticas, alquilonas y pilinguis en general. Fue agotador.

"¿Dónde vas?", me preguntaban.
"A buscar putas".
"¿A la biblioteca?"



Nos salió una cosa muy divertida, me parece a mí.

Cuando terminamos, encontré un trabajo en Missouri y volví a mudarme.



Con tanta mudanza, claro, estaba entonces mucho más cachas que ahora, ¿a que sí?

Total, que el viernes vino Lou a Madrid y recordamos (para suplicio de mi chica y de Vanessa y Edu Vilas) aquellos años en Stony Brook, cuando Lou me llevaba a montar en un velero y a cenar en cochambrosos bares de pescadores portugueses. Nos fuimos a cenar a casa de los Vilas y dimos buena cuenta de una botella de single malt, que ya estamos mayores para beber tonterías, ¿no te parece?

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jueves 19 de julio de 2007

¿Tengo algún pasado?

En casa de mis padres, un libro a la semana para cada uno formaba parte de los derechos humanos familiares.

Aquí estamos los cuatro (más tarde nació mi hermana Helena) en la casa de Cali, Colombia, ejercitando nuestro derecho con cuentos.



Luego vinieron la colección de Joyas Literarias Juveniles, los libros de los Cinco y Mark Twain.

En casa, aburrirse se consideraba una debilidad de carácter. Mis padres eran muy partidarios de la alegría, les parecía un deber, casi la principal obligación de una persona.

Hubiera preferido ser un escritor maldito, incomprendido y tenebroso, pero no lo conseguí nunca: mi familia se divertía con lo que yo escribía.

Había que fastidiarse.

Desde pequeño, todos los veranos los he pasado escribiendo a máquina. Éste también, porque quiero terminar mi "novela de espías".

La primera novela que terminé se llamaba Esa oscura gente y la escribí entre Boston, donde vivía, y Nueva York, donde me prestaron una casa.

Escribía casi sin parar todo el día y por la tarde jugaba al ajedrez con un amigo inglés que se llamaba Ian Maxwell (¿a que parece un nombre inventado?).



Sí, el mobiliario nunca ha sido mi fuerte. Detesto la decoración. Una caja me vale como mesa, qué le vamos a hacer.

Escribía, como siempre, en pijama.



Aquí estoy con Laurence, es 1986.

En el pasado de todo español que se respete tiene que haber por lo menos una francesa, la mía es la Lorenza.

A mi chica, de esto, ni una palabra, ya sabes.

Más francesa que la Lorenza, imposible. Ponía música de violoncello y leía a John Donne; bebía unos combinados repelentes que se llamaban fuzzy navel (ombligo burbujeante o efervescente o así)y comía como un pajarito; compraba antigüedades y era incapaz de madrugar, pero siempre se reía de todo, como si estuviera a punto de salir de viaje.

Su forma de hacer maletas era conmovedora, podía meter doce faldas, quince sujetadores diminutos y ni una sola braga. Al final siempre tenía que sentarse encima para cerrarla. Metía en la maleta lo primero que se le ocurría: la ropa con las perchas, una lámpara, un molde para hacer tartas. Todo le parecía prometedor: "¡Vamos a hacer tarta de queso!", decía, entusiasmada, o: "Para leer en la cama, la luz de los hoteles es criminal".

Como nunca lograba cerrar la maleta (se sentaba encima y saltaba, diciendo Merde! cada dos o tres palabras), se ponía a sacar cosas a voleo.

Luego, al llegar, comprobaba que todos los zapatos que había traído eran del pie derecho o algún otro desastre parecido, y le entraba una desesperación muy cómica y muy francesa.

Había que consolarla.

Casi siempre había que consolarla de catástrofes sin ninguna importancia y acabábamos riéndonos a carcajadas.

Al final se fue con Ian. Hizo bien. Supongo.

Ian trabajaba en una difusa firma de inversiones y hacía una tesis en Fletcher School. Es decir: era espía. Seguro. Por eso se las arreglaba siempre para salir de espaldas en todas las fotos. Típico de agentes secretos. Fletcher era entonces un centro de reclutamiento de la CIA. Todavía logré conocer allí a algún kremlinólogo, que es lo que de verdad me habría gustado ser a mí(aunque entonces ahora estaría en el paro).

Por eso me acuerdo de Ian, porque estoy liado con mi novela de espionaje.

(Muchos años después me encontré a la Lorenza, of all places, en casa de Chavi Azpeitia, con la correspondiente francesa del pasado de Chavi, Claude, que trabajaba en el Círculo de Bellas Artes. Lorenza iba con un novio de veinte años, se había propuesto corromperlo a lo Mrs. Robinson, según me dijo entre risas.)

Cuando acabé aquella primera novela, como un auténtico maldito, se la di a leer a mi familia.

Les gustó, encima.

Años después conseguí publicarla y puse una cita al principio. Para mí, aquella frase resumía y resume lo que hemos aprendido siempre en casa, desde pequeños:

"Firmemente convencido de que cada vez que alguien sonríe --y mucho más cuando ríe-- contribuye en algo a ese fragmento de la vida que disfrutamos cada uno de nosotros".


Es de Sterne, del Tristram Shandy.

Sigo pensando lo mismo.

La novela empieza así:

"Van un chino, un americano y un español en un avión. Se rompe un motor".

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martes 10 de julio de 2007

Una salud propia

Una vez le oí decir a Federico Mayor Zaragoza que "la salud es un concepto biográfico, no biológico. Cada uno debe tener la salud que necesita para hacer realidad su propio proyecto de vida".

La salud no se impone desde el ministerio a golpe de prohibiciones: es un proyecto personal.

Mi proyecto de vida más obstinado ha sido siempre escribir.

En el 92, antes de irme a trabajar, otra vez, a Estados Unidos, vivía en el Puente de Vallecas. Compartía casa con dos tipos a los que no conocía de nada. Uno quería ser actor y el otro era informático. Nos llevábamos bastante bien, ellos comían frutas y verduras, no bebían nada más que un poco de cerveza y por supuesto no fumaban. Era como vivir con la ministra déspota, Elena Salgado, sólo que mis compañeros eran mucho más simpáticos.

Mi único proyecto entonces era sentarme a la máquina y escribir. Si hacía bueno, me ponía en el terrado de la casa.



Vivía entonces de redactar discursos para los políticos y de analizar encuestas.

Por eso no contesto o miento a propósito en cualquier encuesta. ¿Para qué se hace una encuesta? Para manipularte. Siempre. Por definición. Para venderte la misma porquería en un envase más atractivo o para hacer una campaña electoral con lo que tú quieres oír (la misma porquería en un envase más atractivo, también).

Mi "proyecto de vida" no era en absoluto incompatible con un poco de bronquitis ni con una resaca de vez en cuando. Si quieres ser atleta, necesitas una salud diferente que si quieres ser escritor de novelas, ¿no te parece?

Si quieres ser ministro, en cambio, necesitas salud, sí, pero también bastante desvergüenza:

--"A Zapatero yo le daría el premio Nobel de la Honestidad y la Solidaridad" --ha dicho un señor en cuanto le han nombrado ministro.

Macho, ¿es que no bastaba con mandarle un jamón? ¿Se puede hacer más el ridículo?

Quizá. ¿Tú qué crees?

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jueves 28 de junio de 2007

Los polvos, los lodos

En 1996 conseguí trabajo durante un año en Waterville, Maine.

Maine es tal y como te lo imaginas: una llanura inmensa con un joven en medio que lo quiere todo para la droga.

Bueno, y nieva sin parar.

Mi novia de entonces vivía en Miami y a veces iba a verla. A veces venía una amiga de Nueva York. Muchos fines de semana conducía cinco o seis horas y me iba a Vermont a ver a mis amigos argentinos. A la vuelta, paraba en New Hampshire (que casi no tiene impuestos) y llenaba el maletero de cajas de whisky.

Maine es un sitio avaro en diversiones. Aparte del alcoholismo deliberado, la dichosa naturaleza y algún concurso de Miss Camiseta Mojada, no había mucho que hacer. Íbamos mi amigo Aitor y yo a ver la casa de Stephen King, nos tomábamos unos pitchers y unos shots en el bar del pueblo, hacíamos fiestas, y yo jugaba un día a la semana al ajedrez, en un club que se reunía (no sé por qué) en el Hospital Psiquiátrico.

Qué tranquilizador, ¿verdad?

Aitor y Tania

Intentábamos ligar, por ejemplo con Tania, la becaria que daba clases de conversación de ruso.

Ni caso nos hacía.

En la foto, Aitor con Tania y conmigo. Tatiana era de San Petersburgo, un sitio en el que yo había estado en cientos de novelas. Conocía la Perspectiva Nevsky como si fuera la calle San Bernardo, de tanto leer a Dostoievsky.

Un día, sin embargo, ligué.

Estábamos en casa de Aitor, bebiendo whisky tumbados en el suelo, según nuestra costumbre. Tal que así:


whisky en el suelo


Aparecieron dos chicas medio españolas que Aitor había conocido en el supermercado (allí para ligar había que ir al súper o a misa, así que la decisión estaba clara).

La morena se llamaba Pilar y me preguntó a qué me dedicaba (cuando no bebía tumbado en la alfombra, que era a menudo).

--Doy clases de literatura.
--A mí me apasiona la literatura. Trabajé de asistenta en casa de un poeta español.
--Ah, ¿un poeta conocido?
--Creo que se llamaba Alberti.
--Me suena.

Estas cosas, estas mágicas casualidades, en la inmensa llanura de Maine, acaban por unir a dos espíritus erráticos, quieras que no, así que fuimos a mi casa, donde no había más muebles que una mesa, cuatro sillas de madera y un colchón en el suelo.

En el que acabamos.

Aquí, un paréntesis.

A la mañana siguiente me desperté, iba a hacer café y, ¡cataclonk!, la cafetera al suelo. Tenía la mano derecha sin sensibilidad, no podía sujetar nada. No me dolía. No soy yo de mucho preocuparme, así que me dije:

--Ya se me pasará.

Esperé a que se levantara Pilar y le pedí que hiciera ella el café.

--Se me ha quedado como dormido el brazo derecho --le expliqué, aunque no era esa la sensación: ni dolor ni hormigueo.

Tenía un coche automático, así que pude conducir con una sola mano hasta casa de Aitor, para que Pilar se reuniera con su amiga.

Para una vez que ligo: me quedo paralizado.

Formidable, pensé: típico mío.

--Ya se me pasará --me tranquilizé, empero.

Pues no se me pasó.

A los tres días seguía con la mano tonta, no podía ni sujetar la tiza para escribir en la pizarra.

Tomé una decisión heroica: fui al médico.

Me dijo que tenía esclerosis múltiple.

Joder, pensé: joder.

Pasé un par de días malos, sin saber qué hacer, esperando la cita con el neurólogo.

El neurólogo me aseguró que no era esclerosis múltiple. Que el otro médico era un botarate. El neurólogo tenía un fuerte acento ruso y eso me inspiraba mucha confianza. Me hizo pruebas y preguntas y al final dijo:

--First of all: find the lady.

He llamado a chicas con excusas pintorescas, lo admito, pero conseguí el teléfono de Pilar y llamé a una chica, por primera vez en mi vida, "por prescripción del neurólogo".

--¿Te puedo hacer unas preguntas sin importancia? --le dije.
--Claro.

Así que comencé con la lista que me había preparado el neurólogo al que yo suponía soviético. Y espía: había decidido que era espía también. Un tipo admirable: yo estaba a su favor, al ciento por ciento.

--Mmmm, un mordisco que tengo en la lengua, ¿te acuerdas si me lo hiciste tú o tal vez me lo hice yo solo?
--Ni idea.
--Y, por la noche, ¿recuerdas que haya tenido muchas convulsiones?
--¿Muchas convulsiones? Las justas, tío. Si fue visto y no visto y luego te quedaste roque. De convulsiones nada: ronquidos.
--Vale. ¿Te acuerdas si había alguna luz brillante?
--Oye, ¿qué pasa? Esto es muy raro...
--¿Raro? Qué va. Curiosidad, mujer, simple curiosidad.

Y así todo el rato.

--Bueno, pues te llamo un día... --le dije.
--No, no. No me llames. Mejor te llamo yo, ¿vale? No me llames tú, eh.

Hasta hoy.

El neurólogo finalmente, tras descartar epilepsia, esclerosis y qué sé yo, me dijo que no tenía nada. Una pequeña neuropatía radial, que se me pasaría sola. Me dijo que era algo muy corriente "en los marineros rusos". Esto me pareció un detalle simpático. Me sentí casi parte de la tripulación del acorazado Potemkin. Que al parecer, los marineros rusos, cuando están de vodka hasta las orejas, se acuestan en la litera con un brazo colgando, hasta que consiguen destrozarse bastante tejido nervioso, sin darse cuenta, anestesiados por el vodka.

Eso me había pasado.

En un par de semanas, estaba normal.

Sin embargo, desde entonces duermo siempre en postura póstuma, con las manos enlazadas en el pecho.

Por si acaso.

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viernes 15 de junio de 2007

El capítulo 31

Anoche mi hija Anusca eligió Huckleberry Finn para que le leyera antes de dormir.

Es una de mis novelas preferidas.

Leímos el primer capítulo. Huck vuelve a casa de la viuda, a la que ahora no hay más remedio que imaginar con la cara de Elena Salgado, la ministra déspota: tampoco deja fumar ni beber.

La viuda le habla del cielo y el infierno y Huck ya intuye que quizá preferiría el infierno, sobre todo porque la viuda tiene planes de ir al cielo y porque le dice que Tom Sawyer va a ir al infierno.

--Yo prefiero ir al infierno, sobre todo por los amigos --solíamos decir de jóvenes.

Sólo leímos hasta que Huck se mete en su habitación a fumar a escondidas y luego oye un ruido en la oscuridad, al otro lado de la ventana.

Salta por la ventana... "y, por supuesto, allí estaba Tom Sawyer, esperándome".

Así es como comienza siempre una buena aventura. El lector salta por la ventana, hacia la oscuridad, sin mirar atrás.

Supongo que Mark Twain ya estará prohibido en Estados Unidos: salen niños fumando. Con eso te lo digo todo.

La verdad, cuando leo algo tan resplandeciente, se me quitan las ganas de escribir. ¿Para qué? ¿No es mejor leer? ¿Qué va a añadir uno, después de esto?

Dejé su libro en la mesita de noche de Anusca y busqué otro ejemplar.

Me quedé fumando y leyendo en la cama.

Es la tercera vez que leo esta novela.

La primera, de niño, en un libro de tapas amarillas que he perdido. La segunda, de joven, en una edición de Penguin, la misma que tengo ahora delante.

El vértice de la novela está en el capítulo 31. Huck decide ser bueno, salvarse, hacer caso a los mayores; así que escribe una nota delatando a Jim, el negro fugitivo.

Entonces "todas mis dificultades desaparecieron".

Con el papel al lado, se queda pensando. Por fin tiene la posibilidad de que desaparezcan todas las dificultades y ser aceptado por los que mandan.

Sí, pero Huck también recuerda a Jim, lo que han pasado juntos, y se da cuenta de que está metido en un buen lío:

It was a close place. I took it up, and held it in my hand. I was a trembling, because I'd got to decide, forever, betwixt two things, and I knowed it. I studied a minute, sort of holding my breath, and then says to myself:
"All right, then, I'll go to hell", and tore it up.


O sea, más o menos:

Estaba metido en un buen lío. Cogí el papel y lo sujeté en la mano. Estaba temblando, porque tenía que decidir, para siempre, entre dos cosas, y lo sabía. Estudié el asunto un minuto, conteniendo la respiración, y luego me dije a mí mismo:
--Vale, muy bien, pues entonces iré al infierno --y rompí el papel.


Dan ganas de aplaudir.

Huck decide ir al infierno, seguir su propio juicio y mandar a hacer gárgaras la moral que le imponen.

Renuncia a que desaparezcan todos sus problemas.

No hay mayor aventura posible: la de tener una vida propia.

A los veinte años, me emocioné leyendo esto. Vivía en Long Island, en casa de Esther y Antonio, que me habían mandado la llave en un sobre por correo. Leía por las mañanas, de cinco a seis, antes de empezar a escribir. Cuando acabé el capítulo 31 me sentí tan feliz que me puse un whisky.

A los cuarenta y tres me ha sucedido lo mismo, aunque anoche no tenía whisky en casa. Qué le vamos a hacer.

Espero que mi hija, cuando lleguemos a este capítulo 31, se emocione también:

--¡Alero timotero! --confío que diga, que es lo que dicen ahora, no sé por qué--. ¡¡Bien por Huck!!

El niño que fui guardaba como un tesoro el libro de tapas amarillas.

Este niño, en Cangas de Onís, la oveja negra con la oveja negra, merendando juntos:



¿Tiene razón entonces Martín Casariego, el talibán? ¿Todas las novelas son una decisión moral? ¿Tú qué crees?

En la vida, cada dos por tres tenemos que volver al capítulo 31. Una y otra vez, en casa, en el trabajo, con los amigos, al empezar a escribir, nos encontramos en ese capítulo 31, con el papel en la mano.

¿Y tú qué vas a hacer cuando llegues a tu capítulo 31? ¿Quieres que "desaparezcan todas las dificultades" o prefieres ir al infierno, con los amigos? ¿Vas a romper el papel? ¿Vas a escuchar a tus recuerdos o a lo que te dicen los mayores?

Tú decides.

Cada vez que volvemos a leer otro capítulo 31, tenemos que decidir.

Ojalá no me equivoque. Ojalá no te equivoques.

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martes 12 de junio de 2007

¡Exclusiva: Rafael Reig desnudo!

Cansado, muy cansado de no firmar ni un libro en la Feria del Libro. He decidido tomar medidas dramáticas para impulsar las ventas de mis novelas. Voy a difundir fotos en las que salgo desnudo, a ver si así me convierto en superventas. Fotos en pelotas, como la concejala de Lepe o como Lucía Etxevarría. A ver si funciona.



Que ya me tienen harto.

¿Tú crees que así se dispararán por fin las ventas de mis libros?

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domingo 10 de junio de 2007

¿Tengo un pasado?

La primera vez que fui a firmar a la Feria del Libro fue en 1990. Hace diecisiete años.

Tenía yo entonces 26 años y acababa de publicar mi primera novela, Esa oscura gente.

La había acabado dos o tres años antes, en Boston y Nueva York, en casas y máquinas de escribir prestadas. La presenté a un premio, que no me dieron, claro. En el jurado estaban Jesús Torbado y Víctor Márquez Reviriego. Hablaron con Rafael Borrás, que me llamó.

--Soy Rafael Borrás, de la editorial Planeta.

--¡La leche en bote! --pensé yo: la gloria había llegado, la fama interplanetaria llamaba a mi teléfono.

Pues no. Para nada. Falsa alarma. Abajo periscopio.

Borrás me invitó a muchos gin-tonics en el Palace, pero al final no publicó la novela.

Víctor Márquez Reviriego sigue siendo mi amigo hasta hoy, y me invita a comer y me cuenta maldades, porque sabe todas las maldades de todo el mundo.

Total, que recorrí Madrid con mi manuscrito y al final conseguí editor gracias al trabajo incansable de Chavi Azpeitia.

Todos mis amigos, casi todos los seres humanos que conocía entonces, querían ser escritores, Chavi, Javier Yagüe, Pepe Ridao, Mauri de Miguel, Marcos Gómez, Alfonso Lucini y sobre todo Antonio Orejudo.

En esta foto de 1990 estamos el Orejudo y yo, obsesionados por ser escritores, después de habernos empujado una fabada en Casa Portal.



Nadie nos hacía caso. Recorríamos Madrid en el Seiscientos de Orejudo.

--Dan ganas de chocarse, Reig, de puro resentimiento.

--Déjalo, Orejudo, mejor otro día.

Como todo el mundo a esa edad, yo también tenía una novia. Hola, Silvia.

Sí, tengo un pasado, pero no se lo digas a mi chica, por favor: ella no sospecha nada.

Aquí estamos brindando con los dos primeros ejemplares de mi primera novela, el 29 de marzo de 1990, lo sé porque lo pone detrás de la foto.



No sé si te lo imaginas, si me imaginas: veintiséis años, mi primera novela publicada, y yo cruzaba el Retiro mientras decían mi nombre por los altavoces.

Puede que fuera feliz, puede que llevara el corazón en la mano, como una moneda apretada en el puño. ¿Te lo imaginas?

Firmar, lo que es firmar, no firme más que a los amigos, compañeros del cole y antiguas novias.

La novela no la leyó nadie, la editorial quebró, los libros los guillotinaron, pero yo he seguido viniendo al Retiro a firmar casi todos los años.

Firmar, lo que es firmar, sigo sin firmar nada: pero insisto.

Miento: ayer le firmé con rotulador en un hombro a Eva. Mañana te lo cuento, ahora me voy a la Feria.

Me da igual firmar o no. Como decía el gran García Hortelano: "yo sólo soy partidario de la felicidad".

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