Qué Lugares
Por desgracia, cada vez hay más bares de enrollados, "nuevas tabernas viejas", sitios donde todo el mundo se parece y tiene la misma edad y hasta la misma ropa. Son una epidemia, los enrollados: ya han tomado La Latina, Santa Ana, buena parte de Conde Duque. Estamos rodeados.Un bar de verdad, un bar de Madrid, es todo lo contrario: reúne a los que no acabarían juntos jamás en ningún otro lugar del planeta, personas que nada tienen que ver entre sí: el marqués del cuarto, el fontanero, el ejecutivo que ha entrado a hacer pis, la maruja ludópata, el yonqui sonámbulo, la pareja que no para con las manos, el tipo que premedita un crimen o un soneto y esa mujer del fondo, que podría arruinar mi vida en cuanto ella se lo propusiera.
La barra de un bar es como un bote salvavidas en el que se reúnen, tras el naufragio, a la deriva y por supuesto "alejados de las rutas habituales de navegación", pasajeros de primera y de tercera, el grumete, la hija del capitán y la cocinera, todavía con su delantal puesto.
Los enrollados, en cambio, van a bares para ver a gente como ellos. Idénticos. Es incomprensible.
Los demás nos alegramos de llegar al bar y ver gente que no se parece en nada a nosotros. Qué alivio. Qué oportunidad de ser otro. Cualquier otro.
A mí todos los enrollados me parece como si fueran catalanes. Siempre que he ido a Barcelona he tenido la sensación de estar en una ciudad de la Edad Media, un sociedad estamental. Los universitarios van a unos bares; los editores, a otros; los funcionarios, a otros. Cada uno en su sitio. Menudo aburrimiento.
Los bares de Madrid son como la ciudad: promiscuos.
Quedan miles, por fortuna. Algunos buenos bares, por ejemplo: el Exprés de Pedro, en Noviciado. El Cabreira, en Ruiz. La taberna de Santi, en la calle Pelayo; las Bodegas Camacho, en San Andrés, el Okayama, en Carranza, el Maracaná, en Olavide o la taberna de Benja, en Cardenal Cisneros.
En estos bares, a la hora del vermú, un relámpago de felicidad siempre sobrevuela la barra; aletea junto al grifo de cerveza, se eleva hacia el calendario de pared y sale en seguida por la ventana sin mirar atrás. Por eso hay que pedir otra y volver al día siguiente.
Etiquetas: bares de Madrid, enrollados, La Escondida, Rafael Reig, tabernas
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.












