l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 9 de febrero de 2008

¿Trabajando?

Estoy aquí, en el Hotel Kafka, trabajando, con Olguita al lado, ídem de lienzo. Es un lugar hospitalario, siempre tienen un plato caliente y un whisky con hielo. En mi casa han cortado la luz unos obreros y, como de costumbre, me he tenido que ir por no discutir más.

-Oiga usted, que llevamos dos horas sin luz.
-¡Estamos trabajando!
-Ya, pero ¿cuánto va a durar esto?
-¡No le he dicho que estamos trabajando!

Te dicen los obreros, como si eso lo explicara todo. Igual puede ser una hora que todo el día, me dicen, con una chulería digna de mejor causa. Al fin y al cabo, ellos están trabajando.

A mí me saca de quicio.

Sopeso varias respuestas:

a) Ah, bueno, entonces nada. A mí es que el sueldo me lo trae a casa un motorista, sin dar un palo al agua. Sigan, sigan, señores obreros. ¡Trabajando! ¡Cuán pintoresco! Tendré que probarlo un día.

b) Vale, pues ahora paráis y trabajo yo dos horas mientras vosotros os jodéis, ¿no es lo justo? Así trabjamos por turnos, ¿vale?

c) De puta madre, don obrero, pero como me estás impidiendo trabajar a mí, me debes sesenta euros.

¿Tú cuál habrías elegido?

Yo, al final, por no discutir, me fui al Hotel Kafka, hecho un basilisco.

-Anda, Rafita, ponte un whisky, que me vienes de los nervios -me dice Olga en cuanto me ve.
-¡La clase obrera, coño, que me tienen hasta aquí! Como aparezca un proletario, se va a enterar...
-Toma, anda, con dos hielos.
-Bueno, Olgui, gracias, parece que ya me quiero encontrar mejor.

Así conseguí tranquilizarme un poco. Lo suficiente para escribir y enviar tres articulos, un prólogo a un libro de Jardiel Poncela, medio prólogo a otro libro para Constantino y página y media de espionaje.

El sábado recibí este mail de mi amigo Miguel Tomás:

¿Miedo?, ¿estupidez?, ¿demencia senil?, ¿alopecia de neuronas?, ¿depresión endógena?, ¿cojera del alma?, ¿encogimiento de arrestos?... ¿Somos conscientes de lo que les estamos haciendo a nuestras vidas? Vergüenza debería darnos (y a mí me da) del maltrato autolacerante y masoquista que supone la voluntaria renuncia al cacho felicidad con tanto esfuerzo y criterio de nuestra lucha plantado; te y me pido excusas y te conmino, estimado amigo, a que juguemos de una puta vez el lunes a las 11:00 en Maracaná (¿te acuerdas?? Ese bar.)


Cuánta razón tiene Miguel. Ya que hemos logrado jugar y ser felices unas horas cada semana, ¿cómo nos hacemos esto a nosotros mismos?

Total, que ayer a las once allí me planté. Gané la primera, como se puede deducir de mi cara de satisfacción:




Mi hija Anusca también está feliz con su nuevo cuarto. Ella y sus muñecos. Todos tienen nombre, todos tienen rasgos de carácter (Perri es apacible; Vaquita de Cangas de Onís, un poco entrometida), costumbres fijas (Lilo siempre duerme boca abajo; a Fefi le gusta desayunar cerca de la ventana) y todos atraviesan momentos de melancolía, y ese día tienen prioridad para dormir más cerca de Anusca y hay que dejarles una onza de chocolate en la mesita de noche. Una sola cosa tienen en común (también con mi hija y conmigo): todos quieren salir en la foto.



Son como yo: necesitan que les abrazen sin motivo, les gusta a menudo dormir acompañados, esperan que les quieran sin haber hecho nada para merecerlo.

Menos mal que los muñecos de peluche a veces encontramos personas tan resplandecientes como Anusca y mi novia. Alguien que nos pone nombre, nos habla, nos arropa y juega con nosotros.

Si no fuera por ellas:

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