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Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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domingo 29 de julio de 2007

Sueños capicúas

El viernes por la tarde me fui a la SER a charlar con María Guerra y Julio Rey (de Gallego & Rey).

Julio y yo vamos de becarios, en pleno verano, cuando el equipo titular está al completo en chanclas al borde del mar, con los dedos grasientos de tanto pelar gambas y con espuma de cerveza en los labios. Entonces saltamos nosotros al terreno de juego, los que hemos pasado el invierno calentando el banquillo, esperando una oportunidad.

Nosotros lo damos todo. Sudamos la camiseta. A veces incluso metemos un gol de cabeza.



El sábado me fui a recoger a mi hija Anusca a Alcocéber, que estaba allí con mi hermana Columna.

Es que se iba a llamar Pilar, pero mis padres decidieron que al fin y al cabo no había tanta diferencia entre un pilar y una columna, y eligieron Columna.

Cuando bajé del Auto-Res ya me habían pedido una cervecita en el bar de al lado de la parada, el Dora.



¿Te has fijado que en la mesa del fondo hay un ser humano (una mujer, en apariencia) con camiseta blanca y que está comiendo con las gafas de sol puestas?

Las personas que comen con gafas de sol me hacen perder la fe en la humanidad, no lo puedo evitar.

Por la noche fuimos Columna y yo con Anusca y su amiga Vega a un lugar en el que había fiesta infantil.

La fiesta infantil consistía en un ser humano calvo, con gafas de montura plateada y guayabera blanca, que tocaba un órgano electrónico y cantaba canciones de Gaby, Fofó y Miliki, rancheras, corridos y clásicos melódicos en italiano macarrónico y con acento inverosímil, además de instruir a los niños para que hicieran de pingüinos, ranas, vagones de tren o procesionarias del pino.

También había una plataforma de papás trasegando whiskies y mamás dándole al gintónic y a los cigarrillos light.

A veces se tropezaba alguno de los más pequeños y la correspondiente mamá se agachaba a recogerlo: a menudo se le veían las bragas tanga. Los papás aplaudiamos y pedíamos otra ronda.

A las mamás que no hacen top-less se les veían los pechos blancos, resplandecientes, con el latido de las constelaciones: un lugar en el que apoyar la cabeza.

"Los pájaros tienen nidos y los zorros madrigueras; sólo el hijo del hombre no tiene un lugar en el que apoyar la cabeza", algo así decía el Evangelio, ¿te acuerdas?

El ser humano del órgano electrónico ponía a los más pequeños a hacer un tren (como si fuera Juan Benet, por ejemplo, en su mítico chalet de la calle Pisuerga) y cantaba:

Al compás del cha-ca-chá,
del cha-ca-chá del tren,
que gusto da viajar
cuando se va en exprés...




A las mamás y a los papás, ya con un número de copas múltiplo de tres, aquello nos parecía la cima del erotismo refinado, y nos sonreíamos unos a otros con los ojos brillantes.

"Si no fuera por los críos...", dijérase que nos decíamos, por vía telepática.

Y cantábamos con voz ronca y añadiendo comillas de traviesa intención:

--¡Qué gusto da "viajar"...!

Las personas sencillas tenemos esa ventaja: con cualquier cosa somos capaces de ser felices. Con lo que esté a nuestro alcance tenemos bastante.

Ayer, domingo, vuelta a Madrid Anusca y yo, en el condenado Auto-Res (los trenes ya no existen en este país, salvo el AVE de las narices; el transporte público en general está mandado recoger).

Anusca se aburría tanto que se dedicó a fotografiarse un pie con la cámara.




Al final, con fotos de su pie, de los dedos de su mano, de un zapato y del perrito de peluche, se quedó dormida



¿Qué estaría soñando? ¿Lo sabes tú?

El sueño de Anusca nublaba las ventanillas del autobús, empañaba los cristales y mi corazón multitudinario.

Cuando yo me quedé dormido, Anusca se acercó y se puso a escribir con un dedo sobre mi corazón empañado.

Luego yo lo he leído desde dentro, desde el otro lado del vidrio, al revés.

No importa nada: todo lo que escribe mi hija es como su nombre, es capicúa, palíndromo, se lee igual de un lado que del otro, desde dentro o desde fuera, hacia la izquierda o hacia la derecha, con los ojos cerrados o abiertos.

Se entiende siempre: Ana lava lana.

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