¿Tengo algún pasado?
Aquí estamos los cuatro (más tarde nació mi hermana Helena) en la casa de Cali, Colombia, ejercitando nuestro derecho con cuentos.

Luego vinieron la colección de Joyas Literarias Juveniles, los libros de los Cinco y Mark Twain.
En casa, aburrirse se consideraba una debilidad de carácter. Mis padres eran muy partidarios de la alegría, les parecía un deber, casi la principal obligación de una persona.
Hubiera preferido ser un escritor maldito, incomprendido y tenebroso, pero no lo conseguí nunca: mi familia se divertía con lo que yo escribía.
Había que fastidiarse.
Desde pequeño, todos los veranos los he pasado escribiendo a máquina. Éste también, porque quiero terminar mi "novela de espías".
La primera novela que terminé se llamaba Esa oscura gente y la escribí entre Boston, donde vivía, y Nueva York, donde me prestaron una casa.
Escribía casi sin parar todo el día y por la tarde jugaba al ajedrez con un amigo inglés que se llamaba Ian Maxwell (¿a que parece un nombre inventado?).

Sí, el mobiliario nunca ha sido mi fuerte. Detesto la decoración. Una caja me vale como mesa, qué le vamos a hacer.
Escribía, como siempre, en pijama.

Aquí estoy con Laurence, es 1986.
En el pasado de todo español que se respete tiene que haber por lo menos una francesa, la mía es la Lorenza.
A mi chica, de esto, ni una palabra, ya sabes.
Más francesa que la Lorenza, imposible. Ponía música de violoncello y leía a John Donne; bebía unos combinados repelentes que se llamaban fuzzy navel (ombligo burbujeante o efervescente o así)y comía como un pajarito; compraba antigüedades y era incapaz de madrugar, pero siempre se reía de todo, como si estuviera a punto de salir de viaje.
Su forma de hacer maletas era conmovedora, podía meter doce faldas, quince sujetadores diminutos y ni una sola braga. Al final siempre tenía que sentarse encima para cerrarla. Metía en la maleta lo primero que se le ocurría: la ropa con las perchas, una lámpara, un molde para hacer tartas. Todo le parecía prometedor: "¡Vamos a hacer tarta de queso!", decía, entusiasmada, o: "Para leer en la cama, la luz de los hoteles es criminal".
Como nunca lograba cerrar la maleta (se sentaba encima y saltaba, diciendo Merde! cada dos o tres palabras), se ponía a sacar cosas a voleo.
Luego, al llegar, comprobaba que todos los zapatos que había traído eran del pie derecho o algún otro desastre parecido, y le entraba una desesperación muy cómica y muy francesa.
Había que consolarla.
Casi siempre había que consolarla de catástrofes sin ninguna importancia y acabábamos riéndonos a carcajadas.
Al final se fue con Ian. Hizo bien. Supongo.
Ian trabajaba en una difusa firma de inversiones y hacía una tesis en Fletcher School. Es decir: era espía. Seguro. Por eso se las arreglaba siempre para salir de espaldas en todas las fotos. Típico de agentes secretos. Fletcher era entonces un centro de reclutamiento de la CIA. Todavía logré conocer allí a algún kremlinólogo, que es lo que de verdad me habría gustado ser a mí(aunque entonces ahora estaría en el paro).
Por eso me acuerdo de Ian, porque estoy liado con mi novela de espionaje.
(Muchos años después me encontré a la Lorenza, of all places, en casa de Chavi Azpeitia, con la correspondiente francesa del pasado de Chavi, Claude, que trabajaba en el Círculo de Bellas Artes. Lorenza iba con un novio de veinte años, se había propuesto corromperlo a lo Mrs. Robinson, según me dijo entre risas.)
Cuando acabé aquella primera novela, como un auténtico maldito, se la di a leer a mi familia.
Les gustó, encima.
Años después conseguí publicarla y puse una cita al principio. Para mí, aquella frase resumía y resume lo que hemos aprendido siempre en casa, desde pequeños:
"Firmemente convencido de que cada vez que alguien sonríe --y mucho más cuando ríe-- contribuye en algo a ese fragmento de la vida que disfrutamos cada uno de nosotros".
Es de Sterne, del Tristram Shandy.
Sigo pensando lo mismo.
La novela empieza así:
"Van un chino, un americano y un español en un avión. Se rompe un motor".
Etiquetas: Javier Azpeitia, Laurence Sterne, pasado, Rafael Reig, viajes
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









