Hotel Kafka - Escuela de Ideas

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Revista Metamorfosis

lunes, junio 01, 2009

Bajo la piel de un psicópata, Por Anne Fatosme


Mientras celebraba la victoria de su equipo de football en casa de un compañero de trabajo, sintió de nuevo aquella pulsión profunda. Enraizada en sus arterias azotaba con rabia la pálida euforia de la victoria. Emprendió la fuga hacia la salida, pasando como siempre desapercibido en medio del jolgorio. Subió al coche. Arrancó y sacó de la guantera un cuchillo de cocina de lama ancha y afilada. Lo depositó en el asiento del pasajero escondido debajo de la chaqueta del traje perfectamente doblada. Enfilaba calles al azar esperando que el tiempo pasara vaciándolas de contenido. Parada en un semáforo en rojo, metida dentro de un coche blanco, la masa abundante del cabello de una mujer recogido en un moño, tomó consistencia de diana en sus ojos al acecho. Silencioso, calcó la sombra de su vehículo al de su presa. La conductora aparcó en una avenida bordeada de amplias aceras. La luz de las farolas verdeaba entre ramas de castaños. No había transeúntes. Algunos focos de los coches rasgaban el calor espeso de la noche veraniega. Deslizó el coche, luces apagadas, disimulándolo entre troncos. Quitó el contacto. Al salir dejó la puerta ligeramente abierta. Empezó a andar sigilosamente, los pies enfundados en unos mocasines de ante flexible. Los tacos de goma amortiguaban las pisadas. La alcanzó a la altura de unos cubos de basura alineados al pie de una farola. La hoja del cuchillo brilló al hundirla en la chaqueta forrada de carne blanda. Ahogó, en su nacimiento, el chillido de la presa con la mano cubierta de látex. El golpe había sido certero. Notó como el cuerpo se iba desmoronando sacudido en espasmos. Dio la vuelta a la masa inerte. La tumbó en el suelo alineada contra los cubos. Realizó un pequeño corte en la yugular. Se desabrochó la bragueta, sacó su pene erecto. Al penetrar la vagina cálida del cadáver eyaculó de inmediato. Bajo el efecto de la sacudida, la herida del cuello se abrió burbujeante de espuma roja. Al incorporarse aspiró ávidamente el olor de la basura descompuesta por el calor. Limpió pulcramente el cuchillo con el vestido del guiñapo. Se alejó ligero, tranquilo y limpio. Al llegar al coche miro el reloj fluorescente. No habían pasado ni cinco minutos.

martes, julio 29, 2008

Amargos , por Mónica Alonso

La primera vez que vi un mate fue en la mano de mis abuelos, en sus visitas semanales a nuestra casa de Buenos Aires, no sé si en la calle Salta o Alberti, donde vivimos después. Mi abuela paterna, inmigrante gallega y mi abuelo materno, zamorano, se habían aferrado a su acento español pero habían adoptado enseguida la costumbre del país y tomaban mate, cada uno a su estilo, cada uno con un ritual diferente.

Ella lo tomaba dulce, por eso de niña esos fueron mis primeros mates, una vez a la semana llegaba mi abuela, tenía un mate pequeño metálico, con un asa, era azul, como esmaltado, y traía una bandeja con la azucarera y la pava. Ella era la que cebaba y mientras charlábamos y nos contaba historias de su aldea lejana pasaba el mate y después del estruendoso ruido de chupar la bombilla, la risa, se acababa y le tocaba al otro.

Cuando fuimos mayores nos pasamos al amargo, mi hermano era el encargado de prepararlo, primero lo llenaba de yerba, luego le daba la vuelta sobre su mano, lo sacudía y ponía la bombilla en el mate de calabaza curado, haciendo de esta tarea un arte.

Pero más allá de la forma, del color, de la yerba o el modo de prepararlo, el mate era la ronda, en la que de uno en uno se iba pasando mientras uno cebaba, como el que reparte las cartas en una mesa, y con cada carta hay una charla, un trocito de intimidad que se iba hilvanando, y al final de cada tarde de rondas se había tejido una amistad. El mate es mi amiga Clara, las tardes de invierno, la risa de sus hijos, las vacaciones en Bariloche. El mate es Roxana, sus amores y el tomar pavas enteras para engañar el estómago y ayudar a la dieta.

Ayer sonó el teléfono y oí la voz entrecortada de mi madre, lo estaba esperando, no vengas, me dijo, estás muy lejos. Me senté en la cocina y sin pensarlo me puse a preparar un mate, calenté el agua sin dejarla hervir, lo fui cebando con cuidado y por un momento todos volvieron a mi ronda, y hasta mi abuela se sentó a mi lado a compartir estos amargos tan amargos.


Mónica Alonso ha realizado el curso impartido por los profesores de Hotel Kafka en el Museo Nacional de Antropología sobre literatura iberoamericana.

Etiquetas: , , ,

lunes, julio 21, 2008

Ofrendas, por Mar Celada

De todos modos ya habían superado un montón de salas y esta era la última. Entre el huipil bordado en oro y la cabeza jibarizada algo brillaba. Recordó los cristales verdes de la playa, limados por las olas de su infancia. Era un cuchillo ceremonial. El ambiente estaba muy cargado. Maya, inca o azteca. La visita guiada al museo antropológico estaba programada entre las actividades del colegio para el segundo trimestre. Vidas ofrecidas a Popol Vuh, Hunab Tú o Xipe Totec. Su mirada resbalaba en los objetos. Dioses que se alimentan de personas como las personas se alimentan de trigo. Era un cuchillo cálido, curvo, amigo. Le dolía la cabeza.
Procurando que no se le desmandaran los adolescentes. Los primeros puentes colgantes hechos de cuerdas. Que pasara el tiempo. Escaleras que llevan al ara del sacrifico con conducciones laterales para que corriera la sangre. Intentado que los más pequeños no babearan demasiado las vitrinas. Estaba sudando. Y si había que ir al museo, se iba. Corazones arrancados, todavía palpitantes que se ofrecen al dios. Hacía calor. Ahora les había dado por llamarlo Mesoamérica ¡menuda chorrada! Por favor, que se pasara pronto el tiempo. La luz indirecta iluminaba la hoja afilada, con reflejos ambiguos. Itchab, la diosa del suicidio.
Se acercó para separar a dos de 5º que se peleaban por la PSP. Canibalismo, eso sí, solo para las clases altas. Fiestas con sacrificios humanos para equilibrar las fuerzas de la naturaleza. Se la quitó. Calendarios, oráculos, oro?Era su obligación quitársela. Purificación con punzones que se clavan en el cuerpo. ¿No decían que no dejaban fumar? ¿por qué había esa bruma densa, irrespirable?
Estaba sudando en aquel sitio cerrado. Frutos de árbol del coco. En ese momento los alumnos se portaban relativamente bien. Ofrendas a los dioses dejadas al aire libre, no en los templos.
La nota que apareció en el tablón de anuncios decía ?Nuestra compañera Mª Teresa falleció ayer, víctima de un infarto mientras acompañaba a los alumnos de este colegio a una actividad extraescolar. El próximo miércoles tendrá lugar en el salón de actos un concierto en su memoria?
¿La transportaron al cielo dos enormes serpientes?



Mar Celada ha realizado el taller impartido por profesores de Hotel Kafka en el Museo Nacional de Antropología sobre literatura iberoamericana.

Etiquetas: , ,

viernes, julio 11, 2008

El resquemor, por María de Miguel Gallo.

El piracucú fue el detonante. Entramos en la tienda de souvenirs porque mamá se había prendado de un collar de escamas que parecía de Bora-Bora; fue entonces cuando papá descubrió aquel insólito animal que pendía del techo luciendo, en vez de vísceras, una bombilla en su interior. Todos miramos hacia arriba y nos pasmamos ante aquel prodigio del Amazonas convertido en lamparita de salón. Papá se empeñó en comprar el pez, una suerte de pesca de altura, mientras mamá mascullaba algo de mala espina, depescado inflado sobre el canapé del living, con lo coquetas que resultaban las tulipas Vichy. Pero papá, cuando se pone, se pone. Así que regresamos en silencio con la sensación de haber hecho algo raro; mamá llevando la sombrilla y los capazos, y papá paseando al piracucú en una bolsa de Souvenirs Leticia.
Al llegar a casa, mamá nos mandó a la ducha mientras ella preparaba la colada y unos camarones para cenar. Papá sacó la caja de herramientas y apoyó el piracucú sobre la consola del recibidor. Al salir del baño, Berta y yo lo contemplamos con una mezcla de angustia y espanto; lo imaginamos batiendo veinte mil leguas contracorriente con aquellas aletas ridículas para un cuerpo de cachalote. Entonces papá bajó de la escalera, lo agarró y lo ajustó al cable: El pez, que bailaba con cara de empacho sobre nuestras cabezas, adquiría al encenderse un aire a monstruo abisal recién salidito del fango.
Mamá entró con la bandeja de la cena. Al alzar la vista suspiró: impulsado por la corriente de la terraza, el piracucú surcaba nuestro espacio doméstico con una expresión más muerta que viva. Nadie dijo nada. Los minutos siguientes fueron de calma chicha; cada cual enfilaba su plato sin hablar, como si el pez acechase desde lo alto con una espada de luz entre las entrañas. Hasta tragar saliva resultaba difícil con aquélla sombra oscilando sobre la mesa. De pronto Berta, con los ojos fijos en una cabeza de camarón, se echó a llorar. Fue entonces cuando mamá, presa del coraje, arrugó la servilleta, se levantó e inspiró. En pocos segundos se había hinchado de manera descomunal, reventando las costuras del pareo según lanzaba el Bora-Bora en dirección al piracucú. Con el primer latigazo fundió la bombilla, con el segundo lo arrancó del techo y con el tercero papá se aseguró que los camarones estaban en su punto.



María de Miguel Gallo es alumna del taller impartido por profesores de Hotel Kafka sobre literatura iberoamericana en el Museo Nacional de Antropología.

Etiquetas: , , ,

martes, julio 01, 2008

LA NOCHE, por Francisco J. Fdez García

La celda no tiene más de seis metros cuadrados. La mujer, sentada sobre la cama situada en el fondo, en el lado derecho, es rubia con el pelo corto y sucio. Sonríe en todo momento mientras repasa unas fotografías en color bastante manoseadas, que ha ido despegando y pegando intermitentemente de la pared. Se levanta de la cama y se gira sobre si misma mientras pasa una a una las fotos de atrás hacía adelante, primero una, luego la otra, y se vuelve a sentar. Su sonrisa se va acrecentando con el rítmico pasar de las fotos, primero la otra, luego la una.


La mujer, cada dos o tres fotos, acerca y gira su muñeca izquierda para hacer más visible el reloj negro y pequeño que se aloja en ella. Sonríe, mira las fotos, mira el reloj y vuelve a sonreír una vez más. Cuando los dígitos de su reloj indican las cinco y cincuenta minutos de la tarde, se gira con gran rapidez y de rodillas sobre la cama, pega una a una las fotografías en la pared, primero una, luego todas las demás. Lo hace depositando un beso largo y pausado en cada una de ellas. Todas las fotos muestran a una niña morena. En unas aparece sola, en otras con la mujer de la celda, en otras con un pequeño perro de pelo corto y marrón, otras con un hombre con bigote, moreno y alto. En otras, aparecen todos juntos y abrazados. En otras el perro no está.


En el lado izquierdo de la celda y frente a la cama hay un pequeño lavabo y un váter sucio y mate. Encima del lavabo dos trozos de madera hacen las funciones de estantería, donde se apilan multitud de botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. No hay espejos. Más próximo a la puerta de la celda y también en el lado izquierdo, frente a la cama, un armario y una pequeña mesa estrecha junto a la pared, conforman el resto del mobiliario de los seis metros cuadrados. El armario tiene las puertas cerradas pero un pequeño trozo de tela violeta aparece entre las dos puertas. Encima del armario una manta enrollada y tres cajas de zapatos se elevan hasta el techo. Entre la mesa y el lavabo un trozo de pared blanca sustenta un calendario grande, con los números grandes y negros, con una foto grande sobre el propio calendario, donde se ve un paisaje montañoso con cumbres grandes llenas de nieve y laderas verdes y extensas. Los picos y las laderas verdes se reflejan en un lago que se muestra en primer plano. Minutos antes de besar las fotos, de despegarlas y pegarlas una a una de la pared, la mujer rubia con el pelo corto y sucio ha puesto una raya de rotulador negro sobre el día 23 de abril, miércoles, que a su vez se encontraba marcado con un circulo de rotulador negro, con varios círculos superpuestos de rotulador negro. Mientras lo hacía, su cuerpo daba pequeños saltitos a la vez que una sonrisa iba demudando su rostro.


Una vez que la mujer a pegado todas las fotografías en la pared. Se abrocha la camisa roja que hasta ese momento llevaba desabrochada sobre un sujetador negro, y se acerca a la puerta de la celda. En ese momento un hombre alto y con barriga se sitúa por fuera de la celda, delante de la puerta. El carcelero lleva un uniforme azul marino, sencillo. Gira una llave y abre la puerta. Tras unas palabras breves del hombre, la mujer sale de la celda y se sitúa delante de él.


Después de unos minutos recorriendo diversos pasillos y salas de las instalaciones llegan a una sala pequeña de unos 15 metros cuadrados, donde una mujer vestida con el mismo uniforme que el carcelero, le hace pasar a otra sala contigua. Esta sala, mucho más grande que la anterior, tiene una de las cuatro paredes que la conforman totalmente acristalada. Esta cristalera, a su vez, está divida con pequeñas separaciones de madera formando cabinas con un pequeño mostrador pegado al cristal. En cada una de estas cabinas se encuentra una mujer, excepto en una, que está libre para ella. Las mujeres, con unos pequeños teléfonos colocados sobre los diferentes mostradores, hablan, alguna llora, ninguna ríe. Al otro lado del cristal, al otro lado de cada una de esas cabinas, otras personas gesticulan y hablan con las mujeres de este lado, también con unos pequeños teléfonos, algunas ríen, pero ninguna llora.


La mujer rubia con el pelo corto y sucio atraviesa la sala para ocupar la única cabina libre. Mira hacia el otro lado del cristal, y sin despegar sus ojos de los del hombre que tiene enfrente, descuelga rápidamente el pequeño teléfono que encuentra en su mostrador. Es el hombre que aparecía con la niña y con ella en alguna de las fotografías de la pared. El hombre es alto y permanece sentado con una mano sujetando el teléfono junto al oído izquierdo y la otra moviéndose intermitentemente del pequeño mostrador a su cara, a su pierna, de nuevo a su cara, se toca los párpados, y vuelve a dejarla sobre el mostrador, así una y otra vez mientras habla con ella. El hombre lleva una falda negra ceñida por debajo de la rodilla, unas medias negras muy tupidas y unos zapatos negros con un poco de tacón. En la parte superior, los cuellos de pico de una camisa negra sobresalen por encima de una jersey ajustado del mismo color. Lleva el pelo más largo que la mujer, suelto sobre los hombros, ya no lleva bigote pero su rostro deja entrever una barba de dos o tres días. Lleva poco maquillaje pero sus labios destacan pintados de un rojo muy suave. Ella se mueve constantemente en la silla mientras no para de decirle cosas a través del teléfono. El hombre, más frío y con el rostro bastante serio calla. Al cabo de un minuto la mujer deja de hablar y de los ojos del hombre comienzan a brotar dos lágrimas que recorren su rostro sin afeitar. Tras esas dos primeras lágrimas vienen otras que continúan recorriendo su rostro, esta vez dejando una estela negra de rimel sobre sus pómulos. Entre lágrimas y sin variar el gesto, él comienza a hablar. Entonces ella fija su mirada en él y su rostro cambia por completo. Ya no hay rastro de aquella sonrisa que la había acompañado en las últimas horas, en los últimos días. El gesto se congestiona y la cara se vuelve roja, mientras él, al otro lado del cristal, no deja de hablar pausadamente, mientras sus ojos continúan produciendo lágrimas. El hombre se calla y la mujer se pone de pie dejando caer el teléfono al suelo. Comienza a andar hacía atrás, hacia la pared opuesta a la cristalera, mientras se tira del pelo y el resto de mujeres se vuelven para mirarla. En ningún momento ha apartado su mirada de la del hombre. Entonces cae al suelo y comienza revolverse sin parar de gritar entre llantos. Dos mujeres uniformadas entran en la sala. No pueden levantarla y entra una tercera. A los pocos segundos entra una cuarta y finalmente se la llevan a su celda.


Tras cerrar la puerta. Las mujeres se alejan por el pasillo. Mientras, ella, que parece más calmada, se levanta del suelo donde con malos modos la han dejado después de arrastrarla. Clava su mirada en la pared de las fotografías y se acerca a ellas lentamente. Se sube a la cama, y de rodillas en ella, comienza a despegarlas una a una. Primero con cuidado y despacio, luego rápidamente y a tirones. Su cara se surca de lágrimas. Sentada en la cama va eliminando su figura de cada una de ellas. Lo hace con sus propias manos, cercenando su propia imagen y salvando la de ellos, especialmente la de la niña. El perro ya no le importa. Cuando ha terminado se pone de pie y deja el puñado de fotos de la niña sobre la almohada, hasta ese momento las ha tenido depositadas con fuerza sobre su vientre. En la mano derecha lleva todos los recortes y trozos donde sólo aparece ella. Sigue llorando. Se acerca a la ventana que se encuentra al final de la celda, entre la cama y el lavabo. Antes de apoyar el conjunto de recortes y trozos de fotografías sobre dos trozos de madera que hacen las funciones de estantería, se deshace lentamente de los botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. Y así, lentamente coge cada uno de esos trozos y los comienza a rajar sin mirarlos, con la mirada perdida a través de las rejas de la ventana. Primero uno, luego el otro. Lo hace lenta, pausadamente, sin movimientos bruscos. Primero el otro, luego el uno. Los pedazos, cada vez más minúsculos, los va dejando caer a través de la ventana, extendiendo el brazo y dejando que la fuerza del viento los separe de su mano. Cuando ha terminado, de sus ojos ya no brotan lágrimas. A través de la ventana, fija la mirada en el cielo, se agarra a los barrotes, y puede ver como en ese momento, ha llegado la noche.


Francisco J. Fdez es alumno del taller de escritura creativa en Hotel Kafka.

Etiquetas: , , ,

sábado, junio 14, 2008

DIALOGOS -EL CARNICERO-; por Lola Vega

Arnet se moría por un puro...Levantó el auricular del teléfono y marcó el número apuntado sobre el papelillo que colgaba en la parte baja del corcho .Hacía una eternidad que no sentía un deseo tan fuerte de un cigarro. Al estirar el cable casi chocó con el cadáver de Anna.
-¿Eres tú? Aquí Arnet.
-Hola- dijo la voz al otro lado de la línea.
Se hizo el silencio.
-Espero que dadas las circunstancias todo vaya bien ?dijo a continuación.
-Bueno, si, apuntó lentamente Arnet mientras retiraba una figurilla.
Nuevo silencio
-Llamo porque el encargo está hecho, dijo Arnet apretando el botón del altavoz antes de dejar el auricular y llevarse la mano al bolsillo de la camisa.
-Esta bien -dijo de nuevo la voz - y se puso a toser. Tendrás mañana tu recompensa. Pasado salgo para Dinamarca .
-De acuerdo. Eso espero-. Arnet colgó el teléfono y se levantó pesadamente del sofá. Allí estaba el cadáver de Anna a la que había ahogado sin dificultad debido a su fortaleza. .Cerró la puerta tras sí mientas se quitaba los guantes de goma. .En la calle todo seguía igual. Las mareas humanas iban y venían con rumbo. Paró en un estanco y compró el puro. Le temblaban algo las manos al recoger el cambio. También le temblaron hacía una semana escasa cuando Marek le pidió que matara a Anna si quería una buena suma de dinero, un dinero que el necesitaba urgentemente para salir de Budapest y dejar definitivamente a su mujer, a su ciudad a su familia. No quería saber el motivo de la muerte de Anna, aunque intuía que Marek tenía a otra y Anna le iba a causar muchos problemas.


Conocía a Marek y Anna desde hacía años. Habían estudiado juntos en el instituto y se habían tratado poco. No obstante no los apreciaba especialmente pero la carnicería no era un lugar adecuado para él , que lo que quería era conocer mundo. Ninguno de los tres había llegado a mucho. Los dos hombres se levantaban pronto, Arnet abría su carnicería y Marek se subía a su camión. Arnet era fuerte como un toro y Marek también. Anna , era la guapa del instituto. Los dos querían conocer mundo. El camionero hacía frecuentes viajes por toda Europa, Arnet necesitaba dinero para volar solo , e iniciar una nueva vida para dejar definitivamente la carnicería, su casa y su mujer ,una mujer adinerada a la que había arruinado ya .
??Menos mal que no había tenido que utilizar el cuchillo para matar a Anna, pensó mientras decapitaba una buena parte del puro , prefirió ahogarla para no volver a recordar su trabajo diario?...
Siempre salía con las manos ensangrentadas a pesar de los guantes y cuando colocaba las cabezas y las piernas de vacuno en la nevera, se quitaba los guantes muy despacio y examinaba cada partícula de sus manos, las olía y después la pasaba por el grifo, secándolas como un sacerdote de una ceremonia religiosa.

Palpó los bolsillos de su chaqueta y tiró al Danubio sus guantes de goma durante la travesía en barco de Buda a Pest .Después llegó a su propia casa bajando una cuesta . El cielo amenazaba lluvia. Lenuska estaba en el piso de arriba.
-¿Eres tú Arnet?-dijo a mujer mientras colgaba una cortina
- Si, ya he llegado. Dijo él.
-Vete a la cocina .Tomaré una cerveza contigo mientras te cuento algo- dijo bajando las escaleras. Iba con un trajecillo obscuro y un delantal sobre la piel arrugada. Tendría unos cincuenta años y resaltaba un cierto color morado alrededor de unos ojos nerviosos que lo abarcaban todo.

Marek la siguió, con su puro medio apagado, evitando los muebles.

-Ha llamado la policía hace diez minutos ?añadió Lenuska después mientras se quitaba el delantal.
Ambos se sentaron.
-¿Que querían ?dijo Arnet mirando fijamente a Lenus .Notó que le volvía a temblar la mano...Lenus lo vió. ..La cocina era grande. Se oía el claxon de los coches.

-Es horrible dijo Lenus, Han encontrado a Anna, la mujer de tu amigo el camionero, casi- muerta en su casa.

-¡que dices!-Arnet se levantó de la silla-No disimuló su asombro.

Arnet ¡siéntate!-ordenó la mujer.

-pero es que tendré que llamar a Marek!-exclamó.

Arnet volvió a encender el puro con la llama del gas de la cocina mientras obedecía a su mujer . En su cabeza repasó la imagen de Anna. No se movía. ¿Acaso no estaba muerta? La había tomado el pulso en la aorta. Juraría que estaba muerta.
Se aclaró la garganta.
-Yo?.

Ella seguía allí, con las tazas y los platillos en sus cortas manos y las palmas hacia arriba, frente a sí.

-Marek hundió la cabeza entre las manos.

-Han estado aquí también y! han preguntado en la carnicería.?!

-Arnet, levantó la cabeza y dejó la cerveza .Entonces notó como la sangre de todo su cuerpo caía en los pies. Aplastó el puro contra la mesa. Lenus chilló.

-¡no vuelvas a hacerlo! Dijo mientras limpiaba la mesa con el delantal.

¿Qué han dicho?-señaló al mismo tiempo que pensaba ?¿Qué importa lo que hayan dicho? ¿O que importa si lo sabían, si él había ido a matarla?.?
Arnet se alteraba por momentos.-Lenus volvió la cara hacia el techo y cerró los ojos.

¿Qué han dicho qué ?-le susurró tan desesperadamente como si la respuesta fuera a liberarle.
Ella frunció el ceño, bajo la vista hacia sus manos temblonas y le señaló con el dedo índice. ¡La han intentado ahogar! Y haciendo una pausa lo dijo de una vez:

-Anna te ha nombrado antes de desmayarse.-

¿Qué dices?-yo no tenía nada contra ella.
- Claro, no tenías nada contra ella porque estabas liado con ella. Lenus tenía la cara roja.

-Mujer- Marek suspiró ¡eso son tonterías.! Yo no me veo con nadie. Vengo todos los días a casa después de la carnicería-Arnet quería ser convincente e incluso esbozó una sonrisa mientras respiraba el aire contenido.

- Ellos ya no eran felices .Y esta mañana me he encontrado al barquero que asegura que algunos días tu has estado en Buda, donde ella vivía.

Arnet se levantó de un solo impulso.

- ¿Desde cuando haces caso de lo que dice el barquero? Son tonterías.

-¡Si hubiéramos tenido hijos! el tono era monocorde.

Arnet se volvió a sentar y abrazó a Lenus. En este momento se sentía inmensamente solo, culpable y desgraciado.

Anna no podía haberle visto- pensó un momento- porque cuando ella abrió la puerta la dio un puñetazo rápido y luego la ahogo, o eso pensó entonces ..
Adiós a su viaje por el mundo, a su cambio de vida. A sus aventuras .. Hola al juicio, al asombro de los vecinos, a la mirada de Anna. El peso de su culpa se elevó bruscamente.

- ¿Dónde vas ahora Arnet? Lenus le agarraba del brazo soltando una carcajada nerviosa. Tienes que ir a la policía .Le cogió sus manos heladas.

- Ahora voy,- mintió - mientras le daba un beso en la frente. La puerta rozó el suelo al abrirse. Hizo dos intentos para cerrar desde fuera. Unos pasos se alejaron despacio.
A los dos minutos, Lenus escuchó un fuerte golpe en la carretera. Y entonces le vió.

Allí estaba Arnet en el centro de un charco de sangre y de un grupo de gente que chillaba y le miraba con dolor.

-Se puso delante de mi coche ?aseguraba el conductor, mientras hincaba su rodilla en tierra.

Lenus apretó la boca y se dio la vuelta. Allí estaba la casa, con la puerta que casa de dejar abierta , por un instante pensó en salir corriendo . A lo lejos se distinguía el nombre de la carnicería LENUS. La vendería y se iría a Francia con su hermana y sus sobrinos. ?Alguien le decía que lo sentía pero le escuchaba como si hablara a otro. Instantes después , Lenus volvió a la casa y cerró la puerta. Después subió pesadamente las escaleras para poner la cortina, mientras el teléfono del dormitorio sonaba sin cesar.


Lola Vega es alumna del taller de Escritura creativa 2 en Hotel Kafka.

Etiquetas: , ,

martes, junio 03, 2008

Cementerio, por Fernando Callejo

Gracias al cielo, llegó a su fin aquella larga noche en vela. Fui a ver a mis hijas, todavía dormidas. Les desperté y les dije que el entierro no se prolongaría mucho, y volvería lo antes posible. Encomendé a las dos mayores, cuidar de las pequeñas. Les besé, besé a cada una y entre lágrimas salí. El sacerdote había llegado y nos encaminaríamos al cementerio. Era hora de partir de mi hogar, de aquella casa solariega en la que vivieron mis padres y mis abuelos, una casa presidida por el escudo de mis antepasados. Con un leve soplido, apagaron la llama de los cirios colocados a ambos lados de la cabeza y de los pies. Mi hermano y otros tres cerraron el ataúd de pino seco con la cruz tallada y lo subieron sobre sus hombros. Al salir, volví la cabeza y miré con dolor la fachada de aquella enorme casona en la que habíamos vivido toda nuestra vida.

Abría nuestro paso el féretro. A continuación el sacerdote, y tras él, yo con mi madre. Siguiéndonos, la comitiva de familiares, amigos y vecinos. Mi madre me agarraba y yo me aferraba a ella. Pero, ¿cuánto tiempo viviría mi madre, ahora que me quedaba sola?. Comenzamos a andar. Noté el duro empedrado formado por piedras unidas con argamasa. Hoy sentí que se clavaban en mis pies, el mismo suelo por el que corría de chica. Subimos la calle mayor. Pasamos frente al colegio, en el que transcurrieron los felices años de mi infancia. Nos dirigimos con pasos breves a la plaza y pasamos frente al pórtico de la Iglesia, la Iglesia en la que me casé con él. Recordé aquella ilusión y aquellos primeros años. Y el bautizo de nuestras hijas: Luisa, Paloma, Belén e Isabel. Nunca tuvimos un niño y cuánto lo buscamos. Ahora no habrá ningún hombre en casa. Nos detuvimos y el Párroco rezó un responso, suplicando a Dios que acogiera su alma. Tomamos la avenida de José Zárate y nos enfilamos hacia la salida del pueblo. Cruzamos el puente con el agua que corría bajo nuestros pies sin detenerse. A la derecha vi la casa de salud. Recordé por un momento, toda aquella interminable y demoledora enfermedad, una enfermedad que se había tragado todo. Los continuos traslados a la capital, los mejores tratamientos, los cambios de médicos. Una lucha sin tregua, una guadaña que no dejaba nada en pie. Al final, fue inútil. Seguimos caminando, y sólo el soplo de aire de la mañana me aliviaba para no desfallecer. Todas las casas blancas bajas, en hilera, seguían ahí, como siempre. Pero todo había cambiado, nada volvería a ser como era. Llegamos al asilo de las monjitas de la caridad. Allí, varios ancianos esperaban nuestro paso, y vi en sus caras y en sus cuerpos el implacable paso del tiempo y cómo, con respeto, se santiguaban.

Nos detuvimos frente a la carretera. En un momento en que cesó el tráfico cruzamos, y continuamos por el estrecho arcén del carril derecho, ya sobre el asfalto. No había llantos, sólo un silencio amargo. Aquella enfermedad sin fin, las continuas recaídas, hasta que la metástasis impuso su ley. El trágico desenlace final se convirtió en un alivio, una inevitable salida para un desproporcionado sufrimiento que se había prolongado sin sentido. Dejamos a un lado la carretera y subimos por el empinado camino final, donde vislumbramos acercándose la larga pared blanca del cementerio, con su capilla, sus cipreses, sus lápidas de piedra, que delimitaban su recinto cerrado. Atravesamos la alta puerta de hierro forjado que nos esperaba abierta de par en par. Dentro, nos dirigimos a la sepultura de mi familia, escarbada en la tierra. Dos de los empleados del cementerio cogieron la caja por delante, y otros dos por detrás. La manejaron con facilidad. Poco más que los huesos quedaban allí. Su cara irreconocible y demacrada vino a mi mente. Un semblante sin color, ajado por el dolor y la pena. Una última oración se pronunció, un último adiós. Bajaron la caja hasta el fondo, para encontrarse con mis abuelos, mi padre y mi hermana Inés. Salimos de allí, y al otro lado de la verja, recibí los interminables pésames. En el último momento, el llanto me venció, ¿qué sería de mí y de mis hijas?

Regresé a casa, sabiendo que ya no podría mantener aquel caserón, que tendría que desprenderme de él para seguir viviendo.


Fernando Callejo es alumno de taller en escritura 2 en Hotel Kafka

Etiquetas: , ,

© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com