Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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martes, abril 22, 2008

Plantas de interior , por Rebeca Álvarez Casal

Apenas había luz hasta que la encendieron en la escalera y se coló por la ranura de la puerta. Alguien subía y sus pasos se confundían con el tono del teléfono, que Óscar apretaba contra su oreja esperando respuesta.

-¿Diga? -preguntaron al otro lado de la línea.
-¿Nadia? -Óscar se enderezó en el sofá, le temblaba la voz- ¿Nadia?
-Sí, soy yo -respondió la voz, firme y femenina.
-Hola, llamaba? -hacía dibujitos geométricos, casi a ciegas, en un periódico que había sobre sus rodillas- yo llamo?
-¿A qué te dedicas?
-Profesor -respondió, aflojándose el último botón de la camisa, gris, mientras las pisadas de la escalera pasaban de largo ante su puerta- soy profesor, en un instituto.
-¿Te gusta?
-Tengo otros proyectos, pero la enseñanza siempre me ha interesado.
-Te entiendo perfectamente. Cuéntame algo más, ¿vives solo?
-Sí, desde hace unos meses. Y, bueno, también soy universitario.
- Pensé que lo eran todos los profesores de instituto ¿Qué estudiaste?
-Físicas -la mano en la que sostenía el teléfono le sudaba y se lo cambió de oreja para secársela en el pantalón.- Doy clase de matemáticas.
-¡Debes ser inteligentísimo!, ¿te apetece quedar el jueves?
-Bueno, no sé? -dejó el periódico en el sofá cruzando las piernas.
-No te preocupes, cielo, perdona si he sido un poco brusca. Estaba saturada ¿sabes? Pero me has caído bien, tienes? ¿cómo diría yo? Pareces un hombre agradable.
-Gracias. Tú también pareces agradable -y añadió, riendo- ahora.
-¿Ves?, tienes sentido del humor -rió ella también- tenemos que conocernos. En tu casa sería perfecto.
-No sé. -La luz de la escalera se apagó, ya había anochecido.
-No te preocupes, por teléfono parezco un poco seca, no es la mejor manera de conocerse.
-Tienes razón, te invito a cenar.
-Es un detalle precioso, pero va a tener que ser un poco más tarde. Si no te importa, claro -casi se veía una sonrisa a través del teléfono- dame tu dirección.- Óscar se la dictó- Bueno, cielo, pues te veo el jueves. A las doce. Un beso.

-Un beso -respondió, pero Nadia ya había colgado.

Siguió sentado mucho rato con el periódico otra vez en las rodillas, casi a oscuras, hasta que la luz del descansillo volvió a filtrarse. Unas pisadas se acercaban. Echaba de menos los cajones a medio cerrar desbordando ropa de colores, los libros abiertos bocabajo en cualquier sitio. Llegar del trabajo y encontrarse la cama hecha le entristecía. Escuchó el ruido de una llave en el apartamento de al lado, seguido de un portazo. En un momento la oscuridad fue total.

El jueves por la noche, tan puntuales que no tuvo tiempo de esperarlos, unos enérgicos tacones se detuvieron ante su puerta. Al abrir notó los latidos de su propio corazón, en la oscuridad del rellano se encontraba una mujer espectacular, que no parecía necesitar, en absoluto, recurrir a un anuncio. Todo en ella denotaba una sobria elegancia, el peinado, el traje negro resaltando un cuerpo esbelto, el fular carmín, como los labios, en los que se encontraba la sonrisa más encantadora que le hubiesen dirigido jamás. La invitó a pasar cerrando tras ella. Se besaron, a medio camino entre las mejillas y la boca. Entonces sintió sobre su rostro el frío que Nadia traía consigo.

Una hora después, mientras recuperaban el aliento, Óscar se preguntó en qué momento habían llegado a la alfombra. Miró a su alrededor para asegurarse de que seguía siendo el mismo. Sí, todo seguía igual, las simétricas mesillas de noche, la verticalidad de los libros? Todo salvo las sábanas enredadas a sus cuerpos y la tenue luz roja que los envolvía.

-¡Brutal! -articuló Nadia, incorporándose un poco- ha sido brutal.
-Un gran comienzo.
-Sí: un comienzo. -Y añadió, mirándolo, mientras un sugerente mechón caía, como al azar, hasta sus clavículas- porque pienso volver a verte. Y muy a menudo.

Óscar mismo no daba crédito. Mientras Nadia iba a por un cigarrillo intentó entender cómo había ocurrido. La conversación fluyó mientras escogían música; el vino que tenía preparado fue sustituido por champán; luego, como si de una coreografía se tratase, ella puso el pañuelo que traía al cuello sobre la lámpara, empezando ese jueguecito de que era una de sus alumnas. Se había dejado parte de la ropa, asegurando que era más excitante. Y vaya si lo había sido.

-¿Tienes un cenicero?
-No, usa mi copa, está vacía. Oye, por curiosidad, ¿en qué trabajas?
-¿Qué importancia tiene?
-Me resulta extraño no saber nada de ti.
-No pienso discutir con un hombre al que hace una hora que conozco.
-Al que piensas ver muy a menudo.
-Y para colmo es ya una hora y media -suspiró- ¡Está bien!, me rindo, pero trae el vino, ya me cansé de las burbujas.

Nadia descorchó la botella, brindaron por nada en concreto y entablaron una conversación sobre tipos de uva, a la que siguió el cine, y en la que no faltó la inevitable política. Óscar echaba de menos ese momento de las relaciones en que todo es contado por primera vez.

Quedaba mucho para el amanecer cuando encadenaron el vino con el desayuno, que él insistió en llevar a la cama, Nadia le había dicho que tenía el tiempo justo de pasar por su casa a cambiarse antes del trabajo. Hasta el domingo, fue su despedida tras besarlo en los labios. Escuchó alejarse sus tacones hasta desaparecer en el portal. Se apoyó en la puerta entornada, sonriendo, hasta que la luz de la escalera se apagó.

Al despertar, bien abrigado bajo el edredón, observó las sábanas en el suelo, las copas vacías con colillas en el fondo. En su memoria apuntó comprar un cenicero antes del domingo. El pañuelo, olvidado sobre la lámpara, era casi negro con la luminosidad del mediodía, le llegaba su olor a perfume y tabaco. Se levantó de buen humor y abrió la ventana, dejando entrar un aire frío y limpio.

Al cabo de unos meses sus encuentros podían resumirse en una escena, la de Óscar abrazado a Nadia despeinada sobre la cama deshecha, en el único rincón desordenado del apartamento; y las despedidas, hasta el jueves o hasta el domingo, como pedía el anuncio y sin faltar ni un día. Aún así la casa estaba, en cierta manera, habitada por ella. Un cepillo de dientes, algo de ropa. A Óscar le gustaba, los días que dormía solo, ver junto a su cama dos pares de zapatillas; ir a comprar naranjas para el desayuno; ocuparse con mimo la orquídea que ella le regaló por navidades. Tenía que tratarla con mucho cuidado, vigilando la temperatura y las corrientes de aire, la iluminación y que el agua no se estancase en su recipiente de vidrio, sin agujeros, para evitar que las raíces se pudriesen.

-¿Tú crees que aguantará? -le había preguntado.- No le dará el sol.
-No lo necesita, cielo. Es de interior.

Siempre cocinaba él, mientras ella ponía la mesa. Sabía que no soportaba ver sangre en la carne y que comía sin sal. También había dado con el punto exacto del café. Quedaban pronto, a media tarde, los días eran cortos y ya era de noche cuando los tacones, siempre puntuales, se detenían ante su puerta. Y cuando se alejaban no había amanecido. Se turnaban para lavar los platos y para elegir el vino, que bebían en enormes copas de borgoña.

-Así cuando se termine podrás hacerlas añicos, como en las películas -bromeó Nadia cuando las trajo.
-¿Por qué se iba a terminar?
-Las cosas se terminan, ¿no?
-Ah, no todas -la había abrazado hasta inmovilizarla- no te pienso dejar escapar tan fácilmente.
Una vez puesta la mesa, Nadia siempre llenaba las dos copas en la cocina, mientras él terminaba de preparar la cena.
-Muy buena elección, cariño -comentaba, cuando no había escogido ella el vino. Se apoyaba en la nevera, hablándole, y solía apagar la campana extractora, el ruido tapaba su voz. A él le molestaba que el comedor oliese a comida después, pero tardó meses en pedirle que cerrara la puerta.
-Para que no huela mal mientras cenamos -se excusó, sin dejar de mirar el contenido de la sartén.
-Nos vamos a ahumar ?había protestado ella al cerrarla.

Entonces descubrió, en la parte interior de la puerta, un calendario hecho con una foto en la que Óscar sostenía en brazos a una niña muy pequeña. Los dos sonreían con las cabezas muy juntas.

-¿Quién es?
-Mi sobrinita. ¿A que es estupenda?
-Sí, es mona. ¿Dónde está mi cenicero?
-En tu mesita de noche -abrió la ventana, dejando salir una densa humareda al exterior, mientras entraba un aire helado.- Los solomillos ya están listos.
Óscar llevó la cena a la mesa, olía bien. Nadia había cogido el cenicero y aprovechado para ponerse las zapatillas. El agresivo taconeo fue sustituido por un susurro.
-Me gustas más sin tacones.
-A mí también me gustas más cuando me quito los tacones -se puso de puntillas para darle un beso.- Pon música -le dijo, mientras ella encendía unas velas para, acto seguido, apagar la lámpara.

Durante la cena cambiaron el mundo y charlaron sobre discos, siempre tan de acuerdo, y sobre la orquídea. Por una vez no coincidían del todo, por más que le gustase, a él le daba un poco de pena tener seres vivos encerrados en casa. Pronto zanjaron el tema con un es preciosa. Óscar intentó, cuando Nadia no lo miraba, encontrar alguna arruga alrededor de sus ojos, desde que había sabido su edad siempre buscaba, por curiosidad, algún indicio.

Continuaron la conversación de la cena en la cocina, cerraron la ventana, pero ya hacía el mismo frío que en la calle. Óscar miraba a esa mujer, elegantemente vestida y en zapatillas, que se había puesto sus guantes de fregar. Charlaba animadamente, sonriendo, siempre en su papel. Incluso mientras quitaba la grasa de una sartén. La veía enjuagar el estropajo y mover los labios, sin escucharla. Tenía pensado invitarla a cenar a algún sitio elegante por su cumpleaños. Pero en vez de hablar sólo fue capaz, antes de que se quitara los guantes de látex, de ceñirse al guión besándole el cuello.

Al terminar a Nadia se le habían congelado los pies en la cocina y él se los calentaba en el sofá, enterrados bajo una manta. La observaba de reojo, con la luz en blanco y negro de la televisión, en la que un histriónico Jack Lemmon, en pleno delirio alcohólico, destrozaba un invernadero. Pese al maquillaje se percibían unas leves ojeras, o tal vez fuera algo de cansancio. Y esa boca tan roja, que dejaba su marca sobre la copa vacía.

-¿Te gusta la comida francesa? -le preguntó, acabándose el vino de un trago.
-Sí. -Nadia seguía mirando la pantalla.
-Aquí al lado hay un restaurante.
-¿Ah, sí? -absorta en la imagen de la protagonista despidiéndose, y renunciando así a su marido y a su hija, unas inesperadas lágrimas le mostraron a Óscar, cuando no los buscaba, unos diminutos pliegues en torno a los ojos- ¡Qué cobarde!
-¿Te apetece cenar allí la semana que viene? -le propuso, mientras alineaba con un pie las zapatillas.

Nadia estuvo a punto de soltar la copa al enderezarse de golpe. Estiró la mano para dejarla sobre la mesa de cristal, junto a la orquídea, ya sin flores. Los dos repararon en las retorcidas raíces apretadas contra el recipiente, que en algunos puntos incluso asomaban al exterior.

-Deberías cambiarla a una maceta, así está horrible -comentó Nadia, tapándose y volviendo la vista hacia la película.- Creo que sé cuál dices, es muy elegante, con candelabros.
-¿Pero te apetece? -insistió él.
-No sé -Los dos miraron la pantalla, donde el protagonista veía alejarse a su mujer desde la ventana.- Es complicar las cosas.
-A otras cosas nunca me dices que no?
-¿Cómo me presentarías a tus amigos?
-¿Cuál es el problema? -a Óscar empezaba a agobiarle su trozo de manta y lo dejó sobre sus muslos- Además, sólo hablo de cenar por ahí.

Nadia miraba con atención los créditos. Él no se había planteado cómo convencerla, así que decidió improvisar, desapareciendo bajo la manta que la ocultaba casi por completo. Le besó los pies, al fin calientes.

-Queda mucho invierno? -fue subiendo por sus rodillas, escarbando hasta encontrar la falda- ?no nos queda agua y cada vez tenemos menos espacio? -casi a oscuras y un poco asfixiado llegó al tanga, que le quitó muy despacio con los dientes- ahora no vas a poder resistirte y vas a tener que afirmar.

-¡Tramposo!
-¿Entonces la respuesta es sí?

Al cabo de un rato Nadia, irradiando calor, se destapó. Óscar, con la cabeza entre sus piernas, sintió un alivio enorme. En el menú del DVD los protagonistas sonreían, todavía en sus días de vino y rosas. Apagó con el mando, justo antes de que ella empezase a gemir.

El domingo un camarero lo acompañó a su mesa, Nadia le esperaba retocándose el maquillaje frente a un espejito. Ya había pedido el vino y, cuando lo vio quitándose el abrigo, llenó su copa para brindar, con la sonrisa de la primera noche en los labios.

__Delicioso __dijo él al probarlo, mirando la etiqueta mientras les traían las cartas. Paseó la vista a su alrededor, el aforo estaba casi completo. Todo eran parejas y sus conversaciones se percibían como un susurro, mezcladas con la música, a un volumen agradable. El aire estaba limpio, apenas había más humo que el de las velas que alumbraban el local. Le recordaron a sus cenas en casa. Cuando abrían la puerta de la calle las llamas temblaban y les llegaba un poco de fresco. Entraron dos ancianos cogidos del brazo, recordó que no había comprado naranjas, tenía pensado ir dando un paseo después de la cena. Le gustó el escenario.

-Ya transplanté la orquídea, -recordó- no sé qué hacer con el recipiente, es tan bonito que me da pena tirarlo.
-Puedes poner un par de pececitos -comentó Nadia mirando el menú.- Muy pequeños, eso sí.

Mientras pensaban qué pedir un aire frío les hizo volver la vista hacia la puerta, entró una pareja muy joven, el hombre empujando una silla en la que una niña parloteaba contenta.

-Debería haber pedido una mesa más íntima- comentó Nadia en voz baja, al ver que los sentaban a su lado.
-¿Tú crees?
-Lo digo por el ruido, cariño.-Respondió ella, bajando la vista hacia los entrantes-¿Te apetece una ensalada? No tengo mucha hambre, podemos compartir un entrecot -Llamó al camarero, que se dirigía a su mesa con el pan.- Nos va a traer la ensalada de la casa y un?

-La señora tomará un entrecot, -la interrumpió Óscar- muy hecho y sin sal. Y yo tomaré un tartar. Y también una botella de agua -añadió, juntando las dos cartas para tendérselas al hombre.- Gracias.

Empezaron la cena en silencio, observando a la gente que los rodeaba. No había entrado nadie más y la luz de las velas aumentaba la sensación de privacidad de las conversaciones.

-Hay mucha gente -comentó ella.
-Se está a gusto.
-Creo que no hemos acertado con la ensalada.- Nadia se retocó el pelo mientras masticaba.

Óscar se fijó en sus labios, demasiado rojos, y en una mancha del mismo color que tenía en el pómulo.

-No, la verdad es que no hemos acertado -respondió mientras echaba sal y pimienta a su plato.

Nadia, al llevarse a la boca un trozo de entrecot, arrugó la nariz con asco, estaba medio crudo. Mientras esperaban que se lo trajesen más hecho la niña se acercó a Óscar.

-Qué simpática eres ?la niña le sonrió, apoyando la cabeza sobre su muslo. Pudo sentir el calor de su mejilla a través de la tela.
-¡Qué rica! ?Nadia, que se encendía un cigarrillo, intentó acariciarle la cabeza, pero el fuego del mechero la asustó.
-Te has manchado de pintalabios ?Óscar había dudado si decírselo, vio congelarse su sonrisa mientras se levantaba camino del baño, dejando el cigarro recién encendido en el cenicero. Lo observó consumirse lentamente, dejando una larga ceniza horizontal suspendida en el vacío. La esperó un rato, pero como tardaba siguió comiendo. La puerta del restaurante se abrió varias veces, la gente se iba. Algunas velas se habían consumido. Trajeron la carne más hecha cuando ella volvía, con el maquillaje retocado por segunda vez.

-Estoy horrible -dijo, mirando su plato- ya no me apetece.

Él había terminado y pidió la carta de postres. Al cogerla rozó su copa con el codo, el sonido del cristal al hacerse añicos resonó por encima del murmullo. Nadia pidió perdón al camarero que recogía los vidrios, mientras Óscar seguía en silencio. La observaba desde el otro lado de la mesa, como hacía siempre cuando ella no se daba cuenta. Pero esta vez, al levantar la vista de los postres, Nadia encontró su mirada. Subió la carta, que sujetaba con ambas manos, hasta quedar oculta tras ella.

-No me apetece nada más -dijo, comprobando su peinado.
-Pediré la cuenta.

Antes de salir Óscar había echado un último vistazo a la niña, dormía con la boca entreabierta y las mejillas encendidas.

En la calle, junto a la entrada, los focos blancos deslumbraban un poco. Nadia lo miraba expectante, tiritando, se encovaba cada vez más, apretando el abrigo contra su cuerpo. La luz caía vertical, acentuando el exceso de colorete, mientras él se colocaba la bufanda esquivando su mirada. Al ponerse los guantes reparó en sus tobillos, tan frágiles, cubiertos por unas medias excesivamente finas para esa época del año. Cayó en la cuenta de que estaba demasiado flaca.

-Me ha sentado mal la cena, me voy a casa -por primera vez lo miraba sin sonreír, intentaba sujetar el pelo que el viento había soltado y se le metía en los ojos.- Hasta el jueves. -Se dio la vuelta sin esperar el beso de despedida, alejándose de prisa. El fular rojo se agitaba en su espalda. Óscar se despidió tan bajito que ella no pudo oírle, sus tacones resonaban en la acera y producían eco. La miró parar un taxi y subirse en él, sin volverse ni una sola vez. Por un momento pensó en llamarla antes de que desapareciese. Levantó la mano, pero no llegó a hacerlo.

Estuvo paseando un rato sin rumbo, encerrarse en casa tan pronto no era lo que había planeado para esa noche. Decidió ir a comprar naranjas para el desayuno. Estaban nada más entrar en la tienda, pero no se agachó a cogerlas, el plástico les daba un color excesivo. Camino de la salida compró el periódico. Subía las escaleras con él bajo el brazo, escuchando el sonido de sus propias pisadas, cuando la luz se le apagó en el último tramo.


Rebeca Álvarez Casal realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka

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viernes, abril 11, 2008

El rinoceronte (versión del cuento de J. J. Arreola) por Lola Gallego

No podría decir que los diez años que duró mi matrimonio con mi primera esposa fueron del todo infelices, pero su carácter testarudo y su poca capacidad para acatar los consejos inteligentes que le daba, siempre cargados de lógica y razón, me sacaba de quicio. Sí, la señora del juez McBride, era sin lugar a dudas una mujer obstinada.
Tenía unas ridículas ideas románticas sobre el amor, que no conseguí que desechara. No quería comprender que eso eran cuentos para entretener a las criadas y que una mujer de su posición debía estar satisfecha de haber conseguido la máxima ambición de toda mujer : la protección de un hombre respetable.

Leonor persistió con una obstinación que llegó a exasperarme. Luchó para que me comportara según esas ideas absurdas y lo único que consiguió fue hacerme llegar al convencimiento de que me quería divorciar. Aunque debo decir en su favor que cumplía con sus deberes conyugales a cualquier hora que yo los solicitase con la mayor sumisión y nunca tuve que oír una negativa a este respecto.


Mi segunda esposa, Pamela, me conquistó con su delicada belleza, fragilidad y por su carácter dulce e idealista. Nunca me replica ni me lleva la contraria. Acata con dulzura y sumisión las cosas que digo y no levanta la voz. Me cuida mucho. Es hija de un pastor y ha hecho que retome el hábito de la asistencia dominical a los oficios religiosos.
Hace poco vi a Elinor en la iglesia, no ha perdido su aspecto robusto y su sonrosado color que tan saludable aspecto le dan. Iba acompañada de su actual esposo, un banquero, según dicen, de aspecto afable y me atrevería a decir que un poco más joven que ella.
Las personas que los visitan, me cuentan algunas cosas de ellos, sobre todo elogian las generosas comidas y tertulias posteriores que ofrecen en su casa.
Sí, realmente, Pamela es encantadora y quiere lo mejor para mí. Ella siempre está pendiente, incluso me apaga los habanos a la mitad, raciona el tabaco de mi pipa y hasta dosifica la cantidad de whisky que diariamente es recomendable que tome. Sí, es encantadora. Su fragilidad hace que se resienta su salud y sufre de migrañas que, a veces, la mantienen postrada todo un día en la cama, tardando a veces hasta dos días en recuperarse del todo por lo que no puede, la pobre, cumplir con sus deberes conyugales. Pero el día que está fuerte los atiende solícita y se podría decir que es una mujer ardiente y apasionada . Esto no constituye un problema ya que, debo reconocer, mis exigencias son cada vez menos frecuentes (según el médico no debe preocuparme, ya que es debido a la dieta vegetariana que seguimos desde mi matrimonio con Pamela y de la considerable pérdida de peso que he sufrido), según el doctor eso podría mermar un poco fuerzas y apetitos maritales.

Las horas de las comidas los dos solos en nuestra angosta y larga mesa del salón principal son tranquilas y apacibles. La cocinera prepara un variado repertorio de ensaladas y quesos suaves y cremosos. Según Pamela más saludables que el patagás o el gorgozola.
Mi color pálido y aspecto enjuto no deben preocuparme, ya que tienen el mismo origen: la nueva dieta. Tiene razón, ya no ingiero esas generosas raciones del rosbif que Elinor preparaba con esa variedad de sabrosas salsas y guarniciones con ciruelas, piñones y manzana, perfectamente condimentadas y acompañado del espeso y cremoso puré de patatas, por no nombrar esos excesivos postres y tartas rellenas de crema ¡un exceso! No cabe duda.
Pamela, en cambio, es comedida, cuando me ofusco o apasiono con alguna predica o idea para exponer absolutamente convencido de que llevo la razón, ella, en vez de replicarme, me escucha y, acercando sus dulces labios a los míos, hace callar y luego dice, ya te has desahogado querido y se mete en su cuarto de labores a tejer calcetines para los niños pobres.
Algunas noches llamo con delicadeza a su puerta que en pocas ocasiones encuentro abierta y entonces no insisto, nunca la poseo por la fuerza o la insistencia porque podría ser contraproducente para su frágil salud y yo lo que quiero ante todo es el bien para ella, así es que me doy media vuelta, vuelvo a mi cama, me siento, saco los pies de mis pantuflas y, después de quitarme la bata, duermo toda la noche apaciblemente.
La lujuria a la que me abandonaba con Elinor era sin duda un exceso.


Lola Gallego realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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lunes, marzo 31, 2008

C L E A N B A B A H O M E, por Lola Gallego

El cleanbabahome procede de los pantanos de Ascot, famosos por sus hexagonales columnas de basalto. Es un aplastado ser de unos 40 centímetros de largo y 20 de ancho. En reposo parece un globo blando, muy maleable y con capacidad de atravesar espacios increíblemente angostos. Su piel es translúcida, viscosa y de color indefinido, predominando el verde. A través de ella se aprecia un fluido espeso, que según va envejeciendo se hace cada vez más grumoso.

Su cabeza carece de huesos, tiene dos grandes ojos ovalados de gelatina densa y negra y, entre ellos, destaca un gran pico de gallo por cuyos orificios expele un líquido de agradable olor y efecto anestésico. Debajo del pico hay una ranura tan ancha como la propia cabeza de la que se desborda una inmensa lengua que, acoplándose bajo su parte inferior, le sirve de alfombrilla para deslizarse. En la parte superior de su cuerpo posee una cresta puntiaguda y gomosa.

Se arrastra sobre su lengua de bayeta ayudado por cuatro patas alineadas que acaban en planas ventosas. Es muy útil, deja un rastro limpio y perfumado. Convive con el hombre desde el principio de los tiempos y se alimenta de sudor humano. De metabolismo hiperactivo, no duerme nunca y no para de moverse, recorre continuamente las casas aún estando cerradas las puertas de las habitaciones ya que pasa por debajo de ellas sin dificultad alguna.


Lola Gallego realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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sábado, marzo 08, 2008

VIDAS TERRESTRES, por Carlos Granell



Las lunas del coche cierran herméticamente el interior del vehículo. En el exterior las líneas blancas se disponen simétricas respecto del eje del vial y delimitan la calzada hábil. Además, a un lado y otro de la avenida, las farolas se alzan regularmente sobre el firme. Su luz funcional ilumina el camino mientras que el sol, puesto en occidente, surge en el retrovisor interior.

Con la noche entrada y el vehículo en movimiento, la irradiación de las farolas es intensa y crea un efecto lumínico secuenciado que se repite periódicamente en cada instante. Cada luminaria origina un haz de luz que se difumina en la noche, hasta desaparecer en la zona en la que se comienza a apreciar el haz de la farola subsiguiente. A cada lado de la calzada, la distancia entre cada foco de luz se percibe, desde la posición actual, reduciéndose indefinidamente en una progresión geométrica definida, a medida que la vista alcanza paulatinamente puntos más alejados en el camino venidero. Asimismo, las luminarias equivalentes a un lado y otro del vial se acercan entre sí preservando la simetría respecto del eje del mismo, tanto más cuanto más alejadas se encuentran de la posición actual.

En cada una de los focos, las partículas de polvo orbitan en torno a los bulbos lumínicos creando un microcosmos particular y repetitivo.

En los laterales de la calzada, por detrás de las farolas, la noche es oscura. Cerrada.
A medida que el vehículo avanza, los puntos de luz más próximos desaparecen del campo visual para luego regresar, cada uno por su lado, en el retrovisor exterior que corresponde. En el espejo interior, las luces, alineadas en dos rectas simétricas respecto del eje que el vehículo deja tras de sí, menguan hasta desaparecer. Lo hacen justo en el momento en el que otras, procedentes del camino que quedaba por delante, reemplazan a las ya inexistentes en el reflejo. De frente y más allá de la luna frontal, el efecto lumínico se sigue repitiendo periódicamente según la misma secuencia que antes.

El vehículo avanza y en el instante presente la posición del mismo determina, junto con la del sol, un diámetro de la esfera terráquea. La bruma levanta dos palmos del firme y el aire, saturado de agua, empaña las lunas vehiculares. Ahora, la conducción se desarrolla por la calzada hábil en un entorno de borrosidad luminiscente.

El final de la madrugada trae consigo el rocío y éste devuelve el trasluz en los cristales. Multitud de burbujas de H2O se deslizan caóticamente por las lunas hasta adherirse, unas con otras, según fenómenos de tensión superficial. Con la conducción en curso la bruma escampa y la luna trasera muestra, a través del espejo interior, una mella en el vidrio. La grieta, inapreciable desde cualquier otro punto de vista, permanece incólume en el devenir de los claro-oscuros de las luces, la noche y sus reflejos.


De frente y más allá de la luna frontal, el efecto lumínico se sigue repitiendo periódicamente según la misma secuencia que antes, y las partículas de polvo orbitan en torno a los focos de luz. Las líneas blancas que delimitan la calzada hábil, se disponen simétricas respecto del eje recto de la avenida y fugan en un punto irreal. Allí y ahora el cielo clarea, el sol se alza en el este y alguien, a los mandos de un avión, alinea el astro en su trayectoria. Sobrevuela vidas terrestres.


Carlos Granell realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka

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viernes, febrero 22, 2008

Colección de momentos, por Rebeca Álvarez Casal del Rey


Mientras escribo importan los ruidos que escucho desde mi diminuto estudio. Escucho las discusiones de una madre con su hijo, llenas de insultos y desprecio; y en cambio es posible que piensen que se quieren. Incluso es posible que se quieran. Y oigo a la vecina de enfrente subir, despacio, con el perro que unos inquilinos dejaron abandonado hace unos años. Oigo toser al vecino de al lado, y me pregunto si él me oirá llorar cuando veo en el telediario una noticia sobre un niño asesinado; o cuando me acuerdo del nombre de Juan; o cuando me duele el alfiler del esternón, al pensar en un suelo helado que siempre resbala.

Puedo reconstruir mi infancia con un bolígrafo sobre un mapa de España, nunca lo he hecho, pero sería interesante ver cómo todo queda reducido a una línea. Podría dibujarla en papel cebolla y decir: esta es la historia de mi vida. Los recuerdos más antiguos son una colección de imágenes sin apenas movimiento, en las que una mesa se ve en contrapicado. Mi padre era entonces alto como un castillo, y me llevaba de la mano por las calles de Barcelona. Íbamos a la playa en el tren de cercanías, y construíamos fortalezas en la arena, con muros, torres y empalizadas y luego, cuando un maremoto destruía nuestra obra, me llevaba nadando, agarrada a su cuello, hasta el centro del mar, donde las olas eran inmensas montañas. Pero lo más importante fue cuando me regalaron a Menta, un teckel de pelo largo color fuego, a la que bauticé con el nombre de mis chicles preferidos. Y cuando me dijeron que iba a tener un hermano. Recuerdo que para mí, entonces, no había mucha diferencia entre que me regalaran un perro y tener un hermano, las dos eran buenas noticias y las celebraba preparando bizcochos. Y recuerdo el olor de la tarde al caer, cerca del verano.

Luego, en Vigo, importó la lluvia, ir a pescar al muelle, las vistas al Atlántico desde la casa de Baiona. El sonido del faro los días de niebla, avisando a los barcos de las rocas del fondo; es un sonido que se echa de menos tan lejos de la costa.

Después, en Segovia, ya no importaba gran cosa. Las vistas como pintadas al óleo desde el Alcázar, con esa luz naranja al atardecer; Menta esperándome en el balcón, ladrando al verme volver; la nieve, la odiosa nieve y el suelo helado, ir al colegio con mi hermano apoyándonos en los coches para no resbalar; las novelas de Gerald Durrell y mi colección de insectos, clavados con un alfiler sobre su nombre. Entonces el momento más importantes era, siempre, el de abrir el buzón y encontrar cartas escritas por amigos cuyo rostro y acento se me desdibujaban.

Luego estuvo ese viaje, los castillos de Sintra; las casitas blancas rodeadas de naranjos del Algarve, con el mar azul turquesa al fondo; el faro, no recuerdo junto a qué ciudad. Estábamos en Lisboa, tendría unos once años, la tarde en que mi madre abrió el maletero y Menta seguía durmiendo. Oí una voz, muy lejos, a mi lado: está muerta. Y yo la seguía mirando, sin entender porqué no venía a lamerme la cara moviendo la cola. Entonces ya no importaron ni los castillos, ni los naranjos, ni el océano. Invadida por la sensación de que las montañas no eran lugares sólidos, de que la vida era una broma macabra, que me quitaba el suelo bajo los pies en cuanto me asentaba en un sitio. Y la sensación de que siempre, siempre, había rocas en el fondo. Un hombre alto como una montaña me llevaba de la mano por las calles, antes de que una ola, se le viniese encima, y él se derrumbase como nuestros castillos. Entonces naufragué, y ya sólo importó el alfiler clavado a mi esternón. El alfiler, que aún hoy, me clava al minúsculo espacio que habito y me rodea de palabras.

Ahora importa el túnel de Sábato y su oscuridad, y la imposibilidad de ver un perro muerto en el telediario sin llorar. Ahora importa que en lugar de un túnel paralelo nos separa un océano, y que todo empezó con la frase más tonta, en un momento que entonces no tuvo importancia ?y vos, ¿cómo te llamás??, preguntó Juan, y en ese acento ya estaba la posibilidad del Atlántico, la posibilidad de llorar todas las despedidas de mi vida en el aeropuerto. Ahora todo es un crucigrama de mails, cartas y llamadas, en el que se deduce todo lo que fue, y todo lo que no pudo ser. Y todo lo que ya no será. Ahora quedaremos reducidos a un nombre, que haga que la vida se nos caiga encima, al ser escuchado al azar en medio de una frase. Ahora que sube la marea, demoliendo nuestros castillos. Las minúsculas ilusiones de los hombres, con tanto esmero construidas al borde de la nada.

Ahora sólo importa divagar sobre hojas en blanco, trazando círculos concéntricos cada vez más estrechos, sobre una palabra que siempre se me escapa. Conversaciones triviales que siempre naufragan, en las que se perciben ríos subterráneos, y el sonido del faro, muy cerca, diciendo ?está muerta?. Y bucear, sin branquias, en el espacio líquido de mi maletero, sin poder huir del cordón umbilical que me rodea el cuello; rodeada de anzuelos que se clavan a mis ojos, y me enredan a la ausencia de un nombre.

Importó la cópula de la mantis religiosa, cuando nos observábamos como dos depredadores, agazapados en la penumbra de mi cama. Nunca supimos quién cazaba a quién. Y todo esto ya estaba en la primera mirada. Nuestras almas que gravitaban sin rozarse, girando en torno a una linterna. A ratos se abalanzaban como insectos sobre la luz que las cegaba, quemándose, siempre el otro aguardaba con los músculos en tensión. Y luego el océano, latente ya en la primera frase. No supimos escuchar las olas entonces, dimos tan poca importancia a las rocas del fondo. Ahora importa que todo este dolor viene de no haber encontrado una palabra.

Y hubo un tiempo en que la nieve lo cubría todo y nada importaba, porque todo estaba perdido. A veces es más fácil rendirse y esperar. Esperar que alguien abra la puerta de este maletero y diga ?está muerta?, sin haberme atrevido a construir un solo castillo que no se derrumbe.


Rebeca Álvarez realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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miércoles, febrero 13, 2008

NOSOTROS, por Enrique Sainz


«Como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra». J. J. ARREOLA.


La fértil selva en que vivimos nos regala todo cuanto necesitamos, se supone que por eso la naturaleza consintió los monstruos que somos. La facilidad con que podemos acceder a los alimentos, se alió a la ausencia de peligros en este Infierno del Edén.

Somos lentos y débiles, nuestros brazos y piernas crecen alargándose indefinidamente. Aunque esto en sus orígenes pudo ser una ventaja, degeneró en un desarrollo desmedido que solo se detiene con la generosa muerte. Mientras esta llega vegetamos indolentes y es por eso por lo que el único instinto que nos queda es el de la supervivencia.

Observando los animales de nuestro alrededor, vemos que anhelan reproducirse, es lógico pensar que aquellos que -por conveniencia o por pereza- decidieron no hacerlo, se perdieron sin dejar más historia que una felicidad que no podemos más que sospechar. En nosotros esto es diferente, a medida que nuestras piernas crecen van perdiendo su función, cuando son extremadamente largas, tres o cuatro veces la longitud del torso, dejan de sostenernos.
Durante algún tiempo podemos desplazarnos arrastrados por los brazos, hasta que la longitud de los músculos los hace inútiles, es entonces, cuando nuestra vida depende enteramente de nuestros hijos, quedan estos obligados a movernos unos metros cuando acaba la comida a la que alcanzamos con manos y pies.
No empezamos a notar el peligro que corren nuestras vidas hasta que comienzan las dificultades para cambiar de sitio, es entonces cuando el instinto de supervivencia toma el control, y lo hace llamando a nuestra inteligencia, sustituto triste del deseo. Es la necesidad la que nos lleva a intentar reproducirnos.
Obligados a tener descendencia para sobrevivir aquí y ahora, no en la próxima generación, el instinto de reproducción es innecesario, cualquier tipo de amor sobra en estas circunstancias. Carentes de placer somos, en esto, únicos en la vida. No importa ya qué desapareció primero: el deseo o el placer, me temo que este último.

Nuestros hijos, sujetos por atávicos instintos de obediencia filial, carecen igualmente de amor por sus padres, cuando nos quejamos y lloramos se ven obligados a atendernos. Se ven forzados a arrastrarnos, bien por una pierna o por un brazo, hasta un nuevo comedero, indiferentes a las fracturas de nuestros miembros. No les importa dejarnos enredados entre las extremidades de algún ser de nuestra especie. A veces quedamos atascados ?uno o más de nosotros- en alguna raíz o roca saliente; es frecuente que los hijos, privados de cualquier sensibilidad, destrocen el cuerpo que remolcan; obedeciendo su instinto, tiran con más fuerza cuanto más agudos son nuestros gritos.
Tener hijos nos proporciona unos cuantos años de seguridad, solo nos cuesta un corto periodo de crianza, pero llega un momento en que también estos se tornan incapaces, algunos entonces procuran emparejarse y sobrevivir con la ayuda de sus crías; otros, los más, mueren al no haber previsto a tiempo su necesidad. No pudiendo; por tanto, confiar en la siguiente generación, nos vemos obligados a una sexualidad cada vez más truculenta. Nos acoplamos entre brazos demasiado largos para nada que no sea estorbar, piernas que a menudo se enganchan en algún obstáculo, somos cuerpos en contacto con cabezas que asoman entre los pliegues de la piel. Siempre rodeados de sinuosas extremidades, miramos en nuestra deforme pareja el reflejo de la decadencia de nosotros mismos, vemos en su cara la nausea que nos producimos. Somos -incluso en esto- dependientes de nuestros hijos que han de aportar la vitalidad que nos es imposible.


Enrique Sainz realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka, Arreola

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lunes, enero 28, 2008

los vecinos del cuarto, por Rebeca Álvarez


Todo empezó una mañana de finales de julio, hará poco más de un año. Tras saludar a la enlutada portera, subíamos las escaleras despacio; Sandra se agarraba a mi brazo con una mano y al pasamanos con la otra. Al pararnos a descansar en el penúltimo descansillo, percibimos los inconfundibles sonidos de una mudanza: movimiento de muebles y cacharros, voces y, muy tenue, la risa de un bebé. Ella apretó más fuerte mi brazo, y nuestras sonrientes miradas descendieron juntas a su barriga.

Nunca llegamos a coincidir con ellos, pero sus ruidos cotidianos nos acompañaban; sobre todo una musiquita de nanas que se escuchaba, muy lejana, en el descansillo. Sandra decía que olía a colonia de bebés, no sé, intuiciones de embarazadas. A veces los oíamos discutir, sin distinguir las palabras, debían ser cosas domésticas, sin importancia. Aún así nos gustaba sentir cerca su presencia, a fin de cuentas, también Sandra y yo discutíamos a veces, antes del embarazo.
Un sábado una riña realmente violenta nos acompañó durante el desayuno, y no sé si lo decidimos en ese momento o ya lo teníamos pensado, pero fuimos a pasar el fin de semana con mis suegros, a la casa de las afueras. A la vuelta, el domingo por la noche en plena tormenta de verano, junto al llanto del bebé, especialmente desesperado, y las nanas, se oían unos golpes rítmicos, violentos. Esa vez sí percibí yo mismo el olor del que hablaba Sandra, pero como mezclado con ese otro de cuando un bebé vomita la papilla en el babero. En nuestro piso los golpes sonaban muy fuertes. Pensamos que sería alguna ventana abierta, pero si estaban en casa ¿por qué no la cerraban? Bajé al rellano, ya en pijama, pero nadie respondió a mis insistentes timbrazos. Nada, ahora ni siquiera se oían el llanto ni la música sólo, a lo lejos, el batir de las ventanas. Habrá sido la tormenta, pensé entonces, siempre sugieren más allá de lo que podemos percibir.

__No te preocupes, no deben estar __le susurré muy bajito a Sandra.

__El niño se ha dormido __respondió en sueños.


El lunes tropecé con la nariz aguileña de la portera, que me contó, sin yo preguntar, que los del 4º se habían ido de vacaciones la mañana del sábado. Le hablé de los ruidos de la noche y, disimulando un cierto temblor, sobre el llanto que no estábamos seguros de haber escuchado.

__Habrá entrado un gato.__Fue su lacónica observación.

Al pasar frente a la silenciosa puerta de mis vecinos, agradecí la lógica irrebatible de las abuelas. Y, al bajar aquella tarde con Sandra, distinguí claramente un maullido.

__Llora demasiado.

__No, no te preocupes, están de vacaciones, debe ser un gato que se ha colado por la ventana abierta.

Entonces ella me miró a los ojos con esa mirada que sólo tienen las mujeres, o más bien las madres, con una mezcla de profundidad, temor y sabiduría que va más allá de los hechos.

__No, no es un gato.

__No me mires así que me acojonas. Creo que es mejor que dejemos de ver Cuarto Milenio__nos reímos con ganas hasta más allá del portal.


Al llegar por la noche se había ido la luz y subíamos las escaleras con un mechero, pasado el tercer piso empezaba un olor extraño, Sandra se apretó más fuerte contra mí frente a la puerta del 4º.

__La nana, ¿no la oyes?

__Es posible? será el viento?__Respondí mientras tiraba de ella para llegar a casa de una vez. Pero no había viento. Por un momento deseé que estuviese allí la portera, para darnos la explicación más simple del mundo y quitarnos ese terror infantil.

__A lo mejor han vuelto __se me ocurrió decir, y la presión de su brazo disminuyó.
Al día siguiente el hedor se percibía ya desde nuestra puerta, nauseabundo. Al pasar frente a la de los vecinos un alarido desesperado y rítmico, que no parecía ni animal ni humano, nos hizo bajar corriendo el resto de las escaleras. Y esa vez no estábamos ni a oscuras, ni en medio de una tormenta para justificar el pánico.

__No deberías correr así en tu estado. __fue el buenos días de la portera__ Por cierto, ayer miré desde el patio y la ventana del cuarto está cerrada.

__Pero entonces el gato? ahora? el gato?maullaba?

__Bueno, mujer, pues lo mismo la ventana se encajó de un golpe y se ha quedado encerrado.

__Huele muy mal__comenté, aliviado ante la explicación.

__Algo se debe estar pudriendo en la nevera, los plomos saltaron durante la tormenta. Si quieres me acompañas y miramos.

__No, no vayas __gritó Sandra, antes de salir a la calle sin esperarme. Y tenía razón.

¡Y cuánta razón tenía! Acompañé a la encorvada mujer sólo hasta la puerta. Había un silencio absoluto, y un tenue olor a putrefacción, compacto como la niebla, se filtraba por la ranura de la puerta.

__Estoy pensando que no está bien meterse en la casa de los demás, __ dijo mirándome con sus diminutos ojos__ mejor llamamos a Sanidad__. Una vez allí, sus pensamientos seguían siendo igual de razonables, pero ya no eran positivos.


Nuestro hijo nació prematuramente esa misma tarde, tras meses en la incubadora no puede dormir a oscuras, siempre le estaremos agradecidos por ello. Ha pasado un año y no hay una sola noche sin pesadillas. Ahora soy yo el que se agarra fuerte del brazo de Sandra por la calle. Nunca hablamos de aquello, por lo general no hablamos mucho. Durante el día me aferro a la explicación de nuestra antigua portera: aunque nadie lo vio, había indicios de arañazos en el móvil que colgaba de la cuna, un gato, o tal vez una rata, activó así el mecanismo de las nanas. Un accidente. No entiendo cómo una persona, capaz de oler la muerte, puede negar con esa facilidad lo sobrenatural. Porque por las noches, los miedos agudizados y la culpa, me llevan a pensar, que fue la necesidad del bebé de ser encontrado, la que encadenó los acontecimientos como un grito de auxilio.


Rebeca Álvarez realiza el máster de escritura creativa en Hotel Kafka

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