La celda no tiene más de seis metros cuadrados. La mujer, sentada sobre la cama situada en el fondo, en el lado derecho, es rubia con el pelo corto y sucio. Sonríe en todo momento mientras repasa unas fotografías en color bastante manoseadas, que ha ido despegando y pegando intermitentemente de la pared. Se levanta de la cama y se gira sobre si misma mientras pasa una a una las fotos de atrás hacía adelante, primero una, luego la otra, y se vuelve a sentar. Su sonrisa se va acrecentando con el rítmico pasar de las fotos, primero la otra, luego la una.
La mujer, cada dos o tres fotos, acerca y gira su muñeca izquierda para hacer más visible el reloj negro y pequeño que se aloja en ella. Sonríe, mira las fotos, mira el reloj y vuelve a sonreír una vez más. Cuando los dígitos de su reloj indican las cinco y cincuenta minutos de la tarde, se gira con gran rapidez y de rodillas sobre la cama, pega una a una las fotografías en la pared, primero una, luego todas las demás. Lo hace depositando un beso largo y pausado en cada una de ellas. Todas las fotos muestran a una niña morena. En unas aparece sola, en otras con la mujer de la celda, en otras con un pequeño perro de pelo corto y marrón, otras con un hombre con bigote, moreno y alto. En otras, aparecen todos juntos y abrazados. En otras el perro no está.
En el lado izquierdo de la celda y frente a la cama hay un pequeño lavabo y un váter sucio y mate. Encima del lavabo dos trozos de madera hacen las funciones de estantería, donde se apilan multitud de botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. No hay espejos. Más próximo a la puerta de la celda y también en el lado izquierdo, frente a la cama, un armario y una pequeña mesa estrecha junto a la pared, conforman el resto del mobiliario de los seis metros cuadrados. El armario tiene las puertas cerradas pero un pequeño trozo de tela violeta aparece entre las dos puertas. Encima del armario una manta enrollada y tres cajas de zapatos se elevan hasta el techo. Entre la mesa y el lavabo un trozo de pared blanca sustenta un calendario grande, con los números grandes y negros, con una foto grande sobre el propio calendario, donde se ve un paisaje montañoso con cumbres grandes llenas de nieve y laderas verdes y extensas. Los picos y las laderas verdes se reflejan en un lago que se muestra en primer plano. Minutos antes de besar las fotos, de despegarlas y pegarlas una a una de la pared, la mujer rubia con el pelo corto y sucio ha puesto una raya de rotulador negro sobre el día 23 de abril, miércoles, que a su vez se encontraba marcado con un circulo de rotulador negro, con varios círculos superpuestos de rotulador negro. Mientras lo hacía, su cuerpo daba pequeños saltitos a la vez que una sonrisa iba demudando su rostro.
Una vez que la mujer a pegado todas las fotografías en la pared. Se abrocha la camisa roja que hasta ese momento llevaba desabrochada sobre un sujetador negro, y se acerca a la puerta de la celda. En ese momento un hombre alto y con barriga se sitúa por fuera de la celda, delante de la puerta. El carcelero lleva un uniforme azul marino, sencillo. Gira una llave y abre la puerta. Tras unas palabras breves del hombre, la mujer sale de la celda y se sitúa delante de él.
Después de unos minutos recorriendo diversos pasillos y salas de las instalaciones llegan a una sala pequeña de unos 15 metros cuadrados, donde una mujer vestida con el mismo uniforme que el carcelero, le hace pasar a otra sala contigua. Esta sala, mucho más grande que la anterior, tiene una de las cuatro paredes que la conforman totalmente acristalada. Esta cristalera, a su vez, está divida con pequeñas separaciones de madera formando cabinas con un pequeño mostrador pegado al cristal. En cada una de estas cabinas se encuentra una mujer, excepto en una, que está libre para ella. Las mujeres, con unos pequeños teléfonos colocados sobre los diferentes mostradores, hablan, alguna llora, ninguna ríe. Al otro lado del cristal, al otro lado de cada una de esas cabinas, otras personas gesticulan y hablan con las mujeres de este lado, también con unos pequeños teléfonos, algunas ríen, pero ninguna llora.
La mujer rubia con el pelo corto y sucio atraviesa la sala para ocupar la única cabina libre. Mira hacia el otro lado del cristal, y sin despegar sus ojos de los del hombre que tiene enfrente, descuelga rápidamente el pequeño teléfono que encuentra en su mostrador. Es el hombre que aparecía con la niña y con ella en alguna de las fotografías de la pared. El hombre es alto y permanece sentado con una mano sujetando el teléfono junto al oído izquierdo y la otra moviéndose intermitentemente del pequeño mostrador a su cara, a su pierna, de nuevo a su cara, se toca los párpados, y vuelve a dejarla sobre el mostrador, así una y otra vez mientras habla con ella. El hombre lleva una falda negra ceñida por debajo de la rodilla, unas medias negras muy tupidas y unos zapatos negros con un poco de tacón. En la parte superior, los cuellos de pico de una camisa negra sobresalen por encima de una jersey ajustado del mismo color. Lleva el pelo más largo que la mujer, suelto sobre los hombros, ya no lleva bigote pero su rostro deja entrever una barba de dos o tres días. Lleva poco maquillaje pero sus labios destacan pintados de un rojo muy suave. Ella se mueve constantemente en la silla mientras no para de decirle cosas a través del teléfono. El hombre, más frío y con el rostro bastante serio calla. Al cabo de un minuto la mujer deja de hablar y de los ojos del hombre comienzan a brotar dos lágrimas que recorren su rostro sin afeitar. Tras esas dos primeras lágrimas vienen otras que continúan recorriendo su rostro, esta vez dejando una estela negra de rimel sobre sus pómulos. Entre lágrimas y sin variar el gesto, él comienza a hablar. Entonces ella fija su mirada en él y su rostro cambia por completo. Ya no hay rastro de aquella sonrisa que la había acompañado en las últimas horas, en los últimos días. El gesto se congestiona y la cara se vuelve roja, mientras él, al otro lado del cristal, no deja de hablar pausadamente, mientras sus ojos continúan produciendo lágrimas. El hombre se calla y la mujer se pone de pie dejando caer el teléfono al suelo. Comienza a andar hacía atrás, hacia la pared opuesta a la cristalera, mientras se tira del pelo y el resto de mujeres se vuelven para mirarla. En ningún momento ha apartado su mirada de la del hombre. Entonces cae al suelo y comienza revolverse sin parar de gritar entre llantos. Dos mujeres uniformadas entran en la sala. No pueden levantarla y entra una tercera. A los pocos segundos entra una cuarta y finalmente se la llevan a su celda.
Tras cerrar la puerta. Las mujeres se alejan por el pasillo. Mientras, ella, que parece más calmada, se levanta del suelo donde con malos modos la han dejado después de arrastrarla. Clava su mirada en la pared de las fotografías y se acerca a ellas lentamente. Se sube a la cama, y de rodillas en ella, comienza a despegarlas una a una. Primero con cuidado y despacio, luego rápidamente y a tirones. Su cara se surca de lágrimas. Sentada en la cama va eliminando su figura de cada una de ellas. Lo hace con sus propias manos, cercenando su propia imagen y salvando la de ellos, especialmente la de la niña. El perro ya no le importa. Cuando ha terminado se pone de pie y deja el puñado de fotos de la niña sobre la almohada, hasta ese momento las ha tenido depositadas con fuerza sobre su vientre. En la mano derecha lleva todos los recortes y trozos donde sólo aparece ella. Sigue llorando. Se acerca a la ventana que se encuentra al final de la celda, entre la cama y el lavabo. Antes de apoyar el conjunto de recortes y trozos de fotografías sobre dos trozos de madera que hacen las funciones de estantería, se deshace lentamente de los botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. Y así, lentamente coge cada uno de esos trozos y los comienza a rajar sin mirarlos, con la mirada perdida a través de las rejas de la ventana. Primero uno, luego el otro. Lo hace lenta, pausadamente, sin movimientos bruscos. Primero el otro, luego el uno. Los pedazos, cada vez más minúsculos, los va dejando caer a través de la ventana, extendiendo el brazo y dejando que la fuerza del viento los separe de su mano. Cuando ha terminado, de sus ojos ya no brotan lágrimas. A través de la ventana, fija la mirada en el cielo, se agarra a los barrotes, y puede ver como en ese momento, ha llegado la noche.
Francisco J. Fdez es alumno del taller de escritura creativa en Hotel Kafka.
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