La tumba sin nombre
Algunas noches, cuando siento la casa enorme y ajena, tengo que caminar hasta el cementerio. Es como si supiese que hay allí una pequeña luz encendida esperando que vaya a apagarla; de no hacerlo, no conciliaría el sueño. Me llama como las sirenas a Ulises.Dando un paseo, voy dejando atrás todas las tumbas, ya necesariamente conocidas (buenas noches, señor Benavides; cómo le va, doña Lucía), y llego a la tumba sin nombre. El ritual es siempre el mismo: limpio la tierra o las hojas que pueda haber por encima y me tumbo lentamente, con la cabeza junto a la lápida. Cierro los ojos y trato de escuchar.
Ya casi con las luces del alba, regreso a casa y me acuesto. Entonces, paso la mano por el cabecero de mi cama y me estremezco con su fría caricia de piedra, y con terror compruebo que sobre él no hay escrito ningún nombre.
Madrid, 15.XI.06
Autor: Jesús Cano. Madrid 1986. Actualmente estudia 3º de Filología en la UCM y el curso de microrrelato en Hotel Kafka.



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