Ave de ciudad
A menudo cruza la plaza un pájaro azul oscuro, sólo la cruza volando y sólo ha sido ha sido visto, de este modo, deslizándose suavemente por un hilo invisible. El hilo se corta siempre en el mismo lugar y el ave se precipita tras un tejado y desaparece.
De niño me decían que el pájaro azul odiaba a los paseantes, capaz de volar entre las ramas de los árboles huía invisible hacia el refugio de los otros pájaros, pájaros también azules. Ellos lo saben, de niño se aman los tirachinas.
Hoy hace cien días que no duermo; cuando la noche se cierra, cuando todos duermen, abro las ventanas y trato de ver una sombra que viva, entonces el pájaro no existe, entonces miro a la plaza, entonces está vacía y entonces alzo mis ojos.
Dos veces me he equivocado hoy y como el pájaro ya no quisiera ver gente, no, no la quisiera ver; quisiera cruzar la plaza y caer invisible tras los tejados. Es así como quizá el pájaro construyó su rutina, subido al carrusel en el que se persigue una y otra vez a sí mismo. Como un conjunto de cajas chinas, cada una conteniendo en su interior otra más pequeña; cada caja que se abre genera un canto cada vez menos sonoro.
Así enmudecen lentamente las aves y las ciudades?
Pero no, yo he roto la rutina, dos veces me he equivocado hoy. He comprado la escopeta y subido en mi coche; lo sé: es ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir.
José Antonio Redondo, alumno del curso de relato breve, impartido por Eloy Tizón
19 de diciembre de 2006
Inspirado en un relato de Alberto Moravia
De niño me decían que el pájaro azul odiaba a los paseantes, capaz de volar entre las ramas de los árboles huía invisible hacia el refugio de los otros pájaros, pájaros también azules. Ellos lo saben, de niño se aman los tirachinas.
Hoy hace cien días que no duermo; cuando la noche se cierra, cuando todos duermen, abro las ventanas y trato de ver una sombra que viva, entonces el pájaro no existe, entonces miro a la plaza, entonces está vacía y entonces alzo mis ojos.Dos veces me he equivocado hoy y como el pájaro ya no quisiera ver gente, no, no la quisiera ver; quisiera cruzar la plaza y caer invisible tras los tejados. Es así como quizá el pájaro construyó su rutina, subido al carrusel en el que se persigue una y otra vez a sí mismo. Como un conjunto de cajas chinas, cada una conteniendo en su interior otra más pequeña; cada caja que se abre genera un canto cada vez menos sonoro.
Así enmudecen lentamente las aves y las ciudades?
Pero no, yo he roto la rutina, dos veces me he equivocado hoy. He comprado la escopeta y subido en mi coche; lo sé: es ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir.
José Antonio Redondo, alumno del curso de relato breve, impartido por Eloy Tizón
19 de diciembre de 2006
Inspirado en un relato de Alberto Moravia



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