La Maqueta
Me ha dicho que me vaya a vivir con él a mi ciudad. Sé a cuál se refiere, pero no le he hecho caso y he procedido a tomar mi desayuno en la cocina, evitando entrar en el salón, como es buena costumbre desde que amanece. He pensado nombres que ponerle, como cada día. Aquello empezó llamándose El barrio. Era un parque dividido en dos. Uno de arena con porterías y canastas, un auditorio y un bar con terraza. El otro de césped, tiendas de helados, un pequeño estanque y metro. De allí salían cuatro calles. La calle uno estaba señalada como la del colegio, con pisos cerca, un restaurante y farmacia. La dos era de casas prefabricadas, un estanco y videoclub. La tres era una iglesia, un hospital y una explanada donde, de vez en vez, dar cabida a algún circo ambulante. La cuatro era una floristería, la casa del pan, la tienda de electrodomésticos y una infinidad de negocios varios hasta llegar a mi salón, compuesto por una maqueta que, a lo largo de mi vida, he ido colmando de bienes, hasta que decidió mantenerse por sí misma, expandiéndose a sus anchas por el resto de mi casa, entiéndase por ello, pequeños colonos haciendo sus labores, que la señora de la limpieza que viene los martes termina barriendo y destinando al cubo de deshechos no reciclables.
A veces me encuentro en el café con leche algún habitante, y apenas decido aparcarlo con la cucharilla, procedo a llevármelo a la boca para masticarlo y decidir que sabe a mí más que soy yo, aun a sabiendas de que dichos habitantes, al estar compuestos básicamente de cáscara, provocan en ocasiones un ardor o, en su más leve signo, pequeños gases que, a lo mucho, me provocan dolores de cabeza que se me pasan durmiendo.
Ayer Lisboa creció e incluso se hizo un jardín de más en las afueras. El periódico muestra al alcalde del lugar plantando una semilla en el centro del mismo. Crecerá un castaño o un cerezo, dentro de poco, en Chad. El desierto a las orillas del mar Rojo es una opción de bien para una maqueta que presume de lugar común, pero que sólo es un salón en el que no quiero entrar para no provocar una catástrofe como ya hice con Atenas hace años. El mar comenzó llamándose Dulce por capricho de mi madre que tarde se hundió en él arrepentida, pero es, o era de inicio, papel plástico azulado al envés de una luz blanca que iluminaba a los de dentro, buceadores del parqué de mi salón, además bancos de peces, escuelas de truchas, manadas de salmones y un tiburón medio ciego. Delfines no había. Ese fue el motivo de ampliar el barrio. De entre los grandes errores de mi vida prefiero destacar aquel. Eché en falta delfines e hice un zoo. Fue un primer paso, entonces inconsciente, que me llevó a entrar en otro barrio y luego en otro seducido por la idea de un cementerio. Lugares que no estaban en el barrio y hoy están todos detrás de una puerta que, cuando no miro, gira alrededor del sol.
Tomado ya el café, una niña viene e instintivamente le preparo unos kellogs. Me pregunta qué es el cielo e instintivamente le digo que es aquello que está arriba de La Tierra. Me da un beso e instintivamente le digo que la quiero. Si me preguntase por qué, le diría quizás que se debe a que es tamaño estándar. Un día, como es costumbre en los pequeños, se hará mayor y comprenderá o no que no es todo tan fácil como salir de la casa e ir a un colegio de monjas que está bajando la calle, haga frío o calor, cambiar dos veces de acera, ver los escaparates, mientras, de las tiendas aún cerradas, con una mochilita de cuadernos cargada a su pequeño hombrillo.
Una copia del mundo vale más que el mundo mismo, pero el mundo se copia a sí a cada momento. Es un examen al que poner frases que luego son Keops, la Torre Eiffel, la Estatua de la libertad etc... Antes, al menos, era así. Y es de educación ingrata construir la pirámide a Keops y luego no ponerse con Kefrén y Micerinos, con lo cuál una maqueta ha ido creciendo... sin que uno le pida mucho más que no desaparezca.
Siempre, cada día, al menos desde que recuerdo una niña en la casa bajando a la cocina tomando yo café despierto, me han pedido o llaves de la ciudad o que me vaya a ella. No me dejarán ser un alcalde de algún sitio ni nada parecido. Aspiraré a un humilde puesto de funcionario en el sofá que da al televisor y soñaré con ganar un concurso de maquetas para sacar un dinerejo y dárselo a la niña. Si es tan lista como creo, aparte lo generosa que se la intuye, invertirá en el propio salón como materia de estudio en universidades y, para que compre acciones en los servicios de información y bolsa del mayor de los estados, me dará los avisos encendiendo y apagando la luz de la mesita; aquella que los habitantes de este lugar entendemos por guía que posibilita un horario, aparte noción de clase, infraestructura y, lo más del grado, el cariño de unos delfines en un zoo, como ya dije para el telediario del canal 26, cuyas jaulas para animales indeseables empezaron siendo unos palillos partidos a mitades mismas en un segundo barrio, aún por hacer entonces, entre el tabique de trastos y el blanco jarrón con cuyos restos fabriqué el Sydney Center hace poco más de un año y medio.
A veces me encuentro en el café con leche algún habitante, y apenas decido aparcarlo con la cucharilla, procedo a llevármelo a la boca para masticarlo y decidir que sabe a mí más que soy yo, aun a sabiendas de que dichos habitantes, al estar compuestos básicamente de cáscara, provocan en ocasiones un ardor o, en su más leve signo, pequeños gases que, a lo mucho, me provocan dolores de cabeza que se me pasan durmiendo.
Ayer Lisboa creció e incluso se hizo un jardín de más en las afueras. El periódico muestra al alcalde del lugar plantando una semilla en el centro del mismo. Crecerá un castaño o un cerezo, dentro de poco, en Chad. El desierto a las orillas del mar Rojo es una opción de bien para una maqueta que presume de lugar común, pero que sólo es un salón en el que no quiero entrar para no provocar una catástrofe como ya hice con Atenas hace años. El mar comenzó llamándose Dulce por capricho de mi madre que tarde se hundió en él arrepentida, pero es, o era de inicio, papel plástico azulado al envés de una luz blanca que iluminaba a los de dentro, buceadores del parqué de mi salón, además bancos de peces, escuelas de truchas, manadas de salmones y un tiburón medio ciego. Delfines no había. Ese fue el motivo de ampliar el barrio. De entre los grandes errores de mi vida prefiero destacar aquel. Eché en falta delfines e hice un zoo. Fue un primer paso, entonces inconsciente, que me llevó a entrar en otro barrio y luego en otro seducido por la idea de un cementerio. Lugares que no estaban en el barrio y hoy están todos detrás de una puerta que, cuando no miro, gira alrededor del sol.
Tomado ya el café, una niña viene e instintivamente le preparo unos kellogs. Me pregunta qué es el cielo e instintivamente le digo que es aquello que está arriba de La Tierra. Me da un beso e instintivamente le digo que la quiero. Si me preguntase por qué, le diría quizás que se debe a que es tamaño estándar. Un día, como es costumbre en los pequeños, se hará mayor y comprenderá o no que no es todo tan fácil como salir de la casa e ir a un colegio de monjas que está bajando la calle, haga frío o calor, cambiar dos veces de acera, ver los escaparates, mientras, de las tiendas aún cerradas, con una mochilita de cuadernos cargada a su pequeño hombrillo.
Una copia del mundo vale más que el mundo mismo, pero el mundo se copia a sí a cada momento. Es un examen al que poner frases que luego son Keops, la Torre Eiffel, la Estatua de la libertad etc... Antes, al menos, era así. Y es de educación ingrata construir la pirámide a Keops y luego no ponerse con Kefrén y Micerinos, con lo cuál una maqueta ha ido creciendo... sin que uno le pida mucho más que no desaparezca.
Siempre, cada día, al menos desde que recuerdo una niña en la casa bajando a la cocina tomando yo café despierto, me han pedido o llaves de la ciudad o que me vaya a ella. No me dejarán ser un alcalde de algún sitio ni nada parecido. Aspiraré a un humilde puesto de funcionario en el sofá que da al televisor y soñaré con ganar un concurso de maquetas para sacar un dinerejo y dárselo a la niña. Si es tan lista como creo, aparte lo generosa que se la intuye, invertirá en el propio salón como materia de estudio en universidades y, para que compre acciones en los servicios de información y bolsa del mayor de los estados, me dará los avisos encendiendo y apagando la luz de la mesita; aquella que los habitantes de este lugar entendemos por guía que posibilita un horario, aparte noción de clase, infraestructura y, lo más del grado, el cariño de unos delfines en un zoo, como ya dije para el telediario del canal 26, cuyas jaulas para animales indeseables empezaron siendo unos palillos partidos a mitades mismas en un segundo barrio, aún por hacer entonces, entre el tabique de trastos y el blanco jarrón con cuyos restos fabriqué el Sydney Center hace poco más de un año y medio.
Carlos Ulrich, Casablanca 1977, diplomado en Sociología por la UNED. Es alumno del master en escritura



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