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jueves, febrero 01, 2007

Lo que de verdad desasosiega





No sé por qué tendría que ponerme nervioso, y era verdad, no había motivos para que lo estuviera, y de hecho Juan no lo estaba. Mucho peor cuando me operaron del apéndice, a la memoria le venía aquel dolor lacerante, los interminables minutos hasta que llegó la ambulancia, la hospitalización urgente, el susto que se llevaron sus padres, he hecho bien en no avisarles esta vez, qué les podría haber dicho, me he pegado un golpe con el coche, había perdido el conocimiento, y me he despertado en un hospital pero no tengo dolores, supuso una exploración de rutina, dicen que en caliente no se nota nada, pero ya había pasado mucho rato, en cuanto acabara todo les llamaría. No estoy nervioso, y de verdad que Juan no lo estaba.
La habitación era amplia, y el sol se colaba a torrentes por una ventana que daba sobre un jardín: las copas de los árboles, la tenaz alfombra del césped. Más allá no había nada, debemos estar por las afueras, lo mismo es la Clínica de la Zarzuela, había estado cuando lo del menisco de Alberto, qué estará ahora haciendo el muy mariconazo. Jugueteó un poco con la persiana hasta encontrar la penumbra adecuada, no quiero asarme de calor cuando me traigan de vuelta. Un distraído recuento de sus nuevas posesiones le informó de que disponía de un televisor, por la noche podré ver el fútbol si ya estoy bien, un teléfono, dos armarios empotrados, una cama llena de palancas, a ver si me la pueden poner bien rígida porque si no la espalda luego, una rejilla de aire acondicionado, el servicio, unos agujeros, serán para el oxígeno, y una mesita reclinable. No tenía nada mejor que hacer, y repitió el inventario, en el que destacaba, un poco incongruente a causa de su color, joder, aquí todo es blanco, el sillón de cuero negro. El silencio, el hambre, el tibio piar de los pájaros, la opresión láctea que le rodeaba, si tardan mucho me pongo con ese periódico de ahí que a saber de cuándo es, el indefinible olor a medicamento, a monja aunque no las había, me empiezo a aburrir, y la tentación del timbre, pero no, si prisa no hay, y por distraerse recordó el frenazo, el golpe un poco tonto, a ese tío se le va a caer el pelo, él había respetado el ceda el paso y el otro se había precipitado, menos mal que renové lo del seguro, entonces recordó a la enfermera que le había despertado para la exploración, esa tía podía ser perfectamente modelo, un poco bajita quizás, lástima, le parecía que estaba perdiendo su tiempo en el hospital, puede que sea eso que llaman vocación, qué vocación limpiar el culo a los viejos, hermosos ojos, esa naricita, y encima le había sonreído, no se ponga nervioso, que esto se acaba enseguida, y cómo se movía la muy.
Bostezó, qué manía lo de no dejarte comer, iba a ser una exploración rutinaria y para eso le torturaban con no dejarle comer, ¿ni siquiera unos yogures?, ni siquiera, le había advertido la enfermera, tenía toda la pinta de llamarse Claudia o algo así, me juego lo que quieras. Se le erizó la piel, podría echarme un poco en la cama, una cabezadita, se asombraba de estar tan tranquilo, no es más que una simple exploración, media hora a lo sumo, mira que son pedantes los médicos, exploración le parecía una palabra demasiado técnica, pero chequeo me recuerda a los coches, cómo dicen ahora, ¿autodiagnosis?, por los altavoces se rogaba a una tal doctora Argüelles que se presentase en Dirección, he hecho bien en no llamarles, mamá siempre tan angustias, y luego papá y sus consejos, mañana en cuanto me den el alta, esperaba que no telefonearan a la oficina preguntando por su hijo, ya sería casualidad, no lo han hecho nunca, si se enteran de que no estoy allí, eso son tonterías, cómo van a, desbarató la idea como quien aparta el humo de un manotazo, a ver qué dice, era un periódico como cualquier otro, en el sector energético, uno de los más cuestionados por las continuas alzas de la gasolina, el Gobierno impide abrir nuevas gasolineras en los próximos cinco y tres años, respectivamente, a Repsol y Cepsa. También estimula la competencia en la distribución del gas, al limitar la presencia de los grandes grupos en Enagas. El ejecutivo se compromete también a bajar, la misma monserga de siempre, mejor me acuesto un rato, tiró el periódico al suelo, ya me podían haber puesto una almohada más blanda.
Llamaron a la puerta, señor Díaz, se incorporó con brusquedad, y una sonrisa encantadora iluminó la habitación, buenos días, qué tal va eso, joder, si parece la hermana gemela de, tuvo que dejar sus pensamientos para responder trabucándose, buenos días, una especie de cofia apenas escondía una catarata de pelo negro como el carbón, ojalá hubiera hecho medicina en vez de derecho, y se rió de su propio chiste, buenos días, repitió, sus dientes inmaculados degradaban el blanco de las paredes, soy Marta, y te traigo la bata, cejas perfectamente perfiladas, le pidió que se la fuera poniendo porque le iban a bajar en cinco minutos, están mucho más guapas sin maquillaje, eso es lo que más las favorece, y ella se inclinó para alisar los pliegues de la cama, y sus formas ennoblecieron la bata que las custodiaba, ¿necesitas algo?, no, no gracias, y se cabreó al darse cuenta que había sido el momento para una broma, algo gracioso tipo enfermera-paciente, pero Marta ya se iba, hasta dentro de cinco minutos, elevó la mano haciéndose el desenvuelto, hasta ahora, se le olvidó Marta, y tuvo que acallar sus pensamientos, no jodas, una erección ahora no, con la bata se me iba a notar todo, y con la puerta aún cerrándose contuvo una carcajada, lo que no me pase a mí, meneaba la cabeza como si no se lo creyera, cuando se lo cuente a.
Al quitarse los calcetines sintió un escalofrío, por qué no pondrán parquet, lo mismo es que el terrazo es más limpio, yo qué sé, y se desnudó doblando cuidadosamente los pantalones y metiéndolos en el armario. Una duda le asaltó, no sé si será necesario que, se paró un momento, en el pasillo alguien empujaba una silla de ruedas que chirriaba, cualquiera puede entrar y me va a pillar así, y se quitó los calzoncillos y se puso la bata rápidamente, qué ridiculez, y todo esto para una exploración rutinaria, repitió dos veces rutinaria, como esos chistes de médicos salidos que, una idea le hizo tragar saliva, no jodas, y se miró a ver si se trasparentaba, menos mal, no es cuestión de ir por ahí enseñándolo todo, y aflojó un poco el nudo trasero porque se le ceñía mucho, los médicos le parecían un poco fatuos, vaya parafernalia para luego pegarnos un palo en la factura, sonriendo porque no estaba nervioso, menos mal que no estoy nervioso, ¿ha dicho quirófano?, le sonó un poco fuerte, habría preferido que me hubiera dicho sala de rayos X, o sencillamente consulta del doctor el que sea, quirófano es sólo por impresionar, no había dicho quirófano, literalmente había dicho que le iban a bajar, pero supongo que será al quirófano, en fin, mejor dejarlo.
Buenos días, Señor Díaz, y se volvió para encontrarse con el óvalo perfecto, la elegancia en la voz, en el porte, esas mujeres que llaman de edad indefinida pero que deben tener unos esplendorosos treinta y cinco o cuarenta años, la sencillez de la bata blanca con ese cabello que cae, brillante y sedoso, y unos ojos brillantes como los faros de un coche, pero dónde coño estoy, el toque coqueto de esos pendientes en forma de pulpo, y saludó mientras pensaba que vaya cosas, hay que joderse con la medicina privada, esto no pasa en la Seguridad Social, buenos días, y esos dientes como perlas, esos labios de intenso carmín, de rojo coral, le iban a hacer una exploración rutinaria y no tenía la cabeza como para ser especialmente creativo, soy la doctora Pardo, ¿decir una galantería?, buenos días, doctora, no dejaba de ser curioso, se alarmó de repente, no, no trasparenta, qué corte si, por favor, suba a la camilla, que dentro de nada bajamos al quirófano (ahora sí lo había dicho, quirófano, bien clarito), se puso las manos sobre los muslos para que los faldones no, la doctora sonrió y acercó sus labios a la mejilla de Juan, fue un beso, me ha dado un beso, ni demasiado largo ni demasiado corto, acabaremos enseguida, es un trámite, le dijo que acabarían enseguida, que no era más que un trámite. Al salir por la puerta tamborileó con las uñas sobre el pomo, un mero trámite. Y yo aquí sentado como un idiota, se tocó la mejilla recién besada, a qué ha venido eso, tardó algo en darse cuenta de que algo brillaba en las yemas de sus dedos, sangre o carmín, un mero trámite me ha dicho.
Quizás el golpe no ha sido tan insignificante, se atragantó, quizás. Un calor súbito le invadió, y forzó sus sentidos, pero sigue sin dolerme nada, se apretó la rodilla, el antebrazo, nada. Reordenó la secuencia de imágenes, el R-5 estampándose contra el costado de su furgoneta, tuve que frenar porque ya estaba dentro de la rotonda, algo cosquilleó dentro de su estómago, no me acuerdo si me puse el cinturón, normalmente se lo ponía nada más sentarse en el asiento pero, es verdad que cada vez me aprieta más, desde que dejé el futbito no paro de engordar, necesitó coger el periódico y leer un poco más, los usuarios podrán elegir operador telefónico para sus llamadas locales a partir de noviembre, así como disponer de una tarifa plana para Internet de 2.750 pesetas al mes, aunque en horarios restringidos. La reforma de los horarios comerciales también se aprobó, con lo que la libertad para el pequeño comercio es total. Las grandes superficies, autorizadas ahora a abrir ocho domingos al año, aumentarán esta cifra progresivamente hasta doce. También se verán afectados por el plan del Gobierno, una sensación de calma le invadió, el Gobierno y todo eso, probablemente sí se había puesto el cinturón.
Volvió a arrojar el periódico al suelo, y sólo en ese momento se fijó en la nueva enfermera, tartamudeó al saludar, pestañas, labios entreabiertos, buenos días señor Díaz, pómulos, otras regiones, el delicado engarce del pecho con el cuello, y encima todas me sonríen, ¿he dicho encantado?, había dicho encantado, he sido capaz de decir encantado, me van a tomar por un, dudó si pensar lechuguino, dudó si pensar cursi, y la enfermera seguía sonriendo, apóyese en mí y no tenga miedo, no, si yo no, y un tacto de melocotón recorrió su cuerpo apenas velado por esa bata que ahora sentía como de papel, mucho peor que estar desnudo, y su espalda contra la camilla, casi oliendo el embriagador perfume que seguramente no llevaría, cómo se van a poner colonia en un hospital, y sus piernas al trasluz, y tan mimosa en el ascensor, no se ponga nervioso, y la fascinación que le impedía ponerse nervioso, cuando ponerse nervioso era lo único sensato que se podía hacer, quizás ahora una broma pero mejor no, algo como que el tío que me operó de apendicitis era más feo que, y las puertas que se abren, y falta la sorpresa cuando la doctora presenta a su equipo, Señor Díaz, ésta es la Anestesista, la doctora Palacios, esa mirada huidiza, esos ojos como de cierva herida, el permanente rubor en las mejillas, el pecho altivo e indomesticable, la cascada de tópicos, enenencantado, ahora sí que sí, lo he dicho, y encima tartamudeando, y ésta es la enfermera Méndez, una idea empezaba a cuajar en su cabeza, pero llámeme Ana, hasta ahora no le habían salido pelirrojas, con hoyuelos al sonreír además, se me olvidó ponerme el cinturón, ahora estoy seguro, y esos ojos azules como charcos de agua limpia, algún antepasado nórdico, ese cadena con crucifijo que se abisma hacia, y no hizo falta que le presentaran al resto del equipo, me he matado y estoy en, la escultural Nuria, que saludó agitando la mano, hola, estirando la bata hasta inflamar sus costuras, estatua de algodón, y dos más indistinguibles al fondo, bastaba su presencia cálida y acogedora, pongamos Venus y Afrodita, Doctora Pardo, yo, el índice en los labios, primero en los suyos y luego en los míos, será mejor que no hable, vamos a empezar, y sí la Doctora Pardo es, todas las sonrisas se congregaron a su alrededor, un coro celestial y bullicioso, pero es que yo, si está nervioso cójame la mano, y no supo quién lo había dicho, venga, no sea tímido, y agarró aquella piel tan suave que se le ofrecía, aquella sólida caricia, y dejó que aquel ejército de aleteantes bellezas se apoderase de su cuerpo al tiempo que el galope de la anestesia (o lo que fuera) reprimía una incipiente mueca de nerviosismo.

Juan Carlos Muñoz (Alcalá de Henares, 1964). Amateur. Realiza el Master en Escritura Creativa de Hotel Kafka.

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