Hadas, por Guillermo de Roebruk

Chicas, os presentó a María.- la señorita Dei Ampari batía palmas para llamar la atención de las demás que meditábamos en el jardín.
María apareció ante nosotras con el rostro triste y vacío de las potenciales, sus coletas apretadas a las sienes trataban de disimular que había llegado tarde, que ya era una mujer. Me fijé en sus caderas perfectamente trazadas y en sus pechos que ocultaba tímida, bajo un jersey demasiado grande para ella.
Permanecía medio escondida tras la señorita Dei Ampari, observándonos una a una, sin decidirse a tendernos la mano o a besarnos las mejillas. Me acerqué a ella y la besé en los labios.
Ella no dijo nada, sólo abrió los ojos de par en par observándome con sorpresa. En ese momento supe por qué la señorita Dei Ampari me había elegido para ser el ángel de María: por fin yo estaba preparada para enseñar. Sentí cómo algo parecido una corriente eléctrica me atravesaba los labios y cargaba mi aura con una magia especial. Era la Magia de la que nos hablaba la señorita Dei Ampari, la fuerza, el poder que todas, tarde o temprano, acabarían consiguiendo. Para eso estaban allí.
--¿Diana quieres enseñarle a María su habitación? --la señorita Dei Ampari se sentó una vez más en sus alfombrilla de esparto, juntó sus dedos corazón y meñique y se abandonó a la meditación.
--¿Por qué hace eso? -- Me preguntó María. Su voz era muy grave, como la de un muchacho. Los gordos mofletes, al moverse, me llenaron de una ternura que jamás había sentido. La cogí de la mano y la invité a acompañarme para que conociera todo el castillo.
La primavera pasaba muy lenta, pero María aprendía con rapidez. No es fácil para las potenciales entender a la primera las verdades de la materia tal y como son realmente.
Lo primero era anularles todo recuerdo hasta el día de su llegada al castillo, mostrarles el error en el que habían vivido hasta ese momento. No es fácil hacerles entender que nada debe importar excepto la magia y la luz: familia, estudios, amistades? todo es perenne, nada de esto nos sirve para conseguir la eterna dicha. A ella no le costó mucho desprenderse de toda su vida anterior. En los ciento diecisiete minutos que teníamos de conversación después de la meditación de la mañana, María me contaba cómo había sido su vida en el exterior (era una de las terapias que mejor funcionaba). Cómo se las había arreglado para vivir sin una familia, de un orfanato a otro, del asistente social al psicólogo, del psicólogo al psiquiatra, y así como casi todas, de desarraigo en desarraigo. Recuerdo aún su cara de felicidad cuando ella me preguntaba por mi pasado y yo, fiel a las enseñanzas, la contestaba con un no rotundo: no recordaba nada, yo ya no era mi pasado, sino un presente girando en círculos, alcanzando día a día la perfección total.
Un día recogimos un pajarillo que había caído de un nido. María quería llevarlo a su habitación y cuidarlo hasta que pudiera volar. Le consulté a la señorita Dei Ampari, que no puso objeciones al respecto. Lo alimentaba con verdadera dedicación haciendo pequeñas bolitas de pan que mojaba en agua, siempre por la noche, cuando todo el mundo dormía. Entonces en el silencio la escuchaba abrir la ventana de su habitación y hablarle al animalito. En susurros le contaba sus deseos de volar, sus ansias de aprender todas la verdades de la materia para llegar a ser algún día eso que tanto anhelaba. La señorita Dei Ampari estaba muy orgullosa de cómo María había aprendido los conceptos en tan corto espacio de tiempo, me animaba a que comenzara con ella a practicar las primeras leyes de nuestro canon pero yo intuía que necesitábamos más tiempo, la forma en que se comportaba con el pajarito me hacía todavía desconfiar. Decidí poner a prueba sus conocimientos teóricos con un test sobre la dependencia emocional, lo pasó sin ningún tipo de problemas, así que me propuse una prueba un poco más dura para evaluar esta dependencia: al cabo de unos días el pajarito apareció muerto en su cajita de cartón. Recuerdo el gesto de María: la palma de la mano sujetando el famélico manojo de plumas y observándolo fríamente.
-- ¿Qué ha pasado? --le pregunté simulando tristeza.
-- He llegado tarde, Diana. --extendió el brazo para mostrarme el cadáver.-- Se ha marchado a la tierra.-- Exclamó alegre mientras depositaba el cuerpo en la papelera.-- Seguro que nos está viendo. Pajarita, pajarita manifiéstate?-- Me agarró de la cintura y comenzó a bailar conmigo.
-- Sí, María. Se ha marchado con la tierra.-- Le contesté acariciándola el rostro.
Nos habían enseñado que todos los animales sólo son de tierra y vuelven, al cerrar sus círculos, a esta materia primigenia. Del mismo modo, algunas mujeres somos seres de luz, pero no necesitamos morir del todo para volver a ella, para conseguirlo sólo debemos someternos a este duro aprendizaje.
La noche del cuarto plenilunio después de su llegada, la pesamos por primera vez. Aún seguía empeñada en andar vestida, avergonzada por lo poco que había perdido. El primer día de peso para las neófitas organizábamos una fiesta en su honor. Una vez desnudábamos a la chica la subíamos a la báscula, y después, tras regalarle una gran ovación, apuntábamos en la pizarra del vestíbulo: nombre y valor numérico. Quemábamos todas sus pertenencias del mundo exterior en una gran hoguera en el jardín, la ropa que ya no volverían a usar, libros, fotos, peluches, muñecas? por fin el pasado desaparecía de sus vidas. Cantábamos las viejas canciones alrededor de la hoguera y pasábamos al porche donde montábamos una gran mesa con todo tipo de manjares, vinos y licores en una cena en la que nos estaba permitido engullir hasta la saciedad.
La señorita Dei Ampari no comía, nos observaba con todo su amor saliéndole de los ojos desde su esterilla de esparto. De vez en cuando entonaba alguna alegre melodía con su flauta o nos arengaba sobre las leyes de la materia y el aura. Pero ese día no estábamos obligadas a asentir con voz grave cada vez que ella hacía una pausa, también en eso era un día especial.
María estaba exultante aquella noche, era su noche. Se abalanzaba una y otra vez sobre todos los platos, casi sin darse tiempo a deglutir volvía a llenarse la boca dejando que los restos de grasa o vino resbalaran por su mentón. El resto comíamos con más decoro. Algunas habíamos pasado por eso hacía ya tiempo, pero era divertido recordarlo, vernos reflejadas en el rostro ahíto de placer de la neófita y darnos cuenta de todo lo que habíamos avanzado en nuestro camino hacia la eterna dicha.
Terminada la cena, nos besábamos en los labios como todas las noches antes de dormir, y nos dirigíamos al pozo. El pozo siempre estaba cerrado, sólo se utilizaba para éste ritual. Nos cogíamos de las manos formando un círculo alrededor del brocal y la señorita Dei Ampari comenzaba a escupirnos en el ombligo. De esta forma, con su mágica saliva, nos limpiábamos la ansiedad provocada al ingerir materia. Limpiarnos la gula, nuestra mayor enemiga, el fantasma que algunas noches después del vómito individual se aposta en los cabeceros de nuestras camas para tratar de engañarnos con sus promesas de felicidad equivocada. Después de la saliva, nos metíamos los dedos de las unas en las gargantas de las otras vomitando lo que ya no necesitábamos, todas excepto la primeriza, en este caso María, que abrazada a la señorita Dei Ampari, sonreía feliz ante el espectáculo. Esta era la única noche del año que no practicábamos el vómito individual, al menos de cara a la galería porque todas sabíamos lo difícil que resulta algunas noches enfrentarte tú sola a este acto de higiene. Una vez limpias y vomitadas, la señorita Dei Ampari pronunció las palabras mágicas e introdujo sus dedos cristalinos en la boca de María. La muchacha empezó a vomitar como una fuente de agua coloreada y sus ojos abiertos transmitían todo lo que, sin lugar a dudas, sentía en ese momento: la alegría infinita de ser purgada de toda la mala materia a través de la taumaturgia de la señorita Dei Ampari.
A partir de ese día las neófitas ya eran consideradas una más dentro del grupo, ya estaban obligadas a meditar dos cuartas partes del día, como una más. El resto del tiempo estudiaban las enseñanzas de la señorita Dei Ampari o practicábamos los viajes astrales en la umbría del jardín. Las íbamos convirtiendo poco a poco en verdaderas hadas, volátiles, libres como el pensamiento y con un aura de bondad que sentíamos brotar tan lentamente como las bellas flores en las que acabarían transformadas.
María era ya una alumna muy aventajada, una tarde de verano consiguió levitar unos pocos centímetros, estaba exultante. Me dijo que antes de que llegara el otoño lograría alcanzar la copa del álamo que crecía en un ángulo del jardín, para regalarme el polen de algodón virgen que se mecía en las últimas ramas. Ese día en nuestro momento de conversación me habló sin parar de lo feliz que se sentía: liviana como una mota de polvo en su parte material, pero plena, pesada como el plomo en su aura llena de amor, alegría y bondad. Me sentía muy dichosa al ver los progresos de mi pupila.
El verano seguía su curso agostando los campos de trigo cercanos, calentándonos el alma, aquellas mañanas en las que paseábamos muy despacio por el césped bebiendo el rocío de las hojas y libando, como los colibríes, las flores blancas de las acacias. Una noche de tormenta María encendió la vela de su palmatoria y sentada frente a su espejo comenzó a llorar suavemente. Atravesé el espejo y la miré a los ojos. Esos ojos negros rodeados de un precioso color morado. Sabía perfectamente qué ocurría, la abracé meciéndola en mi regazo mientras las lágrimas de alegría corrían hasta el suelo. Por fin María había dejado de ser mujer, ya no volvería a producir la materia rojiza y viscosa que nos convierte en seres de tierra. Había alcanzado un escalón más en su transformación. A la mañana siguiente corrí hacia la esterilla de la señorita Dei Ampari para contarle la noticia, su respuesta fue inquietante. Me besó en los labios y me dijo:
-- María es una aventajada, debes prepararla porque pronto conseguirá lo que el resto lleva buscando años. Ha comprendido la futilidad del tiempo, ha sabido desprenderse de todo lo material, y en breve, Diana.-- y me agarró de los hombros soplándome las palabras en la boca.-- en breve transmutará a la antimateria.
-- Entonces, ¿debo prepararla para la foto? ? pregunté nerviosa. La señorita Dei Ampari juntó sus dedos corazón y meñique y reclinándose en su esterilla de esparto, asintió.
La alegría me desbordaba, gracias a mi ayuda, María iba a convertirse en un ser de luz. Era el momento de adoctrinarla en los secretos mejor guardados de nuestro canon, empezaríamos por la forma en que podemos intuir a las potenciales que viven en el exterior, en el arte de la dialéctica para persuadirlas. Después ensayaríamos el manejo de la materia para hablar sin ser vistas, atravesar paredes y puertas de oscuros dormitorios, aparecer y desaparecer a nuestro antojo o introducirnos en los cuerpos y modificar los sistemas metabólicos.
Hace una semana que encontré a los pies de mi esterilla de esparto una bola de polen blanco. María había conseguido elevarse hasta veinticinco metros y cuarenta y tres centímetros del suelo, recortar la materia con sus manos, atravesar el espejo de mi alcoba y marcharse sin yo percatarme ni un instante de su presencia. A la mañana siguiente decidí prepararla para la foto.
Una vez se cumplen todas las premisas, las tutoras nos fotografiamos junto a nuestras pupilas en un rincón del jardín. Tras dos días de meditación continuada, nos vestimos para el ritual con unas gabardinas grises y abotonadas hasta el cuello. La señorita Dei Ampari eligió esta prenda porque cubre todo nuestro cuerpo. Así cuando revelamos la fotografía, las muchachas se percatan de su transmutación total: sólo aparecen dos prendas como flotando en el aire delante de los tupidos setos.
María no paraba de reír, recuerdo su risa fresca y cristalina reflejándose en sus preciosos ojos hundidos:
-- Gracias Diana, gracias.-- repetía su voz cantarina mientras giraba alrededor de mí.
-- Mañana verás en lo que te has convertido, mi niña.-- la susurré al oído.
Aquella noche dormimos juntas, hablamos hasta altas horas del largo camino recorrido hasta ese momento y de los nuevos proyectos. A la mañana siguiente, nos presentamos ante la señorita Dei Ampari que hojeaba el grueso álbum. Lo cerró con sumo cuidado, nos agarramos de las manos formando un círculo y comenzó a pronunciar las palabras:
?Ahora María, ya no es materia, ahora María es ser de luz, se alimenta de luz, porque todo en ella es luz. Pureza, bondad y amor para sembrar el mundo te otorgo?.
Nos sentamos en el suelo, buscó el marcador de suave cinta de satén y abrió el viejo álbum por la última página: en la fotografía aparecían totalmente nítidas dos gabardinas grises con botones negros que flotaban en el aire, en una de ellas el brazo diestro sujetaba un paraguas para darle más realismo a la escena, el siniestro se acercaba amorosamente al brazo de la otra prenda pero no llegaban a tocarse, unidos por la magia para siempre.
-- Mírate.-- susurró la señorita Dei Ampari.
María lanzó el pesado álbum al suelo y empezó a gritar con una voz vitricida:
-- Es mentira, es mentira.-- sus preciosos ojos amoratados se clavaban en la fotografía y otra vez en los míos.-- Pero, ¿no te ves, Diana? ¿No me ves? Somos materia Diana, somos materia. Es todo mentira.
Y empezó a correr sus pasos cansados hacia la verja de hierro fundido que nos separaba del exterior. En el barro fresco del camino aún se ven, levemente impresas, sus huellas.
Hoy ya sé donde vive. Esta vez haré mejor mi trabajo.
Guillermo de Roebruk (Londres, 1974). Agente de viajes. Es alumno del master de escritura creativa de Hotel Kafka.
María apareció ante nosotras con el rostro triste y vacío de las potenciales, sus coletas apretadas a las sienes trataban de disimular que había llegado tarde, que ya era una mujer. Me fijé en sus caderas perfectamente trazadas y en sus pechos que ocultaba tímida, bajo un jersey demasiado grande para ella.
Permanecía medio escondida tras la señorita Dei Ampari, observándonos una a una, sin decidirse a tendernos la mano o a besarnos las mejillas. Me acerqué a ella y la besé en los labios.
Ella no dijo nada, sólo abrió los ojos de par en par observándome con sorpresa. En ese momento supe por qué la señorita Dei Ampari me había elegido para ser el ángel de María: por fin yo estaba preparada para enseñar. Sentí cómo algo parecido una corriente eléctrica me atravesaba los labios y cargaba mi aura con una magia especial. Era la Magia de la que nos hablaba la señorita Dei Ampari, la fuerza, el poder que todas, tarde o temprano, acabarían consiguiendo. Para eso estaban allí.
--¿Diana quieres enseñarle a María su habitación? --la señorita Dei Ampari se sentó una vez más en sus alfombrilla de esparto, juntó sus dedos corazón y meñique y se abandonó a la meditación.
--¿Por qué hace eso? -- Me preguntó María. Su voz era muy grave, como la de un muchacho. Los gordos mofletes, al moverse, me llenaron de una ternura que jamás había sentido. La cogí de la mano y la invité a acompañarme para que conociera todo el castillo.
La primavera pasaba muy lenta, pero María aprendía con rapidez. No es fácil para las potenciales entender a la primera las verdades de la materia tal y como son realmente.
Lo primero era anularles todo recuerdo hasta el día de su llegada al castillo, mostrarles el error en el que habían vivido hasta ese momento. No es fácil hacerles entender que nada debe importar excepto la magia y la luz: familia, estudios, amistades? todo es perenne, nada de esto nos sirve para conseguir la eterna dicha. A ella no le costó mucho desprenderse de toda su vida anterior. En los ciento diecisiete minutos que teníamos de conversación después de la meditación de la mañana, María me contaba cómo había sido su vida en el exterior (era una de las terapias que mejor funcionaba). Cómo se las había arreglado para vivir sin una familia, de un orfanato a otro, del asistente social al psicólogo, del psicólogo al psiquiatra, y así como casi todas, de desarraigo en desarraigo. Recuerdo aún su cara de felicidad cuando ella me preguntaba por mi pasado y yo, fiel a las enseñanzas, la contestaba con un no rotundo: no recordaba nada, yo ya no era mi pasado, sino un presente girando en círculos, alcanzando día a día la perfección total.
Un día recogimos un pajarillo que había caído de un nido. María quería llevarlo a su habitación y cuidarlo hasta que pudiera volar. Le consulté a la señorita Dei Ampari, que no puso objeciones al respecto. Lo alimentaba con verdadera dedicación haciendo pequeñas bolitas de pan que mojaba en agua, siempre por la noche, cuando todo el mundo dormía. Entonces en el silencio la escuchaba abrir la ventana de su habitación y hablarle al animalito. En susurros le contaba sus deseos de volar, sus ansias de aprender todas la verdades de la materia para llegar a ser algún día eso que tanto anhelaba. La señorita Dei Ampari estaba muy orgullosa de cómo María había aprendido los conceptos en tan corto espacio de tiempo, me animaba a que comenzara con ella a practicar las primeras leyes de nuestro canon pero yo intuía que necesitábamos más tiempo, la forma en que se comportaba con el pajarito me hacía todavía desconfiar. Decidí poner a prueba sus conocimientos teóricos con un test sobre la dependencia emocional, lo pasó sin ningún tipo de problemas, así que me propuse una prueba un poco más dura para evaluar esta dependencia: al cabo de unos días el pajarito apareció muerto en su cajita de cartón. Recuerdo el gesto de María: la palma de la mano sujetando el famélico manojo de plumas y observándolo fríamente.
-- ¿Qué ha pasado? --le pregunté simulando tristeza.
-- He llegado tarde, Diana. --extendió el brazo para mostrarme el cadáver.-- Se ha marchado a la tierra.-- Exclamó alegre mientras depositaba el cuerpo en la papelera.-- Seguro que nos está viendo. Pajarita, pajarita manifiéstate?-- Me agarró de la cintura y comenzó a bailar conmigo.
-- Sí, María. Se ha marchado con la tierra.-- Le contesté acariciándola el rostro.
Nos habían enseñado que todos los animales sólo son de tierra y vuelven, al cerrar sus círculos, a esta materia primigenia. Del mismo modo, algunas mujeres somos seres de luz, pero no necesitamos morir del todo para volver a ella, para conseguirlo sólo debemos someternos a este duro aprendizaje.
La noche del cuarto plenilunio después de su llegada, la pesamos por primera vez. Aún seguía empeñada en andar vestida, avergonzada por lo poco que había perdido. El primer día de peso para las neófitas organizábamos una fiesta en su honor. Una vez desnudábamos a la chica la subíamos a la báscula, y después, tras regalarle una gran ovación, apuntábamos en la pizarra del vestíbulo: nombre y valor numérico. Quemábamos todas sus pertenencias del mundo exterior en una gran hoguera en el jardín, la ropa que ya no volverían a usar, libros, fotos, peluches, muñecas? por fin el pasado desaparecía de sus vidas. Cantábamos las viejas canciones alrededor de la hoguera y pasábamos al porche donde montábamos una gran mesa con todo tipo de manjares, vinos y licores en una cena en la que nos estaba permitido engullir hasta la saciedad.
La señorita Dei Ampari no comía, nos observaba con todo su amor saliéndole de los ojos desde su esterilla de esparto. De vez en cuando entonaba alguna alegre melodía con su flauta o nos arengaba sobre las leyes de la materia y el aura. Pero ese día no estábamos obligadas a asentir con voz grave cada vez que ella hacía una pausa, también en eso era un día especial.
María estaba exultante aquella noche, era su noche. Se abalanzaba una y otra vez sobre todos los platos, casi sin darse tiempo a deglutir volvía a llenarse la boca dejando que los restos de grasa o vino resbalaran por su mentón. El resto comíamos con más decoro. Algunas habíamos pasado por eso hacía ya tiempo, pero era divertido recordarlo, vernos reflejadas en el rostro ahíto de placer de la neófita y darnos cuenta de todo lo que habíamos avanzado en nuestro camino hacia la eterna dicha.
Terminada la cena, nos besábamos en los labios como todas las noches antes de dormir, y nos dirigíamos al pozo. El pozo siempre estaba cerrado, sólo se utilizaba para éste ritual. Nos cogíamos de las manos formando un círculo alrededor del brocal y la señorita Dei Ampari comenzaba a escupirnos en el ombligo. De esta forma, con su mágica saliva, nos limpiábamos la ansiedad provocada al ingerir materia. Limpiarnos la gula, nuestra mayor enemiga, el fantasma que algunas noches después del vómito individual se aposta en los cabeceros de nuestras camas para tratar de engañarnos con sus promesas de felicidad equivocada. Después de la saliva, nos metíamos los dedos de las unas en las gargantas de las otras vomitando lo que ya no necesitábamos, todas excepto la primeriza, en este caso María, que abrazada a la señorita Dei Ampari, sonreía feliz ante el espectáculo. Esta era la única noche del año que no practicábamos el vómito individual, al menos de cara a la galería porque todas sabíamos lo difícil que resulta algunas noches enfrentarte tú sola a este acto de higiene. Una vez limpias y vomitadas, la señorita Dei Ampari pronunció las palabras mágicas e introdujo sus dedos cristalinos en la boca de María. La muchacha empezó a vomitar como una fuente de agua coloreada y sus ojos abiertos transmitían todo lo que, sin lugar a dudas, sentía en ese momento: la alegría infinita de ser purgada de toda la mala materia a través de la taumaturgia de la señorita Dei Ampari.
A partir de ese día las neófitas ya eran consideradas una más dentro del grupo, ya estaban obligadas a meditar dos cuartas partes del día, como una más. El resto del tiempo estudiaban las enseñanzas de la señorita Dei Ampari o practicábamos los viajes astrales en la umbría del jardín. Las íbamos convirtiendo poco a poco en verdaderas hadas, volátiles, libres como el pensamiento y con un aura de bondad que sentíamos brotar tan lentamente como las bellas flores en las que acabarían transformadas.
María era ya una alumna muy aventajada, una tarde de verano consiguió levitar unos pocos centímetros, estaba exultante. Me dijo que antes de que llegara el otoño lograría alcanzar la copa del álamo que crecía en un ángulo del jardín, para regalarme el polen de algodón virgen que se mecía en las últimas ramas. Ese día en nuestro momento de conversación me habló sin parar de lo feliz que se sentía: liviana como una mota de polvo en su parte material, pero plena, pesada como el plomo en su aura llena de amor, alegría y bondad. Me sentía muy dichosa al ver los progresos de mi pupila.
El verano seguía su curso agostando los campos de trigo cercanos, calentándonos el alma, aquellas mañanas en las que paseábamos muy despacio por el césped bebiendo el rocío de las hojas y libando, como los colibríes, las flores blancas de las acacias. Una noche de tormenta María encendió la vela de su palmatoria y sentada frente a su espejo comenzó a llorar suavemente. Atravesé el espejo y la miré a los ojos. Esos ojos negros rodeados de un precioso color morado. Sabía perfectamente qué ocurría, la abracé meciéndola en mi regazo mientras las lágrimas de alegría corrían hasta el suelo. Por fin María había dejado de ser mujer, ya no volvería a producir la materia rojiza y viscosa que nos convierte en seres de tierra. Había alcanzado un escalón más en su transformación. A la mañana siguiente corrí hacia la esterilla de la señorita Dei Ampari para contarle la noticia, su respuesta fue inquietante. Me besó en los labios y me dijo:
-- María es una aventajada, debes prepararla porque pronto conseguirá lo que el resto lleva buscando años. Ha comprendido la futilidad del tiempo, ha sabido desprenderse de todo lo material, y en breve, Diana.-- y me agarró de los hombros soplándome las palabras en la boca.-- en breve transmutará a la antimateria.
-- Entonces, ¿debo prepararla para la foto? ? pregunté nerviosa. La señorita Dei Ampari juntó sus dedos corazón y meñique y reclinándose en su esterilla de esparto, asintió.
La alegría me desbordaba, gracias a mi ayuda, María iba a convertirse en un ser de luz. Era el momento de adoctrinarla en los secretos mejor guardados de nuestro canon, empezaríamos por la forma en que podemos intuir a las potenciales que viven en el exterior, en el arte de la dialéctica para persuadirlas. Después ensayaríamos el manejo de la materia para hablar sin ser vistas, atravesar paredes y puertas de oscuros dormitorios, aparecer y desaparecer a nuestro antojo o introducirnos en los cuerpos y modificar los sistemas metabólicos.
Hace una semana que encontré a los pies de mi esterilla de esparto una bola de polen blanco. María había conseguido elevarse hasta veinticinco metros y cuarenta y tres centímetros del suelo, recortar la materia con sus manos, atravesar el espejo de mi alcoba y marcharse sin yo percatarme ni un instante de su presencia. A la mañana siguiente decidí prepararla para la foto.
Una vez se cumplen todas las premisas, las tutoras nos fotografiamos junto a nuestras pupilas en un rincón del jardín. Tras dos días de meditación continuada, nos vestimos para el ritual con unas gabardinas grises y abotonadas hasta el cuello. La señorita Dei Ampari eligió esta prenda porque cubre todo nuestro cuerpo. Así cuando revelamos la fotografía, las muchachas se percatan de su transmutación total: sólo aparecen dos prendas como flotando en el aire delante de los tupidos setos.
María no paraba de reír, recuerdo su risa fresca y cristalina reflejándose en sus preciosos ojos hundidos:
-- Gracias Diana, gracias.-- repetía su voz cantarina mientras giraba alrededor de mí.
-- Mañana verás en lo que te has convertido, mi niña.-- la susurré al oído.
Aquella noche dormimos juntas, hablamos hasta altas horas del largo camino recorrido hasta ese momento y de los nuevos proyectos. A la mañana siguiente, nos presentamos ante la señorita Dei Ampari que hojeaba el grueso álbum. Lo cerró con sumo cuidado, nos agarramos de las manos formando un círculo y comenzó a pronunciar las palabras:
?Ahora María, ya no es materia, ahora María es ser de luz, se alimenta de luz, porque todo en ella es luz. Pureza, bondad y amor para sembrar el mundo te otorgo?.
Nos sentamos en el suelo, buscó el marcador de suave cinta de satén y abrió el viejo álbum por la última página: en la fotografía aparecían totalmente nítidas dos gabardinas grises con botones negros que flotaban en el aire, en una de ellas el brazo diestro sujetaba un paraguas para darle más realismo a la escena, el siniestro se acercaba amorosamente al brazo de la otra prenda pero no llegaban a tocarse, unidos por la magia para siempre.
-- Mírate.-- susurró la señorita Dei Ampari.
María lanzó el pesado álbum al suelo y empezó a gritar con una voz vitricida:
-- Es mentira, es mentira.-- sus preciosos ojos amoratados se clavaban en la fotografía y otra vez en los míos.-- Pero, ¿no te ves, Diana? ¿No me ves? Somos materia Diana, somos materia. Es todo mentira.
Y empezó a correr sus pasos cansados hacia la verja de hierro fundido que nos separaba del exterior. En el barro fresco del camino aún se ven, levemente impresas, sus huellas.
Hoy ya sé donde vive. Esta vez haré mejor mi trabajo.
Guillermo de Roebruk (Londres, 1974). Agente de viajes. Es alumno del master de escritura creativa de Hotel Kafka.
Etiquetas: Guillermo de Roebruck, Hadas, relato, Sade



1 Comments:
Me encanta lo de "voz vitricida".
Lamento el comentario superficial pero quería que constara.
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