Hasta que la muerte nos separe, por Clara García Baños
La relación entre mi despertador y yo ha entrado en una profunda crisis. Llevamos muchos años conviviendo, es cierto; pero comienzo a sospechar que es un cretino y que me odia. A veces, se me antoja una de esas personas que te encuentras en la vida y que, por decencia, no la presentas jamás a nadie. Decididamente, no lo soporto.
Anoche, como viene siendo habitual desde hace semanas, hemos tenido una escena: llego a casa tarde, cansada, rendida. Me desvisto. Tiro la ropa por cualquier sitio. La camisa, colgando de la lámpara y uno de los zapatos en el hueco del radiador. El cuarto, un campo de batalla entre mi tiempo (mi despertador) y yo. No encuentro motivos, ni ganas, de recogerlo. Mañana buscaré mis ropas, donde hayan querido caer; sin pedir ni darles más explicaciones, y ni siquiera protestarán.
No como mi despertador.
Cuando me he acostado y con un supremo esfuerzo he alejado de mi mente todos los fantasmas de lo sucedido, cuando se han marchado los espíritus de la realidad y me he quedado un poquitín dormida él, (¡siempre él!) me ha despertado con su monótono tictac, lo único que suena en la habitación desde que se estropeó la radio y me quité de roncar. Cuando traspaso el umbral mágico del sueño, él lo sabe y aumenta sus monótonos latidos, su mecánica respiración. Intento no escucharlo, pasar por alto sus defectos; es sólo un objeto con ganas de hacerse sentir, pero mi paciencia tiene un límite que es peligroso atravesar, sobre todo, siendo de madrugada, Me obliga encender la luz. Lo observo fijamente, cargada la mirada de justos reproches y él... se ha callado. Disimula. Quizá le he impresionado de verdad, no lo sé. El caso es que se ha callado. Apago la luz y estoy de nuevo en los umbrales del sueño cuando, para mi desgracia, empieza con la misma canción y, sobresaltada, me despierto de nuevo. Intento repetir la misma escena, pero un bostezo irreprimible troca mi pretendida expresión feroz en una pobre faz rendida por el sueño y, en lugar de darle miedo, esta vez he debido de darle lástima. De todas formas, ya se le ha pasado y vuelve a su tictac normal, aunque no por mucho tiempo. El justo para que me quede satisfecha, vuelva a mi horizontal preferida y cierre los ojos.
La habitación se evapora, se transforma en un pasillo largo, laaargo, l a a a a a r r r g o o, lleno de puertas que se cierran mientras yo duermo y las cruzo. Poco a poco se va alargando como si fuera un gusano en anormal crecimiento y las puertas, detrás de mí, se van cerrando con un golpe sordo y resuenan también mis pisadas en el mármol del pasillo: plom, plas-plas; plom, plas-plas; plom, plas-plas; ¡PLOM! ¡Plas-Tac! ¡PLOM! ¡TICTAC TICTAC TICTAC...! ¡No! ¡Otra vez, no!, bramo. Pero bramar no me sirve de nada. Es él de nuevo. Enciendo la luz, esta vez furiosa de verdad y lo miro con la sana intención de desintegrarlo: ¡Has sido tú!, le increpo. Pero increparle tampoco es la solución. Le doy un par de golpes: quizá así se arregle. ¡Cielos! ¿Por qué este reloj se siente obligado a descomponerse precisamente a las tres menos cuarto de las mañanas en que he de madrugar? Los golpes han surtido efecto: el despertador parece que marcha mejor y se ha saltado un poco de pintura de la mesilla. Quizá sea esa su intención: que el primer domingo libre lo ocupe en arreglar la mesilla y no en descansar. No sé si los despertadores pueden almacenar tanta mala sombra entre sus engranajes. Prefiero concederle el beneficio de la duda y echarme a dormir.
Apago la realidad con los ojos, suplicándole que me lo permita, mientras voy abriendo y cerrando puertas, buscando el lugar donde estaba yo antes. Tras una de las puerta veo a Dalí pintando muchos relojes blandos. Me empuja al interior del cuadro y me adentro en un mundo extraño: todo es fofo, elástico, de un pegajoso demencial. Huyo de las cosas que me rodean y entonces todo se da cuenta de mi presencia: me persiguen los árboles, los ceniceros, los relojes... Intento huir de allí, desesperadamente. Llamo a Dalí y corro hacia afuera del cuadro, pero ahora hay un cristal que me impide salir. Y a través de él veo al pintor cerrando un trato con otra persona que está vuelta de espaldas, con un feo abrigo marrón que me produce pavor. Quiero verle la cara porque al verlo desaparecerá mi temor. Despacio, despacito, como si fuera una modelo en un desfile, se vuelve, se vuelve en un giro eterno que no parece terminar... Por fin le veo la cara. ¡Es mi despertador! Se ríe de mí, soy su prisionera, no me va a dejar escapar y yo quiero salir de aquí porque mañana es imprescindible que acuda temprano a mi trabajo. El se ríe, se está riendo de mí, con una carcajada seca, monótona, como se ríen los relojes... Debo huir y, para eso, es preciso romper el cristal del cuadro. Recojo piedras y objetos raros de no sé dónde y los tiro contra el vidrio. De repente, éste salta en mil pedazos y yo me encuentro al fin libre, flotando entre las estrellas. Una paz inmensa me invade y me duermo con la sensación de haber vencido al enemigo eterno, disfrutando del descanso merecido, en mi horizontal favorita, con un brazo sobre los ojos y la otra mano caprichosamente dormida sobre la mesilla, mientras trozos de mi ex despertador yacen sobre los vaqueros y el jersey azul que me quiero poner mañana, y me duermo sin saber que me voy a levantar tardísimo y lo primero que voy a pisar al saltar de la cama van a ser fragmentos de la esfera...
Clara García Baños ha realizado el curso True Crime en Hotel Kafka.
Etiquetas: Clara García, Hotel Kafka, relato, true crime



1 Comments:
Clara, eres tú? Yo soy Juanma, Eres la Clara que creoq que eres¿?
Besos
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