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jueves, agosto 09, 2007

La novia albóndiga, por Beiba Santos


Fermín terminó pronto de probar su último modelo de espacios dinámicos que anticipaba la fuerza del impacto de un objeto sobre el cráneo de un individuo adulto. Estaba contento, evitaba que en los estadios de fútbol la gente se lanzase objetos demasiado contundentes e iba a proponer como venta anticipada a los partidos una serie de bolas de diferente peso, materia y precio para que el aficionado se desahogase arrojándolo contra el árbitro o los contrarios. En casa le esperaba Ana María, su novia de infancia, con los senos brutos de amor. Se sabía afortunada porque su esclavito era muy físico, muy informático y muy filósofo. Mientras le escuchaba como una cucaracha, se le salía un liquidito blanco por la piel de los muslos. -Qué labietes tan carnosos ¡Huy qué listo!-


Fermín adoraba su ordenador de tres cepeús. Navegaba como nadie por internet, a la hora de cenar siempre acudía tarde porque se tenía que secar las gotas saladas y cambiar el bañador por el pijama. ¿Has pescado algo? Un Linux. Ana María servía la cena a partes iguales. Hoy tocaba una codorniz y media por barba. Mientras la deshuesaba le relataba a Fermín sus angustias (que eran las de siempre) -El problema cariño, es que no vemos los barrotes que nos oprimen, me da envidia nuestro pajarillo, tan enjaulado, sabe lo que es dentro y fuera ¿no?- Se deslechaba la mujer esperando el comentario sagaz y físico de su compañero sentimental, pero él seguía respondiendo Linux -¡Mañana voy a pintar, mi vidita! Estoy preocupada porque mi existencia está revuelta entre lo futurible y lo inmediato; yo sólo quiero salir de ahí y convertirme en tenedor, porque todo es uno y a la vez?Lo que me digo es que lo mismo da tenedor que montaña, aún más ¡toda mi esencia se puede contener en Beatriz! (nombre que usaba Fermín para nombrar una verruga sobaquera de su mujer). Fermín soltó un besito en el aire mientras cortaba el currusco del pan y se lo extendía a Ana María, que le sonrió satisfecha.



Por la noche, uno de los dos no paraba de roncar, como era costumbre. A mí me cuesta mucho cerrar los ojos porque creo que me voy a morir y la única manera de lograrlo es en absoluta tranquilidad, imaginarme que soy pequeña y que me estoy escondiendo de mi madre, porque ella siempre me perdona si me escondo. Pero con mis vecinos, era imposible y tenía que esperar a que se levantasen y se fueran, él al laboratorio y ella a la escuela de arte. Esa noche estaba aterrorizada porque eran los resoplidos muy sincrónicos y me pareció que lo hacían para reírse. Ana María, era absurda y gorda. Fermín sólo idiota. Rescolingándome por la ventana caí en su patio interior. Como sospechaba tenían la ventana abierta en pleno enero para que yo participara de sus ruidos. Hacía mucho frío y empecé a tiritar, abrí y cerré compulsivamente los cajones de un viejo armario donde ella guardaba sus herramientas. Cogí dos gubias y el martillo, que pesaba mucho. Cuando entré en la habitación los dos dormían boca arriba, los ronquidos los tenía tan dentro que se acoplaban con los de ellos. Situé la gubia entre los ojos de Fermín y la golpeé con todo mi cuerpo. Gorgoreó algo y siguió durmiendo, ya en silencio. Hice lo mismo con Ana María. A la mañana siguiente me los encontré en el ascensor, ella, a través de un hilillo de baba, me dijo después de los buenos días que si seguía tan a fondo con mi tesis y que me invitaba a cenar codornices, que el estofado le quedaba exquisito. Él asintió con una sonrisa.



Beiba Santos (Andorra, 1966) ha realizado uno de los talleres de micro-relato en Hotel Kafka

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