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lunes, diciembre 10, 2007

La imagen, por Enrique Sainz



Ha muerto. -Su mujer ha muerto- dice el médico, yo miro el movimiento de sus manos, me cuenta: Ya no se pudo hacer nada. No entendemos cómo fue tan rápido. No es corriente en mujeres jóvenes. Si lo hubiéramos? Sus manos describen círculos en el aire, como rodeando algo que está frente a él. -El corazón?- está diciendo, se detiene, ha dejado la mano derecha parada a la altura del pecho y la otra cerca de la cadera, me mira y baja las manos a los bolsillos de la bata, está esperando que conteste, no lo hago; sigo mirando las manos escondidas en los bolsillos. Me coge del brazo y me sienta en la butaca de la habitación. Eli está aún ahí, en la cama. El doctor me pregunta si quiero algo, no contesto. Hay objetos tirados en la mesa, jeringas, medicinas? ya inútiles. El médico llama a una enfermera y da ordenes mientras me mira, la enfermera se va, él dice: Ánimo, hay que sobreponerse. Estas cosas pasan. Si necesita algo? Adiós. Pero no se va, me sigue mirando, sé que tendría que contestarle algo, pero no lo hago, vuelvo a mirarle las manos, él lo nota, las vuelve a meter en los bolsillos. Llega la enfermera y me da una píldora y un vaso de agua. Yo me tomo la medicina. Ambos se miran, él ha levantado las cejas mientras dobla la cabeza y ella ha asentido con un movimiento de cabeza mínimo. El doctor elude mi mirada, apaga las luces de la cama. Por la ventana entra el sol, corre los visillos pero aún así la luz nos deslumbra, baja la persiana pero después vuelve a levantarla. Cuando termina se queda de pie al otro lado de la cama. Sigue evitando mirar hacia donde estoy. Cierro los ojos, sigo notando la claridad que atraviesa mis párpados.

Llaman a la puerta, él se asoma y habla con alguien, vuelve a entrar, me presenta a una señora vestida con traje de chaqueta y falda, no la miro, él se va, ella me ayuda a levantarme y sin decirme nada me lleva del brazo a los sillones de la sala de espera, entran dos hombres con una camilla y al rato salen, se llevan a Eli, ahora con la cara tapada. ¿Sr. Gómez? Pregunta cuando está junto a mi, tiene una carpeta en la mano izquierda y un bolígrafo en la derecha, consulta unos datos. -Sentimos mucho lo de su esposa- Lo dice hablando muy deprisa, la carpeta se interpone entre nosotros, no me levanto, me pregunta cosas: -¿Tenían algo preparado? ¿Quiere que nos encarguemos nosotros?- No puedo contestar. Vuelve a mirar la carpeta, pasa las hojas. -¿Va a venir algún pariente? ¿Quiere que avisemos a alguien? Está la posibilidad de la incineración ¿Tienen algún sitio?- Como no contesto va hacia la puerta. Viene otro hombre, me da una bolsa negra llena de ropas, como no la cojo la deja frente a mí, deja el bolso de Eli sobre mis rodillas, se va, se para, regresa y levanta mi mano para ponerla sobre el bolso.

Aparece un hombre con flores en la mano y llama a la puerta de la habitación donde estaba Eli. Cuando le ve, la señora se acerca a él y hablan, no oigo lo que dicen, al rato él me mira, es un compañero de trabajo de Eli, le he visto al ir a recogerla. Ha venido solo, antes de terminar el trabajo. Siguen hablando, él mira el suelo mientras la señora le dice cosas, se descubre las rosas en la mano y las deja en una butaca, son rosas rojas, son flores caras. Me mira, me miran los dos, él se gira y me da la espalda, saben que les miro. Empieza a hablar más alto, levanta las manos al hablar, puedo oír trozos: Pero yo no? Sólo soy? Yo no le conozco de nada. No sé qué? se da cuenta de que está levantando la voz y calla. La señora le ha dado un papel que él no quería aceptar. Viene hacia donde estoy, pregunta: ¿Mario? No sé cómo sabe mi nombre, quizás está en ese papel que ahora finge leer, está congestionado, su cara está roja, su respiración es entrecortada, -Lo siento mucho. Elisa era una chica excelente. En la oficina muy apreciada. Ha sido tan repentino. ¿Quién iba a pensar, un mareo??- Deja de hablar y se sienta a mi lado, yo no le contesto nada, de repente tengo necesidad de mirarle, él asiente con los labios apretados, yo no digo nada, él me dice: -Hay que resolver unos asuntos.- Espera un rato y sigue: ¿Va a venir algún pariente? ¿Quieres que avisemos a alguien? No le contesto. Coge su móvil y llama: Marisa, es por lo de Eli, ha muerto? Ahora no puedo, estoy con su marido? está un rato escuchando y continúa: Pero tú eras su mejor amiga? Alguien habrá, sí, un hermano, ya sé que eran de Santander, pero igual también está en Madrid. Vale, espero, vuelve a llamarme.

El teléfono de Eli, suena dentro del bolso, ambos miramos el bolso, suena muchas veces, yo dejo que suene, él pone la mano sobre el cierre y me mira levantando las cejas, como yo no digo nada, abre el bolso y saca el teléfono mira quién llama, aprieta una tecla, el teléfono deja de sonar, me mira, me devuelve el teléfono y desvía los ojos al suelo.

Me pregunta: Elisa tenía un hermano ¿Cómo se llamaba? -Lo dice muy lentamente, mirándose los pies.- Mario - Contesto. Noto mi voz pastosa. Miro al dispensador de agua de la sala y el compañero de Eli se levanta y me trae un vaso lleno, me lo da y lo bebo, me señala el teléfono de Eli y pregunta: ¿Puedo? Se lo doy, busca un número y lo copia en el suyo, entonces yo extiendo la mano, él me da el teléfono, vuelvo a señalarle el otro teléfono, el suyo y también me lo da, comparo ambas pantallas, ambas con la misma foto de una casa rodeada de un prado, él coge su teléfono de mi mano, yo le doy también el de Eli. Miro las rosas abandonadas, él las mira también.
Él telefonea: ¿Mario? ¿Eres el hermano de Elisa? Verás tú no me conoces soy?


Ya no quiero escuchar. Cierro los ojos, así todo está bien.



Enrique Sainz es alumno del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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