Ruidos, por Susana García Gómez

Un ruido amortiguado de agua y pasos interrumpió su sueño en el momento en que Joan iba a su lado y le daba la mano, una mano enorme. Se despertó desorientada, en una cama deshecha y caliente, pero en seguida se dio cuenta de que estaba en una de las habitaciones del Ritz donde se había colado un día antes mientras hablaba por el móvil. Iba muy segura, o al menos intentó que así pareciera desde fuera. Por dentro, le temblaban hasta los dientes, como le sucedía siempre.
Aunque hacía más de dos años que veía a Joan, cada vez que él tenía que viajar a Madrid y eso sucedía al menos una vez al mes, Alicia no se había acostumbrado a entrar furtivamente en aquellos lugares de mármol y caoba, donde su vestido de Zara y su maquillaje excesivo le apuntaban con el dedo: una niña bonita que juega con papá.
Esta vez la casita estaba en la habitación 305.
Alicia se deslizó entre las sábanas de seda y corrió a encontrase con Joan, pero casi en la puerta del cuarto de baño se dio cuenta de que estaba desnuda. En el suelo encontró la camiseta interior de Joan pero, antes de ponérsela, la apretó contra su cara y devoró su olor: la colonia de 200 euros, su sudor de alto voltaje, el cuerpo de un hombre exitoso, un cincuentón en la cima de la montaña rusa. Frente al espejo, Joan apuraba con la maquinilla un rostro de muchos kilates.
Cuando la vio entrar con su camiseta negra, que apenas le tapaba el sexo y el comienzo de los muslos, se detuvo. Alicia se agachó frente a él y comenzó a besarle, empezando por los pies, fríos y húmedos, los gemelos, las rodillas?Pero cuando Alicia quiso continuar, Joan le paró la boca con la mano y, desde arriba, le reprendió con una mirada tierna en la que ella pudo leer claramente: Game Over.
Quedaba un mes o más, eso nunca se sabía hasta dos o tres días antes de la cita, para que volvieran a encontrarse, así que Alicia se hizo a un lado, se sentó en el borde de la bañera y sorbió todos los movimientos de Joan para sentirle cerca, muy cerca. Al final, Joan se ajustó el nudo de la corbata con unos ligeros cabeceos que ella ya conocía. Era hora de irse. A las 8 de la mañana, tenía un desayuno de trabajo con varios ministros y empresarios del sector de la construcción en uno de los salones de Ritz, por eso habían pasado la noche en aquel hotel. Alicia se vistió con la ropa de la noche anterior, una falda ajustada, liguero, medias y blusa negra, sin tiempo para ducharse, y Joan se abrochó la chaqueta del traje, tirándole con la mano derecha un último beso: una vez que se había vestido del todo, Joan no permitía que Alicia se acercara. Ella le miró fijamente, le pidió un minuto más, sólo un minuto, pero él ya había abierto la puerta de la habitación. Era lo convenido, él salía antes y ella después, muy rápido, y dejaba que la puerta se cerrara sola. En el rellano, Alicia y Joan ya no se conocían de nada. Por eso, cuando llegó otro huésped del hotel, ambos dieron los buenos días y en el ascensor él pregunto: ustedes ¿a qué piso van?
Al segundo, sis plau, dijo Joan apenas con un hilo de voz. Eran las 9 de la noche y aún estaba en el Prat. Todavía le quedaba una hora de camino hasta Tarragona, y era viernes, el cansancio le pesaba en los ojos y en los brazos. Había dormido mal, con Alicia al lado no conciliaba bien el sueño. Un cuerpo lejano, quizá demasiado joven para descansar junto a él. Aún no había podido estirar las piernas, ni siquiera en el avión, pero sabía que podría echar una cabezada en el coche, con Ferrán al volante. Efectivamente, su chófer ya estaba en el vestíbulo de las salidas del Puente Aéreo, con el traje azul de siempre, el gesto agradable de siempre, y su voz, esa que le acompañaba en más horas de vida que ninguna otra.
Barcelona se sumía en una noche profunda que los faros del Audi dejaron atrás en poco tiempo. Joan se quitó la chaqueta, silenció el móvil y apartó el maletín en el asiento vacío a su lado. Se estiró hacia delante en el asiento con un movimiento torpe, oxidado, y un latigazo le dejó los riñones doloridos durante un buen rato. Ferrán y él intercambiaron varias frases comunes sobre la necesidad de hacer ejercicio y del imparable paso de los años y Joan no supo qué le había dolido más, si su espalda o la insolencia del que aún no siente en la nuca la mirada del tiempo. Joan pensó que su chófer no cumpliría ni la treintena, como Alicia. Hizo un esfuerzo por dejar correr ese pensamiento fuera de su cabeza a medida que el Audi aceleraba y el silencio y la oscuridad volvían a rodearle. Al día siguiente tenía que estar de nuevo en Barcelona muy pronto, a las 7 en el Palau de la Generalitat, así que el despertador volvería a sonar a las 5 de la mañana, como de costumbre. Respiró profundamente y con el aire se colaron dos imágenes precisas: la sonrisa de Ferrán por el espejo retrovisor y los muslos suaves de Alicia enredados en los suyos. Pero también fue un recuerdo fugaz, pronto cayó en un sueño ligero.
Joan se despertó cuando llegaron al último tramo de la urbanización, casi en la puerta de su chalet. La mano derecha se le había quedado completamente entumecida, seguramente había dormido encima de ella. Intentó arreglarse el pelo con la izquierda, pero no hizo más que empeorar las cosas. Todo el traje estaba revuelto, arrugado, y cuando salió del coche y despidió a Ferrán con una leve inclinación de cabeza, no le quedaban fuerzas para mejorar de aspecto ante su señora esposa.
En cuanto Joan metió las llaves en la cerradura, se oyó un gritó que provenía de arriba. Era su mujer, que le recordaba que no podía poner ni un solo pie en casa sin usar las bayetas bajo los zapatos, la tarima flotante era nueva y cara, no estaba hecha para un animal como él que ni siquiera reparaba en algo tan importante. La orden fue clara y precisa: Joan agachó la cabeza, después el cuerpo, y colocó los dos trapos del polvo bajo la suela de sus Lotusse.
Desde la barandilla del primer piso, Teresa fiscalizó el paso de Joan hacia el salón: el cuerpo se bamboleaba de un lado al otro impulsado por las bayetas, que se iban escurriendo a cada paso, el maletín, colgando de la mano derecha, daba casi en el suelo, y en la cabeza, una calva blanquecina devolvía el reflejo de la lámpara. Cuando estuvo segura de que su marido ya tenía ambos pies en la alfombra, volvió al baño para dar el retoque final. Dramatic Rouge, ese era el nombre de su nuevo lápiz de labios. Después, bajó las escaleras despacio para no tropezar con los tacones de aguja que también estrenaba aquel día y, al llegar, su presencia dejó una estela de perfume que llegó hasta Joan, entretenido en descalzarse y soltar el trabajo encima de la mesa.
Con la corbata deshecha y deslizándose en calcetines, fue hasta su mujer que, visiblemente, no iba a cenar con él aquella noche. Cuando acercó sus labios a los de Teresa, ella giró la cabeza para olfatearle el cuello. Nada, podía calentarse un pescado al horno que había hecho la cocinera esa mañana. Joan, con el gesto aún prendido en el aire, sintió un ligero pinchazo bajo la tripa: se había excitado. Y así, con el pantalón crecido y la camisa por fuera, se quedó parado junto a la puerta unos minutos, aunque ya nadie estaba allí.
Susana es alumna del máster en escritura creativa en Hotel Kafka
Etiquetas: Hotel Kafka, máster en escritura creativa, relato, Susana García Gómez



1 Comments:
Soy aficionado a la escritura y me gustó tu relato, tienes algo mas escrito o publicado.Espero seguir leyendo tus relatos a través de google.
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