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martes, diciembre 04, 2007

Un hilo, por Erika Fernández Macias



Mi esposa me ha pedido el divorcio hoy. Me ha dicho: ?Sé que me quieres, Eduard. Has sido un buen amigo, pero yo necesitaba un marido. No comprendo por qué decidiste casarte conmigo?.

No he sabido qué contestarle.
Conocí a Amanda en el colegio. Yo me sentaba en el banco más aislado cuando llegaba la hora del recreo, y desde allí veía jugar a los demás niños. Normalmente los otros niños me rechazaban y por eso yo no me atrevía a pedirles que me dejasen jugar con ellos. Amanda se sentó un día en aquel banco conmigo y empezó a hablarme. Me sentí bien. Al día siguiente volvió, y también al otro y al otro, y así hizo todos los días hasta que terminó el colegio. Amanda se convirtió en una buena amiga.

Después del colegio empecé a trabajar. Esa etapa fue más difícil, ya no tenía la distracción del colegio, el trabajo me producía la misma ansiedad que estar en casa. Seguí viendo a Amanda, quien todos los días encontraba un rato para hacerme una visita al salir del trabajo y me acompañaba un trozo del camino a casa. Ese era el momento más agradable del día, Amanda me hacía sentir bien.

En casa la cazuela cocinaba los mejores guisos que podían existir en cualquier parte del mundo. Recuerdo ese agradable olor desde siempre. Ya estaba muy gastada por los años, y a causa de los golpes que había sufrido desde que había llegado a aquella casa, estaba perdiendo el tono brillante de los primeros días y cada vez se volvía más gris y apagada. Los gemidos y alaridos de Tobby anunciaban la llegada de mi padre. A él yo le llamaba Angus. Tenía esa costumbre al llegar a casa, como quien se quita el sombrero y da las buenas tardes; pues mi padre apretaba más fuerte la cuerda al perro y le daba alguna patada para demostrarle quién mandaba en aquella casa. En su presencia, cada uno debía ocupar su puesto, y el de Tobby era permanecer eternamente atado. Lo mismo hacía con mi madre cuando no la encontraba en la cocina atendiendo a sus obligaciones. A mí no me prestaba atención, aunque no siempre fue así. Cuando era un crío y estudiaba en el colegio siempre encontraba alguna excusa para ponerme en mi lugar, también yo recibía. Pero luego eso cambió, me puse a trabajar y entonces me dejó en paz. Yo lamentaba esa situación, porque parecía que los golpes que no recibía yo los repartía entre mi madre y Tobby.

Amanda me preguntó una tarde de camino a casa si éramos novios. Recuerdo lo agradable que me resultaba su olor, y lo bien que me hacía sentir pasar el tiempo con ella. Le dije que sí. Esa tarde, antes de irse, me besó. Y todas las tardes, a partir de entonces, nos besábamos al encontrarnos y al despedirnos. Me encontraba tan a gusto cuando me besaba que lamenté no haber sido su novio antes.

En casa ni mi madre ni yo nos atrevíamos a aflojar la cuerda de Tobby hasta que Angus se acostara y se quedase completamente dormido. Cuando llegaba ese momento yo soltaba a Tobby. Él había cogido la costumbre de tumbarse en el pajar cuando se encontraba libre, y a mí me gustaba tumbarme a su lado mientras hundía los dedos en el pelo de su cuello. Era el momento más agradable en casa, y se había convertido en un ritual para mí. Mientras tanto mi madre fregaba los platos de la cena y cuando terminaba venía a buscarme al pajar para mandarme a la cama.

Los años pasaban y la situación en casa, el trabajo y mi relación con Amanda permanecían siempre igual. Era un continuo suceso de rituales, cada uno tenía el suyo, y de este modo la situación se mantenía estable: el paseo y los besos de Amanda, la llegada a casa de Angus para poner a cada uno en su lugar y dar a cada uno lo suyo, la cazuela guisando, y la libertad del pajar. Pero los años pasaban más rápido para Tobby, quien cada vez, para desgracia de mi madre, se encontraba más débil a causa de la edad. Y este hecho empezó a provocar cambios. Poco a poco Angus empezó a descargar sus golpes en una única dirección, mi madre. Y no es que sintiera lástima por el pobre perro viejo, simplemente no quería que faltase del lugar que le correspondía estar.

Noté que Amanda también cambiaba. Estaba triste y se mostraba fría. Dejé pasar un tiempo sin decirle nada con la esperanza de que todo volviese a la normalidad, pero cada vez parecía más molesta conmigo. Un día le pregunté y me habló de dar un paso más en nuestras vidas, y me confesó que estaba dolida porque yo nunca hablaba al respecto. Estaba hablando de casarnos, y eso era algo que a mí no se me había pasado por la cabeza en ningún momento. Pero la idea de estar siempre junto a Amanda me hacía sentir bien, y le prometí que nos casaríamos. Ella cortó un trozo de hilo de su abrigo y me lo ató al dedo anular, luego hizo lo mismo en el suyo. Decía que eso me recordaría nuestro compromiso. Me alegré al verla nuevamente feliz.

Al llegar a casa aflojé un poco la correa de Tobby. Dentro, el rostro amoratado de mi madre deshizo el lazo entre Amanda y yo. La bese con ternura mientras aspiraba el sabroso olor que desprendía la cazuela. Mi padre entró en casa, miré a mi madre, y me alegré de estar allí en ese momento, pues en mi presencia solía golpearla menos. Guardé el hilo en el bolsillo, ?tal vez algún día?, pensé.

Amanda había observado mi dedo desnudo y de nuevo volvió a mostrar aquel semblante de decepción. Yo sabía el motivo y por eso callé. Con el tiempo Amanda dejó de besarme antes de irse, tampoco me besaba ya cuando venía a buscarme. Yo sentía como poco a poco se alejaba de mí, hasta que un día ya no la encontré al salir del trabajo. Pasaron días, meses, y Amanda ya no me esperaba.

Al cruzar la verja del patio supe que algo había ocurrido. La cuerda permanecía en el sitio de siempre, pero Tobby no estaba. Le busqué antes de entrar en casa y le encontré tirado en el pajar. Al tocarle sentí su respiración débil, y al momento dejó de respirar, parecía que me había estado esperando para morir. Aquello sin duda lo había provocado mi padre, eso me hizo pensar en mi madre. ¿Se abría atrevido ella a soltar a Tobby? No podía ser, aquello le podría haber costado la vida. Entonces imaginé a mi madre en el suelo sufriendo la furia de mi padre en su cuerpo. Cogí a Tobby en brazos y corrí hacia la casa. Dentro ella tampoco estaba. Encontré a mi padre tirado en el sofá con una expresión que nunca antes le había visto, parecía triste. Miré alrededor y no encontré signos de lucha, la escena que yo había imaginado no había tenido lugar. Entré en la cocina, la cazuela reposaba en un rincón, pero no guisaba, estaba especialmente limpia, como si mi madre se hubiese empeñado en devolverle el brillo de cuando era nueva; aquello debió costarle mucho esfuerzo.
Volví al salón y pregunté a mi padre dónde estaba mi madre, él hizo un gesto con la mano, sin levantar la cabeza, supe que mi madre se había marchado. Me quede allí de pie con Tobby muerto en mis brazos, con la ausencia definitiva de mi madre, y una sensación extraña. Dejé de sentir rabia, de repente me encontré perdido y sin saber qué hacer. Busqué en mi bolsillo hasta encontrar el hilo de la chaqueta de Amanda. Salí de allí despacio y nunca más regresé. De nuevo Amanda me besaba.


Erika Fernández Macias es alumna del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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