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lunes, enero 14, 2008

Inercia, por Alberto Grondona


Pasado el túnel comenzó la niebla. No era una niebla compacta. Aparecía y desaparecía constantemente, lo que hacía aún más difícil conducir de noche el viejo Ford Fiesta. La calefacción estaba estropeada. Hacía frío y el viento chocaba violentamente contra el Ford. Muy de vez en cuando, otro coche se cruzaba por el carril contrario, deslumbrándole con los faros y cegándole por un periodo de tiempo demasiado largo, demasiado incómodo. Carmelo permanecía atento a la autopista de cuatro carriles. Un camino recto y sin sorpresas cuya única guía, cuando la niebla hacía aún más difícil la visión, eran las líneas discontinuas que aparecían acompasadamente cada pocos centímetros sobre el asfalto. Una cadencia monótona e hipnótica que le adormecía y le obligaba a hacer un sobreesfuerzo para mantenerse despierto. Imaginaba furtivos y tórridos encuentros sexuales en una playa bajo un sol abrasador o en medio de un parque a plena luz del día y se dejaba llevar. Era un camino conocido, que podría hacer con los ojos cerrados y manejaba el coche igual que respiraba. Había dejado de ser algo voluntario.

La radio estaba apagada. Héctor seguía acurrucado en el asiento del copiloto y tenía una pesadilla. Estaba encerrado en un oscuro congelador industrial rodeado de cadáveres abiertos en canal y colgados de enormes garfios que le desgarraban la aorta, atravesándoles el cuello, y asomando la punta por la boca. La sangre formaba estalactitas de un rojo intenso. Gritaba, pero nadie le escuchaba, golpeaba la puerta metálica y sus manos se quedaban pegadas a ella. Al intentar liberarse, sentía con gran dolor, que su piel se separaba de su carne y quedaba adherida a aquella superficie helada. Se despertó sobresaltado en el coche, muerto de frío y con un desagradable dolor en el cuello.
- ¿Queda mucho para llegar?
- No lo creo.

Escueto, impreciso, irritablemente seguro, como siempre. Héctor se quitó el cinturón y se volvió hacia el asiento trasero buscando algo con lo que abrigarse. Estaba seguro de que había dejado su chaqueta de lana fuera de la maleta pero entre la oscuridad y la niebla era incapaz de encontrarla. Tanteando encontró el anorak de Carmelo.
- ¿Tienes frío? Es que no encuentro mi chaqueta y tu plumas?
- Póntelo. Protector, bueno, irritablemente generoso, como siempre. Héctor cogió el anorak y mientras se lo estaba poniendo vio cruzar a un animal, quizás un perro. Sin dudarlo, agarró el volante y lo giró provocando que el coche se saliera de la carretera. Carmelo pisó con todas sus fuerzas el freno y el coche dio varios trompos. Héctor se golpeó contra el parabrisas abriéndose una pequeña brecha en la frente. - ¿Estás bien? - Sí no es nada. - ¿Qué coño has hecho? - ¿No le has visto? - ¿Ver el qué? - Era un perro, se cruzó en la carretera, casi le atropellamos. Estaba? - ¿Casi nos matas por no atropellar a un puto perro? - Lo siento, yo? - Eres gilipollas. Agresivo, ofensivo, irritablemente viril, como siempre. Cuando se recuperó del impacto, Carmelo continuó conduciendo sin decir nada. Encendió la radio pero no conseguía sintonizar ninguna emisora. Héctor, intentando entrar en calor y limpiándose la sangre con un kleenex, no sabía cómo romper aquel silencio que dejaba de hacer a su amor escueto, generoso, ofensivo, impreciso o protector. - Mierda, se me ha olvidado sacar la carne del congelador. - Pediremos una pizza. Como siempre.

Y ninguno dijo nada más. Carmelo continuó conduciendo y Héctor apoyó la cabeza contra el frío cristal del coche, mirando aquella oscuridad que les rodeaba, e intentó volver a dormirse para huir de allí. Quería soñar algo agradable pero las palabras de su pareja retumbaban en su cabeza y le mantenían despierto. ¿Cuánto iba a durar aquello?
Carmelo frenó en seco frente a la entrada del túnel.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué has parado?
- No es posible. - ¿El qué? ¿Te has quedado sin gasolina? - El túnel. Ya lo hemos pasado. - ¿Estás seguro?

Carmelo se quitó el cinturón y se bajó del coche, intentando encontrar una explicación a lo que estaba pasando. Él juraría que ya habían pasado por allí, pero era imposible. Estaba seguro de no haber cogido ningún desvío ni ningún cambio de sentido. Él había continuado recto por la carretera, siempre hacia adelante. A lo mejor la mente le estaba jugando una mala pasada. Había hecho tantas veces ese camino que era posible que recordara lo de ayer como si hubiera pasado hace sólo unas horas. ¿Eso podía ser? Héctor se bajó del coche arropándose con el anorak.

- Me estás asustando.
- Sube al coche. - ¿Qué vas a hacer? - Me habré despistado. Sube al coche. - ¿Y si damos la vuelta y volvemos a atrás? - Eso no tiene sentido. - Al menos esperemos a que se vaya la niebla. - ¡Que subas al coche, joder!

Carmelo dio un portazo y Héctor miró atemorizado hacia aquel túnel levemente iluminado antes de subir. De repente aquel frío se le había vuelto insoportable.
Carmelo conducía, tenso, preocupado e intentando justificar con la lógica aquello que para él no tenía explicación. Por más que avanzaban tenía la sensación de que nunca llegaban al final, a la salida. Héctor le miraba atemorizado, descubriendo un Carmelo nuevo que hasta entonces había permanecido oculto y se sintió débil y desprotegido. Carmelo temblaba y Héctor se quitó el anorak y se lo puso sobre los hombros. El coche siguió avanzando sin que ningún otro se le cruzara por el carril contrario. La niebla era cada vez más espesa, las líneas del suelo se iban desdibujando y las luces del túnel eran más tenues. Carmelo agarró la palanca de cambios. Héctor, asustado, puso su mano sobre la de él. Se miraron a los ojos por primera vez después de mucho tiempo. Carmelo puso la cuarta y aceleró. Irremediablemente hacia delante, como siempre.



Alberto Grondona (1973) realiza el máster de escritura creativa en Hotel Kafka

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