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miércoles, febrero 13, 2008

NOSOTROS, por Enrique Sainz


«Como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra». J. J. ARREOLA.


La fértil selva en que vivimos nos regala todo cuanto necesitamos, se supone que por eso la naturaleza consintió los monstruos que somos. La facilidad con que podemos acceder a los alimentos, se alió a la ausencia de peligros en este Infierno del Edén.

Somos lentos y débiles, nuestros brazos y piernas crecen alargándose indefinidamente. Aunque esto en sus orígenes pudo ser una ventaja, degeneró en un desarrollo desmedido que solo se detiene con la generosa muerte. Mientras esta llega vegetamos indolentes y es por eso por lo que el único instinto que nos queda es el de la supervivencia.

Observando los animales de nuestro alrededor, vemos que anhelan reproducirse, es lógico pensar que aquellos que -por conveniencia o por pereza- decidieron no hacerlo, se perdieron sin dejar más historia que una felicidad que no podemos más que sospechar. En nosotros esto es diferente, a medida que nuestras piernas crecen van perdiendo su función, cuando son extremadamente largas, tres o cuatro veces la longitud del torso, dejan de sostenernos.
Durante algún tiempo podemos desplazarnos arrastrados por los brazos, hasta que la longitud de los músculos los hace inútiles, es entonces, cuando nuestra vida depende enteramente de nuestros hijos, quedan estos obligados a movernos unos metros cuando acaba la comida a la que alcanzamos con manos y pies.
No empezamos a notar el peligro que corren nuestras vidas hasta que comienzan las dificultades para cambiar de sitio, es entonces cuando el instinto de supervivencia toma el control, y lo hace llamando a nuestra inteligencia, sustituto triste del deseo. Es la necesidad la que nos lleva a intentar reproducirnos.
Obligados a tener descendencia para sobrevivir aquí y ahora, no en la próxima generación, el instinto de reproducción es innecesario, cualquier tipo de amor sobra en estas circunstancias. Carentes de placer somos, en esto, únicos en la vida. No importa ya qué desapareció primero: el deseo o el placer, me temo que este último.

Nuestros hijos, sujetos por atávicos instintos de obediencia filial, carecen igualmente de amor por sus padres, cuando nos quejamos y lloramos se ven obligados a atendernos. Se ven forzados a arrastrarnos, bien por una pierna o por un brazo, hasta un nuevo comedero, indiferentes a las fracturas de nuestros miembros. No les importa dejarnos enredados entre las extremidades de algún ser de nuestra especie. A veces quedamos atascados ?uno o más de nosotros- en alguna raíz o roca saliente; es frecuente que los hijos, privados de cualquier sensibilidad, destrocen el cuerpo que remolcan; obedeciendo su instinto, tiran con más fuerza cuanto más agudos son nuestros gritos.
Tener hijos nos proporciona unos cuantos años de seguridad, solo nos cuesta un corto periodo de crianza, pero llega un momento en que también estos se tornan incapaces, algunos entonces procuran emparejarse y sobrevivir con la ayuda de sus crías; otros, los más, mueren al no haber previsto a tiempo su necesidad. No pudiendo; por tanto, confiar en la siguiente generación, nos vemos obligados a una sexualidad cada vez más truculenta. Nos acoplamos entre brazos demasiado largos para nada que no sea estorbar, piernas que a menudo se enganchan en algún obstáculo, somos cuerpos en contacto con cabezas que asoman entre los pliegues de la piel. Siempre rodeados de sinuosas extremidades, miramos en nuestra deforme pareja el reflejo de la decadencia de nosotros mismos, vemos en su cara la nausea que nos producimos. Somos -incluso en esto- dependientes de nuestros hijos que han de aportar la vitalidad que nos es imposible.


Enrique Sainz realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka, Arreola

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