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martes, abril 22, 2008

Plantas de interior , por Rebeca Álvarez Casal

Apenas había luz hasta que la encendieron en la escalera y se coló por la ranura de la puerta. Alguien subía y sus pasos se confundían con el tono del teléfono, que Óscar apretaba contra su oreja esperando respuesta.

-¿Diga? -preguntaron al otro lado de la línea.
-¿Nadia? -Óscar se enderezó en el sofá, le temblaba la voz- ¿Nadia?
-Sí, soy yo -respondió la voz, firme y femenina.
-Hola, llamaba? -hacía dibujitos geométricos, casi a ciegas, en un periódico que había sobre sus rodillas- yo llamo?
-¿A qué te dedicas?
-Profesor -respondió, aflojándose el último botón de la camisa, gris, mientras las pisadas de la escalera pasaban de largo ante su puerta- soy profesor, en un instituto.
-¿Te gusta?
-Tengo otros proyectos, pero la enseñanza siempre me ha interesado.
-Te entiendo perfectamente. Cuéntame algo más, ¿vives solo?
-Sí, desde hace unos meses. Y, bueno, también soy universitario.
- Pensé que lo eran todos los profesores de instituto ¿Qué estudiaste?
-Físicas -la mano en la que sostenía el teléfono le sudaba y se lo cambió de oreja para secársela en el pantalón.- Doy clase de matemáticas.
-¡Debes ser inteligentísimo!, ¿te apetece quedar el jueves?
-Bueno, no sé? -dejó el periódico en el sofá cruzando las piernas.
-No te preocupes, cielo, perdona si he sido un poco brusca. Estaba saturada ¿sabes? Pero me has caído bien, tienes? ¿cómo diría yo? Pareces un hombre agradable.
-Gracias. Tú también pareces agradable -y añadió, riendo- ahora.
-¿Ves?, tienes sentido del humor -rió ella también- tenemos que conocernos. En tu casa sería perfecto.
-No sé. -La luz de la escalera se apagó, ya había anochecido.
-No te preocupes, por teléfono parezco un poco seca, no es la mejor manera de conocerse.
-Tienes razón, te invito a cenar.
-Es un detalle precioso, pero va a tener que ser un poco más tarde. Si no te importa, claro -casi se veía una sonrisa a través del teléfono- dame tu dirección.- Óscar se la dictó- Bueno, cielo, pues te veo el jueves. A las doce. Un beso.

-Un beso -respondió, pero Nadia ya había colgado.

Siguió sentado mucho rato con el periódico otra vez en las rodillas, casi a oscuras, hasta que la luz del descansillo volvió a filtrarse. Unas pisadas se acercaban. Echaba de menos los cajones a medio cerrar desbordando ropa de colores, los libros abiertos bocabajo en cualquier sitio. Llegar del trabajo y encontrarse la cama hecha le entristecía. Escuchó el ruido de una llave en el apartamento de al lado, seguido de un portazo. En un momento la oscuridad fue total.

El jueves por la noche, tan puntuales que no tuvo tiempo de esperarlos, unos enérgicos tacones se detuvieron ante su puerta. Al abrir notó los latidos de su propio corazón, en la oscuridad del rellano se encontraba una mujer espectacular, que no parecía necesitar, en absoluto, recurrir a un anuncio. Todo en ella denotaba una sobria elegancia, el peinado, el traje negro resaltando un cuerpo esbelto, el fular carmín, como los labios, en los que se encontraba la sonrisa más encantadora que le hubiesen dirigido jamás. La invitó a pasar cerrando tras ella. Se besaron, a medio camino entre las mejillas y la boca. Entonces sintió sobre su rostro el frío que Nadia traía consigo.

Una hora después, mientras recuperaban el aliento, Óscar se preguntó en qué momento habían llegado a la alfombra. Miró a su alrededor para asegurarse de que seguía siendo el mismo. Sí, todo seguía igual, las simétricas mesillas de noche, la verticalidad de los libros? Todo salvo las sábanas enredadas a sus cuerpos y la tenue luz roja que los envolvía.

-¡Brutal! -articuló Nadia, incorporándose un poco- ha sido brutal.
-Un gran comienzo.
-Sí: un comienzo. -Y añadió, mirándolo, mientras un sugerente mechón caía, como al azar, hasta sus clavículas- porque pienso volver a verte. Y muy a menudo.

Óscar mismo no daba crédito. Mientras Nadia iba a por un cigarrillo intentó entender cómo había ocurrido. La conversación fluyó mientras escogían música; el vino que tenía preparado fue sustituido por champán; luego, como si de una coreografía se tratase, ella puso el pañuelo que traía al cuello sobre la lámpara, empezando ese jueguecito de que era una de sus alumnas. Se había dejado parte de la ropa, asegurando que era más excitante. Y vaya si lo había sido.

-¿Tienes un cenicero?
-No, usa mi copa, está vacía. Oye, por curiosidad, ¿en qué trabajas?
-¿Qué importancia tiene?
-Me resulta extraño no saber nada de ti.
-No pienso discutir con un hombre al que hace una hora que conozco.
-Al que piensas ver muy a menudo.
-Y para colmo es ya una hora y media -suspiró- ¡Está bien!, me rindo, pero trae el vino, ya me cansé de las burbujas.

Nadia descorchó la botella, brindaron por nada en concreto y entablaron una conversación sobre tipos de uva, a la que siguió el cine, y en la que no faltó la inevitable política. Óscar echaba de menos ese momento de las relaciones en que todo es contado por primera vez.

Quedaba mucho para el amanecer cuando encadenaron el vino con el desayuno, que él insistió en llevar a la cama, Nadia le había dicho que tenía el tiempo justo de pasar por su casa a cambiarse antes del trabajo. Hasta el domingo, fue su despedida tras besarlo en los labios. Escuchó alejarse sus tacones hasta desaparecer en el portal. Se apoyó en la puerta entornada, sonriendo, hasta que la luz de la escalera se apagó.

Al despertar, bien abrigado bajo el edredón, observó las sábanas en el suelo, las copas vacías con colillas en el fondo. En su memoria apuntó comprar un cenicero antes del domingo. El pañuelo, olvidado sobre la lámpara, era casi negro con la luminosidad del mediodía, le llegaba su olor a perfume y tabaco. Se levantó de buen humor y abrió la ventana, dejando entrar un aire frío y limpio.

Al cabo de unos meses sus encuentros podían resumirse en una escena, la de Óscar abrazado a Nadia despeinada sobre la cama deshecha, en el único rincón desordenado del apartamento; y las despedidas, hasta el jueves o hasta el domingo, como pedía el anuncio y sin faltar ni un día. Aún así la casa estaba, en cierta manera, habitada por ella. Un cepillo de dientes, algo de ropa. A Óscar le gustaba, los días que dormía solo, ver junto a su cama dos pares de zapatillas; ir a comprar naranjas para el desayuno; ocuparse con mimo la orquídea que ella le regaló por navidades. Tenía que tratarla con mucho cuidado, vigilando la temperatura y las corrientes de aire, la iluminación y que el agua no se estancase en su recipiente de vidrio, sin agujeros, para evitar que las raíces se pudriesen.

-¿Tú crees que aguantará? -le había preguntado.- No le dará el sol.
-No lo necesita, cielo. Es de interior.

Siempre cocinaba él, mientras ella ponía la mesa. Sabía que no soportaba ver sangre en la carne y que comía sin sal. También había dado con el punto exacto del café. Quedaban pronto, a media tarde, los días eran cortos y ya era de noche cuando los tacones, siempre puntuales, se detenían ante su puerta. Y cuando se alejaban no había amanecido. Se turnaban para lavar los platos y para elegir el vino, que bebían en enormes copas de borgoña.

-Así cuando se termine podrás hacerlas añicos, como en las películas -bromeó Nadia cuando las trajo.
-¿Por qué se iba a terminar?
-Las cosas se terminan, ¿no?
-Ah, no todas -la había abrazado hasta inmovilizarla- no te pienso dejar escapar tan fácilmente.
Una vez puesta la mesa, Nadia siempre llenaba las dos copas en la cocina, mientras él terminaba de preparar la cena.
-Muy buena elección, cariño -comentaba, cuando no había escogido ella el vino. Se apoyaba en la nevera, hablándole, y solía apagar la campana extractora, el ruido tapaba su voz. A él le molestaba que el comedor oliese a comida después, pero tardó meses en pedirle que cerrara la puerta.
-Para que no huela mal mientras cenamos -se excusó, sin dejar de mirar el contenido de la sartén.
-Nos vamos a ahumar ?había protestado ella al cerrarla.

Entonces descubrió, en la parte interior de la puerta, un calendario hecho con una foto en la que Óscar sostenía en brazos a una niña muy pequeña. Los dos sonreían con las cabezas muy juntas.

-¿Quién es?
-Mi sobrinita. ¿A que es estupenda?
-Sí, es mona. ¿Dónde está mi cenicero?
-En tu mesita de noche -abrió la ventana, dejando salir una densa humareda al exterior, mientras entraba un aire helado.- Los solomillos ya están listos.
Óscar llevó la cena a la mesa, olía bien. Nadia había cogido el cenicero y aprovechado para ponerse las zapatillas. El agresivo taconeo fue sustituido por un susurro.
-Me gustas más sin tacones.
-A mí también me gustas más cuando me quito los tacones -se puso de puntillas para darle un beso.- Pon música -le dijo, mientras ella encendía unas velas para, acto seguido, apagar la lámpara.

Durante la cena cambiaron el mundo y charlaron sobre discos, siempre tan de acuerdo, y sobre la orquídea. Por una vez no coincidían del todo, por más que le gustase, a él le daba un poco de pena tener seres vivos encerrados en casa. Pronto zanjaron el tema con un es preciosa. Óscar intentó, cuando Nadia no lo miraba, encontrar alguna arruga alrededor de sus ojos, desde que había sabido su edad siempre buscaba, por curiosidad, algún indicio.

Continuaron la conversación de la cena en la cocina, cerraron la ventana, pero ya hacía el mismo frío que en la calle. Óscar miraba a esa mujer, elegantemente vestida y en zapatillas, que se había puesto sus guantes de fregar. Charlaba animadamente, sonriendo, siempre en su papel. Incluso mientras quitaba la grasa de una sartén. La veía enjuagar el estropajo y mover los labios, sin escucharla. Tenía pensado invitarla a cenar a algún sitio elegante por su cumpleaños. Pero en vez de hablar sólo fue capaz, antes de que se quitara los guantes de látex, de ceñirse al guión besándole el cuello.

Al terminar a Nadia se le habían congelado los pies en la cocina y él se los calentaba en el sofá, enterrados bajo una manta. La observaba de reojo, con la luz en blanco y negro de la televisión, en la que un histriónico Jack Lemmon, en pleno delirio alcohólico, destrozaba un invernadero. Pese al maquillaje se percibían unas leves ojeras, o tal vez fuera algo de cansancio. Y esa boca tan roja, que dejaba su marca sobre la copa vacía.

-¿Te gusta la comida francesa? -le preguntó, acabándose el vino de un trago.
-Sí. -Nadia seguía mirando la pantalla.
-Aquí al lado hay un restaurante.
-¿Ah, sí? -absorta en la imagen de la protagonista despidiéndose, y renunciando así a su marido y a su hija, unas inesperadas lágrimas le mostraron a Óscar, cuando no los buscaba, unos diminutos pliegues en torno a los ojos- ¡Qué cobarde!
-¿Te apetece cenar allí la semana que viene? -le propuso, mientras alineaba con un pie las zapatillas.

Nadia estuvo a punto de soltar la copa al enderezarse de golpe. Estiró la mano para dejarla sobre la mesa de cristal, junto a la orquídea, ya sin flores. Los dos repararon en las retorcidas raíces apretadas contra el recipiente, que en algunos puntos incluso asomaban al exterior.

-Deberías cambiarla a una maceta, así está horrible -comentó Nadia, tapándose y volviendo la vista hacia la película.- Creo que sé cuál dices, es muy elegante, con candelabros.
-¿Pero te apetece? -insistió él.
-No sé -Los dos miraron la pantalla, donde el protagonista veía alejarse a su mujer desde la ventana.- Es complicar las cosas.
-A otras cosas nunca me dices que no?
-¿Cómo me presentarías a tus amigos?
-¿Cuál es el problema? -a Óscar empezaba a agobiarle su trozo de manta y lo dejó sobre sus muslos- Además, sólo hablo de cenar por ahí.

Nadia miraba con atención los créditos. Él no se había planteado cómo convencerla, así que decidió improvisar, desapareciendo bajo la manta que la ocultaba casi por completo. Le besó los pies, al fin calientes.

-Queda mucho invierno? -fue subiendo por sus rodillas, escarbando hasta encontrar la falda- ?no nos queda agua y cada vez tenemos menos espacio? -casi a oscuras y un poco asfixiado llegó al tanga, que le quitó muy despacio con los dientes- ahora no vas a poder resistirte y vas a tener que afirmar.

-¡Tramposo!
-¿Entonces la respuesta es sí?

Al cabo de un rato Nadia, irradiando calor, se destapó. Óscar, con la cabeza entre sus piernas, sintió un alivio enorme. En el menú del DVD los protagonistas sonreían, todavía en sus días de vino y rosas. Apagó con el mando, justo antes de que ella empezase a gemir.

El domingo un camarero lo acompañó a su mesa, Nadia le esperaba retocándose el maquillaje frente a un espejito. Ya había pedido el vino y, cuando lo vio quitándose el abrigo, llenó su copa para brindar, con la sonrisa de la primera noche en los labios.

__Delicioso __dijo él al probarlo, mirando la etiqueta mientras les traían las cartas. Paseó la vista a su alrededor, el aforo estaba casi completo. Todo eran parejas y sus conversaciones se percibían como un susurro, mezcladas con la música, a un volumen agradable. El aire estaba limpio, apenas había más humo que el de las velas que alumbraban el local. Le recordaron a sus cenas en casa. Cuando abrían la puerta de la calle las llamas temblaban y les llegaba un poco de fresco. Entraron dos ancianos cogidos del brazo, recordó que no había comprado naranjas, tenía pensado ir dando un paseo después de la cena. Le gustó el escenario.

-Ya transplanté la orquídea, -recordó- no sé qué hacer con el recipiente, es tan bonito que me da pena tirarlo.
-Puedes poner un par de pececitos -comentó Nadia mirando el menú.- Muy pequeños, eso sí.

Mientras pensaban qué pedir un aire frío les hizo volver la vista hacia la puerta, entró una pareja muy joven, el hombre empujando una silla en la que una niña parloteaba contenta.

-Debería haber pedido una mesa más íntima- comentó Nadia en voz baja, al ver que los sentaban a su lado.
-¿Tú crees?
-Lo digo por el ruido, cariño.-Respondió ella, bajando la vista hacia los entrantes-¿Te apetece una ensalada? No tengo mucha hambre, podemos compartir un entrecot -Llamó al camarero, que se dirigía a su mesa con el pan.- Nos va a traer la ensalada de la casa y un?

-La señora tomará un entrecot, -la interrumpió Óscar- muy hecho y sin sal. Y yo tomaré un tartar. Y también una botella de agua -añadió, juntando las dos cartas para tendérselas al hombre.- Gracias.

Empezaron la cena en silencio, observando a la gente que los rodeaba. No había entrado nadie más y la luz de las velas aumentaba la sensación de privacidad de las conversaciones.

-Hay mucha gente -comentó ella.
-Se está a gusto.
-Creo que no hemos acertado con la ensalada.- Nadia se retocó el pelo mientras masticaba.

Óscar se fijó en sus labios, demasiado rojos, y en una mancha del mismo color que tenía en el pómulo.

-No, la verdad es que no hemos acertado -respondió mientras echaba sal y pimienta a su plato.

Nadia, al llevarse a la boca un trozo de entrecot, arrugó la nariz con asco, estaba medio crudo. Mientras esperaban que se lo trajesen más hecho la niña se acercó a Óscar.

-Qué simpática eres ?la niña le sonrió, apoyando la cabeza sobre su muslo. Pudo sentir el calor de su mejilla a través de la tela.
-¡Qué rica! ?Nadia, que se encendía un cigarrillo, intentó acariciarle la cabeza, pero el fuego del mechero la asustó.
-Te has manchado de pintalabios ?Óscar había dudado si decírselo, vio congelarse su sonrisa mientras se levantaba camino del baño, dejando el cigarro recién encendido en el cenicero. Lo observó consumirse lentamente, dejando una larga ceniza horizontal suspendida en el vacío. La esperó un rato, pero como tardaba siguió comiendo. La puerta del restaurante se abrió varias veces, la gente se iba. Algunas velas se habían consumido. Trajeron la carne más hecha cuando ella volvía, con el maquillaje retocado por segunda vez.

-Estoy horrible -dijo, mirando su plato- ya no me apetece.

Él había terminado y pidió la carta de postres. Al cogerla rozó su copa con el codo, el sonido del cristal al hacerse añicos resonó por encima del murmullo. Nadia pidió perdón al camarero que recogía los vidrios, mientras Óscar seguía en silencio. La observaba desde el otro lado de la mesa, como hacía siempre cuando ella no se daba cuenta. Pero esta vez, al levantar la vista de los postres, Nadia encontró su mirada. Subió la carta, que sujetaba con ambas manos, hasta quedar oculta tras ella.

-No me apetece nada más -dijo, comprobando su peinado.
-Pediré la cuenta.

Antes de salir Óscar había echado un último vistazo a la niña, dormía con la boca entreabierta y las mejillas encendidas.

En la calle, junto a la entrada, los focos blancos deslumbraban un poco. Nadia lo miraba expectante, tiritando, se encovaba cada vez más, apretando el abrigo contra su cuerpo. La luz caía vertical, acentuando el exceso de colorete, mientras él se colocaba la bufanda esquivando su mirada. Al ponerse los guantes reparó en sus tobillos, tan frágiles, cubiertos por unas medias excesivamente finas para esa época del año. Cayó en la cuenta de que estaba demasiado flaca.

-Me ha sentado mal la cena, me voy a casa -por primera vez lo miraba sin sonreír, intentaba sujetar el pelo que el viento había soltado y se le metía en los ojos.- Hasta el jueves. -Se dio la vuelta sin esperar el beso de despedida, alejándose de prisa. El fular rojo se agitaba en su espalda. Óscar se despidió tan bajito que ella no pudo oírle, sus tacones resonaban en la acera y producían eco. La miró parar un taxi y subirse en él, sin volverse ni una sola vez. Por un momento pensó en llamarla antes de que desapareciese. Levantó la mano, pero no llegó a hacerlo.

Estuvo paseando un rato sin rumbo, encerrarse en casa tan pronto no era lo que había planeado para esa noche. Decidió ir a comprar naranjas para el desayuno. Estaban nada más entrar en la tienda, pero no se agachó a cogerlas, el plástico les daba un color excesivo. Camino de la salida compró el periódico. Subía las escaleras con él bajo el brazo, escuchando el sonido de sus propias pisadas, cuando la luz se le apagó en el último tramo.


Rebeca Álvarez Casal realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka

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