El rinoceronte (versión del cuento de J. J. Arreola) por Lola Gallego
No podría decir que los diez años que duró mi matrimonio con mi primera esposa fueron del todo infelices, pero su carácter testarudo y su poca capacidad para acatar los consejos inteligentes que le daba, siempre cargados de lógica y razón, me sacaba de quicio. Sí, la señora del juez McBride, era sin lugar a dudas una mujer obstinada.
Tenía unas ridículas ideas románticas sobre el amor, que no conseguí que desechara. No quería comprender que eso eran cuentos para entretener a las criadas y que una mujer de su posición debía estar satisfecha de haber conseguido la máxima ambición de toda mujer : la protección de un hombre respetable.
Leonor persistió con una obstinación que llegó a exasperarme. Luchó para que me comportara según esas ideas absurdas y lo único que consiguió fue hacerme llegar al convencimiento de que me quería divorciar. Aunque debo decir en su favor que cumplía con sus deberes conyugales a cualquier hora que yo los solicitase con la mayor sumisión y nunca tuve que oír una negativa a este respecto.
Mi segunda esposa, Pamela, me conquistó con su delicada belleza, fragilidad y por su carácter dulce e idealista. Nunca me replica ni me lleva la contraria. Acata con dulzura y sumisión las cosas que digo y no levanta la voz. Me cuida mucho. Es hija de un pastor y ha hecho que retome el hábito de la asistencia dominical a los oficios religiosos.
Hace poco vi a Elinor en la iglesia, no ha perdido su aspecto robusto y su sonrosado color que tan saludable aspecto le dan. Iba acompañada de su actual esposo, un banquero, según dicen, de aspecto afable y me atrevería a decir que un poco más joven que ella.
Las personas que los visitan, me cuentan algunas cosas de ellos, sobre todo elogian las generosas comidas y tertulias posteriores que ofrecen en su casa.
Sí, realmente, Pamela es encantadora y quiere lo mejor para mí. Ella siempre está pendiente, incluso me apaga los habanos a la mitad, raciona el tabaco de mi pipa y hasta dosifica la cantidad de whisky que diariamente es recomendable que tome. Sí, es encantadora. Su fragilidad hace que se resienta su salud y sufre de migrañas que, a veces, la mantienen postrada todo un día en la cama, tardando a veces hasta dos días en recuperarse del todo por lo que no puede, la pobre, cumplir con sus deberes conyugales. Pero el día que está fuerte los atiende solícita y se podría decir que es una mujer ardiente y apasionada . Esto no constituye un problema ya que, debo reconocer, mis exigencias son cada vez menos frecuentes (según el médico no debe preocuparme, ya que es debido a la dieta vegetariana que seguimos desde mi matrimonio con Pamela y de la considerable pérdida de peso que he sufrido), según el doctor eso podría mermar un poco fuerzas y apetitos maritales.
Las horas de las comidas los dos solos en nuestra angosta y larga mesa del salón principal son tranquilas y apacibles. La cocinera prepara un variado repertorio de ensaladas y quesos suaves y cremosos. Según Pamela más saludables que el patagás o el gorgozola.
Mi color pálido y aspecto enjuto no deben preocuparme, ya que tienen el mismo origen: la nueva dieta. Tiene razón, ya no ingiero esas generosas raciones del rosbif que Elinor preparaba con esa variedad de sabrosas salsas y guarniciones con ciruelas, piñones y manzana, perfectamente condimentadas y acompañado del espeso y cremoso puré de patatas, por no nombrar esos excesivos postres y tartas rellenas de crema ¡un exceso! No cabe duda.
Pamela, en cambio, es comedida, cuando me ofusco o apasiono con alguna predica o idea para exponer absolutamente convencido de que llevo la razón, ella, en vez de replicarme, me escucha y, acercando sus dulces labios a los míos, hace callar y luego dice, ya te has desahogado querido y se mete en su cuarto de labores a tejer calcetines para los niños pobres.
Algunas noches llamo con delicadeza a su puerta que en pocas ocasiones encuentro abierta y entonces no insisto, nunca la poseo por la fuerza o la insistencia porque podría ser contraproducente para su frágil salud y yo lo que quiero ante todo es el bien para ella, así es que me doy media vuelta, vuelvo a mi cama, me siento, saco los pies de mis pantuflas y, después de quitarme la bata, duermo toda la noche apaciblemente.
La lujuria a la que me abandonaba con Elinor era sin duda un exceso.
Lola Gallego realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka
Tenía unas ridículas ideas románticas sobre el amor, que no conseguí que desechara. No quería comprender que eso eran cuentos para entretener a las criadas y que una mujer de su posición debía estar satisfecha de haber conseguido la máxima ambición de toda mujer : la protección de un hombre respetable.
Leonor persistió con una obstinación que llegó a exasperarme. Luchó para que me comportara según esas ideas absurdas y lo único que consiguió fue hacerme llegar al convencimiento de que me quería divorciar. Aunque debo decir en su favor que cumplía con sus deberes conyugales a cualquier hora que yo los solicitase con la mayor sumisión y nunca tuve que oír una negativa a este respecto.
Mi segunda esposa, Pamela, me conquistó con su delicada belleza, fragilidad y por su carácter dulce e idealista. Nunca me replica ni me lleva la contraria. Acata con dulzura y sumisión las cosas que digo y no levanta la voz. Me cuida mucho. Es hija de un pastor y ha hecho que retome el hábito de la asistencia dominical a los oficios religiosos.
Hace poco vi a Elinor en la iglesia, no ha perdido su aspecto robusto y su sonrosado color que tan saludable aspecto le dan. Iba acompañada de su actual esposo, un banquero, según dicen, de aspecto afable y me atrevería a decir que un poco más joven que ella.
Las personas que los visitan, me cuentan algunas cosas de ellos, sobre todo elogian las generosas comidas y tertulias posteriores que ofrecen en su casa.
Sí, realmente, Pamela es encantadora y quiere lo mejor para mí. Ella siempre está pendiente, incluso me apaga los habanos a la mitad, raciona el tabaco de mi pipa y hasta dosifica la cantidad de whisky que diariamente es recomendable que tome. Sí, es encantadora. Su fragilidad hace que se resienta su salud y sufre de migrañas que, a veces, la mantienen postrada todo un día en la cama, tardando a veces hasta dos días en recuperarse del todo por lo que no puede, la pobre, cumplir con sus deberes conyugales. Pero el día que está fuerte los atiende solícita y se podría decir que es una mujer ardiente y apasionada . Esto no constituye un problema ya que, debo reconocer, mis exigencias son cada vez menos frecuentes (según el médico no debe preocuparme, ya que es debido a la dieta vegetariana que seguimos desde mi matrimonio con Pamela y de la considerable pérdida de peso que he sufrido), según el doctor eso podría mermar un poco fuerzas y apetitos maritales.
Las horas de las comidas los dos solos en nuestra angosta y larga mesa del salón principal son tranquilas y apacibles. La cocinera prepara un variado repertorio de ensaladas y quesos suaves y cremosos. Según Pamela más saludables que el patagás o el gorgozola.
Mi color pálido y aspecto enjuto no deben preocuparme, ya que tienen el mismo origen: la nueva dieta. Tiene razón, ya no ingiero esas generosas raciones del rosbif que Elinor preparaba con esa variedad de sabrosas salsas y guarniciones con ciruelas, piñones y manzana, perfectamente condimentadas y acompañado del espeso y cremoso puré de patatas, por no nombrar esos excesivos postres y tartas rellenas de crema ¡un exceso! No cabe duda.
Pamela, en cambio, es comedida, cuando me ofusco o apasiono con alguna predica o idea para exponer absolutamente convencido de que llevo la razón, ella, en vez de replicarme, me escucha y, acercando sus dulces labios a los míos, hace callar y luego dice, ya te has desahogado querido y se mete en su cuarto de labores a tejer calcetines para los niños pobres.
Algunas noches llamo con delicadeza a su puerta que en pocas ocasiones encuentro abierta y entonces no insisto, nunca la poseo por la fuerza o la insistencia porque podría ser contraproducente para su frágil salud y yo lo que quiero ante todo es el bien para ella, así es que me doy media vuelta, vuelvo a mi cama, me siento, saco los pies de mis pantuflas y, después de quitarme la bata, duermo toda la noche apaciblemente.
La lujuria a la que me abandonaba con Elinor era sin duda un exceso.
Lola Gallego realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka
Etiquetas: Hotel Kafka, Lola Gallego, relato



1 Comments:
Bravo Lola, parece que dejando salir de dentro tu rinoceronte has llegado a domar y hacer manso el rinoceronte literario de Arreola.
Un fuerte abrazo,
Ricardo
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