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martes, junio 03, 2008

Cementerio, por Fernando Callejo

Gracias al cielo, llegó a su fin aquella larga noche en vela. Fui a ver a mis hijas, todavía dormidas. Les desperté y les dije que el entierro no se prolongaría mucho, y volvería lo antes posible. Encomendé a las dos mayores, cuidar de las pequeñas. Les besé, besé a cada una y entre lágrimas salí. El sacerdote había llegado y nos encaminaríamos al cementerio. Era hora de partir de mi hogar, de aquella casa solariega en la que vivieron mis padres y mis abuelos, una casa presidida por el escudo de mis antepasados. Con un leve soplido, apagaron la llama de los cirios colocados a ambos lados de la cabeza y de los pies. Mi hermano y otros tres cerraron el ataúd de pino seco con la cruz tallada y lo subieron sobre sus hombros. Al salir, volví la cabeza y miré con dolor la fachada de aquella enorme casona en la que habíamos vivido toda nuestra vida.

Abría nuestro paso el féretro. A continuación el sacerdote, y tras él, yo con mi madre. Siguiéndonos, la comitiva de familiares, amigos y vecinos. Mi madre me agarraba y yo me aferraba a ella. Pero, ¿cuánto tiempo viviría mi madre, ahora que me quedaba sola?. Comenzamos a andar. Noté el duro empedrado formado por piedras unidas con argamasa. Hoy sentí que se clavaban en mis pies, el mismo suelo por el que corría de chica. Subimos la calle mayor. Pasamos frente al colegio, en el que transcurrieron los felices años de mi infancia. Nos dirigimos con pasos breves a la plaza y pasamos frente al pórtico de la Iglesia, la Iglesia en la que me casé con él. Recordé aquella ilusión y aquellos primeros años. Y el bautizo de nuestras hijas: Luisa, Paloma, Belén e Isabel. Nunca tuvimos un niño y cuánto lo buscamos. Ahora no habrá ningún hombre en casa. Nos detuvimos y el Párroco rezó un responso, suplicando a Dios que acogiera su alma. Tomamos la avenida de José Zárate y nos enfilamos hacia la salida del pueblo. Cruzamos el puente con el agua que corría bajo nuestros pies sin detenerse. A la derecha vi la casa de salud. Recordé por un momento, toda aquella interminable y demoledora enfermedad, una enfermedad que se había tragado todo. Los continuos traslados a la capital, los mejores tratamientos, los cambios de médicos. Una lucha sin tregua, una guadaña que no dejaba nada en pie. Al final, fue inútil. Seguimos caminando, y sólo el soplo de aire de la mañana me aliviaba para no desfallecer. Todas las casas blancas bajas, en hilera, seguían ahí, como siempre. Pero todo había cambiado, nada volvería a ser como era. Llegamos al asilo de las monjitas de la caridad. Allí, varios ancianos esperaban nuestro paso, y vi en sus caras y en sus cuerpos el implacable paso del tiempo y cómo, con respeto, se santiguaban.

Nos detuvimos frente a la carretera. En un momento en que cesó el tráfico cruzamos, y continuamos por el estrecho arcén del carril derecho, ya sobre el asfalto. No había llantos, sólo un silencio amargo. Aquella enfermedad sin fin, las continuas recaídas, hasta que la metástasis impuso su ley. El trágico desenlace final se convirtió en un alivio, una inevitable salida para un desproporcionado sufrimiento que se había prolongado sin sentido. Dejamos a un lado la carretera y subimos por el empinado camino final, donde vislumbramos acercándose la larga pared blanca del cementerio, con su capilla, sus cipreses, sus lápidas de piedra, que delimitaban su recinto cerrado. Atravesamos la alta puerta de hierro forjado que nos esperaba abierta de par en par. Dentro, nos dirigimos a la sepultura de mi familia, escarbada en la tierra. Dos de los empleados del cementerio cogieron la caja por delante, y otros dos por detrás. La manejaron con facilidad. Poco más que los huesos quedaban allí. Su cara irreconocible y demacrada vino a mi mente. Un semblante sin color, ajado por el dolor y la pena. Una última oración se pronunció, un último adiós. Bajaron la caja hasta el fondo, para encontrarse con mis abuelos, mi padre y mi hermana Inés. Salimos de allí, y al otro lado de la verja, recibí los interminables pésames. En el último momento, el llanto me venció, ¿qué sería de mí y de mis hijas?

Regresé a casa, sabiendo que ya no podría mantener aquel caserón, que tendría que desprenderme de él para seguir viviendo.


Fernando Callejo es alumno de taller en escritura 2 en Hotel Kafka

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