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viernes, julio 11, 2008

El resquemor, por María de Miguel Gallo.

El piracucú fue el detonante. Entramos en la tienda de souvenirs porque mamá se había prendado de un collar de escamas que parecía de Bora-Bora; fue entonces cuando papá descubrió aquel insólito animal que pendía del techo luciendo, en vez de vísceras, una bombilla en su interior. Todos miramos hacia arriba y nos pasmamos ante aquel prodigio del Amazonas convertido en lamparita de salón. Papá se empeñó en comprar el pez, una suerte de pesca de altura, mientras mamá mascullaba algo de mala espina, depescado inflado sobre el canapé del living, con lo coquetas que resultaban las tulipas Vichy. Pero papá, cuando se pone, se pone. Así que regresamos en silencio con la sensación de haber hecho algo raro; mamá llevando la sombrilla y los capazos, y papá paseando al piracucú en una bolsa de Souvenirs Leticia.
Al llegar a casa, mamá nos mandó a la ducha mientras ella preparaba la colada y unos camarones para cenar. Papá sacó la caja de herramientas y apoyó el piracucú sobre la consola del recibidor. Al salir del baño, Berta y yo lo contemplamos con una mezcla de angustia y espanto; lo imaginamos batiendo veinte mil leguas contracorriente con aquellas aletas ridículas para un cuerpo de cachalote. Entonces papá bajó de la escalera, lo agarró y lo ajustó al cable: El pez, que bailaba con cara de empacho sobre nuestras cabezas, adquiría al encenderse un aire a monstruo abisal recién salidito del fango.
Mamá entró con la bandeja de la cena. Al alzar la vista suspiró: impulsado por la corriente de la terraza, el piracucú surcaba nuestro espacio doméstico con una expresión más muerta que viva. Nadie dijo nada. Los minutos siguientes fueron de calma chicha; cada cual enfilaba su plato sin hablar, como si el pez acechase desde lo alto con una espada de luz entre las entrañas. Hasta tragar saliva resultaba difícil con aquélla sombra oscilando sobre la mesa. De pronto Berta, con los ojos fijos en una cabeza de camarón, se echó a llorar. Fue entonces cuando mamá, presa del coraje, arrugó la servilleta, se levantó e inspiró. En pocos segundos se había hinchado de manera descomunal, reventando las costuras del pareo según lanzaba el Bora-Bora en dirección al piracucú. Con el primer latigazo fundió la bombilla, con el segundo lo arrancó del techo y con el tercero papá se aseguró que los camarones estaban en su punto.



María de Miguel Gallo es alumna del taller impartido por profesores de Hotel Kafka sobre literatura iberoamericana en el Museo Nacional de Antropología.

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