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sábado, diciembre 16, 2006

La fotografía

A pesar de los años que llevaba en la empresa, no valoraban su trabajo. La mujer que había amado en todas las orillas de su cuerpo era ahora una señora que dormía a su derecha. Las tardes de cerveza con sus amigos eran cada vez más breves e infrecuentes.

Estaba pensando en todo esto, al ritmo de las sacudidas del metro, cuando vio la revista que alguien había dejado en el asiento de al lado. La hojeó sin demasiada atención hasta que se encontró con la fotografía. Mostraba en primer plano un niño esquimal, vestido con el anorak y las habituales prendas de abrigo. Pero lo sorprendente era que detrás de él no estaban los hielos del Ártico, sino la arena reluciente y las aguas diáfanas de una playa del Caribe. Toda la gente de alrededor, en ropa de baño, lo miraba fijamente. Sus ojos achinados, casi lo único que dejaba al descubierto la enorme capucha, revelaban una mezcla de miedo y desconcierto

Levantó la vista de la fotografía y un fogonazo golpeó su cabeza. Entonces, huyó corriendo de aquellas personas extrañas y tropezó en la arena y sintió el terrible calor del sol multiplicado a través de las gruesas ropas que lo cubrían.


Madrid, 3.XII.06

Autor: Jesús Cano. Madrid 1986. Actualmente estudia 3º de Filología en la UCM y el curso de microrrelato en Hotel Kafka.

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El caleidoscopio


Estela le había regalado un caleidoscopio. ?Aquí están contenidas todas las cosas del mundo?; le había dicho ella, ?este objeto mágico te las va mostrando y las modifica hasta que ya son una cosa nueva?. A pesar de su incipiente ceguera, Borges había disfrutado observando las formas y colores que, efectivamente, se adelgazaban o engordaban para acabar creando otra figura distinta.

Durante el trayecto a su casa, Borges hacía girar el caleidoscopio en su mano, inconscientemente, mientras pensaba en el amor imposible de Estela. Miraba los árboles del parque, firmes estacas con las ramas inclinadas hacia abajo, como flechas señalando al suelo. Los patos nadaban trabajosamente, dibujando surcos en las oscuras aguas del estanque. Vio cómo un muchacho golpeaba a otro en el brazo, pero se dio cuenta de que era un gesto afectuoso cuando ambos sonrieron con complicidad. En unos minutos, el declinar de la tarde había vuelto el entorno más acogedor, y junto a la estatua una mujer tocaba la flauta mientras unas niñas bailaban en torno a ella. Cuando cruzó la verja del parque, todas estas imágenes asaltaban, al mismo tiempo, su cabeza.

Entró en su casa excitado, dando un portazo. ?Por favor, madre, que nadie me moleste?, y se encerró en su cuarto. Se disponía a escribir ?El Aleph?.



Madrid, 29.XI.06

Autor: Jesús Cano. Madrid 1986. Actualmente estudia 3º de Filología en la UCM y el curso de microrrelato en Hotel Kafka.

La tumba sin nombre

Algunas noches, cuando siento la casa enorme y ajena, tengo que caminar hasta el cementerio. Es como si supiese que hay allí una pequeña luz encendida esperando que vaya a apagarla; de no hacerlo, no conciliaría el sueño. Me llama como las sirenas a Ulises.

Dando un paseo, voy dejando atrás todas las tumbas, ya necesariamente conocidas (buenas noches, señor Benavides; cómo le va, doña Lucía), y llego a la tumba sin nombre. El ritual es siempre el mismo: limpio la tierra o las hojas que pueda haber por encima y me tumbo lentamente, con la cabeza junto a la lápida. Cierro los ojos y trato de escuchar.

Ya casi con las luces del alba, regreso a casa y me acuesto. Entonces, paso la mano por el cabecero de mi cama y me estremezco con su fría caricia de piedra, y con terror compruebo que sobre él no hay escrito ningún nombre.


Madrid, 15.XI.06


Autor: Jesús Cano. Madrid 1986. Actualmente estudia 3º de Filología en la UCM y el curso de microrrelato en Hotel Kafka.

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