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martes, febrero 27, 2007

La historia del hombre cucaracha que parecía una lechuga


Cuando Arantxa Campo regresó del trabajo a las seis y cuarto, a la misma hora de todos los días, cogió el correo del buzón, subió andando los cuatro pisos para quemar algo de grasa y saludó a la señora Martí, su vecina del quinto que, como de costumbre, estaba barriendo el descansillo para controlar quién venía. Todo era completamente normal. Excepto que su marido, Rogelio Antón, director de una escuela, no estaba esperándola como solía hacer. Pero Arantxa tampoco le dio demasiada importancia. Seguramente, el atasco de las seis se había complicado con algún accidente de tráfico. Así que se puso sus pantalones vaqueros, se quitó los zapatos de tacón, se calzó las deportivas blancas, cogió el carro para hacer la compra en el mercado del barrio y sacó la basura.
Un kilo de pepinos, otro de naranjas, dos lechugas, tres tomates, cuarto y mitad de jamón de York, un pollo troceado para hacer al ajillo y dos botellas de leche desnatada más tarde, Arantxa volvió a su apartamento. Robó los tickets de descuento de la pizzería al vecino del segundo y saludó de nuevo a la vecina del quinto, que continuaba afanada con su escoba. Como todos y cada uno de los lunes. Salvo que Rogelio no estaba en la cocina. Eso era extraño e inusual. En menos de cinco minutos sería la hora de su taza de té con leche y dos azucarillos. Tampoco lo encontró en el salón, ni en el comedor, ni en el dormitorio, ni en la habitación de su hija. Y cuando fue a comprobar el baño, lo encontró cerrado. Eso también era raro.
? ¿Rogelio? ? preguntó a la puerta ? ¿estás ahí?
? Sí. ? Le contestó una voz desde el otro lado.
? Sal. Es la hora de tu té.
? No sé si podré.
? Bueno, acaba pronto que va a llegar Miriam y querrá ducharse después de su clase de aeróbic.
? No, no es eso ¿Puedes desmontar la cerradura?
? ¿Te pasa algo Rogelio?
? Tú date prisa.
Arantxa, a pesar de encontrarse completamente turbada por la absoluta irregularidad de ese comportamiento, se apresuró a hacer lo que su marido le decía. Corrió al armario, cogió la caja de herramientas, sacó el destornillador de estrella y desmontó la cerradura de la puerta. Pero cuando acabó, sudorosa y cansada, Rogelio no estaba allí. Sólo había una lechuga sobre el bidé. Una verde y enorme lechuga
? ¿Una lechuga? ? Preguntó extrañada Arantxa. ? ¿Qué hace una lechuga en el baño? Si llego a saber que había lechuga, no hubiera comprado más. Pero, claro, no podía imaginarme que estaría en el baño...
? Soy yo, Rogelio. ? La interrumpió la hortaliza.
? ¿Qué?
? Que soy Rogelio, tu esposo.
? ¿Cómo? ¿qué te ha ocurrido? ? Preguntó sin signos de sorpresa. Eso ya se apartaba tanto de la normalidad que Arantxa estaba en pleno estado de shock. Hasta se podría decir que se comportaba de forma calmada y racional. ? ¿Efectos secundarios de los insecticidas que echan en las verduras? ¿demasiada ensalada? ¿te ha picado un pulgón mutante? Seguro que ha sido por el cloro del agua. Si es que con tanta química...
? No tengo ni idea. Sólo sé que cuando iba a salir del baño, me di cuenta de que me había transformado.
? ¿Y qué tal es ser una lechuga? ? Le preguntó Arantxa con naturalidad. Como quien pregunta a un amigo si es muy cansado ir al gimnasio dos veces por semana o si le pagan bien en su nuevo trabajo.
? ¿Cómo que una lechuga? No soy una lechuga.
? ¿Y entonces qué eres?
? Una cucaracha, por supuesto. Como en la metamorfosis de Kafka.
? Cariño, Kafka nunca especificó que el protagonista de la Metamorfosis se convirtiera en cucaracha. Sólo decía que era un bicho...
? Me da igual. Yo soy una cucaracha.
? Pero Rogelio, tienes hojitas...
? Da igual, te digo que soy una cucaracha.
? Y eres verde. Las cucarachas no son verdes. Negras y marrones sí. Algunas hasta rojas, pero no verdes.
? Soy una cucaracha.
? Y no tienes patas, ni antenas, ni alas...
? Soy una cucaracha.
? Pues digas lo que digas, a mí me pareces una lechuga.
? Y sin embargo, soy una cucaracha.
? Pero...
? Ni pero, ni nada. Soy una cucaracha, sólo que soy una especial. Diferente a las del resto de mi especie.
? Y tanto. Eres una lechuga...
? ¡¡¡No!!! Soy una cucaracha ¿es que no puedes entenderlo?
? Francamente, tengo que decir que no. No te comprendo en absoluto.
? Es muy sencillo. Soy una cucaracha que parece una lechuga.
? Me he perdido.
? Sí, mujer. Es muy fácil. Me he convertido en cucaracha, de eso no hay duda. ? Dijo resaltando la última parte al ver que su mujer iba a alegar algo al respecto. ? Pero, parezco una lechuga.
? ¿Así que pretendes que me crea que te transformaste en un insecto que parece una hortaliza?
? Exacto.
? Entonces, explícame por qué he tenido que desmontar la cerradura para poder entrar al baño. Si fueras una cucaracha, tendrías muchas patitas que podrías haber usado para abrir la puerta.
? ¿Cuándo has visto una cucaracha usando un picaporte?
? Eh... en eso te tengo que dar la razón.
? Además, todavía no me he acostumbrado a mi nuevo cuerpo. No creerás que me he pasado todo el día en el bidé por gusto.
? Vale, como quieras. Si dices que eres una cucaracha, pues lo serás. Pero lo que no puedo aguantar bajo ningún concepto es estar manteniendo una conversación trascendental en el cuarto de baño. No es el sitio apropiado.
? Estoy de acuerdo.
? Te llevaré a la cocina. Todavía podemos tomarnos un té antes de la cena.
Arantxa cogió a su marido con apariencia de lechuga y fue a la cocina. Dejó a la cucaracha que era Rogelio encima de la mesa y preparó el té.
? ¿Una taza cariño? ? Le preguntó.
? Sí, por favor.
? ¿Te la echo por encima?
? No. No tienes que regarme. Recuerda que soy una cucaracha. Ponla en un plato y yo me revolcaré en ella.
Arantxa hizo lo que le pedía y le colocó encima.
? Umm qué rico. ? Dijo Rogelio. ? ¿No es genial?
? No está mal, pero me gustaba más el té que compré el mes pasado en la tienda china esa, tenía más sabor...
? No me refería a eso. Decía que es genial que sea una cucaracha, pero que parezca una lechuga. Es fantástico. Así no te doy asco.
? Sí, es verdad. Ya sabes que odio los bichos.
? Pero te encantan las hortalizas. Podremos seguir juntos a pesar de todo.
? Por supuesto, cariño.
? Y como a nadie le daré asco, no me rociarán con insecticida para matarme. Todo el mundo pensará que soy una lechuga.
? Es verdad.
? Pero no soy una lechuga. Soy una cucaracha. Y ellos no se enterarán... oye, esto es maravilloso.
? ¿El qué?
? Nadie se lo esperará. Podré acercarme a todo el mundo tranquilamente y cuando menos se lo esperen...
? ¿Más té?
? No, gracias. Podría ir a cualquier sitio. Podría ir a la presidencia del Gobierno. Entraría y todos creerían que soy una lechuga, pero no..., podría obligarles a decretar una amnistía a todos los insectos oprimidos. O incluso llegar a presidente y dictar mis propias leyes contra el asesinato de bichos.
? ¿Dices que vas a llegar a ser presidente porque te has transformado en una cucaracha que parece una lechuga?
? Claro. Todo el mundo teme a las cucarachas.
? No. A todo el mundo les dan asco.
? Da igual. Cuando se enteren de lo que soy tendrán que darme todo lo que pida..., podría..., podría llegar a ser el amo del mundo. Ja, ja, ja. ? Se rió Rogelio maléficamente.
? ¿El amo del mundo?
? Imagínate. Todos los mandatarios recibirán una lechuga por correo. ?Oh, que lechuga más bonita nos han mandado? dirán felices a sus esposas y maridos. No sabrán que en vez de una lechuga seré yo. Y entonces, todos estarán bajo mi poder...
? Tú sabrás.
? Seré el rey planetario y tú, cariño, serás mi reina. Tendremos todo el dinero que queramos, mansiones, mayordomos, aviones privados...
? Pero cariño, nadie aceptará una lechu..., digo, una cucaracha como amo. La población se rebelará.
? No lo hará. Porque si no..., me enfadaré. Y todo el mundo sabe qué pasa cuando una cucaracha se enfada.
? Yo no ¿Qué ocurre?
? Ahora no tengo tiempo para explicártelo. Tengo que pensar en mis planes para dominar el mundo.
? Supongo que el futuro señor de los terráqueos tendrá que comer ¿qué te apetece? Iba a hacer una ensalada.
? ¡¡Arantxa!! Soy una cucaracha. No comemos ensaladas.
? ¿Y entonces?
? Con un poco de basura putrefacta valdrá.
? Vaya, he bajado la bolsa antes de hacer la compra. Iré a buscar un poco a la papelera de la esquina. Ahora vuelvo.
? De acuerdo ? le respondió Rogelio en un tono que indicaba que le estaba molestando. ? Primero el ayuntamiento, luego el Parlamento, el Gobierno y después, el mundo...
Quince minutos más tarde, Arantxa volvió a casa con una buena provisión de basura. Se había recorrido siete papeleras y tres contenedores. No tenía mucha experiencia en ese tipo de cena y no tenía ni idea de qué era lo que debería llevar, así que había cogido algo variado para ver cuales eran los nuevos gustos de su marido. Llamó al telefonillo al darse cuenta de que se había dejado las llaves con tanta excitación, subió corriendo las escaleras y saludó a la vecina del quinto, la señora Martí, que parecía un poco extrañada ante esa salida tan inesperada. Su hija le abrió la puerta.
? Hola, Miriam.
? Hola, mamá.
? ¿Qué tal la universidad? ? Algo en la cabeza de Arantxa le indicó que había temas más importantes con los que ocupar el tiempo en ese momento. ? ¿Has visto a tu padre?
? No.
? Pero si le he dejado conspirando en la mesa de la cocina.
? Pues cuando he llegado, no estaba ¿quieres un poco? me estaba preparando algo de comer.
? ¿¿Qué?? ? Preguntó asustada Arantxa. ? ¿Qué te has hecho?
? Una ensalada. ? Dijo enseñándole una fuente. ? Pero no te preocupes ? añadió cuando vio la cara triste de su madre ? hay suficiente para las dos. Y si viene papá, ha sobrado bastante. Era una lechuga inmensa, gigantesca. Nada que ver con las otras dos que has comprado.
? ¿Ha sobrado? ? Dijo mientras corría a la nevera. ? Ay dios mío.
Abrió la puerta del frigorífico. Allí estaba Rogelio, frío y con unas cuantas decenas de hojas menos.
? Rogelio ¿estás bien? ? le preguntó poniéndole en la mesa.
? Ay, casi me ahogo ahí dentro ? respondió entre toses ? me duele todo. Esa niña es una fraticida. Ha intentado matarme.
? Pero ¿qué ha pasado? ¿Por qué no la has advertido de que eras tú?
? Me quedé dormido maquinando cómo conquistar el mundo.
? ¿Papá se ha convertido en una lechuga?
? No soy una lechuga, Miriam, soy una cucaracha.
? A mí me pareces una lechuga.
? Cariño ? le dijo Arantxa a su hija ? ya hemos discutido eso antes. Créeme, es una cucaracha que parece una lechuga.
? Pues sabe a lechuga. ? Respondió Miriam.
? ¿Te has atrevido a comerme?
? ¿Y yo qué sabía? Creía que eras una lechuga.
? Ay, mi pobre cuerpo. ? Sollozó Rogelio. ? Cómo voy ahora a conquistar el mundo. No estoy en condiciones.
? No pasa nada, cariño. ? Le consoló su mujer.
? Mamá ¿me pasas el aceite?
? Claro... espera ¿vas a comerte a tu padre?
? Hombre, yo pensaba que ya que no tiene solución, sería una pena tirarlo. Además, está riquísima.
? Ey, que esas son mis alas. Y las cucarachas no se comen.
? Pues estáis muy buenas. Mira, mamá. Prueba.
? Pero hija...
? Le he puesto queso, jamón de york, pepino, tomate y un toque de jengibre, como a ti te gusta.
? ¿Sí? A ver que tal ha quedado.
? ¡Arantxa! ? Se quejó Rogelio cuando vio a su mujer cogiendo un tenedor.
? Pero cariño, sólo voy a probar. ? Se metió un pedazo en la boca y lo masticó. ? Ummm, está fantástica.
? Oye ¿crees que si le plantamos en una maceta crecerá?
? Soy una cucaracha. No crezco en macetas.
? Es que estás tan bueno...
? Eres una psicópata. Ojala cayera una bomba atómica en el pueblo. Así sólo sobreviría yo.
? Claro, cariño. Por cierto, hablando de comer, te he traído tu basura ¿quieres un plato?
? ¿Basura? ¡Fantástico! ¿Qué has cogido?
? Ahora verás. Y tú tranquilo que no dejaré que nadie te vuelva a comer.
Así fue. Y para evitar nuevas equivocaciones, dejaron de comprar la lechuga y se pasaron a la escarola, que no era lo mismo pero no estaba mal. También Rogelio entendió que su semejanza a una lechuga le podría traer más inconvenientes que ventajas a la hora de conquistar el mundo y aparcó sus conspiraciones para volver a dirigir su pequeña escuela. A ningún padre pareció importarle tener que hablar con una lechuga sobre los castigos de sus hijos. Claro que ninguno sabía que en realidad no era una lechuga.

Autor: Manuel H. Cabezas. (Madrid 1981) Actualmente estudia Biología en la Universidad Autónoma y realiza el Taller de Escritura Creativa en Hotel Kafka.

lunes, febrero 19, 2007

La Maqueta



Me ha dicho que me vaya a vivir con él a mi ciudad. Sé a cuál se refiere, pero no le he hecho caso y he procedido a tomar mi desayuno en la cocina, evitando entrar en el salón, como es buena costumbre desde que amanece. He pensado nombres que ponerle, como cada día. Aquello empezó llamándose El barrio. Era un parque dividido en dos. Uno de arena con porterías y canastas, un auditorio y un bar con terraza. El otro de césped, tiendas de helados, un pequeño estanque y metro. De allí salían cuatro calles. La calle uno estaba señalada como la del colegio, con pisos cerca, un restaurante y farmacia. La dos era de casas prefabricadas, un estanco y videoclub. La tres era una iglesia, un hospital y una explanada donde, de vez en vez, dar cabida a algún circo ambulante. La cuatro era una floristería, la casa del pan, la tienda de electrodomésticos y una infinidad de negocios varios hasta llegar a mi salón, compuesto por una maqueta que, a lo largo de mi vida, he ido colmando de bienes, hasta que decidió mantenerse por sí misma, expandiéndose a sus anchas por el resto de mi casa, entiéndase por ello, pequeños colonos haciendo sus labores, que la señora de la limpieza que viene los martes termina barriendo y destinando al cubo de deshechos no reciclables.
A veces me encuentro en el café con leche algún habitante, y apenas decido aparcarlo con la cucharilla, procedo a llevármelo a la boca para masticarlo y decidir que sabe a mí más que soy yo, aun a sabiendas de que dichos habitantes, al estar compuestos básicamente de cáscara, provocan en ocasiones un ardor o, en su más leve signo, pequeños gases que, a lo mucho, me provocan dolores de cabeza que se me pasan durmiendo.
Ayer Lisboa creció e incluso se hizo un jardín de más en las afueras. El periódico muestra al alcalde del lugar plantando una semilla en el centro del mismo. Crecerá un castaño o un cerezo, dentro de poco, en Chad. El desierto a las orillas del mar Rojo es una opción de bien para una maqueta que presume de lugar común, pero que sólo es un salón en el que no quiero entrar para no provocar una catástrofe como ya hice con Atenas hace años. El mar comenzó llamándose Dulce por capricho de mi madre que tarde se hundió en él arrepentida, pero es, o era de inicio, papel plástico azulado al envés de una luz blanca que iluminaba a los de dentro, buceadores del parqué de mi salón, además bancos de peces, escuelas de truchas, manadas de salmones y un tiburón medio ciego. Delfines no había. Ese fue el motivo de ampliar el barrio. De entre los grandes errores de mi vida prefiero destacar aquel. Eché en falta delfines e hice un zoo. Fue un primer paso, entonces inconsciente, que me llevó a entrar en otro barrio y luego en otro seducido por la idea de un cementerio. Lugares que no estaban en el barrio y hoy están todos detrás de una puerta que, cuando no miro, gira alrededor del sol.
Tomado ya el café, una niña viene e instintivamente le preparo unos kellogs. Me pregunta qué es el cielo e instintivamente le digo que es aquello que está arriba de La Tierra. Me da un beso e instintivamente le digo que la quiero. Si me preguntase por qué, le diría quizás que se debe a que es tamaño estándar. Un día, como es costumbre en los pequeños, se hará mayor y comprenderá o no que no es todo tan fácil como salir de la casa e ir a un colegio de monjas que está bajando la calle, haga frío o calor, cambiar dos veces de acera, ver los escaparates, mientras, de las tiendas aún cerradas, con una mochilita de cuadernos cargada a su pequeño hombrillo.
Una copia del mundo vale más que el mundo mismo, pero el mundo se copia a sí a cada momento. Es un examen al que poner frases que luego son Keops, la Torre Eiffel, la Estatua de la libertad etc... Antes, al menos, era así. Y es de educación ingrata construir la pirámide a Keops y luego no ponerse con Kefrén y Micerinos, con lo cuál una maqueta ha ido creciendo... sin que uno le pida mucho más que no desaparezca.
Siempre, cada día, al menos desde que recuerdo una niña en la casa bajando a la cocina tomando yo café despierto, me han pedido o llaves de la ciudad o que me vaya a ella. No me dejarán ser un alcalde de algún sitio ni nada parecido. Aspiraré a un humilde puesto de funcionario en el sofá que da al televisor y soñaré con ganar un concurso de maquetas para sacar un dinerejo y dárselo a la niña. Si es tan lista como creo, aparte lo generosa que se la intuye, invertirá en el propio salón como materia de estudio en universidades y, para que compre acciones en los servicios de información y bolsa del mayor de los estados, me dará los avisos encendiendo y apagando la luz de la mesita; aquella que los habitantes de este lugar entendemos por guía que posibilita un horario, aparte noción de clase, infraestructura y, lo más del grado, el cariño de unos delfines en un zoo, como ya dije para el telediario del canal 26, cuyas jaulas para animales indeseables empezaron siendo unos palillos partidos a mitades mismas en un segundo barrio, aún por hacer entonces, entre el tabique de trastos y el blanco jarrón con cuyos restos fabriqué el Sydney Center hace poco más de un año y medio.




Carlos Ulrich, Casablanca 1977, diplomado en Sociología por la UNED. Es alumno del master en escritura

jueves, febrero 01, 2007

Lo que de verdad desasosiega





No sé por qué tendría que ponerme nervioso, y era verdad, no había motivos para que lo estuviera, y de hecho Juan no lo estaba. Mucho peor cuando me operaron del apéndice, a la memoria le venía aquel dolor lacerante, los interminables minutos hasta que llegó la ambulancia, la hospitalización urgente, el susto que se llevaron sus padres, he hecho bien en no avisarles esta vez, qué les podría haber dicho, me he pegado un golpe con el coche, había perdido el conocimiento, y me he despertado en un hospital pero no tengo dolores, supuso una exploración de rutina, dicen que en caliente no se nota nada, pero ya había pasado mucho rato, en cuanto acabara todo les llamaría. No estoy nervioso, y de verdad que Juan no lo estaba.
La habitación era amplia, y el sol se colaba a torrentes por una ventana que daba sobre un jardín: las copas de los árboles, la tenaz alfombra del césped. Más allá no había nada, debemos estar por las afueras, lo mismo es la Clínica de la Zarzuela, había estado cuando lo del menisco de Alberto, qué estará ahora haciendo el muy mariconazo. Jugueteó un poco con la persiana hasta encontrar la penumbra adecuada, no quiero asarme de calor cuando me traigan de vuelta. Un distraído recuento de sus nuevas posesiones le informó de que disponía de un televisor, por la noche podré ver el fútbol si ya estoy bien, un teléfono, dos armarios empotrados, una cama llena de palancas, a ver si me la pueden poner bien rígida porque si no la espalda luego, una rejilla de aire acondicionado, el servicio, unos agujeros, serán para el oxígeno, y una mesita reclinable. No tenía nada mejor que hacer, y repitió el inventario, en el que destacaba, un poco incongruente a causa de su color, joder, aquí todo es blanco, el sillón de cuero negro. El silencio, el hambre, el tibio piar de los pájaros, la opresión láctea que le rodeaba, si tardan mucho me pongo con ese periódico de ahí que a saber de cuándo es, el indefinible olor a medicamento, a monja aunque no las había, me empiezo a aburrir, y la tentación del timbre, pero no, si prisa no hay, y por distraerse recordó el frenazo, el golpe un poco tonto, a ese tío se le va a caer el pelo, él había respetado el ceda el paso y el otro se había precipitado, menos mal que renové lo del seguro, entonces recordó a la enfermera que le había despertado para la exploración, esa tía podía ser perfectamente modelo, un poco bajita quizás, lástima, le parecía que estaba perdiendo su tiempo en el hospital, puede que sea eso que llaman vocación, qué vocación limpiar el culo a los viejos, hermosos ojos, esa naricita, y encima le había sonreído, no se ponga nervioso, que esto se acaba enseguida, y cómo se movía la muy.
Bostezó, qué manía lo de no dejarte comer, iba a ser una exploración rutinaria y para eso le torturaban con no dejarle comer, ¿ni siquiera unos yogures?, ni siquiera, le había advertido la enfermera, tenía toda la pinta de llamarse Claudia o algo así, me juego lo que quieras. Se le erizó la piel, podría echarme un poco en la cama, una cabezadita, se asombraba de estar tan tranquilo, no es más que una simple exploración, media hora a lo sumo, mira que son pedantes los médicos, exploración le parecía una palabra demasiado técnica, pero chequeo me recuerda a los coches, cómo dicen ahora, ¿autodiagnosis?, por los altavoces se rogaba a una tal doctora Argüelles que se presentase en Dirección, he hecho bien en no llamarles, mamá siempre tan angustias, y luego papá y sus consejos, mañana en cuanto me den el alta, esperaba que no telefonearan a la oficina preguntando por su hijo, ya sería casualidad, no lo han hecho nunca, si se enteran de que no estoy allí, eso son tonterías, cómo van a, desbarató la idea como quien aparta el humo de un manotazo, a ver qué dice, era un periódico como cualquier otro, en el sector energético, uno de los más cuestionados por las continuas alzas de la gasolina, el Gobierno impide abrir nuevas gasolineras en los próximos cinco y tres años, respectivamente, a Repsol y Cepsa. También estimula la competencia en la distribución del gas, al limitar la presencia de los grandes grupos en Enagas. El ejecutivo se compromete también a bajar, la misma monserga de siempre, mejor me acuesto un rato, tiró el periódico al suelo, ya me podían haber puesto una almohada más blanda.
Llamaron a la puerta, señor Díaz, se incorporó con brusquedad, y una sonrisa encantadora iluminó la habitación, buenos días, qué tal va eso, joder, si parece la hermana gemela de, tuvo que dejar sus pensamientos para responder trabucándose, buenos días, una especie de cofia apenas escondía una catarata de pelo negro como el carbón, ojalá hubiera hecho medicina en vez de derecho, y se rió de su propio chiste, buenos días, repitió, sus dientes inmaculados degradaban el blanco de las paredes, soy Marta, y te traigo la bata, cejas perfectamente perfiladas, le pidió que se la fuera poniendo porque le iban a bajar en cinco minutos, están mucho más guapas sin maquillaje, eso es lo que más las favorece, y ella se inclinó para alisar los pliegues de la cama, y sus formas ennoblecieron la bata que las custodiaba, ¿necesitas algo?, no, no gracias, y se cabreó al darse cuenta que había sido el momento para una broma, algo gracioso tipo enfermera-paciente, pero Marta ya se iba, hasta dentro de cinco minutos, elevó la mano haciéndose el desenvuelto, hasta ahora, se le olvidó Marta, y tuvo que acallar sus pensamientos, no jodas, una erección ahora no, con la bata se me iba a notar todo, y con la puerta aún cerrándose contuvo una carcajada, lo que no me pase a mí, meneaba la cabeza como si no se lo creyera, cuando se lo cuente a.
Al quitarse los calcetines sintió un escalofrío, por qué no pondrán parquet, lo mismo es que el terrazo es más limpio, yo qué sé, y se desnudó doblando cuidadosamente los pantalones y metiéndolos en el armario. Una duda le asaltó, no sé si será necesario que, se paró un momento, en el pasillo alguien empujaba una silla de ruedas que chirriaba, cualquiera puede entrar y me va a pillar así, y se quitó los calzoncillos y se puso la bata rápidamente, qué ridiculez, y todo esto para una exploración rutinaria, repitió dos veces rutinaria, como esos chistes de médicos salidos que, una idea le hizo tragar saliva, no jodas, y se miró a ver si se trasparentaba, menos mal, no es cuestión de ir por ahí enseñándolo todo, y aflojó un poco el nudo trasero porque se le ceñía mucho, los médicos le parecían un poco fatuos, vaya parafernalia para luego pegarnos un palo en la factura, sonriendo porque no estaba nervioso, menos mal que no estoy nervioso, ¿ha dicho quirófano?, le sonó un poco fuerte, habría preferido que me hubiera dicho sala de rayos X, o sencillamente consulta del doctor el que sea, quirófano es sólo por impresionar, no había dicho quirófano, literalmente había dicho que le iban a bajar, pero supongo que será al quirófano, en fin, mejor dejarlo.
Buenos días, Señor Díaz, y se volvió para encontrarse con el óvalo perfecto, la elegancia en la voz, en el porte, esas mujeres que llaman de edad indefinida pero que deben tener unos esplendorosos treinta y cinco o cuarenta años, la sencillez de la bata blanca con ese cabello que cae, brillante y sedoso, y unos ojos brillantes como los faros de un coche, pero dónde coño estoy, el toque coqueto de esos pendientes en forma de pulpo, y saludó mientras pensaba que vaya cosas, hay que joderse con la medicina privada, esto no pasa en la Seguridad Social, buenos días, y esos dientes como perlas, esos labios de intenso carmín, de rojo coral, le iban a hacer una exploración rutinaria y no tenía la cabeza como para ser especialmente creativo, soy la doctora Pardo, ¿decir una galantería?, buenos días, doctora, no dejaba de ser curioso, se alarmó de repente, no, no trasparenta, qué corte si, por favor, suba a la camilla, que dentro de nada bajamos al quirófano (ahora sí lo había dicho, quirófano, bien clarito), se puso las manos sobre los muslos para que los faldones no, la doctora sonrió y acercó sus labios a la mejilla de Juan, fue un beso, me ha dado un beso, ni demasiado largo ni demasiado corto, acabaremos enseguida, es un trámite, le dijo que acabarían enseguida, que no era más que un trámite. Al salir por la puerta tamborileó con las uñas sobre el pomo, un mero trámite. Y yo aquí sentado como un idiota, se tocó la mejilla recién besada, a qué ha venido eso, tardó algo en darse cuenta de que algo brillaba en las yemas de sus dedos, sangre o carmín, un mero trámite me ha dicho.
Quizás el golpe no ha sido tan insignificante, se atragantó, quizás. Un calor súbito le invadió, y forzó sus sentidos, pero sigue sin dolerme nada, se apretó la rodilla, el antebrazo, nada. Reordenó la secuencia de imágenes, el R-5 estampándose contra el costado de su furgoneta, tuve que frenar porque ya estaba dentro de la rotonda, algo cosquilleó dentro de su estómago, no me acuerdo si me puse el cinturón, normalmente se lo ponía nada más sentarse en el asiento pero, es verdad que cada vez me aprieta más, desde que dejé el futbito no paro de engordar, necesitó coger el periódico y leer un poco más, los usuarios podrán elegir operador telefónico para sus llamadas locales a partir de noviembre, así como disponer de una tarifa plana para Internet de 2.750 pesetas al mes, aunque en horarios restringidos. La reforma de los horarios comerciales también se aprobó, con lo que la libertad para el pequeño comercio es total. Las grandes superficies, autorizadas ahora a abrir ocho domingos al año, aumentarán esta cifra progresivamente hasta doce. También se verán afectados por el plan del Gobierno, una sensación de calma le invadió, el Gobierno y todo eso, probablemente sí se había puesto el cinturón.
Volvió a arrojar el periódico al suelo, y sólo en ese momento se fijó en la nueva enfermera, tartamudeó al saludar, pestañas, labios entreabiertos, buenos días señor Díaz, pómulos, otras regiones, el delicado engarce del pecho con el cuello, y encima todas me sonríen, ¿he dicho encantado?, había dicho encantado, he sido capaz de decir encantado, me van a tomar por un, dudó si pensar lechuguino, dudó si pensar cursi, y la enfermera seguía sonriendo, apóyese en mí y no tenga miedo, no, si yo no, y un tacto de melocotón recorrió su cuerpo apenas velado por esa bata que ahora sentía como de papel, mucho peor que estar desnudo, y su espalda contra la camilla, casi oliendo el embriagador perfume que seguramente no llevaría, cómo se van a poner colonia en un hospital, y sus piernas al trasluz, y tan mimosa en el ascensor, no se ponga nervioso, y la fascinación que le impedía ponerse nervioso, cuando ponerse nervioso era lo único sensato que se podía hacer, quizás ahora una broma pero mejor no, algo como que el tío que me operó de apendicitis era más feo que, y las puertas que se abren, y falta la sorpresa cuando la doctora presenta a su equipo, Señor Díaz, ésta es la Anestesista, la doctora Palacios, esa mirada huidiza, esos ojos como de cierva herida, el permanente rubor en las mejillas, el pecho altivo e indomesticable, la cascada de tópicos, enenencantado, ahora sí que sí, lo he dicho, y encima tartamudeando, y ésta es la enfermera Méndez, una idea empezaba a cuajar en su cabeza, pero llámeme Ana, hasta ahora no le habían salido pelirrojas, con hoyuelos al sonreír además, se me olvidó ponerme el cinturón, ahora estoy seguro, y esos ojos azules como charcos de agua limpia, algún antepasado nórdico, ese cadena con crucifijo que se abisma hacia, y no hizo falta que le presentaran al resto del equipo, me he matado y estoy en, la escultural Nuria, que saludó agitando la mano, hola, estirando la bata hasta inflamar sus costuras, estatua de algodón, y dos más indistinguibles al fondo, bastaba su presencia cálida y acogedora, pongamos Venus y Afrodita, Doctora Pardo, yo, el índice en los labios, primero en los suyos y luego en los míos, será mejor que no hable, vamos a empezar, y sí la Doctora Pardo es, todas las sonrisas se congregaron a su alrededor, un coro celestial y bullicioso, pero es que yo, si está nervioso cójame la mano, y no supo quién lo había dicho, venga, no sea tímido, y agarró aquella piel tan suave que se le ofrecía, aquella sólida caricia, y dejó que aquel ejército de aleteantes bellezas se apoderase de su cuerpo al tiempo que el galope de la anestesia (o lo que fuera) reprimía una incipiente mueca de nerviosismo.

Juan Carlos Muñoz (Alcalá de Henares, 1964). Amateur. Realiza el Master en Escritura Creativa de Hotel Kafka.

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