Hotel Kafka - Escuela de Ideas

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Revista Metamorfosis

jueves, abril 26, 2007

Caligrafía del saber estar


Dejo esta nota no con la esperanza de que sea encontrada y con su contenido revindicar mi memoria o explicar mis actos, sino para buscar la única y pobre satisfacción de verla escrita. Mi profesión ha sido siempre la de escribiente o más precisamente la de copista. Desde pequeño encontré en los libros de historia una poderosa fascinación hacia la figura de los amanuenses, aquellos monjes a los que debemos, gracias a su minuciosidad y paciencia, el legado de numerosas obras clásicas que, de otro modo, se hubieran perdido en el olvido. Sacrifiqué largas horas de mi infancia al perfeccionamiento de mi letra en aras de la exactitud gráfica, apartando de mis intereses los juegos y entretenimientos que ocupaban las mentes de otros. Enseguida me vi enfrentado con la mofa por parte de los de mi edad. Me apartaba de sus juegos en los que el héroe empuñaba la espada contra el enemigo, porque mis héroes empuñaban la pluma sobre un escritorio. Con el tiempo también me gané la incomprensión de mis padres y hasta de mis profesores, que no apreciaban mi habilidad en la escritura a la que había sacrificado no sólo los juegos sino también el estudio de otras asignaturas. De esta forma pronto dejé el hogar en busca de una vida propia en la que mi pasión por la palabra escrita tuviera mejor acomodo.
He de decir que los primeros años de buscada independencia no resultaron fáciles. Mis habilidades como copista no encontraban reconocimiento y tuve que emplearme en distintas profesiones, desde recadero hasta empleado de la oficina de correos en Washington. En sus oficinas desempeñaba la tarea de clasificar las cartas muertas, aquellas que jamás llegan a su destino. Fueron tres años de hastío, pero también de sufrimiento pues de las cartas que pasaban por mis manos muy pocas lucían una letra digna, una caligrafía precisa, legible y clara. Miles de letras que jamás deberían haberse escrito, no ya por lo inútil de enviar correspondencia a quien ya no existe, sino porque aquellas palabras no merecían la tortura entintada a la que le sometían sus autores. En aquel tiempo al llegar a la habitación de mi pensión me dedicaba a copiar algunas de las cartas que pasaban por mis manos para practicar mi caligrafía. Temía que, por culpa del trabajo, perdiera mi habilidad, habilidad que tanto sufrimiento me había costado perfeccionar. Así, por mis manos, pasaron declaraciones de amor sin destinatario, reconciliaciones que nunca fueron, reencuentros que nunca se produjeron..., pero jamás me importó su contenido, mi labor era ennoblecerlas con una caligrafía cuidadosa.


Por vicisitudes burocráticas, el departamento en el que trabajaba sufrió una profunda reestructuración por lo que me encontré, no sin cierto alivio, en la calle. Lo exiguo de la paga no me había permitido reunir más ahorros que para adquirir una indumentaria digna, así que estos se fueron consumiendo rápidamente, hasta que finalmente me encontré en la calle. Durante esas semanas ocupé mi tiempo en paseos por la ciudad. Recorría las calles a todas horas y admiraba la imponente e inamovible elegancia de los edificios. Aquellas paredes rectas, aquellos ladrillos fríos e impasibles frente al bullicio que les rodeaba me producían una sensación agradable.
Apreciaba el oficio con el que el arquitecto había diseñado aquellas construcciones, pero sobre todo admiraba la precisión con la que el albañil había convertido aquellos trazos del plano en una sólida realidad, se trataba de un amanuense del ladrillo y el cemento, un copista de paredes, pavimentos y techos.


Pasé muchos días durmiendo en los bancos del parque con lo justo para alimentarme de forma precaria, pero sobre todo no tenía un lugar con las condiciones necesarias para seguir practicando mi caligrafía. En ocasiones me había refugiado en una iglesia y, a escondidas, había dedicado algunos minutos a copiar las páginas de los libros de cantos apoyado en los respaldos calentando con mi aliento las manos y la tinta de la pluma. En uno de mis paseos matutinos por Wall Street, del cuyos edificios admiraba especialmente el acabado de sus muros, pude ver un anuncio que llamó mi atención. En él un agregado de la Corte Suprema solicitaba para su despacho un copista y aclaraba que para dicho puesto se valoraría buena presencia y precisión. Acudí al despacho del agregado esa misma tarde, con la sensación de que el destino había llamado a mi puerta. Se trataba de una oficina en la que trabajaban dos copistas ingleses de peculiar carácter y, para mi disgusto, desigual precisión en la copia. Desde el primer vistazo a sus escritorios comprobé su inconstancia a la hora de trazar las letras. Uno de ellos, el de más edad, se permitía incluso llenar de borrones algunas de sus páginas, totalmente inadmisible para un copista que se precie de serlo. Su aspecto descuidado era el reflejo de la desidia con la que trabajaba. Por si fuera poco ambos parecían turnarse para resultar molestos y ruidosos. Si uno, el más joven, dedicaba la mañana a empujar la mesa de un lado a otro y proferir maldiciones, el de más edad comenzaba al atardecer con su retahíla de incongruencias.
En cualquier caso, y a pesar de lo irritantes que se presentaban mis compañeros, estaba ante la oportunidad de desempeñar el empleo de mis sueños. Además, el titular de la oficina parecía una persona amable y comprensible, así que acepté el puesto sin dudarlo. Me fue asignada una mesa cercana al agregado, con una pequeña ventana que asomaba a una recia pared de ladrillo que se encontraba a poca distancia. El paisaje ideal para un empleo ideal. Desde el primer día me puse manos a la obra con toda la dedicación y precisión de la que era capaz. Como aún no había buscado alojamiento pasaba las noches en el despacho sin que nadie se diera cuenta. El agregado, por el contrario, se mostraba satisfecho por mi puntualidad por las mañanas y mi dedicación por las tardes al ser el último, según él creía, que abandonaba la oficina. Tres días transcurrieron en los que dediqué todas mis energías, como he mencionado, en realizar no solo copias perfectas, sino en dar forma a las letras más precisas y claras de las que era capaz. Esto consumía mucho tiempo y en ocasiones me obligó a pasar noches en blanco con la única compañía de mi pluma y mi tintero. Gracias al chico de los recados no tenía que abandonar mi mesa, ya que me proveía de bizcochos de jengibre para alimentarme. Los pocos instantes de distracción que me concedía los pasaba contemplando la perfecta realización de la pared de enfrente, la pulcra colocación de los ladrillos, la limpieza del cemento aplicado con precisión. Me gustaba pensar que eran un reflejo de mi propio trabajo. Fueron días en los que me reencontré con los monjes de mi infancia, en los que realicé mi sueño. Al tercer día el agregado me reclamó para otra tarea. Tenía la pretensión que le ayudara leyendo un documento. No daba crédito a mis oídos, había empleado toda mi dedicación, había entregado tres días de mi vida para copiar con precisión y ahora me interrumpía con ese pretexto. Sin embargo, mi educación había sido estricta, jamás me hubiera osado levantar la voz o dirigirme al agregado como se permitían hacerlo los otros escribientes. Así que cuando insistió en su petición contesté en tono cortés:
-Preferiría no hacerlo-


El agregado se acercó a mi mesa para repetirme la orden con más vehemencia. No comprendía que era como pedirle a una piedra que se echara a volar. Con toda calma le repetí que prefería no hacerlo. Al contestarle se alejó. Al principio pensé que había comprendido que no debía interrumpir mis tareas, que entendía que la copia era un proceso sagrado y que exigía la máxima dedicación. Seguía empleando las noches en acabar mi trabajo y perfeccionar mi estilo, pero algo extraño empezaba a ocurrirme. Los textos que al principio habían sido simples compendios de palabras que tenían que ser copiadas, letras cuyos trazos había que reproducir con la máxima precisión, intentaron hablarme. Casi sin querer empecé a captar algunas frases, ideas sueltas que me hacían interrumpir mi labor. No podía permitirme distracciones, así que cuando aquello me ocurría, me alejaba del escrito y miraba durante largo rato la pared de enfrente. Una vez con la mente en blanco volvía a mi labor.
A los pocos días del primer incidente con el agregado había concluido la copia de cuatro documentos para la cancillería de la Corte. Un trabajo impecable del que me sentía especialmente orgulloso. Al concluir las copias el agregado se dirigió nuevamente a mí, esta vez para que contribuyera a la humillación pública de comprobar si mis copias estaban bien hechas leyendo mis propias líneas junto a los otros copistas que ya estaban dispuestos para tal tarea. A pesar de lo irritante de la situación, con toda la calma del mundo volví a rehusar tal tarea. No solo resultaba una distracción para mis cometidos, sino también todo un insulto a mi precisión como copista. En cualquier caso, y ante la insistencia del agregado, me negué de forma amable pero firme. Volví a repetirle que prefería no hacerlo.


Siguió un tremendo alboroto en la oficina, el agregado perdió los nervios y se quejó de mi actitud en voz alta. Me parecía increíble que no comprendiera mi situación, pero pronto me aislé de la confusión sumergiéndome en mi propio trabajo. No podía permitir que nadie, ni siquiera aquel que me había empleado, entorpeciera mi labor.
En aquellos días el proceso de copia me absorbió de tal manera que ni siquiera había hecho el intento de buscar una habitación. Además, no había encontrado ninguna dificultad en quedarme en la oficina por las noches y el sitio me gustaba. Estaba dentro de uno de esos edificios que tanto había admirado en mis paseos y en él me sentía seguro y a salvo. Lejos de aburrirme el monótono paisaje de ladrillo, provocaba en mí un extraño sosiego en el que me refugiaba cuando no estaba copiando documentos. Pasó el tiempo y pensé que finalmente el agregado sí había comprendido lo absurdo de sus peticiones fuera de la labor de copista, pero tuve que negarme una tercera vez. Aunque en esta última ocasión pareció perder la compostura, requirió de mi no solo que leyera, sino que saliera en busca de correo e incluso que ejerciera como mensajero. Naturalmente me negué, siempre con exquisita amabilidad, a realizar esas tareas. ? Preferiría no hacerlo-.


Al final el abogado resolvió, una vez más, dejarme en paz y desahogar su descontento con los otros escribientes. Siguió una larga temporada de tranquilidad en la que no faltó el trabajo y en la que el agregado no volvió a importunarme con otros encargos. El tiempo pasó y cada vez me era más difícil abstraerme del contenido de los textos. Poco a poco me iba sumergiendo en los documentos, reconociendo injusticias, captando mentiras con sólo escribirlas, apreciando la bajeza de los delitos... Los textos legales cobraron vida y pasaron de ser mero objeto de copia a revelar la miseria de la humanidad. Ya ni siquiera me ayudaba la contemplación de la pared de enfrente, las palabras que tenía que copiar me hablaban. De esa forma cada vez me era más difícil realizar mi cometido. Comía poco y no salía de la oficina más que para recorrer las escaleras del edificio en busca de agua o simplemente para estirar las piernas.
Un domingo el agregado acudió a la oficina. Naturalmente se sorprendió de verme pero tuve que despacharle pues estaba terminando una copia importante y no quería ser distraído. Le dije que se diera una vuelta y volviera, pues en pocos minutos habría terminado. Así que concluí la copia y me dirigí al descansillo del piso de arriba para que el agregado pudiese disponer a sus anchas de la oficina. A la mañana siguiente el abogado me llamó para conversar. No entendía esa actitud, tenía copias pendientes pero aún así me acerqué a su mesa.


Me preguntó dónde había nacido, que le contara algo de mí mismo, ¿es que no entendía que yo no era más que un instrumento, una mano para sujetar la pluma? ¿Por qué quería distraerme con palabras? Le contesté como tenía costumbre: - Preferiría no hacerlo-.
El agregado insistió, quería que fuera razonable, que me ocupara de otras cosas. Pero entonces lo único que tenía sentido para mí eran las copias, los documentos, las palabras. Mi universo era la tinta, mi único alimento la escritura. Volví a mi rincón dejando al agregado y a los demás escribientes mientras comentaban sobre mí. Esa noche mientras terminaba mi última copia, las palabras saltaron del papel para distraerme y me encontré mirando al muro de enfrente como de costumbre. No podía verlo con claridad. Retomé la copia y una suerte de niebla me impidió ver las letras, distinguir los trazos. La vida se había acabado para mí. Pensé en todas las miserias que había copiado, en todas las podredumbres humanas que había convertido en palabras, en mi propia situación. Me había engañado, no era un amanuense que salvara de las hordas bárbaras las palabras del divino Aristóteles, era un simple copista de delitos, alguien que había plasmado en papel lo más bajo del género humano, un objeto más de esa oficina que ahora se había convertido en inútil: un copista que no podía ver y que jamás volvería a copiar. En los días siguientes el agregado no supo más qué hacer conmigo. Permanecía sentado en mi escritorio, mirando la pared de enfrente sin poder distinguirla con claridad. Los trazos precisos del cemento entre los ladrillos se habían convertido en un borrón confuso e inquietante. Así, inmóvil en mi puesto estuve varios días sin poder coger la pluma, sin poder distinguir las palabras de los documentos que se suponía que tenía que copiar. Al principio el agregado intentó ignorarme, pero al final no aguantó más. Procuró convencerme para que abandonara el edificio, me ofreció dinero, referencias... pero esa oficina y esa pared borrosa se habían convertido en todo lo que me quedaba, así que me negué a moverme de allí. El abogado abandonó finalmente el despacho -Adiós, Bartleby, me voy, adiós y que Dios lo bendiga de algún modo - intentó darme dinero, pero ya no lo necesitaba, lo dejé caer al suelo. Nada tenía sentido ya para mí.
Unos nuevos inquilinos ocuparon la oficina, al principio me expulsaron pero ocupaba otros lugares del edificio. Vagaba por las escaleras en busca de un muro que observar y ahí me quedaba hasta que me desplazaban a otro lugar. Una vez más el agregado vino a verme, me ofreció empleo, me ofreció apoyo... pero yo había perdido mi identidad. No supieron cómo desalojarme del edificio hasta que me llevaron a la cárcel. Y aquí me encuentro, hoy ha vuelto a visitarme el agregado, pero mi única compañía son las paredes, paredes más toscas que las de Wall Street, muros apresurados como estas líneas, escritas por alguien que quiso ser copista y que descubrió que era sólo humano.



Gustavo de Porcellinis (Milán, 1966). Periodista. Es alumno del Taller de escritura creativa I.



© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com