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viernes, junio 29, 2007

Trenes que atraviesan ciudades de noche, por Alberto Bellido



Ahora ella duerme a mi lado. Descansa tranquila, en silencio, ajena al hecho de que mañana despertará sola y yo estaré demasiado lejos de aquí para poder consolarla. Mis pensamientos esta noche se elevan desde el lecho en el que ambos yacemos y forman por encima de nosotros una escarcha azul que resplandece en la habitación a oscuras. Todavía no he tenido tiempo de arrepentirme, y espero que cuando esto suceda, si es que sucede algún día, pueda pensar que al fin y al cabo era la única opción que me quedaba. Si al menos ella no hubiera dicho aquello... de haberse callado, sin duda, las cosas serían muy distintas ahora.

La conocí apenas hace unos meses, en la Facultad de Ciencias de la Información en la que ella estudia ?creo recordar que en algún momento me ha dicho que quiere ser Periodista y yo he tenido que callarme la opinión que tengo sobre el periodismo en general y algunos periodistas en particular- y a la que yo acudí para dar uno de esos cursos de Escritura Creativa con los que me ganaba la vida entonces. Había dejado aparcada por enésima vez mi segunda novela. Después de unas cincuenta páginas escritas con desgana y demasiado inconexas para formar un relato coherente, simplemente me quedé en blanco: acababa de encallar en la arena de una playa de la que me resultaba imposible escapar. Cada noche, aproximadamente a la misma hora, me sentaba a la mesa que tengo en mi despacho frente a un hoja en blanco, y contra ella me estrellaba una y otra vez, sin ideas, agotado y vencido. Comprensiblemente, mi editor se cansó y decidió darme un plazo de seis meses para entregarle la novela que habíamos pactado y por la que me proporcionó un suculento adelanto; no me pedía una obra de arte ni un best-seller, simplemente quería una historia que ocupase unos doscientos folios mecanografiados y en la que apareciese mi nombre al final de la misma. Él ya se encargaría del resto. El plazo vence mañana. Hace un rato, al terminar de hacer el amor con ella y refugiarme en mi lado de la cama como un animal que se oculta en su madriguera para no ser cazado, he sabido que nunca más escribiré una sola línea. Sencillamente, no tengo nada que contar. Incumpliré mi contrato, traicionaré mi palabra, en fin, seré la clase de ser cobarde e inservible que mi editor siempre ha pensado que soy.

Ahora ella se ha movido, pero no está despierta. Ha sido uno de esos cambios de posición que hacemos en la cama inconscientemente, mientras seguimos dormidos, sumergidos aun en nuestros sueños y ajenos a lo que nos rodea. Me gustaría saber qué es lo que está soñando, si es que sueña algo. Siempre me he preguntado eso mismo de mis amantes: introducirme en sus subconscientes como antes hice en sus cuerpos me parecería la forma más plena y gozosa de posesión. Pero ellas son siempre libres en sus sueños, sus placeres, sus sentimientos, y yo tan solo un invitado puntual en sus vidas.


Por eso no la entendí cuando dijo aquellas palabras. ¿Qué demonios pretendía decirme con eso? Que lo había pasado bien, que era un amante formidable, que deseaba pasar el resto de su vida conmigo... Creo que nunca antes me lo había dicho nadie. En broma quizá sí, pero siempre supe que no era nada que debiera tomarme en serio. Incluso puede que a mí se me haya escapado en alguna ocasión, seguramente porque esperaba conseguir algo a cambio o ?y eso es lo más extraño que nunca me haya podido ocurrir- porque sentía una opresión en el pecho que sólo podría deshacer pronunciando esas curiosas palabras. Pero siempre se trataba de una especie de juego en el que interpretaba, con mayor o menor fortuna artística, el guión de una escena que he leído en algún libro o he visto en alguna película.


Por todo esto, cuando se lo escuché decir, comprendí que debía marcharme. Su boca entreabierta después de pronunciar esas palabras, el leve peso de su cuerpo sobre el mío, la fragancia que me llegaba desde su pelo negro, cayendo en desorden sobre mi rostro y haciéndome cosquillas, y el rumor lejano de los trenes que atravesaban la ciudad de noche... Me pareció estar inmerso en un sueño del que no querría despertar jamás. Fue tan agradable que sentí miedo. Cerrando los ojos, noté que me ahogaba y tuve que apartar su cuerpo con un suave empujón. No sé si es verdad lo que me ha dicho o no; sólo sé que no quiero estar aquí mañana para comprobarlo.

Ahora vuelvo a escuchar pasar a un tren. Este motel está cerca de la estación, y aunque es noche cerrada y el mundo parece paralizado ahí afuera ?sólo mi compañera, que respira con suavidad a mi lado, parece estar viva esta noche-, de tarde en tarde surge de la nada el ruido de un tren atravesando la oscuridad a gran velocidad. Su sonido se eleva en el silencio hermético de la ciudad y durante el instante que dura parece que nunca cesará; primero es una insinuación lejana que estremece el aire, ni siquiera llega a tener la cualidad física de un sonido perceptible, sino que es la premonición de algo que va a suceder, como cuando sientes una corriente fría a tus espaldas y crees que alguien está ahí, observándote, estudiando tus movimientos, esperando el momento en el que asestará su golpe definitivo. Después, el pitido de la locomotora al cruzar un paso a nivel sin barreras destruye esa incertidumbre. El ruido que hacen los hierros de la locomotora y los vagones al avanzar, y los raíles que crujen bajo su peso, llenan la noche; el cuarto en el que estamos se estremece, los cristales de la ventana se agitan como por una ventisca que azotara con fuerza desde el exterior, y las paredes transmiten el temblor subterráneo que sacude los cimientos del edificio a la lámpara que cuelga del techo. Ella no se inmuta, continua durmiendo; qué envidia verla así, y qué inocente resulta su inconsciencia. El sonido tarda varios minutos en extinguirse, y cuando lo hace el tren debe de estar ya a varios kilómetros de distancia de este lugar. La fantasía me transporta en él, y pienso que cuando mañana ese mismo tren llegue a su destino, también yo me apearé y recorreré las calles de una ciudad extraña sumida en la neblina gris de la mañana de Noviembre. A menudo me asalta esta idea de huir a un lugar desconocido y lejano, y empezar de cero, como si la vida me diera una nueva oportunidad. ¿Qué valen los plazos, las palabras de esta chica, apenas una adolescente, y la vida que he dejado en cualquier parte, allí dónde me llevan esos trenes? Nada. No valen nada.


Durante el tiempo que dura el sonido del tren, mis pensamientos se suspenden y me encuentro mejor. Pero esta calma no dura demasiado, y en cuanto el sonido del tren se pierde vuelvo a regresar a esta habitación, a la realidad tangible de la chica que duerme a mi lado. El pensamiento de que quizá yo también haya empezado a sentir lo mismo me estremece. ¿Cuándo ha sucedido? ¿Tal vez el día que la conocí, cuando la descubrí sentada en primera fila del salón de actos, ojeando distraídamente unos apuntes? ¿O más tarde, en la cafetería, mientras yo tomaba una cerveza y ella se acercó para que le firmara un ejemplar de mi libro, el único que he escrito y escribiré jamás? Siempre he pensado que estaba a salvo de esta clase de accidentes sentimentales. De todas formas, ahora ya da igual que esto haya sucedido o no. Mañana ya no estaré aquí para comprobarlo. En algún lugar de mi cerebro quedará su imagen grabada hasta que se desvanezca, y durará aún menos el recuerdo del suave y fresco tacto de su piel, esa nota delicada que ha quedado grabada en las yemas de mis dedos. Todo se esfumará, y al cabo ya no quedará nada, y lo único que me recordará a ella, que despertará su recuerdo y me hará sentir momentáneamente triste, será el sonido de los trenes en mis noches de insomnio.



Todavía quedan un par de horas para el amanecer, y aún es pronto para ir a la estación. No saldrá ningún tren de pasajeros hasta por lo menos las seis. Antes de que amanezca, en todo caso, me levantaré de la cama con mucho cuidado, procurando no despertarla con ningún ruido, y tampoco encenderé la luz. Me vestiré despacio y a oscuras, la ropa envolverá mi cuerpo con su abrazo frío, y no iré al baño para asearme. Mi furtiva huida pasará desapercibida, y cuando cierre la puerta de la habitación a mis espaldas sabré que lo he conseguido. Bajaré a la calle, recorreré la distancia que me separa hasta la estación, y una vez allí subiré al primer tren que salga. Sacaré el billete y no me preocupará el destino. Abandonaré esta ciudad, cuyas luces resplandecerán con un brillo lánguido de despedida, y el contorno fantasmal de los edificios me recordará que estoy haciendo lo correcto. Pronto, muy pronto, ya no estaré aquí. Me vuelvo hacia ella y su contorno más oscuro que la oscuridad del cuarto me estremece. Me siento triste y excitado al mismo tiempo. Voy a cerrar los ojos un momento, sólo será un instante, exhalaré profundamente el rastro del perfume que ella ha dejado en las sábanas, y después me levantaré y me iré.

Sí, me digo convencido, eso es lo que voy a hacer.

Me despierta el sonido de un teléfono, agudo, punzante e hiriente como un golpe de agua helada sobre el rostro. Confundido, abro un ojo: la luz nítida de la mañana se desploma sobre las sábanas blancas con tal intensidad que tengo que volver a cerrarlo. En ese breve instante, compruebo que ella está despierta a mi lado, mirándome y sonriendo. Durante esos momentos en los que las telarañas del sueño aún me mantienen atrapado, siento un pánico intenso y no me atrevo a volver a abrirlos por miedo a que la imagen que he visto sea real.

Pero es real.

Es mi teléfono móvil el que suena. Tanteo con la mano derecha sobre la mesilla y estoy a punto de derribar el vaso de agua que dejé allí anoche por si tenía sed. Finalmente, me hago con el aparato y consigo llevármelo a mi oreja derecha.

- ¿Diga? ?mi primera voz del día suena ronca y áspera. Parpadeo e intento aclarar la garganta. Esta maldita luz hace daño de veras-. ¿Quién es?

- Soy Leo, ¿te he despertado? ?la voz de mi editor tiene el mismo timbre irónico de siempre; me lo imagino sentado en su despacho, hojeando las páginas de deportes del periódico y frotándose las manos satisfecho por haberme despertado. Es de esa clase de personas que no conciben que un hombre adulto permanezca en la cama un día de diario más allá de las siete de la mañana. Por eso mismo odia tanto a los escritores.

- No, no ?balbuceo. He empezado a acostumbrarme a la claridad y estoy mirando a mi compañera de cama, contemplando su presencia radiante a mi lado con un punto de orgullo: hasta ahora no me había dado cuenta de lo hermosa y joven que es. Está inclinada sobre su costado izquierdo y apoya la cabeza en la almohada. El desorden de las sábanas deja al descubierto un pecho y una parte generosa de su cadera desnuda. Me mira con inocencia y en su sonrisa hay un brillo de radiante felicidad que resulta contagioso. El miedo se ha esfumado y me siento feliz y pleno como no me sentía desde hace tiempo, quizá desde que era niño y me enamoraba de cada mujer que pasaba a mi lado.

Por eso no me importa escucharle, y ni siquiera me inmuto cuando me lanza la pregunta fatídica que ha esperado seis meses y cuya respuesta sé que no le agradará:

- Y bien, ¿qué ha sido del libro que me prometiste? ¿Podré leerlo hoy mismo?

Me muero de ganas de decirle que no hay ningún libro y que nunca lo habrá. Pero me tomo mi tiempo; lo único que me interesa ahora es mirarla, felicitarme porque está a mi lado, disfrutar, aunque no lo haga, de la posibilidad de poder alagar mi brazo y tocar su pecho desnudo, firme y muy blanco. Los pensamientos de la pasada noche se han evaporado, y flotan disueltos en la atmósfera que nos rodea, mezclándose con las motas de polvo que descubren los rayos de sol que entran de soslayo en la habitación.

- ¿Qué coño pasa, Martín? ?la voz irritada del editor sube una nota-. ¿Te has dormido? Porque... ¿tendrás ese libro, no?

Percibo que él ya sabe que no he escrito nada. No obstante, trago saliva antes de decírselo:

- Es cierto, no hay ningún libro ?siento que unas cuerdas se aflojan en algún lugar dentro de mí-. Además, estoy muy lejos de allí. Aunque lo tuviera, no podría dártelo. Creo que no volveré en mucho tiempo.

La sonrisa de la chica se alarga. Ella es feliz, y siento que yo también lo soy. Hoy, más que nunca, la felicidad me parece algo extremadamente sencillo de encontrar, tanto que me extraña que haya tanta gente en el mundo buscándola y que no se tropiecen nunca con ella.

- Estoy viajando con alguien muy especial ?guiño un ojo y ella me responde ensanchando su sonrisa-. Vamos a hacer un largo viaje... Y me da igual lo que pienses y lo que pueda pasarme por no cumplir el contrato. Por una vez, voy a hacer lo que me da la gana.

Cuelgo. Pensar que no voy a escuchar nunca más su voz irritada es otra buena noticia en esta mañana llena de dicha y felicidad. Ahora estamos ella y yo, solos, al margen del mundo. Nuestros cuerpos se atraen como imanes y nos fundimos en un largo y húmedo beso.

Resulta extraño, pero en estos momentos sólo sé que quiero estar aquí, que no hay ningún otro lugar del mundo al que desearía ir ni ninguna otra compañía que prefiera. Aunque también sé que esto sólo vale para este preciso momento, para este instante en el que nos amamos confusamente, en el que nuestros cuerpos responden a las caricias exactamente tal y como esperamos y deseamos, como si estuviéramos programados sólo para eso, para dar y recibir placer. Pienso que este lenguaje es mucho más comprensible que el de las palabras, y desearía que ella no volviera a abrir la boca ni dijera nada que pudiera comprometer nuestro futuro juntos.


Lo que no puedo saber es qué pasará esta noche cuando, estemos donde estemos, vuelva a escuchar los trenes que avanzan a gran velocidad, recordándome que el mundo es infinito y que siempre puedes subirte a cualquiera de ellos y despertar en cualquier otra parte.



Alberto Bellido (Madrid, 1976). Fue alumno del taller de relato breve en Hotel Kafka.

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miércoles, junio 13, 2007

Hadas, por Guillermo de Roebruk


Chicas, os presentó a María.- la señorita Dei Ampari batía palmas para llamar la atención de las demás que meditábamos en el jardín.
María apareció ante nosotras con el rostro triste y vacío de las potenciales, sus coletas apretadas a las sienes trataban de disimular que había llegado tarde, que ya era una mujer. Me fijé en sus caderas perfectamente trazadas y en sus pechos que ocultaba tímida, bajo un jersey demasiado grande para ella.
Permanecía medio escondida tras la señorita Dei Ampari, observándonos una a una, sin decidirse a tendernos la mano o a besarnos las mejillas. Me acerqué a ella y la besé en los labios.
Ella no dijo nada, sólo abrió los ojos de par en par observándome con sorpresa. En ese momento supe por qué la señorita Dei Ampari me había elegido para ser el ángel de María: por fin yo estaba preparada para enseñar. Sentí cómo algo parecido una corriente eléctrica me atravesaba los labios y cargaba mi aura con una magia especial. Era la Magia de la que nos hablaba la señorita Dei Ampari, la fuerza, el poder que todas, tarde o temprano, acabarían consiguiendo. Para eso estaban allí.

--¿Diana quieres enseñarle a María su habitación? --la señorita Dei Ampari se sentó una vez más en sus alfombrilla de esparto, juntó sus dedos corazón y meñique y se abandonó a la meditación.
--¿Por qué hace eso? -- Me preguntó María. Su voz era muy grave, como la de un muchacho. Los gordos mofletes, al moverse, me llenaron de una ternura que jamás había sentido. La cogí de la mano y la invité a acompañarme para que conociera todo el castillo.

La primavera pasaba muy lenta, pero María aprendía con rapidez. No es fácil para las potenciales entender a la primera las verdades de la materia tal y como son realmente.
Lo primero era anularles todo recuerdo hasta el día de su llegada al castillo, mostrarles el error en el que habían vivido hasta ese momento. No es fácil hacerles entender que nada debe importar excepto la magia y la luz: familia, estudios, amistades? todo es perenne, nada de esto nos sirve para conseguir la eterna dicha. A ella no le costó mucho desprenderse de toda su vida anterior. En los ciento diecisiete minutos que teníamos de conversación después de la meditación de la mañana, María me contaba cómo había sido su vida en el exterior (era una de las terapias que mejor funcionaba). Cómo se las había arreglado para vivir sin una familia, de un orfanato a otro, del asistente social al psicólogo, del psicólogo al psiquiatra, y así como casi todas, de desarraigo en desarraigo. Recuerdo aún su cara de felicidad cuando ella me preguntaba por mi pasado y yo, fiel a las enseñanzas, la contestaba con un no rotundo: no recordaba nada, yo ya no era mi pasado, sino un presente girando en círculos, alcanzando día a día la perfección total.

Un día recogimos un pajarillo que había caído de un nido. María quería llevarlo a su habitación y cuidarlo hasta que pudiera volar. Le consulté a la señorita Dei Ampari, que no puso objeciones al respecto. Lo alimentaba con verdadera dedicación haciendo pequeñas bolitas de pan que mojaba en agua, siempre por la noche, cuando todo el mundo dormía. Entonces en el silencio la escuchaba abrir la ventana de su habitación y hablarle al animalito. En susurros le contaba sus deseos de volar, sus ansias de aprender todas la verdades de la materia para llegar a ser algún día eso que tanto anhelaba. La señorita Dei Ampari estaba muy orgullosa de cómo María había aprendido los conceptos en tan corto espacio de tiempo, me animaba a que comenzara con ella a practicar las primeras leyes de nuestro canon pero yo intuía que necesitábamos más tiempo, la forma en que se comportaba con el pajarito me hacía todavía desconfiar. Decidí poner a prueba sus conocimientos teóricos con un test sobre la dependencia emocional, lo pasó sin ningún tipo de problemas, así que me propuse una prueba un poco más dura para evaluar esta dependencia: al cabo de unos días el pajarito apareció muerto en su cajita de cartón. Recuerdo el gesto de María: la palma de la mano sujetando el famélico manojo de plumas y observándolo fríamente.

-- ¿Qué ha pasado? --le pregunté simulando tristeza.

-- He llegado tarde, Diana. --extendió el brazo para mostrarme el cadáver.-- Se ha marchado a la tierra.-- Exclamó alegre mientras depositaba el cuerpo en la papelera.-- Seguro que nos está viendo. Pajarita, pajarita manifiéstate?-- Me agarró de la cintura y comenzó a bailar conmigo.

-- Sí, María. Se ha marchado con la tierra.-- Le contesté acariciándola el rostro.

Nos habían enseñado que todos los animales sólo son de tierra y vuelven, al cerrar sus círculos, a esta materia primigenia. Del mismo modo, algunas mujeres somos seres de luz, pero no necesitamos morir del todo para volver a ella, para conseguirlo sólo debemos someternos a este duro aprendizaje.

La noche del cuarto plenilunio después de su llegada, la pesamos por primera vez. Aún seguía empeñada en andar vestida, avergonzada por lo poco que había perdido. El primer día de peso para las neófitas organizábamos una fiesta en su honor. Una vez desnudábamos a la chica la subíamos a la báscula, y después, tras regalarle una gran ovación, apuntábamos en la pizarra del vestíbulo: nombre y valor numérico. Quemábamos todas sus pertenencias del mundo exterior en una gran hoguera en el jardín, la ropa que ya no volverían a usar, libros, fotos, peluches, muñecas? por fin el pasado desaparecía de sus vidas. Cantábamos las viejas canciones alrededor de la hoguera y pasábamos al porche donde montábamos una gran mesa con todo tipo de manjares, vinos y licores en una cena en la que nos estaba permitido engullir hasta la saciedad.
La señorita Dei Ampari no comía, nos observaba con todo su amor saliéndole de los ojos desde su esterilla de esparto. De vez en cuando entonaba alguna alegre melodía con su flauta o nos arengaba sobre las leyes de la materia y el aura. Pero ese día no estábamos obligadas a asentir con voz grave cada vez que ella hacía una pausa, también en eso era un día especial.
María estaba exultante aquella noche, era su noche. Se abalanzaba una y otra vez sobre todos los platos, casi sin darse tiempo a deglutir volvía a llenarse la boca dejando que los restos de grasa o vino resbalaran por su mentón. El resto comíamos con más decoro. Algunas habíamos pasado por eso hacía ya tiempo, pero era divertido recordarlo, vernos reflejadas en el rostro ahíto de placer de la neófita y darnos cuenta de todo lo que habíamos avanzado en nuestro camino hacia la eterna dicha.
Terminada la cena, nos besábamos en los labios como todas las noches antes de dormir, y nos dirigíamos al pozo. El pozo siempre estaba cerrado, sólo se utilizaba para éste ritual. Nos cogíamos de las manos formando un círculo alrededor del brocal y la señorita Dei Ampari comenzaba a escupirnos en el ombligo. De esta forma, con su mágica saliva, nos limpiábamos la ansiedad provocada al ingerir materia. Limpiarnos la gula, nuestra mayor enemiga, el fantasma que algunas noches después del vómito individual se aposta en los cabeceros de nuestras camas para tratar de engañarnos con sus promesas de felicidad equivocada. Después de la saliva, nos metíamos los dedos de las unas en las gargantas de las otras vomitando lo que ya no necesitábamos, todas excepto la primeriza, en este caso María, que abrazada a la señorita Dei Ampari, sonreía feliz ante el espectáculo. Esta era la única noche del año que no practicábamos el vómito individual, al menos de cara a la galería porque todas sabíamos lo difícil que resulta algunas noches enfrentarte tú sola a este acto de higiene. Una vez limpias y vomitadas, la señorita Dei Ampari pronunció las palabras mágicas e introdujo sus dedos cristalinos en la boca de María. La muchacha empezó a vomitar como una fuente de agua coloreada y sus ojos abiertos transmitían todo lo que, sin lugar a dudas, sentía en ese momento: la alegría infinita de ser purgada de toda la mala materia a través de la taumaturgia de la señorita Dei Ampari.

A partir de ese día las neófitas ya eran consideradas una más dentro del grupo, ya estaban obligadas a meditar dos cuartas partes del día, como una más. El resto del tiempo estudiaban las enseñanzas de la señorita Dei Ampari o practicábamos los viajes astrales en la umbría del jardín. Las íbamos convirtiendo poco a poco en verdaderas hadas, volátiles, libres como el pensamiento y con un aura de bondad que sentíamos brotar tan lentamente como las bellas flores en las que acabarían transformadas.
María era ya una alumna muy aventajada, una tarde de verano consiguió levitar unos pocos centímetros, estaba exultante. Me dijo que antes de que llegara el otoño lograría alcanzar la copa del álamo que crecía en un ángulo del jardín, para regalarme el polen de algodón virgen que se mecía en las últimas ramas. Ese día en nuestro momento de conversación me habló sin parar de lo feliz que se sentía: liviana como una mota de polvo en su parte material, pero plena, pesada como el plomo en su aura llena de amor, alegría y bondad. Me sentía muy dichosa al ver los progresos de mi pupila.

El verano seguía su curso agostando los campos de trigo cercanos, calentándonos el alma, aquellas mañanas en las que paseábamos muy despacio por el césped bebiendo el rocío de las hojas y libando, como los colibríes, las flores blancas de las acacias. Una noche de tormenta María encendió la vela de su palmatoria y sentada frente a su espejo comenzó a llorar suavemente. Atravesé el espejo y la miré a los ojos. Esos ojos negros rodeados de un precioso color morado. Sabía perfectamente qué ocurría, la abracé meciéndola en mi regazo mientras las lágrimas de alegría corrían hasta el suelo. Por fin María había dejado de ser mujer, ya no volvería a producir la materia rojiza y viscosa que nos convierte en seres de tierra. Había alcanzado un escalón más en su transformación. A la mañana siguiente corrí hacia la esterilla de la señorita Dei Ampari para contarle la noticia, su respuesta fue inquietante. Me besó en los labios y me dijo:

-- María es una aventajada, debes prepararla porque pronto conseguirá lo que el resto lleva buscando años. Ha comprendido la futilidad del tiempo, ha sabido desprenderse de todo lo material, y en breve, Diana.-- y me agarró de los hombros soplándome las palabras en la boca.-- en breve transmutará a la antimateria.

-- Entonces, ¿debo prepararla para la foto? ? pregunté nerviosa. La señorita Dei Ampari juntó sus dedos corazón y meñique y reclinándose en su esterilla de esparto, asintió.
La alegría me desbordaba, gracias a mi ayuda, María iba a convertirse en un ser de luz. Era el momento de adoctrinarla en los secretos mejor guardados de nuestro canon, empezaríamos por la forma en que podemos intuir a las potenciales que viven en el exterior, en el arte de la dialéctica para persuadirlas. Después ensayaríamos el manejo de la materia para hablar sin ser vistas, atravesar paredes y puertas de oscuros dormitorios, aparecer y desaparecer a nuestro antojo o introducirnos en los cuerpos y modificar los sistemas metabólicos.

Hace una semana que encontré a los pies de mi esterilla de esparto una bola de polen blanco. María había conseguido elevarse hasta veinticinco metros y cuarenta y tres centímetros del suelo, recortar la materia con sus manos, atravesar el espejo de mi alcoba y marcharse sin yo percatarme ni un instante de su presencia. A la mañana siguiente decidí prepararla para la foto.

Una vez se cumplen todas las premisas, las tutoras nos fotografiamos junto a nuestras pupilas en un rincón del jardín. Tras dos días de meditación continuada, nos vestimos para el ritual con unas gabardinas grises y abotonadas hasta el cuello. La señorita Dei Ampari eligió esta prenda porque cubre todo nuestro cuerpo. Así cuando revelamos la fotografía, las muchachas se percatan de su transmutación total: sólo aparecen dos prendas como flotando en el aire delante de los tupidos setos.

María no paraba de reír, recuerdo su risa fresca y cristalina reflejándose en sus preciosos ojos hundidos:
-- Gracias Diana, gracias.-- repetía su voz cantarina mientras giraba alrededor de mí.

-- Mañana verás en lo que te has convertido, mi niña.-- la susurré al oído.

Aquella noche dormimos juntas, hablamos hasta altas horas del largo camino recorrido hasta ese momento y de los nuevos proyectos. A la mañana siguiente, nos presentamos ante la señorita Dei Ampari que hojeaba el grueso álbum. Lo cerró con sumo cuidado, nos agarramos de las manos formando un círculo y comenzó a pronunciar las palabras:
?Ahora María, ya no es materia, ahora María es ser de luz, se alimenta de luz, porque todo en ella es luz. Pureza, bondad y amor para sembrar el mundo te otorgo?.
Nos sentamos en el suelo, buscó el marcador de suave cinta de satén y abrió el viejo álbum por la última página: en la fotografía aparecían totalmente nítidas dos gabardinas grises con botones negros que flotaban en el aire, en una de ellas el brazo diestro sujetaba un paraguas para darle más realismo a la escena, el siniestro se acercaba amorosamente al brazo de la otra prenda pero no llegaban a tocarse, unidos por la magia para siempre.

-- Mírate.-- susurró la señorita Dei Ampari.

María lanzó el pesado álbum al suelo y empezó a gritar con una voz vitricida:

-- Es mentira, es mentira.-- sus preciosos ojos amoratados se clavaban en la fotografía y otra vez en los míos.-- Pero, ¿no te ves, Diana? ¿No me ves? Somos materia Diana, somos materia. Es todo mentira.

Y empezó a correr sus pasos cansados hacia la verja de hierro fundido que nos separaba del exterior. En el barro fresco del camino aún se ven, levemente impresas, sus huellas.
Hoy ya sé donde vive. Esta vez haré mejor mi trabajo.


Guillermo de Roebruk (Londres, 1974). Agente de viajes. Es alumno del master de escritura creativa de Hotel Kafka.

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