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martes, julio 31, 2007

Marilyn, pechos de oro; por Lola Vega



Nada podía menoscabar el brillo de ésa extraña sonrisa. Marilyn estaba en la pista del circo. Noche tras noche se sentaba allí en medio, esperando el roce del hocico del caballo blanco cuya crin rodaba por el suelo. Dentro del radio de luz de los reflectores se abría el mundo en el que renacía cada atardecer suyo. Sus grandes pechos hacían brotar la carcajada más risueña del público del Price. Marilyn vivía para ellos, se los tatuaba, se los pintaba.Toda su vida pendiente .MARILIN PECHOS DE ORO .En la pista del circo esa sonrisa adquiría una cualidad propia, desprendida, magnifica que expresaba lo inefable...Bañadas en círculos concéntricos de sombra, se alzaban hileras y mas hileras de rostros, interrumpidos aquí y allá por algunos huecos que la luz lamía con avidez de lengua deforme.
Cada atardecer los pechos de Marilyn era observados , lamidos, tocados y absorbidos allí, en medio de la pista. ?Dos enormes círculos en un soporte, dos ojos inmensos, dos mariposas concéntricas, dos agujeros en la noche, un culo extraordinario?.

Cuanta más fortuna lograba con su número, Marilyn derivaba más anónima e inadvertida.

Una noche cuando, como todas las noches, sus pechos se inundaban una vez mas con la leche caliente de los reflectores ,alguien vio como dos inmensos volúmenes de su cuerpo se retorcían ante el bramido de los espectadores .Pálidos reflejos se agitaron un segundo alrededor de brillantes formas ,vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflamaban por todo su cuerpo , y en lo mas profundo de aquella luz enfermiza , pulpos innumerables y enormes destrozaban los tatuajes de los pechos de Marilyn. Mientras tanto, las estrías atravesaban las pistas de aquel circo vertiendo la secreta leche contra los espectadores. Aquella verdosa inmovilidad avanzaba y retrocedía y toda la carpa se convertía en una monstruosa estría.

Durante un tiempo, aquel horror parecía interminable. De repente , y sin que mediara palabra alguna , excepto bramidos y asombro , Marilyn , allí en medio ,con el rostro lleno de tajos y magulladuras , cogió un pequeño cuchillo , y poco a poco ,con una parsimonia periódica, cortó ambos pezones que saltaron con fuerza mientras se abría la doble fuente de sangre?El publico estaba hechizado . Una vez cortadas las cabecillas, envolvió el pecho con cuidado con un cordón de metal, mientras un niño del circo tiraba una blanda pelota contra el techo de la carpa. El vómito de los cuerpos perseguía su marcha inexorable hacia los muñones vendados con el metal?.

De cualquier manera, es sabido que nadie es capaz de describir o adjetivar lo nuevo, lo sorprendente, porque nadie sabe de singularidades. Por eso, cuando me encontré de nuevo a Marilyn en un circo cutre de Berlín, allí en su nueva pista, sentí esa terrible sensación de un cadáver que nos mira...Era una mujer con dos horribles muñones móviles en su pecho desde los que tiraba pelotas blandas al techo.Pero nada hubiera podido menoscabar nunca, el brillo de su sonrisa, esa extraña sonrisa.


Lola Vega ha cursado el taller de True Crime en Hotel Kafka

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miércoles, julio 25, 2007

Hasta que la muerte nos separe, por Clara García Baños



La relación entre mi despertador y yo ha entrado en una profunda crisis. Llevamos muchos años conviviendo, es cierto; pero comienzo a sospechar que es un cretino y que me odia. A veces, se me antoja una de esas personas que te encuentras en la vida y que, por decencia, no la presentas jamás a nadie. Decididamente, no lo soporto.
Anoche, como viene siendo habitual desde hace semanas, hemos tenido una escena: llego a casa tarde, cansada, rendida. Me desvisto. Tiro la ropa por cualquier sitio. La camisa, colgando de la lámpara y uno de los zapatos en el hueco del radiador. El cuarto, un campo de batalla entre mi tiempo (mi despertador) y yo. No encuentro motivos, ni ganas, de recogerlo. Mañana buscaré mis ropas, donde hayan querido caer; sin pedir ni darles más explicaciones, y ni siquiera protestarán.
No como mi despertador.


Cuando me he acostado y con un supremo esfuerzo he alejado de mi mente todos los fantasmas de lo sucedido, cuando se han marchado los espíritus de la realidad y me he quedado un poquitín dormida él, (¡siempre él!) me ha despertado con su monótono tictac, lo único que suena en la habitación desde que se estropeó la radio y me quité de roncar. Cuando traspaso el umbral mágico del sueño, él lo sabe y aumenta sus monótonos latidos, su mecánica respiración. Intento no escucharlo, pasar por alto sus defectos; es sólo un objeto con ganas de hacerse sentir, pero mi paciencia tiene un límite que es peligroso atravesar, sobre todo, siendo de madrugada, Me obliga encender la luz. Lo observo fijamente, cargada la mirada de justos reproches y él... se ha callado. Disimula. Quizá le he impresionado de verdad, no lo sé. El caso es que se ha callado. Apago la luz y estoy de nuevo en los umbrales del sueño cuando, para mi desgracia, empieza con la misma canción y, sobresaltada, me despierto de nuevo. Intento repetir la misma escena, pero un bostezo irreprimible troca mi pretendida expresión feroz en una pobre faz rendida por el sueño y, en lugar de darle miedo, esta vez he debido de darle lástima. De todas formas, ya se le ha pasado y vuelve a su tictac normal, aunque no por mucho tiempo. El justo para que me quede satisfecha, vuelva a mi horizontal preferida y cierre los ojos.

La habitación se evapora, se transforma en un pasillo largo, laaargo, l a a a a a r r r g o o, lleno de puertas que se cierran mientras yo duermo y las cruzo. Poco a poco se va alargando como si fuera un gusano en anormal crecimiento y las puertas, detrás de mí, se van cerrando con un golpe sordo y resuenan también mis pisadas en el mármol del pasillo: plom, plas-plas; plom, plas-plas; plom, plas-plas; ¡PLOM! ¡Plas-Tac! ¡PLOM! ¡TICTAC TICTAC TICTAC...! ¡No! ¡Otra vez, no!, bramo. Pero bramar no me sirve de nada. Es él de nuevo. Enciendo la luz, esta vez furiosa de verdad y lo miro con la sana intención de desintegrarlo: ¡Has sido tú!, le increpo. Pero increparle tampoco es la solución. Le doy un par de golpes: quizá así se arregle. ¡Cielos! ¿Por qué este reloj se siente obligado a descomponerse precisamente a las tres menos cuarto de las mañanas en que he de madrugar? Los golpes han surtido efecto: el despertador parece que marcha mejor y se ha saltado un poco de pintura de la mesilla. Quizá sea esa su intención: que el primer domingo libre lo ocupe en arreglar la mesilla y no en descansar. No sé si los despertadores pueden almacenar tanta mala sombra entre sus engranajes. Prefiero concederle el beneficio de la duda y echarme a dormir.


Apago la realidad con los ojos, suplicándole que me lo permita, mientras voy abriendo y cerrando puertas, buscando el lugar donde estaba yo antes. Tras una de las puerta veo a Dalí pintando muchos relojes blandos. Me empuja al interior del cuadro y me adentro en un mundo extraño: todo es fofo, elástico, de un pegajoso demencial. Huyo de las cosas que me rodean y entonces todo se da cuenta de mi presencia: me persiguen los árboles, los ceniceros, los relojes... Intento huir de allí, desesperadamente. Llamo a Dalí y corro hacia afuera del cuadro, pero ahora hay un cristal que me impide salir. Y a través de él veo al pintor cerrando un trato con otra persona que está vuelta de espaldas, con un feo abrigo marrón que me produce pavor. Quiero verle la cara porque al verlo desaparecerá mi temor. Despacio, despacito, como si fuera una modelo en un desfile, se vuelve, se vuelve en un giro eterno que no parece terminar... Por fin le veo la cara. ¡Es mi despertador! Se ríe de mí, soy su prisionera, no me va a dejar escapar y yo quiero salir de aquí porque mañana es imprescindible que acuda temprano a mi trabajo. El se ríe, se está riendo de mí, con una carcajada seca, monótona, como se ríen los relojes... Debo huir y, para eso, es preciso romper el cristal del cuadro. Recojo piedras y objetos raros de no sé dónde y los tiro contra el vidrio. De repente, éste salta en mil pedazos y yo me encuentro al fin libre, flotando entre las estrellas. Una paz inmensa me invade y me duermo con la sensación de haber vencido al enemigo eterno, disfrutando del descanso merecido, en mi horizontal favorita, con un brazo sobre los ojos y la otra mano caprichosamente dormida sobre la mesilla, mientras trozos de mi ex despertador yacen sobre los vaqueros y el jersey azul que me quiero poner mañana, y me duermo sin saber que me voy a levantar tardísimo y lo primero que voy a pisar al saltar de la cama van a ser fragmentos de la esfera...


Clara García Baños ha realizado el curso True Crime en Hotel Kafka.

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miércoles, julio 18, 2007

Azul casi negro, por Mario Toledano


Por fin es de noche, abro la ventana de mi habitación, a oscuras me dispongo a poner el ojo en la mirilla del telescopio para sumergirme en ese mar centellante que es el universo.
La emoción es tener delante el pasado y el futuro, el infinito y el vacío, la materia y la antimateria; todos estos ensayos de conocimiento que siempre han cautivado a la raza humana.
Comienzo navegando por mantos pedregosos caminando en órbitas, la sinfonía de estrellas que forman constelaciones sabiendo que unas nacen y otras mueren; intento buscar la explosión de quásares, enanas blancas, agujeros negros y demás fenómenos que los astrónomos han descubierto en los últimos años.


Sin embargo me topo con los sueños de niños queriendo ser astronautas, seres mitológicos en movimiento, poetas queriendo inspirarse, científicos con afán de conquistar la sabiduría, filósofos confundidos en su búsqueda por el infinito, marineros perdidos queriéndose orientar y principitos viajando entre planetas buscando salvar flores.

Alejo el ojo de la mirilla sabiendo que Morfeo va a tener demasiado material para esta noche.

Mario Toledano (México 1980) ha realizado el Taller de escritura creativa I en Hotel Kafka

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domingo, julio 08, 2007

Claridad oscura, por Teresa de Paz


Un día le dijeron que podía ser un tumor. Que podía ser un tumor aquella hinchazón, aquel malestar, aquel desasosiego.


Reunió a sus hijos. Les dijo: Ya me toca morirme. Parece que ya me toca morirme. Y si me toca, pues me muero y no pasa nada. No es seguro que sea pero puede ser. Y si tiene que ser, pues tiene que ser, y ya está.


Llamó a un amigo y lloró.

Y ya no salió más de casa. Porque era un enfermo. Y seguramente un enfermo grave. Ya no salió más de casa. Su vida se convirtió en duda y espera. En la duda de la posible gravedad. A la espera de la posible muerte.


A la espera de las pruebas del hospital solamente. Una y otra cita. Una y otra prueba. Semanas interminables. Inútiles días festivos. Todo tan impreciso.


Hasta que un día las pruebas hablaron y el médico habló. Era maligno. Tenía que decírselo. Podía vivir varios años o sólo uno, o sólo meses. Escuchó y no preguntó. Esta sería ya la única duda, la única imprecisión. Sólo dijo gracias. Miró a su mujer como si nada y se fueron.


La casa ahora parecía distinta. Todo era un poco diferente. No podía pensar. Lloraba por dentro sin poder llorar. Y sin poder hablar, hablaba.

Después de la incertidumbre, claridad oscura. Claridad. Oscura. Claridad.


Empezó a salir de casa. Empezó a acordarse de la vida. Se le agolpó en los ojos todo el amor por los suyos. Y se le llenaron los días de minutos.





Teresa de Paz ha realizado uno de los talleres de micro-relato en Hotel Kafka

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