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sábado, noviembre 24, 2007

Muerte; por Íñigo de Romaní Cano


El Doctor Villamor echó un vistazo al resultado de los análisis de Don José López Giner, su próximo paciente. Tenía una enfermedad terminal de la que moriría dentro de un mes, dos a lo sumo. El Doctor Villamor conocía esta enfermedad. Su final era extremadamente cruel con los enfermos, provocándoles constantes vómitos de sangre, insuficiencia respiratoria y un continuo y agudo dolor en el abdomen. Y, dentro de unos segundos, debía explicárselo al paciente. Descolgó el teléfono.

- Sandra, que pase el siguiente, por favor.
Unos segundos más tarde entró en la consulta un hombre de rostro pálido y paso temeroso, que apenas llegaba a los treinta años.

- ¿Don José López? ?preguntó el doctor.
- Sí; buenas tardes ?contestó.
- Buenas tardes ?el doctor tomó aire- Don José, me temo que tenemos malas noticias.

Cuando el paciente salió de la consulta, el doctor Villamor aceleró el paso de camino al baño. Se echó agua fría en la cara y en la nuca y permaneció unos minutos agarrado al lavabo, contemplando su rostro en el espejo. El paciente se había mostrado frío, como si los resultados fueran sólo la confirmación de algo que esperaba hace tiempo. Una actitud que tensó aún más el ambiente, ya que quiso conocer todos los detalles de la muerte. La frecuencia de los vómitos, cuánto duraba ese estado, qué maneras había de apaliar el dolor... El doctor Villamor cerró el grifo, volvió a la consulta y leyó con miedo el expediente del siguiente paciente. Una úlcera de estómago. Menos mal ?pensó. Volvió a descolgar el teléfono para que Sandra le hiciera entrar.

- ¿Don José López Monteagudo? ?preguntó el doctor al escuchar cómo la puerta se cerraba.
- Giner ?contestó el paciente- Mi segundo apellido es Giner.
- ¿Cómo dice? - Que me llamo José López Giner, no José López Motangud o lo que haya dicho. El doctor sintió una punzada helada en el pecho. Cogió el expediente del paciente terminal que acababa de irse y leyó aterrado el nombre: Don José López Giner. - No puede ser ?consiguió balbucear.
Se levantó y corrió a la sala de espera. Sandra levantó la cabeza asustada.
-¿Se ha ido ya el anterior paciente?- le preguntó.

- Sí, hace unos segundos- contestó la secretaria.

- Corre, sal a buscarlo y tráelo aquí de nuevo. ¡De prisa!

El doctor volvió a entrar en la consulta y tras cerrar la puerta apoyó la frente en ella. Una voz le sobresaltó. - ¿Va todo bien? El doctor recuperó disimulando la compostura. - No. Don José, me temo que tenemos malas noticias.

Cuando terminó de explicar por segunda vez los dañinos síntomas de la enfermedad, salió de nuevo a la sala de espera. Sandra no le había encontrado. Volvió a la consulta dando un portazo tras de sí. ¡No me lo puedo creer! ?se repetía- ¿Pero cómo he podido ser tan estúpido? Cogió el expediente de José López Monteagudo. Tuvo que contener un grito de rabia cuando leyó ?úlcera de estómago?. Descolgó el teléfono y marcó el número que habían apuntado. ?El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento? Colgó con fuerza. Intentó calmarse respirando hondo y sujetándose las sienes. Descolgó de nuevo y le preguntó a Sandra cuántos pacientes le quedaban por ver. Solamente cuatro. No creo que le dé tiempo a cometer ninguna estupidez- pensó el doctor. Tras despacharlos lo más rápidamente que pudo, cogió un taxi a la dirección que aparecía en el expediente.

Al llegar, le preguntó al portero en qué piso vivía José López Monteagudo. Subió al séptimo piso y llamó a la puerta C. Nadie contestaba. Al doctor comenzaba a invadirle el pánico. Su cabeza no paraba de fabricar imágenes de ese pobre hombre colgando de una viga en una bañera desbordada con su sangre o con un bote vacío de somníferos tirado a sus pies.
- ¡Don José! ?gritaba el doctor.- Soy el doctor Villamor, por favor, abra la puerta.

Tras continuar insistiendo sin éxito, decidió que lo mejor sería dejarle un mensaje al portero. Mientras bajaba en el ascensor se calmó, se dijo a sí mismo que no se volviera loco, que seguramente andaría llorando con un amigo, o con su novia, o dando un paseo para digerir semejante noticia. El portero no estaba en la garita. Le distinguió por su uniforme entre un grupo de personas que gritaban formando un corro en la calle, a unos metros del portal. ¡No lo toques!- gritaba uno de ellos, que empezó a empujar a la gente que se agolpaba. En una de las sacudidas, el doctor Villamor reconoció el pálido rostro de José López Monteagudo.
- ¡Un médico! ?comenzó a gritar la gente.- ¿Hay algún médico?

Los gritos dejaron de escucharse, ahogados por la sirena de un coche de policía que se acercaba. El doctor Villamor mantuvo la calma, dio media vuelta y comenzó a alejarse lo más lentamente que pudo.



Íñigo de Romaní Cano es alumno del II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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viernes, noviembre 16, 2007

Nunca se sabe, por Mar Echenique




El vagón está medio vacío y en silencio. El chico de la camiseta negra lee uno de esos periódicos que se entregan gratuitamente a la entrada del metro y mastica sin parar un trozo de chicle con el que, de vez en cuando, infla un pequeño globo de fresa. La joven que se sienta a su lado lleva los auriculares puestos y echa ojeadas por encima del periódico de su vecino de asiento. Nadie habla. Unos dormitan, otros tienen la mirada perdida y la señora del fondo está totalmente enfrascada en su novela.


El tren se detiene en la estación de Cuatro Caminos y dos chicas entran conversando en el vagón y pasan a ocupar los asientos situados frente al de la camiseta negra y la joven de los auriculares.

- Te lo dije, ya sabía yo que hoy no iba a querer quedarse, ese tío tiene un morro que se lo pisa.
- Habrá quedado con su novia, con la oficial.
- ¿La conoces?
- No, pero me ha dicho Elena que ella sí. Se llama Emma y es de su barrio, estudia Biológicas en la Complutense y llevan desde los quince saliendo juntos.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Pues nada, yo de momento como si no me importara. A mí Miguel me gusta un montón y no voy a montarle un pollo. Estoy deseando que llegue el fin de semana, nos vamos a ir los dos solos a la casa que tienen sus padres en la sierra.
- Tía, que guay, ¿y qué le contará a su novia?
- Me ha dicho Elena que lo ha preparado todo con su hermano para contarle que se va con él a una concentración de motos.
- Qué fuerte, así que todo el mundo lo sabe.
- Pues sí, todos menos ella.

- Debe de ser un poco tonta, porque esas cosas se notan.
- Será la típica, ya sabes, una ingenua.
- De todas maneras Miguel se tira mucho el rollo, porque tampoco es normal que vaya largando por ahí cómo le pone los cuernos a su novia.
- Sí, desde luego la discreción no es lo suyo... ¿has visto la chupa roja que llevaba hoy? Me encanta...


El chico de la camiseta negra ha doblado su periódico y parece prestar atención a la conversación de las chicas de enfrente. La joven de los auriculares sigue con los pies el ritmo de la música. Justo antes de que el tren se detenga en la estación de Moncloa, se levanta para salir. Lleva una carpeta de estudiante en la mano.

Un chico aparca la moto justo al lado de la boca del metro, se quita el casco y, mirándose en uno de los espejos retrovisores, se remueve el pelo. Saca un paquete de tabaco del bolsillo de su cazadora roja. Enciende un cigarrillo, camina a un lado y a otro de la salida, se apoya en la barandilla, vuelve a caminar, mira el reloj y luego se dirige hacia las escaleras interiores, baja un par de peldaños e inmediatamente vuelve a subirlos, se mira otra vez en los espejos de la moto. Apaga el cigarrillo, lo pisa. Retrocede unos pasos y se sitúa en uno de los laterales de la barandilla. Desde ahí, medio escondido, mira alternativamente al reloj y a las escaleras del metro.


Empieza a salir gente, entre ellos sube la joven de los auriculares con su carpeta en la mano. Cuando sale a la calle, se topa con el joven de la moto. Rápidamente se quita uno de los auriculares.

- Miguel, ¿qué haces aquí?
- Pues...ya ves...
- Ya veo ¿qué?
- Emma... necesitaba verte.
- Miguel, déjame en paz, hace un mes que te lo dije, no quiero seguir contigo, estoy enamorada de otra persona, no sigas fingiendo que tú y yo estamos juntos, asúmelo tío, cuéntaselo a tu gente de una vez. Olvídate de mí y vive tu vida.

Vuelve a ponerse el auricular y camina decidida por la calle sin mirar una sola vez atrás.



Mar Echenique ha realizado el curso True crime en Hotel Kafka

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