Muerte; por Íñigo de Romaní Cano

El Doctor Villamor echó un vistazo al resultado de los análisis de Don José López Giner, su próximo paciente. Tenía una enfermedad terminal de la que moriría dentro de un mes, dos a lo sumo. El Doctor Villamor conocía esta enfermedad. Su final era extremadamente cruel con los enfermos, provocándoles constantes vómitos de sangre, insuficiencia respiratoria y un continuo y agudo dolor en el abdomen. Y, dentro de unos segundos, debía explicárselo al paciente. Descolgó el teléfono.
- Sandra, que pase el siguiente, por favor. Unos segundos más tarde entró en la consulta un hombre de rostro pálido y paso temeroso, que apenas llegaba a los treinta años.
- ¿Don José López? ?preguntó el doctor.
- Sí; buenas tardes ?contestó.
- Buenas tardes ?el doctor tomó aire- Don José, me temo que tenemos malas noticias.
Cuando el paciente salió de la consulta, el doctor Villamor aceleró el paso de camino al baño. Se echó agua fría en la cara y en la nuca y permaneció unos minutos agarrado al lavabo, contemplando su rostro en el espejo. El paciente se había mostrado frío, como si los resultados fueran sólo la confirmación de algo que esperaba hace tiempo. Una actitud que tensó aún más el ambiente, ya que quiso conocer todos los detalles de la muerte. La frecuencia de los vómitos, cuánto duraba ese estado, qué maneras había de apaliar el dolor... El doctor Villamor cerró el grifo, volvió a la consulta y leyó con miedo el expediente del siguiente paciente. Una úlcera de estómago. Menos mal ?pensó. Volvió a descolgar el teléfono para que Sandra le hiciera entrar.
- ¿Don José López Monteagudo? ?preguntó el doctor al escuchar cómo la puerta se cerraba.
- Giner ?contestó el paciente- Mi segundo apellido es Giner.
- ¿Cómo dice? - Que me llamo José López Giner, no José López Motangud o lo que haya dicho. El doctor sintió una punzada helada en el pecho. Cogió el expediente del paciente terminal que acababa de irse y leyó aterrado el nombre: Don José López Giner. - No puede ser ?consiguió balbucear.
Se levantó y corrió a la sala de espera. Sandra levantó la cabeza asustada.
-¿Se ha ido ya el anterior paciente?- le preguntó.
- Sí, hace unos segundos- contestó la secretaria.
- Corre, sal a buscarlo y tráelo aquí de nuevo. ¡De prisa!
El doctor volvió a entrar en la consulta y tras cerrar la puerta apoyó la frente en ella. Una voz le sobresaltó. - ¿Va todo bien? El doctor recuperó disimulando la compostura. - No. Don José, me temo que tenemos malas noticias.
Cuando terminó de explicar por segunda vez los dañinos síntomas de la enfermedad, salió de nuevo a la sala de espera. Sandra no le había encontrado. Volvió a la consulta dando un portazo tras de sí. ¡No me lo puedo creer! ?se repetía- ¿Pero cómo he podido ser tan estúpido? Cogió el expediente de José López Monteagudo. Tuvo que contener un grito de rabia cuando leyó ?úlcera de estómago?. Descolgó el teléfono y marcó el número que habían apuntado. ?El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento? Colgó con fuerza. Intentó calmarse respirando hondo y sujetándose las sienes. Descolgó de nuevo y le preguntó a Sandra cuántos pacientes le quedaban por ver. Solamente cuatro. No creo que le dé tiempo a cometer ninguna estupidez- pensó el doctor. Tras despacharlos lo más rápidamente que pudo, cogió un taxi a la dirección que aparecía en el expediente.
Al llegar, le preguntó al portero en qué piso vivía José López Monteagudo. Subió al séptimo piso y llamó a la puerta C. Nadie contestaba. Al doctor comenzaba a invadirle el pánico. Su cabeza no paraba de fabricar imágenes de ese pobre hombre colgando de una viga en una bañera desbordada con su sangre o con un bote vacío de somníferos tirado a sus pies. - ¡Don José! ?gritaba el doctor.- Soy el doctor Villamor, por favor, abra la puerta.
Tras continuar insistiendo sin éxito, decidió que lo mejor sería dejarle un mensaje al portero. Mientras bajaba en el ascensor se calmó, se dijo a sí mismo que no se volviera loco, que seguramente andaría llorando con un amigo, o con su novia, o dando un paseo para digerir semejante noticia. El portero no estaba en la garita. Le distinguió por su uniforme entre un grupo de personas que gritaban formando un corro en la calle, a unos metros del portal. ¡No lo toques!- gritaba uno de ellos, que empezó a empujar a la gente que se agolpaba. En una de las sacudidas, el doctor Villamor reconoció el pálido rostro de José López Monteagudo.
- ¡Un médico! ?comenzó a gritar la gente.- ¿Hay algún médico?
Los gritos dejaron de escucharse, ahogados por la sirena de un coche de policía que se acercaba. El doctor Villamor mantuvo la calma, dio media vuelta y comenzó a alejarse lo más lentamente que pudo.
Íñigo de Romaní Cano es alumno del II máster en escritura creativa en Hotel Kafka
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