Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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martes, diciembre 18, 2007

Ruidos, por Susana García Gómez



Un ruido amortiguado de agua y pasos interrumpió su sueño en el momento en que Joan iba a su lado y le daba la mano, una mano enorme. Se despertó desorientada, en una cama deshecha y caliente, pero en seguida se dio cuenta de que estaba en una de las habitaciones del Ritz donde se había colado un día antes mientras hablaba por el móvil. Iba muy segura, o al menos intentó que así pareciera desde fuera. Por dentro, le temblaban hasta los dientes, como le sucedía siempre.

Aunque hacía más de dos años que veía a Joan, cada vez que él tenía que viajar a Madrid y eso sucedía al menos una vez al mes, Alicia no se había acostumbrado a entrar furtivamente en aquellos lugares de mármol y caoba, donde su vestido de Zara y su maquillaje excesivo le apuntaban con el dedo: una niña bonita que juega con papá.

Esta vez la casita estaba en la habitación 305.

Alicia se deslizó entre las sábanas de seda y corrió a encontrase con Joan, pero casi en la puerta del cuarto de baño se dio cuenta de que estaba desnuda. En el suelo encontró la camiseta interior de Joan pero, antes de ponérsela, la apretó contra su cara y devoró su olor: la colonia de 200 euros, su sudor de alto voltaje, el cuerpo de un hombre exitoso, un cincuentón en la cima de la montaña rusa. Frente al espejo, Joan apuraba con la maquinilla un rostro de muchos kilates.

Cuando la vio entrar con su camiseta negra, que apenas le tapaba el sexo y el comienzo de los muslos, se detuvo. Alicia se agachó frente a él y comenzó a besarle, empezando por los pies, fríos y húmedos, los gemelos, las rodillas?Pero cuando Alicia quiso continuar, Joan le paró la boca con la mano y, desde arriba, le reprendió con una mirada tierna en la que ella pudo leer claramente: Game Over.

Quedaba un mes o más, eso nunca se sabía hasta dos o tres días antes de la cita, para que volvieran a encontrarse, así que Alicia se hizo a un lado, se sentó en el borde de la bañera y sorbió todos los movimientos de Joan para sentirle cerca, muy cerca. Al final, Joan se ajustó el nudo de la corbata con unos ligeros cabeceos que ella ya conocía. Era hora de irse. A las 8 de la mañana, tenía un desayuno de trabajo con varios ministros y empresarios del sector de la construcción en uno de los salones de Ritz, por eso habían pasado la noche en aquel hotel. Alicia se vistió con la ropa de la noche anterior, una falda ajustada, liguero, medias y blusa negra, sin tiempo para ducharse, y Joan se abrochó la chaqueta del traje, tirándole con la mano derecha un último beso: una vez que se había vestido del todo, Joan no permitía que Alicia se acercara. Ella le miró fijamente, le pidió un minuto más, sólo un minuto, pero él ya había abierto la puerta de la habitación. Era lo convenido, él salía antes y ella después, muy rápido, y dejaba que la puerta se cerrara sola. En el rellano, Alicia y Joan ya no se conocían de nada. Por eso, cuando llegó otro huésped del hotel, ambos dieron los buenos días y en el ascensor él pregunto: ustedes ¿a qué piso van?

Al segundo, sis plau, dijo Joan apenas con un hilo de voz. Eran las 9 de la noche y aún estaba en el Prat. Todavía le quedaba una hora de camino hasta Tarragona, y era viernes, el cansancio le pesaba en los ojos y en los brazos. Había dormido mal, con Alicia al lado no conciliaba bien el sueño. Un cuerpo lejano, quizá demasiado joven para descansar junto a él. Aún no había podido estirar las piernas, ni siquiera en el avión, pero sabía que podría echar una cabezada en el coche, con Ferrán al volante. Efectivamente, su chófer ya estaba en el vestíbulo de las salidas del Puente Aéreo, con el traje azul de siempre, el gesto agradable de siempre, y su voz, esa que le acompañaba en más horas de vida que ninguna otra.


Barcelona se sumía en una noche profunda que los faros del Audi dejaron atrás en poco tiempo. Joan se quitó la chaqueta, silenció el móvil y apartó el maletín en el asiento vacío a su lado. Se estiró hacia delante en el asiento con un movimiento torpe, oxidado, y un latigazo le dejó los riñones doloridos durante un buen rato. Ferrán y él intercambiaron varias frases comunes sobre la necesidad de hacer ejercicio y del imparable paso de los años y Joan no supo qué le había dolido más, si su espalda o la insolencia del que aún no siente en la nuca la mirada del tiempo. Joan pensó que su chófer no cumpliría ni la treintena, como Alicia. Hizo un esfuerzo por dejar correr ese pensamiento fuera de su cabeza a medida que el Audi aceleraba y el silencio y la oscuridad volvían a rodearle. Al día siguiente tenía que estar de nuevo en Barcelona muy pronto, a las 7 en el Palau de la Generalitat, así que el despertador volvería a sonar a las 5 de la mañana, como de costumbre. Respiró profundamente y con el aire se colaron dos imágenes precisas: la sonrisa de Ferrán por el espejo retrovisor y los muslos suaves de Alicia enredados en los suyos. Pero también fue un recuerdo fugaz, pronto cayó en un sueño ligero.

Joan se despertó cuando llegaron al último tramo de la urbanización, casi en la puerta de su chalet. La mano derecha se le había quedado completamente entumecida, seguramente había dormido encima de ella. Intentó arreglarse el pelo con la izquierda, pero no hizo más que empeorar las cosas. Todo el traje estaba revuelto, arrugado, y cuando salió del coche y despidió a Ferrán con una leve inclinación de cabeza, no le quedaban fuerzas para mejorar de aspecto ante su señora esposa.
En cuanto Joan metió las llaves en la cerradura, se oyó un gritó que provenía de arriba. Era su mujer, que le recordaba que no podía poner ni un solo pie en casa sin usar las bayetas bajo los zapatos, la tarima flotante era nueva y cara, no estaba hecha para un animal como él que ni siquiera reparaba en algo tan importante. La orden fue clara y precisa: Joan agachó la cabeza, después el cuerpo, y colocó los dos trapos del polvo bajo la suela de sus Lotusse.
Desde la barandilla del primer piso, Teresa fiscalizó el paso de Joan hacia el salón: el cuerpo se bamboleaba de un lado al otro impulsado por las bayetas, que se iban escurriendo a cada paso, el maletín, colgando de la mano derecha, daba casi en el suelo, y en la cabeza, una calva blanquecina devolvía el reflejo de la lámpara. Cuando estuvo segura de que su marido ya tenía ambos pies en la alfombra, volvió al baño para dar el retoque final. Dramatic Rouge, ese era el nombre de su nuevo lápiz de labios. Después, bajó las escaleras despacio para no tropezar con los tacones de aguja que también estrenaba aquel día y, al llegar, su presencia dejó una estela de perfume que llegó hasta Joan, entretenido en descalzarse y soltar el trabajo encima de la mesa.

Con la corbata deshecha y deslizándose en calcetines, fue hasta su mujer que, visiblemente, no iba a cenar con él aquella noche. Cuando acercó sus labios a los de Teresa, ella giró la cabeza para olfatearle el cuello. Nada, podía calentarse un pescado al horno que había hecho la cocinera esa mañana. Joan, con el gesto aún prendido en el aire, sintió un ligero pinchazo bajo la tripa: se había excitado. Y así, con el pantalón crecido y la camisa por fuera, se quedó parado junto a la puerta unos minutos, aunque ya nadie estaba allí.


Susana es alumna del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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lunes, diciembre 10, 2007

La imagen, por Enrique Sainz



Ha muerto. -Su mujer ha muerto- dice el médico, yo miro el movimiento de sus manos, me cuenta: Ya no se pudo hacer nada. No entendemos cómo fue tan rápido. No es corriente en mujeres jóvenes. Si lo hubiéramos? Sus manos describen círculos en el aire, como rodeando algo que está frente a él. -El corazón?- está diciendo, se detiene, ha dejado la mano derecha parada a la altura del pecho y la otra cerca de la cadera, me mira y baja las manos a los bolsillos de la bata, está esperando que conteste, no lo hago; sigo mirando las manos escondidas en los bolsillos. Me coge del brazo y me sienta en la butaca de la habitación. Eli está aún ahí, en la cama. El doctor me pregunta si quiero algo, no contesto. Hay objetos tirados en la mesa, jeringas, medicinas? ya inútiles. El médico llama a una enfermera y da ordenes mientras me mira, la enfermera se va, él dice: Ánimo, hay que sobreponerse. Estas cosas pasan. Si necesita algo? Adiós. Pero no se va, me sigue mirando, sé que tendría que contestarle algo, pero no lo hago, vuelvo a mirarle las manos, él lo nota, las vuelve a meter en los bolsillos. Llega la enfermera y me da una píldora y un vaso de agua. Yo me tomo la medicina. Ambos se miran, él ha levantado las cejas mientras dobla la cabeza y ella ha asentido con un movimiento de cabeza mínimo. El doctor elude mi mirada, apaga las luces de la cama. Por la ventana entra el sol, corre los visillos pero aún así la luz nos deslumbra, baja la persiana pero después vuelve a levantarla. Cuando termina se queda de pie al otro lado de la cama. Sigue evitando mirar hacia donde estoy. Cierro los ojos, sigo notando la claridad que atraviesa mis párpados.

Llaman a la puerta, él se asoma y habla con alguien, vuelve a entrar, me presenta a una señora vestida con traje de chaqueta y falda, no la miro, él se va, ella me ayuda a levantarme y sin decirme nada me lleva del brazo a los sillones de la sala de espera, entran dos hombres con una camilla y al rato salen, se llevan a Eli, ahora con la cara tapada. ¿Sr. Gómez? Pregunta cuando está junto a mi, tiene una carpeta en la mano izquierda y un bolígrafo en la derecha, consulta unos datos. -Sentimos mucho lo de su esposa- Lo dice hablando muy deprisa, la carpeta se interpone entre nosotros, no me levanto, me pregunta cosas: -¿Tenían algo preparado? ¿Quiere que nos encarguemos nosotros?- No puedo contestar. Vuelve a mirar la carpeta, pasa las hojas. -¿Va a venir algún pariente? ¿Quiere que avisemos a alguien? Está la posibilidad de la incineración ¿Tienen algún sitio?- Como no contesto va hacia la puerta. Viene otro hombre, me da una bolsa negra llena de ropas, como no la cojo la deja frente a mí, deja el bolso de Eli sobre mis rodillas, se va, se para, regresa y levanta mi mano para ponerla sobre el bolso.

Aparece un hombre con flores en la mano y llama a la puerta de la habitación donde estaba Eli. Cuando le ve, la señora se acerca a él y hablan, no oigo lo que dicen, al rato él me mira, es un compañero de trabajo de Eli, le he visto al ir a recogerla. Ha venido solo, antes de terminar el trabajo. Siguen hablando, él mira el suelo mientras la señora le dice cosas, se descubre las rosas en la mano y las deja en una butaca, son rosas rojas, son flores caras. Me mira, me miran los dos, él se gira y me da la espalda, saben que les miro. Empieza a hablar más alto, levanta las manos al hablar, puedo oír trozos: Pero yo no? Sólo soy? Yo no le conozco de nada. No sé qué? se da cuenta de que está levantando la voz y calla. La señora le ha dado un papel que él no quería aceptar. Viene hacia donde estoy, pregunta: ¿Mario? No sé cómo sabe mi nombre, quizás está en ese papel que ahora finge leer, está congestionado, su cara está roja, su respiración es entrecortada, -Lo siento mucho. Elisa era una chica excelente. En la oficina muy apreciada. Ha sido tan repentino. ¿Quién iba a pensar, un mareo??- Deja de hablar y se sienta a mi lado, yo no le contesto nada, de repente tengo necesidad de mirarle, él asiente con los labios apretados, yo no digo nada, él me dice: -Hay que resolver unos asuntos.- Espera un rato y sigue: ¿Va a venir algún pariente? ¿Quieres que avisemos a alguien? No le contesto. Coge su móvil y llama: Marisa, es por lo de Eli, ha muerto? Ahora no puedo, estoy con su marido? está un rato escuchando y continúa: Pero tú eras su mejor amiga? Alguien habrá, sí, un hermano, ya sé que eran de Santander, pero igual también está en Madrid. Vale, espero, vuelve a llamarme.

El teléfono de Eli, suena dentro del bolso, ambos miramos el bolso, suena muchas veces, yo dejo que suene, él pone la mano sobre el cierre y me mira levantando las cejas, como yo no digo nada, abre el bolso y saca el teléfono mira quién llama, aprieta una tecla, el teléfono deja de sonar, me mira, me devuelve el teléfono y desvía los ojos al suelo.

Me pregunta: Elisa tenía un hermano ¿Cómo se llamaba? -Lo dice muy lentamente, mirándose los pies.- Mario - Contesto. Noto mi voz pastosa. Miro al dispensador de agua de la sala y el compañero de Eli se levanta y me trae un vaso lleno, me lo da y lo bebo, me señala el teléfono de Eli y pregunta: ¿Puedo? Se lo doy, busca un número y lo copia en el suyo, entonces yo extiendo la mano, él me da el teléfono, vuelvo a señalarle el otro teléfono, el suyo y también me lo da, comparo ambas pantallas, ambas con la misma foto de una casa rodeada de un prado, él coge su teléfono de mi mano, yo le doy también el de Eli. Miro las rosas abandonadas, él las mira también.
Él telefonea: ¿Mario? ¿Eres el hermano de Elisa? Verás tú no me conoces soy?


Ya no quiero escuchar. Cierro los ojos, así todo está bien.



Enrique Sainz es alumno del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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martes, diciembre 04, 2007

Un hilo, por Erika Fernández Macias



Mi esposa me ha pedido el divorcio hoy. Me ha dicho: ?Sé que me quieres, Eduard. Has sido un buen amigo, pero yo necesitaba un marido. No comprendo por qué decidiste casarte conmigo?.

No he sabido qué contestarle.
Conocí a Amanda en el colegio. Yo me sentaba en el banco más aislado cuando llegaba la hora del recreo, y desde allí veía jugar a los demás niños. Normalmente los otros niños me rechazaban y por eso yo no me atrevía a pedirles que me dejasen jugar con ellos. Amanda se sentó un día en aquel banco conmigo y empezó a hablarme. Me sentí bien. Al día siguiente volvió, y también al otro y al otro, y así hizo todos los días hasta que terminó el colegio. Amanda se convirtió en una buena amiga.

Después del colegio empecé a trabajar. Esa etapa fue más difícil, ya no tenía la distracción del colegio, el trabajo me producía la misma ansiedad que estar en casa. Seguí viendo a Amanda, quien todos los días encontraba un rato para hacerme una visita al salir del trabajo y me acompañaba un trozo del camino a casa. Ese era el momento más agradable del día, Amanda me hacía sentir bien.

En casa la cazuela cocinaba los mejores guisos que podían existir en cualquier parte del mundo. Recuerdo ese agradable olor desde siempre. Ya estaba muy gastada por los años, y a causa de los golpes que había sufrido desde que había llegado a aquella casa, estaba perdiendo el tono brillante de los primeros días y cada vez se volvía más gris y apagada. Los gemidos y alaridos de Tobby anunciaban la llegada de mi padre. A él yo le llamaba Angus. Tenía esa costumbre al llegar a casa, como quien se quita el sombrero y da las buenas tardes; pues mi padre apretaba más fuerte la cuerda al perro y le daba alguna patada para demostrarle quién mandaba en aquella casa. En su presencia, cada uno debía ocupar su puesto, y el de Tobby era permanecer eternamente atado. Lo mismo hacía con mi madre cuando no la encontraba en la cocina atendiendo a sus obligaciones. A mí no me prestaba atención, aunque no siempre fue así. Cuando era un crío y estudiaba en el colegio siempre encontraba alguna excusa para ponerme en mi lugar, también yo recibía. Pero luego eso cambió, me puse a trabajar y entonces me dejó en paz. Yo lamentaba esa situación, porque parecía que los golpes que no recibía yo los repartía entre mi madre y Tobby.

Amanda me preguntó una tarde de camino a casa si éramos novios. Recuerdo lo agradable que me resultaba su olor, y lo bien que me hacía sentir pasar el tiempo con ella. Le dije que sí. Esa tarde, antes de irse, me besó. Y todas las tardes, a partir de entonces, nos besábamos al encontrarnos y al despedirnos. Me encontraba tan a gusto cuando me besaba que lamenté no haber sido su novio antes.

En casa ni mi madre ni yo nos atrevíamos a aflojar la cuerda de Tobby hasta que Angus se acostara y se quedase completamente dormido. Cuando llegaba ese momento yo soltaba a Tobby. Él había cogido la costumbre de tumbarse en el pajar cuando se encontraba libre, y a mí me gustaba tumbarme a su lado mientras hundía los dedos en el pelo de su cuello. Era el momento más agradable en casa, y se había convertido en un ritual para mí. Mientras tanto mi madre fregaba los platos de la cena y cuando terminaba venía a buscarme al pajar para mandarme a la cama.

Los años pasaban y la situación en casa, el trabajo y mi relación con Amanda permanecían siempre igual. Era un continuo suceso de rituales, cada uno tenía el suyo, y de este modo la situación se mantenía estable: el paseo y los besos de Amanda, la llegada a casa de Angus para poner a cada uno en su lugar y dar a cada uno lo suyo, la cazuela guisando, y la libertad del pajar. Pero los años pasaban más rápido para Tobby, quien cada vez, para desgracia de mi madre, se encontraba más débil a causa de la edad. Y este hecho empezó a provocar cambios. Poco a poco Angus empezó a descargar sus golpes en una única dirección, mi madre. Y no es que sintiera lástima por el pobre perro viejo, simplemente no quería que faltase del lugar que le correspondía estar.

Noté que Amanda también cambiaba. Estaba triste y se mostraba fría. Dejé pasar un tiempo sin decirle nada con la esperanza de que todo volviese a la normalidad, pero cada vez parecía más molesta conmigo. Un día le pregunté y me habló de dar un paso más en nuestras vidas, y me confesó que estaba dolida porque yo nunca hablaba al respecto. Estaba hablando de casarnos, y eso era algo que a mí no se me había pasado por la cabeza en ningún momento. Pero la idea de estar siempre junto a Amanda me hacía sentir bien, y le prometí que nos casaríamos. Ella cortó un trozo de hilo de su abrigo y me lo ató al dedo anular, luego hizo lo mismo en el suyo. Decía que eso me recordaría nuestro compromiso. Me alegré al verla nuevamente feliz.

Al llegar a casa aflojé un poco la correa de Tobby. Dentro, el rostro amoratado de mi madre deshizo el lazo entre Amanda y yo. La bese con ternura mientras aspiraba el sabroso olor que desprendía la cazuela. Mi padre entró en casa, miré a mi madre, y me alegré de estar allí en ese momento, pues en mi presencia solía golpearla menos. Guardé el hilo en el bolsillo, ?tal vez algún día?, pensé.

Amanda había observado mi dedo desnudo y de nuevo volvió a mostrar aquel semblante de decepción. Yo sabía el motivo y por eso callé. Con el tiempo Amanda dejó de besarme antes de irse, tampoco me besaba ya cuando venía a buscarme. Yo sentía como poco a poco se alejaba de mí, hasta que un día ya no la encontré al salir del trabajo. Pasaron días, meses, y Amanda ya no me esperaba.

Al cruzar la verja del patio supe que algo había ocurrido. La cuerda permanecía en el sitio de siempre, pero Tobby no estaba. Le busqué antes de entrar en casa y le encontré tirado en el pajar. Al tocarle sentí su respiración débil, y al momento dejó de respirar, parecía que me había estado esperando para morir. Aquello sin duda lo había provocado mi padre, eso me hizo pensar en mi madre. ¿Se abría atrevido ella a soltar a Tobby? No podía ser, aquello le podría haber costado la vida. Entonces imaginé a mi madre en el suelo sufriendo la furia de mi padre en su cuerpo. Cogí a Tobby en brazos y corrí hacia la casa. Dentro ella tampoco estaba. Encontré a mi padre tirado en el sofá con una expresión que nunca antes le había visto, parecía triste. Miré alrededor y no encontré signos de lucha, la escena que yo había imaginado no había tenido lugar. Entré en la cocina, la cazuela reposaba en un rincón, pero no guisaba, estaba especialmente limpia, como si mi madre se hubiese empeñado en devolverle el brillo de cuando era nueva; aquello debió costarle mucho esfuerzo.
Volví al salón y pregunté a mi padre dónde estaba mi madre, él hizo un gesto con la mano, sin levantar la cabeza, supe que mi madre se había marchado. Me quede allí de pie con Tobby muerto en mis brazos, con la ausencia definitiva de mi madre, y una sensación extraña. Dejé de sentir rabia, de repente me encontré perdido y sin saber qué hacer. Busqué en mi bolsillo hasta encontrar el hilo de la chaqueta de Amanda. Salí de allí despacio y nunca más regresé. De nuevo Amanda me besaba.


Erika Fernández Macias es alumna del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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