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lunes, enero 28, 2008

los vecinos del cuarto, por Rebeca Álvarez


Todo empezó una mañana de finales de julio, hará poco más de un año. Tras saludar a la enlutada portera, subíamos las escaleras despacio; Sandra se agarraba a mi brazo con una mano y al pasamanos con la otra. Al pararnos a descansar en el penúltimo descansillo, percibimos los inconfundibles sonidos de una mudanza: movimiento de muebles y cacharros, voces y, muy tenue, la risa de un bebé. Ella apretó más fuerte mi brazo, y nuestras sonrientes miradas descendieron juntas a su barriga.

Nunca llegamos a coincidir con ellos, pero sus ruidos cotidianos nos acompañaban; sobre todo una musiquita de nanas que se escuchaba, muy lejana, en el descansillo. Sandra decía que olía a colonia de bebés, no sé, intuiciones de embarazadas. A veces los oíamos discutir, sin distinguir las palabras, debían ser cosas domésticas, sin importancia. Aún así nos gustaba sentir cerca su presencia, a fin de cuentas, también Sandra y yo discutíamos a veces, antes del embarazo.
Un sábado una riña realmente violenta nos acompañó durante el desayuno, y no sé si lo decidimos en ese momento o ya lo teníamos pensado, pero fuimos a pasar el fin de semana con mis suegros, a la casa de las afueras. A la vuelta, el domingo por la noche en plena tormenta de verano, junto al llanto del bebé, especialmente desesperado, y las nanas, se oían unos golpes rítmicos, violentos. Esa vez sí percibí yo mismo el olor del que hablaba Sandra, pero como mezclado con ese otro de cuando un bebé vomita la papilla en el babero. En nuestro piso los golpes sonaban muy fuertes. Pensamos que sería alguna ventana abierta, pero si estaban en casa ¿por qué no la cerraban? Bajé al rellano, ya en pijama, pero nadie respondió a mis insistentes timbrazos. Nada, ahora ni siquiera se oían el llanto ni la música sólo, a lo lejos, el batir de las ventanas. Habrá sido la tormenta, pensé entonces, siempre sugieren más allá de lo que podemos percibir.

__No te preocupes, no deben estar __le susurré muy bajito a Sandra.

__El niño se ha dormido __respondió en sueños.


El lunes tropecé con la nariz aguileña de la portera, que me contó, sin yo preguntar, que los del 4º se habían ido de vacaciones la mañana del sábado. Le hablé de los ruidos de la noche y, disimulando un cierto temblor, sobre el llanto que no estábamos seguros de haber escuchado.

__Habrá entrado un gato.__Fue su lacónica observación.

Al pasar frente a la silenciosa puerta de mis vecinos, agradecí la lógica irrebatible de las abuelas. Y, al bajar aquella tarde con Sandra, distinguí claramente un maullido.

__Llora demasiado.

__No, no te preocupes, están de vacaciones, debe ser un gato que se ha colado por la ventana abierta.

Entonces ella me miró a los ojos con esa mirada que sólo tienen las mujeres, o más bien las madres, con una mezcla de profundidad, temor y sabiduría que va más allá de los hechos.

__No, no es un gato.

__No me mires así que me acojonas. Creo que es mejor que dejemos de ver Cuarto Milenio__nos reímos con ganas hasta más allá del portal.


Al llegar por la noche se había ido la luz y subíamos las escaleras con un mechero, pasado el tercer piso empezaba un olor extraño, Sandra se apretó más fuerte contra mí frente a la puerta del 4º.

__La nana, ¿no la oyes?

__Es posible? será el viento?__Respondí mientras tiraba de ella para llegar a casa de una vez. Pero no había viento. Por un momento deseé que estuviese allí la portera, para darnos la explicación más simple del mundo y quitarnos ese terror infantil.

__A lo mejor han vuelto __se me ocurrió decir, y la presión de su brazo disminuyó.
Al día siguiente el hedor se percibía ya desde nuestra puerta, nauseabundo. Al pasar frente a la de los vecinos un alarido desesperado y rítmico, que no parecía ni animal ni humano, nos hizo bajar corriendo el resto de las escaleras. Y esa vez no estábamos ni a oscuras, ni en medio de una tormenta para justificar el pánico.

__No deberías correr así en tu estado. __fue el buenos días de la portera__ Por cierto, ayer miré desde el patio y la ventana del cuarto está cerrada.

__Pero entonces el gato? ahora? el gato?maullaba?

__Bueno, mujer, pues lo mismo la ventana se encajó de un golpe y se ha quedado encerrado.

__Huele muy mal__comenté, aliviado ante la explicación.

__Algo se debe estar pudriendo en la nevera, los plomos saltaron durante la tormenta. Si quieres me acompañas y miramos.

__No, no vayas __gritó Sandra, antes de salir a la calle sin esperarme. Y tenía razón.

¡Y cuánta razón tenía! Acompañé a la encorvada mujer sólo hasta la puerta. Había un silencio absoluto, y un tenue olor a putrefacción, compacto como la niebla, se filtraba por la ranura de la puerta.

__Estoy pensando que no está bien meterse en la casa de los demás, __ dijo mirándome con sus diminutos ojos__ mejor llamamos a Sanidad__. Una vez allí, sus pensamientos seguían siendo igual de razonables, pero ya no eran positivos.


Nuestro hijo nació prematuramente esa misma tarde, tras meses en la incubadora no puede dormir a oscuras, siempre le estaremos agradecidos por ello. Ha pasado un año y no hay una sola noche sin pesadillas. Ahora soy yo el que se agarra fuerte del brazo de Sandra por la calle. Nunca hablamos de aquello, por lo general no hablamos mucho. Durante el día me aferro a la explicación de nuestra antigua portera: aunque nadie lo vio, había indicios de arañazos en el móvil que colgaba de la cuna, un gato, o tal vez una rata, activó así el mecanismo de las nanas. Un accidente. No entiendo cómo una persona, capaz de oler la muerte, puede negar con esa facilidad lo sobrenatural. Porque por las noches, los miedos agudizados y la culpa, me llevan a pensar, que fue la necesidad del bebé de ser encontrado, la que encadenó los acontecimientos como un grito de auxilio.


Rebeca Álvarez realiza el máster de escritura creativa en Hotel Kafka

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lunes, enero 14, 2008

Inercia, por Alberto Grondona


Pasado el túnel comenzó la niebla. No era una niebla compacta. Aparecía y desaparecía constantemente, lo que hacía aún más difícil conducir de noche el viejo Ford Fiesta. La calefacción estaba estropeada. Hacía frío y el viento chocaba violentamente contra el Ford. Muy de vez en cuando, otro coche se cruzaba por el carril contrario, deslumbrándole con los faros y cegándole por un periodo de tiempo demasiado largo, demasiado incómodo. Carmelo permanecía atento a la autopista de cuatro carriles. Un camino recto y sin sorpresas cuya única guía, cuando la niebla hacía aún más difícil la visión, eran las líneas discontinuas que aparecían acompasadamente cada pocos centímetros sobre el asfalto. Una cadencia monótona e hipnótica que le adormecía y le obligaba a hacer un sobreesfuerzo para mantenerse despierto. Imaginaba furtivos y tórridos encuentros sexuales en una playa bajo un sol abrasador o en medio de un parque a plena luz del día y se dejaba llevar. Era un camino conocido, que podría hacer con los ojos cerrados y manejaba el coche igual que respiraba. Había dejado de ser algo voluntario.

La radio estaba apagada. Héctor seguía acurrucado en el asiento del copiloto y tenía una pesadilla. Estaba encerrado en un oscuro congelador industrial rodeado de cadáveres abiertos en canal y colgados de enormes garfios que le desgarraban la aorta, atravesándoles el cuello, y asomando la punta por la boca. La sangre formaba estalactitas de un rojo intenso. Gritaba, pero nadie le escuchaba, golpeaba la puerta metálica y sus manos se quedaban pegadas a ella. Al intentar liberarse, sentía con gran dolor, que su piel se separaba de su carne y quedaba adherida a aquella superficie helada. Se despertó sobresaltado en el coche, muerto de frío y con un desagradable dolor en el cuello.
- ¿Queda mucho para llegar?
- No lo creo.

Escueto, impreciso, irritablemente seguro, como siempre. Héctor se quitó el cinturón y se volvió hacia el asiento trasero buscando algo con lo que abrigarse. Estaba seguro de que había dejado su chaqueta de lana fuera de la maleta pero entre la oscuridad y la niebla era incapaz de encontrarla. Tanteando encontró el anorak de Carmelo.
- ¿Tienes frío? Es que no encuentro mi chaqueta y tu plumas?
- Póntelo. Protector, bueno, irritablemente generoso, como siempre. Héctor cogió el anorak y mientras se lo estaba poniendo vio cruzar a un animal, quizás un perro. Sin dudarlo, agarró el volante y lo giró provocando que el coche se saliera de la carretera. Carmelo pisó con todas sus fuerzas el freno y el coche dio varios trompos. Héctor se golpeó contra el parabrisas abriéndose una pequeña brecha en la frente. - ¿Estás bien? - Sí no es nada. - ¿Qué coño has hecho? - ¿No le has visto? - ¿Ver el qué? - Era un perro, se cruzó en la carretera, casi le atropellamos. Estaba? - ¿Casi nos matas por no atropellar a un puto perro? - Lo siento, yo? - Eres gilipollas. Agresivo, ofensivo, irritablemente viril, como siempre. Cuando se recuperó del impacto, Carmelo continuó conduciendo sin decir nada. Encendió la radio pero no conseguía sintonizar ninguna emisora. Héctor, intentando entrar en calor y limpiándose la sangre con un kleenex, no sabía cómo romper aquel silencio que dejaba de hacer a su amor escueto, generoso, ofensivo, impreciso o protector. - Mierda, se me ha olvidado sacar la carne del congelador. - Pediremos una pizza. Como siempre.

Y ninguno dijo nada más. Carmelo continuó conduciendo y Héctor apoyó la cabeza contra el frío cristal del coche, mirando aquella oscuridad que les rodeaba, e intentó volver a dormirse para huir de allí. Quería soñar algo agradable pero las palabras de su pareja retumbaban en su cabeza y le mantenían despierto. ¿Cuánto iba a durar aquello?
Carmelo frenó en seco frente a la entrada del túnel.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué has parado?
- No es posible. - ¿El qué? ¿Te has quedado sin gasolina? - El túnel. Ya lo hemos pasado. - ¿Estás seguro?

Carmelo se quitó el cinturón y se bajó del coche, intentando encontrar una explicación a lo que estaba pasando. Él juraría que ya habían pasado por allí, pero era imposible. Estaba seguro de no haber cogido ningún desvío ni ningún cambio de sentido. Él había continuado recto por la carretera, siempre hacia adelante. A lo mejor la mente le estaba jugando una mala pasada. Había hecho tantas veces ese camino que era posible que recordara lo de ayer como si hubiera pasado hace sólo unas horas. ¿Eso podía ser? Héctor se bajó del coche arropándose con el anorak.

- Me estás asustando.
- Sube al coche. - ¿Qué vas a hacer? - Me habré despistado. Sube al coche. - ¿Y si damos la vuelta y volvemos a atrás? - Eso no tiene sentido. - Al menos esperemos a que se vaya la niebla. - ¡Que subas al coche, joder!

Carmelo dio un portazo y Héctor miró atemorizado hacia aquel túnel levemente iluminado antes de subir. De repente aquel frío se le había vuelto insoportable.
Carmelo conducía, tenso, preocupado e intentando justificar con la lógica aquello que para él no tenía explicación. Por más que avanzaban tenía la sensación de que nunca llegaban al final, a la salida. Héctor le miraba atemorizado, descubriendo un Carmelo nuevo que hasta entonces había permanecido oculto y se sintió débil y desprotegido. Carmelo temblaba y Héctor se quitó el anorak y se lo puso sobre los hombros. El coche siguió avanzando sin que ningún otro se le cruzara por el carril contrario. La niebla era cada vez más espesa, las líneas del suelo se iban desdibujando y las luces del túnel eran más tenues. Carmelo agarró la palanca de cambios. Héctor, asustado, puso su mano sobre la de él. Se miraron a los ojos por primera vez después de mucho tiempo. Carmelo puso la cuarta y aceleró. Irremediablemente hacia delante, como siempre.



Alberto Grondona (1973) realiza el máster de escritura creativa en Hotel Kafka

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