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viernes, febrero 22, 2008

Colección de momentos, por Rebeca Álvarez Casal del Rey


Mientras escribo importan los ruidos que escucho desde mi diminuto estudio. Escucho las discusiones de una madre con su hijo, llenas de insultos y desprecio; y en cambio es posible que piensen que se quieren. Incluso es posible que se quieran. Y oigo a la vecina de enfrente subir, despacio, con el perro que unos inquilinos dejaron abandonado hace unos años. Oigo toser al vecino de al lado, y me pregunto si él me oirá llorar cuando veo en el telediario una noticia sobre un niño asesinado; o cuando me acuerdo del nombre de Juan; o cuando me duele el alfiler del esternón, al pensar en un suelo helado que siempre resbala.

Puedo reconstruir mi infancia con un bolígrafo sobre un mapa de España, nunca lo he hecho, pero sería interesante ver cómo todo queda reducido a una línea. Podría dibujarla en papel cebolla y decir: esta es la historia de mi vida. Los recuerdos más antiguos son una colección de imágenes sin apenas movimiento, en las que una mesa se ve en contrapicado. Mi padre era entonces alto como un castillo, y me llevaba de la mano por las calles de Barcelona. Íbamos a la playa en el tren de cercanías, y construíamos fortalezas en la arena, con muros, torres y empalizadas y luego, cuando un maremoto destruía nuestra obra, me llevaba nadando, agarrada a su cuello, hasta el centro del mar, donde las olas eran inmensas montañas. Pero lo más importante fue cuando me regalaron a Menta, un teckel de pelo largo color fuego, a la que bauticé con el nombre de mis chicles preferidos. Y cuando me dijeron que iba a tener un hermano. Recuerdo que para mí, entonces, no había mucha diferencia entre que me regalaran un perro y tener un hermano, las dos eran buenas noticias y las celebraba preparando bizcochos. Y recuerdo el olor de la tarde al caer, cerca del verano.

Luego, en Vigo, importó la lluvia, ir a pescar al muelle, las vistas al Atlántico desde la casa de Baiona. El sonido del faro los días de niebla, avisando a los barcos de las rocas del fondo; es un sonido que se echa de menos tan lejos de la costa.

Después, en Segovia, ya no importaba gran cosa. Las vistas como pintadas al óleo desde el Alcázar, con esa luz naranja al atardecer; Menta esperándome en el balcón, ladrando al verme volver; la nieve, la odiosa nieve y el suelo helado, ir al colegio con mi hermano apoyándonos en los coches para no resbalar; las novelas de Gerald Durrell y mi colección de insectos, clavados con un alfiler sobre su nombre. Entonces el momento más importantes era, siempre, el de abrir el buzón y encontrar cartas escritas por amigos cuyo rostro y acento se me desdibujaban.

Luego estuvo ese viaje, los castillos de Sintra; las casitas blancas rodeadas de naranjos del Algarve, con el mar azul turquesa al fondo; el faro, no recuerdo junto a qué ciudad. Estábamos en Lisboa, tendría unos once años, la tarde en que mi madre abrió el maletero y Menta seguía durmiendo. Oí una voz, muy lejos, a mi lado: está muerta. Y yo la seguía mirando, sin entender porqué no venía a lamerme la cara moviendo la cola. Entonces ya no importaron ni los castillos, ni los naranjos, ni el océano. Invadida por la sensación de que las montañas no eran lugares sólidos, de que la vida era una broma macabra, que me quitaba el suelo bajo los pies en cuanto me asentaba en un sitio. Y la sensación de que siempre, siempre, había rocas en el fondo. Un hombre alto como una montaña me llevaba de la mano por las calles, antes de que una ola, se le viniese encima, y él se derrumbase como nuestros castillos. Entonces naufragué, y ya sólo importó el alfiler clavado a mi esternón. El alfiler, que aún hoy, me clava al minúsculo espacio que habito y me rodea de palabras.

Ahora importa el túnel de Sábato y su oscuridad, y la imposibilidad de ver un perro muerto en el telediario sin llorar. Ahora importa que en lugar de un túnel paralelo nos separa un océano, y que todo empezó con la frase más tonta, en un momento que entonces no tuvo importancia ?y vos, ¿cómo te llamás??, preguntó Juan, y en ese acento ya estaba la posibilidad del Atlántico, la posibilidad de llorar todas las despedidas de mi vida en el aeropuerto. Ahora todo es un crucigrama de mails, cartas y llamadas, en el que se deduce todo lo que fue, y todo lo que no pudo ser. Y todo lo que ya no será. Ahora quedaremos reducidos a un nombre, que haga que la vida se nos caiga encima, al ser escuchado al azar en medio de una frase. Ahora que sube la marea, demoliendo nuestros castillos. Las minúsculas ilusiones de los hombres, con tanto esmero construidas al borde de la nada.

Ahora sólo importa divagar sobre hojas en blanco, trazando círculos concéntricos cada vez más estrechos, sobre una palabra que siempre se me escapa. Conversaciones triviales que siempre naufragan, en las que se perciben ríos subterráneos, y el sonido del faro, muy cerca, diciendo ?está muerta?. Y bucear, sin branquias, en el espacio líquido de mi maletero, sin poder huir del cordón umbilical que me rodea el cuello; rodeada de anzuelos que se clavan a mis ojos, y me enredan a la ausencia de un nombre.

Importó la cópula de la mantis religiosa, cuando nos observábamos como dos depredadores, agazapados en la penumbra de mi cama. Nunca supimos quién cazaba a quién. Y todo esto ya estaba en la primera mirada. Nuestras almas que gravitaban sin rozarse, girando en torno a una linterna. A ratos se abalanzaban como insectos sobre la luz que las cegaba, quemándose, siempre el otro aguardaba con los músculos en tensión. Y luego el océano, latente ya en la primera frase. No supimos escuchar las olas entonces, dimos tan poca importancia a las rocas del fondo. Ahora importa que todo este dolor viene de no haber encontrado una palabra.

Y hubo un tiempo en que la nieve lo cubría todo y nada importaba, porque todo estaba perdido. A veces es más fácil rendirse y esperar. Esperar que alguien abra la puerta de este maletero y diga ?está muerta?, sin haberme atrevido a construir un solo castillo que no se derrumbe.


Rebeca Álvarez realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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miércoles, febrero 13, 2008

NOSOTROS, por Enrique Sainz


«Como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra». J. J. ARREOLA.


La fértil selva en que vivimos nos regala todo cuanto necesitamos, se supone que por eso la naturaleza consintió los monstruos que somos. La facilidad con que podemos acceder a los alimentos, se alió a la ausencia de peligros en este Infierno del Edén.

Somos lentos y débiles, nuestros brazos y piernas crecen alargándose indefinidamente. Aunque esto en sus orígenes pudo ser una ventaja, degeneró en un desarrollo desmedido que solo se detiene con la generosa muerte. Mientras esta llega vegetamos indolentes y es por eso por lo que el único instinto que nos queda es el de la supervivencia.

Observando los animales de nuestro alrededor, vemos que anhelan reproducirse, es lógico pensar que aquellos que -por conveniencia o por pereza- decidieron no hacerlo, se perdieron sin dejar más historia que una felicidad que no podemos más que sospechar. En nosotros esto es diferente, a medida que nuestras piernas crecen van perdiendo su función, cuando son extremadamente largas, tres o cuatro veces la longitud del torso, dejan de sostenernos.
Durante algún tiempo podemos desplazarnos arrastrados por los brazos, hasta que la longitud de los músculos los hace inútiles, es entonces, cuando nuestra vida depende enteramente de nuestros hijos, quedan estos obligados a movernos unos metros cuando acaba la comida a la que alcanzamos con manos y pies.
No empezamos a notar el peligro que corren nuestras vidas hasta que comienzan las dificultades para cambiar de sitio, es entonces cuando el instinto de supervivencia toma el control, y lo hace llamando a nuestra inteligencia, sustituto triste del deseo. Es la necesidad la que nos lleva a intentar reproducirnos.
Obligados a tener descendencia para sobrevivir aquí y ahora, no en la próxima generación, el instinto de reproducción es innecesario, cualquier tipo de amor sobra en estas circunstancias. Carentes de placer somos, en esto, únicos en la vida. No importa ya qué desapareció primero: el deseo o el placer, me temo que este último.

Nuestros hijos, sujetos por atávicos instintos de obediencia filial, carecen igualmente de amor por sus padres, cuando nos quejamos y lloramos se ven obligados a atendernos. Se ven forzados a arrastrarnos, bien por una pierna o por un brazo, hasta un nuevo comedero, indiferentes a las fracturas de nuestros miembros. No les importa dejarnos enredados entre las extremidades de algún ser de nuestra especie. A veces quedamos atascados ?uno o más de nosotros- en alguna raíz o roca saliente; es frecuente que los hijos, privados de cualquier sensibilidad, destrocen el cuerpo que remolcan; obedeciendo su instinto, tiran con más fuerza cuanto más agudos son nuestros gritos.
Tener hijos nos proporciona unos cuantos años de seguridad, solo nos cuesta un corto periodo de crianza, pero llega un momento en que también estos se tornan incapaces, algunos entonces procuran emparejarse y sobrevivir con la ayuda de sus crías; otros, los más, mueren al no haber previsto a tiempo su necesidad. No pudiendo; por tanto, confiar en la siguiente generación, nos vemos obligados a una sexualidad cada vez más truculenta. Nos acoplamos entre brazos demasiado largos para nada que no sea estorbar, piernas que a menudo se enganchan en algún obstáculo, somos cuerpos en contacto con cabezas que asoman entre los pliegues de la piel. Siempre rodeados de sinuosas extremidades, miramos en nuestra deforme pareja el reflejo de la decadencia de nosotros mismos, vemos en su cara la nausea que nos producimos. Somos -incluso en esto- dependientes de nuestros hijos que han de aportar la vitalidad que nos es imposible.


Enrique Sainz realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka, Arreola

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