Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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sábado, junio 14, 2008

DIALOGOS -EL CARNICERO-; por Lola Vega

Arnet se moría por un puro...Levantó el auricular del teléfono y marcó el número apuntado sobre el papelillo que colgaba en la parte baja del corcho .Hacía una eternidad que no sentía un deseo tan fuerte de un cigarro. Al estirar el cable casi chocó con el cadáver de Anna.
-¿Eres tú? Aquí Arnet.
-Hola- dijo la voz al otro lado de la línea.
Se hizo el silencio.
-Espero que dadas las circunstancias todo vaya bien ?dijo a continuación.
-Bueno, si, apuntó lentamente Arnet mientras retiraba una figurilla.
Nuevo silencio
-Llamo porque el encargo está hecho, dijo Arnet apretando el botón del altavoz antes de dejar el auricular y llevarse la mano al bolsillo de la camisa.
-Esta bien -dijo de nuevo la voz - y se puso a toser. Tendrás mañana tu recompensa. Pasado salgo para Dinamarca .
-De acuerdo. Eso espero-. Arnet colgó el teléfono y se levantó pesadamente del sofá. Allí estaba el cadáver de Anna a la que había ahogado sin dificultad debido a su fortaleza. .Cerró la puerta tras sí mientas se quitaba los guantes de goma. .En la calle todo seguía igual. Las mareas humanas iban y venían con rumbo. Paró en un estanco y compró el puro. Le temblaban algo las manos al recoger el cambio. También le temblaron hacía una semana escasa cuando Marek le pidió que matara a Anna si quería una buena suma de dinero, un dinero que el necesitaba urgentemente para salir de Budapest y dejar definitivamente a su mujer, a su ciudad a su familia. No quería saber el motivo de la muerte de Anna, aunque intuía que Marek tenía a otra y Anna le iba a causar muchos problemas.


Conocía a Marek y Anna desde hacía años. Habían estudiado juntos en el instituto y se habían tratado poco. No obstante no los apreciaba especialmente pero la carnicería no era un lugar adecuado para él , que lo que quería era conocer mundo. Ninguno de los tres había llegado a mucho. Los dos hombres se levantaban pronto, Arnet abría su carnicería y Marek se subía a su camión. Arnet era fuerte como un toro y Marek también. Anna , era la guapa del instituto. Los dos querían conocer mundo. El camionero hacía frecuentes viajes por toda Europa, Arnet necesitaba dinero para volar solo , e iniciar una nueva vida para dejar definitivamente la carnicería, su casa y su mujer ,una mujer adinerada a la que había arruinado ya .
??Menos mal que no había tenido que utilizar el cuchillo para matar a Anna, pensó mientras decapitaba una buena parte del puro , prefirió ahogarla para no volver a recordar su trabajo diario?...
Siempre salía con las manos ensangrentadas a pesar de los guantes y cuando colocaba las cabezas y las piernas de vacuno en la nevera, se quitaba los guantes muy despacio y examinaba cada partícula de sus manos, las olía y después la pasaba por el grifo, secándolas como un sacerdote de una ceremonia religiosa.

Palpó los bolsillos de su chaqueta y tiró al Danubio sus guantes de goma durante la travesía en barco de Buda a Pest .Después llegó a su propia casa bajando una cuesta . El cielo amenazaba lluvia. Lenuska estaba en el piso de arriba.
-¿Eres tú Arnet?-dijo a mujer mientras colgaba una cortina
- Si, ya he llegado. Dijo él.
-Vete a la cocina .Tomaré una cerveza contigo mientras te cuento algo- dijo bajando las escaleras. Iba con un trajecillo obscuro y un delantal sobre la piel arrugada. Tendría unos cincuenta años y resaltaba un cierto color morado alrededor de unos ojos nerviosos que lo abarcaban todo.

Marek la siguió, con su puro medio apagado, evitando los muebles.

-Ha llamado la policía hace diez minutos ?añadió Lenuska después mientras se quitaba el delantal.
Ambos se sentaron.
-¿Que querían ?dijo Arnet mirando fijamente a Lenus .Notó que le volvía a temblar la mano...Lenus lo vió. ..La cocina era grande. Se oía el claxon de los coches.

-Es horrible dijo Lenus, Han encontrado a Anna, la mujer de tu amigo el camionero, casi- muerta en su casa.

-¡que dices!-Arnet se levantó de la silla-No disimuló su asombro.

Arnet ¡siéntate!-ordenó la mujer.

-pero es que tendré que llamar a Marek!-exclamó.

Arnet volvió a encender el puro con la llama del gas de la cocina mientras obedecía a su mujer . En su cabeza repasó la imagen de Anna. No se movía. ¿Acaso no estaba muerta? La había tomado el pulso en la aorta. Juraría que estaba muerta.
Se aclaró la garganta.
-Yo?.

Ella seguía allí, con las tazas y los platillos en sus cortas manos y las palmas hacia arriba, frente a sí.

-Marek hundió la cabeza entre las manos.

-Han estado aquí también y! han preguntado en la carnicería.?!

-Arnet, levantó la cabeza y dejó la cerveza .Entonces notó como la sangre de todo su cuerpo caía en los pies. Aplastó el puro contra la mesa. Lenus chilló.

-¡no vuelvas a hacerlo! Dijo mientras limpiaba la mesa con el delantal.

¿Qué han dicho?-señaló al mismo tiempo que pensaba ?¿Qué importa lo que hayan dicho? ¿O que importa si lo sabían, si él había ido a matarla?.?
Arnet se alteraba por momentos.-Lenus volvió la cara hacia el techo y cerró los ojos.

¿Qué han dicho qué ?-le susurró tan desesperadamente como si la respuesta fuera a liberarle.
Ella frunció el ceño, bajo la vista hacia sus manos temblonas y le señaló con el dedo índice. ¡La han intentado ahogar! Y haciendo una pausa lo dijo de una vez:

-Anna te ha nombrado antes de desmayarse.-

¿Qué dices?-yo no tenía nada contra ella.
- Claro, no tenías nada contra ella porque estabas liado con ella. Lenus tenía la cara roja.

-Mujer- Marek suspiró ¡eso son tonterías.! Yo no me veo con nadie. Vengo todos los días a casa después de la carnicería-Arnet quería ser convincente e incluso esbozó una sonrisa mientras respiraba el aire contenido.

- Ellos ya no eran felices .Y esta mañana me he encontrado al barquero que asegura que algunos días tu has estado en Buda, donde ella vivía.

Arnet se levantó de un solo impulso.

- ¿Desde cuando haces caso de lo que dice el barquero? Son tonterías.

-¡Si hubiéramos tenido hijos! el tono era monocorde.

Arnet se volvió a sentar y abrazó a Lenus. En este momento se sentía inmensamente solo, culpable y desgraciado.

Anna no podía haberle visto- pensó un momento- porque cuando ella abrió la puerta la dio un puñetazo rápido y luego la ahogo, o eso pensó entonces ..
Adiós a su viaje por el mundo, a su cambio de vida. A sus aventuras .. Hola al juicio, al asombro de los vecinos, a la mirada de Anna. El peso de su culpa se elevó bruscamente.

- ¿Dónde vas ahora Arnet? Lenus le agarraba del brazo soltando una carcajada nerviosa. Tienes que ir a la policía .Le cogió sus manos heladas.

- Ahora voy,- mintió - mientras le daba un beso en la frente. La puerta rozó el suelo al abrirse. Hizo dos intentos para cerrar desde fuera. Unos pasos se alejaron despacio.
A los dos minutos, Lenus escuchó un fuerte golpe en la carretera. Y entonces le vió.

Allí estaba Arnet en el centro de un charco de sangre y de un grupo de gente que chillaba y le miraba con dolor.

-Se puso delante de mi coche ?aseguraba el conductor, mientras hincaba su rodilla en tierra.

Lenus apretó la boca y se dio la vuelta. Allí estaba la casa, con la puerta que casa de dejar abierta , por un instante pensó en salir corriendo . A lo lejos se distinguía el nombre de la carnicería LENUS. La vendería y se iría a Francia con su hermana y sus sobrinos. ?Alguien le decía que lo sentía pero le escuchaba como si hablara a otro. Instantes después , Lenus volvió a la casa y cerró la puerta. Después subió pesadamente las escaleras para poner la cortina, mientras el teléfono del dormitorio sonaba sin cesar.


Lola Vega es alumna del taller de Escritura creativa 2 en Hotel Kafka.

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martes, junio 03, 2008

Cementerio, por Fernando Callejo

Gracias al cielo, llegó a su fin aquella larga noche en vela. Fui a ver a mis hijas, todavía dormidas. Les desperté y les dije que el entierro no se prolongaría mucho, y volvería lo antes posible. Encomendé a las dos mayores, cuidar de las pequeñas. Les besé, besé a cada una y entre lágrimas salí. El sacerdote había llegado y nos encaminaríamos al cementerio. Era hora de partir de mi hogar, de aquella casa solariega en la que vivieron mis padres y mis abuelos, una casa presidida por el escudo de mis antepasados. Con un leve soplido, apagaron la llama de los cirios colocados a ambos lados de la cabeza y de los pies. Mi hermano y otros tres cerraron el ataúd de pino seco con la cruz tallada y lo subieron sobre sus hombros. Al salir, volví la cabeza y miré con dolor la fachada de aquella enorme casona en la que habíamos vivido toda nuestra vida.

Abría nuestro paso el féretro. A continuación el sacerdote, y tras él, yo con mi madre. Siguiéndonos, la comitiva de familiares, amigos y vecinos. Mi madre me agarraba y yo me aferraba a ella. Pero, ¿cuánto tiempo viviría mi madre, ahora que me quedaba sola?. Comenzamos a andar. Noté el duro empedrado formado por piedras unidas con argamasa. Hoy sentí que se clavaban en mis pies, el mismo suelo por el que corría de chica. Subimos la calle mayor. Pasamos frente al colegio, en el que transcurrieron los felices años de mi infancia. Nos dirigimos con pasos breves a la plaza y pasamos frente al pórtico de la Iglesia, la Iglesia en la que me casé con él. Recordé aquella ilusión y aquellos primeros años. Y el bautizo de nuestras hijas: Luisa, Paloma, Belén e Isabel. Nunca tuvimos un niño y cuánto lo buscamos. Ahora no habrá ningún hombre en casa. Nos detuvimos y el Párroco rezó un responso, suplicando a Dios que acogiera su alma. Tomamos la avenida de José Zárate y nos enfilamos hacia la salida del pueblo. Cruzamos el puente con el agua que corría bajo nuestros pies sin detenerse. A la derecha vi la casa de salud. Recordé por un momento, toda aquella interminable y demoledora enfermedad, una enfermedad que se había tragado todo. Los continuos traslados a la capital, los mejores tratamientos, los cambios de médicos. Una lucha sin tregua, una guadaña que no dejaba nada en pie. Al final, fue inútil. Seguimos caminando, y sólo el soplo de aire de la mañana me aliviaba para no desfallecer. Todas las casas blancas bajas, en hilera, seguían ahí, como siempre. Pero todo había cambiado, nada volvería a ser como era. Llegamos al asilo de las monjitas de la caridad. Allí, varios ancianos esperaban nuestro paso, y vi en sus caras y en sus cuerpos el implacable paso del tiempo y cómo, con respeto, se santiguaban.

Nos detuvimos frente a la carretera. En un momento en que cesó el tráfico cruzamos, y continuamos por el estrecho arcén del carril derecho, ya sobre el asfalto. No había llantos, sólo un silencio amargo. Aquella enfermedad sin fin, las continuas recaídas, hasta que la metástasis impuso su ley. El trágico desenlace final se convirtió en un alivio, una inevitable salida para un desproporcionado sufrimiento que se había prolongado sin sentido. Dejamos a un lado la carretera y subimos por el empinado camino final, donde vislumbramos acercándose la larga pared blanca del cementerio, con su capilla, sus cipreses, sus lápidas de piedra, que delimitaban su recinto cerrado. Atravesamos la alta puerta de hierro forjado que nos esperaba abierta de par en par. Dentro, nos dirigimos a la sepultura de mi familia, escarbada en la tierra. Dos de los empleados del cementerio cogieron la caja por delante, y otros dos por detrás. La manejaron con facilidad. Poco más que los huesos quedaban allí. Su cara irreconocible y demacrada vino a mi mente. Un semblante sin color, ajado por el dolor y la pena. Una última oración se pronunció, un último adiós. Bajaron la caja hasta el fondo, para encontrarse con mis abuelos, mi padre y mi hermana Inés. Salimos de allí, y al otro lado de la verja, recibí los interminables pésames. En el último momento, el llanto me venció, ¿qué sería de mí y de mis hijas?

Regresé a casa, sabiendo que ya no podría mantener aquel caserón, que tendría que desprenderme de él para seguir viviendo.


Fernando Callejo es alumno de taller en escritura 2 en Hotel Kafka

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